Brenda Rubí Quintero Silva

Quintero Silva, Brenda Rubí

Nací en Acapulco, Gro., México. Soy Ingeniera en Sistemas Computacionales egresada de la Universidad de Montemorelos. Actualmente tengo 28 años de edad. Pese a que mi vocación profesional es de ciencia y tecnología, desde que leí mis primeros libros, desarrollé un espacio especial en mi corazón para la literatura, haciendo de ésta mi vocación personal. Comencé a leer del librero de mis tíos, quienes viajaban mucho, y descubrí autores como Herman Hesse y Julio Verne. Escribí mis primeros cuentos en la secundaria mientras cursaba la materia de Literatura y ahí comencé a creer que mi hobby era en realidad una pasión. Quise estudiar periodismo en la Ciudad de México, pero debido a mi edad (17 años), no me permitieron vivir y estudiar lejos, sin embargo, colaboré escribiendo artículos para la revista juvenil extinta “Limbo”, distribuida en el estado de Guerrero; posteriormente encontré en la ciencia y la tecnología una vocación.

Aunque mis primeros escritos fueron instruidos y corregidos por amigos con el mismo gusto por escribir, tomé mis primeros cursos de creación literaria dirigida por la escritora Mariana García Luna, en el museo MARCO, en Monterrey N.L.  Creo que la escritura está adherida a mi alma como un don divino.

HEROÍNA

En el mismo vagón del metro en el que yo iba, viajaba Lucía, mi heroína. Y sé su nombre porque el gafete le colgaba por el cuello y de chismoso lo vi. El día que la conocí caminé más cuadras de lo que hacía pa’ pedir dinero, estaba tan lejos que decidí viajar en metro y chaz la explosión de la madre esa que sentí que me llegó por todas partes. De pronto se me apagaron las luces de los ojos. “En la madre, ya me quedé ciego”. Pero resultó que nos quedamos a mitad de un túnel y por eso estaba todo oscuro. Los otros que iban conmigo quesque no podían respirar y bien paniqueados se bajaron del metro, y yo que pensé que era mi olor: apestaba bien gacho. Se bajaron todos y pos los seguí. Yo estaba todo pacheco así que me senté en las vías, además sentía dolor en la cabeza y como que me escurría sudor, me ardía, segurito me había dado un trancazo y el sudor era sangre; ahí sentado, todo atarantado, fue cuando vi a Lucía. Se fue quedando atrás de las personas que trataban de salir, ninguno de ellos se había detenido a ayudar a nadie, y aunque Lucía iba cojeando, no les importó. Se checó la rodilla, y de reojo me vio, se dio cuenta de que estaba atrás y empezó a caminar en mi rumbo. Se agachó para ayudarme pero la verdá no quería aceptar su ayuda, estaba todo apestoso a alcohol y medio mareado, pero insistió tanto que no me quedó de otra y empezamos a caminar a la salida. Ella inició la plática y me preguntó cómo me llamaba. De verdad habré estado bien viajado porque no recordé mi nombre, ella me sonrió, y me pareció tan brillante su sonrisa que me dieron ganas de sacarle los dientes y venderlos. No sé si lo dije en voz alta, pero me dijo: “Bueno, si no te acuerdas de tu nombre, te llamaré Brillanti”. Salimos, se despidió de mí y se fue. Con su ayuda pude salir del túnel. Había renacido con más luz; me había salvado, ella fue mi heroína.

Me fui a pa’ mi cantón y que me encuentro a mi compa Leví. Que se me ocurre decirle que de ahora en adelante me iba a llamar Brillanti.
̶ Me gustó el nombre, me lo puso mi heroína.
̶ Mst, ya bájale de dosis, compa, esa heroína es mala poniendo nombres.