Manuel A. Simó Maceo

Simó Maceo, Manuel A.

Nació en Santo Domingo de Guzmán, Republica Dominicana en 1950, Manuel emigró hacia la ciudad de Nueva York en 1964 con su madre y hermanos. Al acabar sus estudios secundarios, ingresó en la Marina de Guerra de los Estados Unidos durante la era de Viet Nam, en 1968. Después de obtener honorablemente su descargo militar en 1977 se trasladó al Estado de Arizona e ingresó en la Universidad Estatal del Estado de Arizona. En 1983 obtuvo su Bachillerato en Artes Dramático y Teatro. Desde entonces ha participado con varios repertorios teatrales en varias obras de cine y televisión, al igual que en obras de teatro en Santo Domingo y los Estados Unidos. Entre medio de su trabajo de sustento desempeñó el cargo de Ejecutivo de Ventas, hasta llegar a la posición de Gerente General de la radiodifusora KVVA de la compañía Entra-visión de Phoenix. Durante todo este período en Phoenix, Arizona, participó como principal vocalista con varios conjuntos de música Afro-Cubana, en particular con “Carmela, Manny y Más”. En 1992 fue ganador como compositor e intérprete de la mejor canción de Arizona para el concurso internacional O.T.I. (Organización Televisión Iberoamericana) y representante del concurso final en Miami, Florida. Manuel ha compuesto decenas de canciones originales, además de escribir centenares de poesías, cuentos, varios guiones de película y dos novelas.

PARA SER RICO HAY TAN SOLO QUE VIVIR HUMILDEMENTE LA VIDA

Mientras de vacaciones en mi país procedente del norte, una madrugada transbordado por un desconocido impulso, me dirigí en mi auto hacia el noreste. No sabía lo que me instigaba hacia allí, sólo que quería dejar a la ciudad de Santo Domingo atrás y recorrer hacia esa dirección.

Cuatro horas más tarde estacioné mi carro en las alturas del cruce del precipicio de la carretera de Sánchez rumbo a Las Terrenas de Samaná. Me detuve simplemente para observar la vista espectacular que el lugar, en su tibia mañana, me ofrecía. Abajo, en la distancia, se deslizaban millas y millas de playas de arenas blancas, vírgenes y desiertas. A mis pies, pequeñas copas de blanco rodaban sobre la superficie de la amalgama azul de las aguas del Atlántico que, en olas gentiles, fenecían en la pálida arena de la orilla.

Hipnotizado de tanta belleza natural, camineé descendiendo monte adentro atraído por una pequeña y solitaria choza en medio de los matorrales. Mientras lo hacía, tomé un mango, amarillento y rojo que colgaba bajito de su rama, casi tocando el suelo. Hambriento, le di una mordida a su pulposo cuerpo y seguí mi rumbo descendiendo, inclinado hacia la humilde choza que, al lado de la montaña, se extendía, apoyada por cuatros columnas de cedro y una pequeña terraza de madera al aire libre, igualmente sostenida por otros cuatro troncos de palmas.

Entre medio de la placentera brisa que se filtraba susurrando por las hojas de los matorrales de árboles repletos de frutos, se escuchó una voz que, curiosa, pero alegre, preguntó: “¿Está dulce el Mango?”
En la terraza, un anciano campesino se mecía en su mecedora rústica de caoba lentamente mientras, con un abanico de palma, se echaba fresco. Sólo el sonido de la mecedora, la brisa colándose por las ramas de los árboles y el de un chorrito de agua flotando hacia abajo, se escuchaba.

Al llegar a su lado, sin conocer quién yo era, cordialmente me saludó: “Saludos, amigo. Bienvenido.” Traté de devolverle el saludo, pero antes de hacerlo volvió a preguntar: “¿Está dulce en Mango?”

Avergonzado le ofrecí pagarle el mango, pero, con un gesto de sus arrugadas manos y una nueva sonrisa, me respondió: “Si la mata se lo puso al alcance de sus manos, el mango estaba para usted.” Y luego en el mismo aliento me preguntó: “¿En qué podemos ayudarle?”

Cuando le dije que sólo la vista y lo solitario de su casita me había atraído, me dijo: “Sí, me imaginaba que era eso. Mucha gente ha parado. Y me imagino que, para el que no la ve, es lindísima. Yo, a lo mejor, no sepa lo bella que es, pues yo la he visto toda mi vida.” Su arrugada cara volteó y pude deducir su edad.

“¿Ha vivido aquí toda la vida?” Le pregunté, sorprendido.
Con una sonrisa me contestó. “Sí. Nací en esta misma casita”.

Y después de una pequeña pausa, aun con una sonrisa en sus labios, terminó su oración con: “Probablemente moriré aquí”.

Me sorprendieron sus últimas palabras, pero no vi temor, ni algún remordimiento en su cara. Atrevidamente le pregunté: “Señor, excúseme la pregunta, pero ¿qué edad tiene usted?” El anciano se comenzó a reír con tanto brío que su risa invitó a la mía y, en segundos, acabé riéndome con él.

Después de una breve pausa, y un largo suspiro para calmar su risa, el anciano me contestó: “Métale lápiz, mi amigo, porque yo no los celebro, pero cuando los barcos llegaron con los Marinos gringos a Samaná ya yo tenía al primero de nueve hijos.” Incrédulo le repetí sus palabras como para cerciorarme que había escuchado bien. “¿Cuándo los Marinos llegaron? ¿En el 1916?
Le inquirí siguiéndole la conversación. ¿Y a qué edad tubo usted el primero?”

Pensó un segundo y me respondió. “¿Deja ve’? Caridad, mi señora, tenía catorce y yo le llevaba cinco.” -“Si es así…” le contesté, “Usted nació en el 1897 y ha vivido un siglo y tres años.”
Viró su cara para buscar la mía y con duda en sus ojos preguntó. “¿Que son?”

-“Ciento tres.” Le respondí mientras disimulaba mi sorpresa.

Aunque su cara mostraba edad, sus movimientos indicaban flexibilidad y una energía superior a los de sus años. “Son muchos, ¿no?” Dijo, tratando de no mostrar orgullo de algo que día por día, sin una meta había logrado. – “Si. Pero usted no los aparenta”. Y le devolví la sonrisa de “gracias” que sin hablar me diera.

Mirando disimuladamente el humilde interior de la rústica casita, noté, en contraste con su simpleza, que había un abanico eléctrico, una televisión a colores, un radio con CD, un refrigerador y una pequeña estufa de gas. El anciano continuaba abanicándose y, al ver los artículos electrónicos, le pregunte: “¿Y por qué no prende aquel abanico?” Miró hacia el abanico a la entrada de la puerta y, continuando su abanicar, me dijo: “Ése raramente funciona. Sólo cuando la brisa es brusca lo veo moverse.” ¬- “¿Qué? ¿Está roto?” Fue lo único que se me ocurrió responderle en forma de pregunta. -“No. No hay electricidad y, cuando hay, raramente llega hasta aquí”.

Intrigado de haber notado todos los demás aparatos que había en su casita, la curiosidad me facturó y, mientras le indicaba los aparatos, le indagué: “Y si no le llega la electricidad, ¿para qué compró esos?” Movió su cabeza negativamente antes de aclararme. “¿Esos? No los compré. Los trajeron nuestros hijos desde el Norte. El abanico lo trajo Luisito. Pero cada vez que viene se acuesta aquí mismito y la brisa lo pone a dormir igualito que cuando era un niñito. Siempre dice; ‘Si yo pudiera empacar esta brisa me haría millonario en el Norte.’ El tubo de televisión se lo trajo mi hija Mercedita a su difunta madre, dizque para que viera las novelas, pero aun cuando había electricidad, Caridad no las veía y, cuando Mercedita venía, se sentaban debajo de aquel palo de mango, donde duermen las gallinas, ella, Caridad y Clemencia, la prima que vive al pie de la loma, hasta que cantaba el gallo en la madrugada. Lo único que sirve para algo es el refrigerador que me trajo Ernesto”.

No entendía como el refrigerador podía funcionar si, al igual que todo lo demás, era eléctrico y, al indagarle, me respondió. “Oh, no. No trabaja sin electricidad, pero al menos lo puedo utilizar para mantener las frutas lejos de las moscas.”
Elevó su vista al sol e indicó: “Es tiempo de almorzar.”
Miré la cara de mi reloj de muñeca y ambas manos partían el doce del mediodía.
“Por favor, jale esa silla y acompáñeme a comer una ensalada de frutas.”

Así lo hice. El sabor del mango había dejado un deseo de frutas en mi paladar y estuve de acuerdo de que su saludable sugerencia era lo más apropiado para almorzar en su natural ambiente.

Entró al pequeño cuadro, abrió el refrigerador y, tal como había dicho, estaba repleto de mangos, guayabas, papayas, melones, piñas, naranjas, bananas y toda clase de frutas típicas. Sacó un plato hondo hecho de higuera seca y en un dos por tres nos sentamos a disfrutar de una fresca ensalada de frutas. Al acabar, ofrecí lavar los platos y él aceptó, pero, al entrar a la diminuta cocina y abrir la llave de agua, no salió agua y se lo comenté. A lo que me respondió:

“Sí. Lo sé. La presión no es suficiente para subir el agua y las baterías del compresor de agua que mi hija Angelita nos trajo tienen que ser recargadas. Pero baje uste’ allí mismito y, a su derecha, usted verá un chorrito con un pequeño estanquecito. Lávelos allí. Y no se preocupe por las tilapias, a ellas le gustan los pedacitos de frutas”.

Todo el tiempo que había estado junto al anciano había subliminalmente escuchado el chorrito de agua, pero estaba oculto a mi vista al lado de la casita. Cuando llegué había una fina cascada que se depositaba en un pequeño y cristalino estanque bordado de lilas de río y repleto de juguetonas tilapias que me invitaban a desnudarme y a zambullirme en él. Pero no lo hice, hasta que, como si me hubiera leído la mente, escuché al anciano decir: “Si quiere refrescarse, zambúllese. Está bien fresco el estanque a esta hora del día”.

Antes de acabar su invitación ya estaba adentro y fue tal y como él hubiera dicho.

Cuando salí de aquella piscina natural me sentí renovado. Me tiré al pie de la mecedora y, con la brisa tibia del comienzo de la tarde, tal como hiciera Luisito, con la voz del anciano y el gruñir de la mecedora sobre el piso de madera, a los pocos minutos me quedé dormido a los pies de ambos.

Al despertar, el sol se acostaba en un cielo anaranjado oscuro, colmado de aves en busca de sus lechos de noche, que cubría la línea del horizonte.

“Tubo una larga y buena siesta.” Me dijo. “Lo hubiera despertado antes, pero descansaba con tanta paz que pensé que a lo mejor necesitaba el sueñito. Despertó justo a tiempo para ver al amigo día irse a dormir y dejar que brille la señora noche y su manto picado de estrellas”.

Hasta ese momento no se me había ocurrido preguntarle si vivía solo allí y cuando me atreví me contestó: “Sí y no. Mi esposa Caridad, descansa allí, en aquel llanito rodeado de azucenas. Así que sé que está siempre aquí. Al pie del monte tiene su casita mi primo Emilio y su esposa Clemencia y allá, donde el río se vacía en el mar, mi otro primo Fernando vive con sus hijos.”
Desde la altura en que me encontraba podía dificultosamente ver el río y al apuntármelo podía distinguir que había por lo menos treinta kilómetros de distancia. “¿Cuándo ve a sus primos?” Le pregunté. – “Fernando estuvo aquí esta mañana. Un poquito antes de usted llegar. Me trajo el gas para la estufa en su mula.” – “¡Finalmente!”, pensé, utiliza algo. Le averigüé: “¿Entonces usted usa la estufa de gas para cocinar?” – “No. No la uso. Me la trajo mi hijo Antonio para que no me sentara al fogón.” Me confesó. “Pero no me gusta el sabor que le deja el gas a la comida. Prefiero cocinar con carbón de leña”. – “Entonces… ¿Para qué la usa?” Fijó su vista en el mar e indicó:
“De noche, algunas veces, la brisa del norte hace que la montaña se enfríe y la casita sufre el frío adentro. Cuando Caridad todavía pisaba el monte y estaba aquí era bueno porque nos acurrucábamos y, de vez en cuando, nuestros cuerpos reaccionaban como cuando éramos jóvenes.” Pausó antes de proseguir, se rio y, tímida y avergonzadamente, continúo diciendo: “Esos friítos eran bienvenidos y divertidos pa’ recorda’ tiempos de bríos. Pero en estos días necesito algo que mantenga la casita y los huesos calientes y son en esas noches cuando utilizo la estufa”.

De repente era de noche y quería seguir mi paso antes de que oscureciera más, pero el anciano me advirtió de lo traicionera que era el resto de la sinuosa carretera de noche. Presentí que él deseaba que permaneciera y le acompañara y yo, por igual, sentía la misma inclinación, pero, para disimular le pedí:

“¿Sería posible pasar la noche aquí?” Me miró con ojos agradecidos y me contestó: “Eso mismo le iba a sugerir yo para que no cogiera carretera a oscuras. A estas horas es traicionera y a muchos le ha cortado a medio el paso. Será un placer”
Nos sentamos en la pequeña terraza y hablamos de todos y sobre todo lo que su educación le permitía. Menos de política. “De esos no sé. Creo que mejor se sirven ellos mismos que al resto.” Me ratificó. Y luego, como para demostrar que no estaba totalmente a oscuras sobre el tema, dijo: “Mejor te sirve un puerco en la pocilga y un gallo y su gallina”.

En el proceso de la noche, noté cómo de vez en cuando el anciano daba un brinquito sobre su mecedora y se decía a sí mismo entusiasmado: “Allí va otra”.

Después de varias veces no pude resistir la curiosidad y le interrogué:

“¿Por qué dice eso?” Apuntó hacia el mar y dijo: “Fija tus ojos en la mar y su superficie y verás, de vez en cuando, un hilito de humo. Y segundos más tarde verás cómo las ballenas brincan en el agua. Hay un viejo dicho que promete que cada vez que una ballena brinca es una bendición más que nos envían”.

Al escuchar su mito, como arte de magia, me remonté a mi niñez cuando, en una ocasión, en Miches, al otro lado de la bahía de Samaná, escuché el mismo cuento en las palabras de tío Luis, quien fue en realidad y hechos el padre de mi padre. En todo el tiempo que había permanecido allí, el anciano sólo me había preguntado una cosa, después del mango, y ésta fue al principio de nuestro encuentro para ponerse a mis servicios. Repentinamente me preguntó:

“¿Usté’ vive en el norte, verdad?” Le respondí que sí. “Sepa usté’ que Luisito me llevó al Norte una vez. Él vivía alto, encarama’o en un edificio crecido y llenito de gente en el medio de los Nueva Yores. Uno podía ver que era un área de gente apoderada, porque desde aquel cocuyo de ladrillos donde vive Luisito yo podía ver los coches jalados por caballos y el gran parque al lado. Pero cuando me tocó caminar por las aceras, la gente parecía tener miedo y te miraban sospechosos. Como si tan sólo al mirarlo uno iba a robarles el alma. Toditido el mundo iban rapidísimos, como si haciéndolo pudiesen agarrar más de la vida. Me tomó un día llegar allí y una semana pa’ devolverme.” – “¿Cómo es eso?”, me pregunté en voz alta.

“Lo único que me hizo permanecer la semana era el miedo que tenía de volver a meterme en el avión” Y se rio a carcajadas. “Nunca en mi vida había tenido el culo más apreta’o que cuando estaba en el aire. Si hubieran tratado, ni un alfiler entrara. Nunca había sentido más miedo y juré que nunca jamás volaría otra vez.” – “¿Entonces? ¿Cómo regresó?” – “Mi hijo, Luisito, se apiadó de mí y le compró a sus hermanos que vivían allí un boleto en un barco muy lujoso que iba a parar en Puerto Plata y en él vinimos todos”.

Curioso, le pregunté de su hijo, a quien con tanto cariño mencionaba a cada rato. “¿Y qué hacía éste?” Me dijo que él trabajaba con una compañía en Wall Street “haciéndole dinero a desconocidos” y que tenía una casa grande en Las Terrenas que sólo sentía sus trancos cuando él venía cada dos o tres años. “¿Si es así?”, le pregunté: “¿Por qué usted vive solo aquí arriba?” Apuntó hacia el cielo y me dijo.

“Vea usted. Ya yo se lo dije. No estoy solo. Mi Caridad está allí mismito y todas las noches reza conmigo y la luna y las estrellas me acompañan. Durante el día los pájaros y el sol me mantienen entretenido. Cuando la brisa sopla al medio día me acurrucan a dormir y a su debido tiempo me despiertan para que vea acostarse la tarde. Los árboles me piden a diario que les quite los frutos que le pesan sus ramas para que me coma los que los pájaros no pueden y el riíto que fluye hacia abajo desde la fuente en la colina y se deposita en el estanque me da agua para beber al igual que tilapias para cuando se me ofrezca comer pescado fresco”. Se tomó una pausa antes de seguir y continuó: “Mis hijos ya todos están crecidos y tienen sus propias vidas que vivir y, aún así, cuando buscan paz, vienen aquí, al lado de esta montaña y a mí. Amigo, para ser rico hay tan sólo que vivir humildemente la vida”.,/p>

Nunca había conocido a alguien más contento con la vida y la naturaleza y sin darme cuenta, al tono de su voz sedante, el sueño me venció. Dormí en la pequeña terraza, al aire libre, en un canapé de tela verde al lado del anciano. Soñé con todo lo que quise y lo que subconscientemente me invitó a buscar la soledad del viaje y aquel lugar. Vi todo y, en el sueño, pude abrir con llave y dejar escapar los deseos que tenía clausurados y al despertar me sentí liviano, y más libre de lo que nunca había sido, al canto de las aves.

El anciano ya estaba despierto y el aroma guió mis pasos hacia donde estaba.

Lo encontré agachado sobre sus anclas al lado de un círculo hecho de ladrillos que le servía como fogón. Freía huevos frescos y, al lado, pedazos de pan de agua se tostaban, mientras en una taza hervía un chocolate con enmoscada y palitos de vainilla para desayuno. Me recibió con tan sólo: “¡Buenos días, amigo! Espero que haya descansado a la buena de Dios” – “Sí, gracias”, le confirmé. “Dormí como un niño y soñé con todos a la misma vez”

Y me sirvió el desayuno sin decir nada más.

Al terminar, hablamos un rato más, pero me tenía que marchar y así se lo indiqué. Él comprendió y me dio sus gracias por la compañía. Quise dejarle algo por su hospitalidad, pero sabía que si lo hacía lo ofendería, así es que cuando tuve una oportunidad, escondido, me quité la cadena y el crucifijo que tenía alrededor de mi cuello y lo guindé en un clavo fijo al lado del interior de la puerta.

Al despedirnos nos dimos las manos y, por primera vez, escuché su nombre.

“Soy Luis Sánchez. Fue un placer tenerlo aquí.” – “El placer fue sumamente mío.” Respondí agradecido, dándole mi nombre. Después me invitó de nuevo: “Regrese pronto y llévese algunos mangos para la carretera.” Así lo hice.
La próxima vez que regresé del Norte lo hice exclusivamente y clandestinamente de mi familia para volver a la magia de aquel lugar y de Don Luis Sánchez. Pero, al llegar allí, otras personas residían en la casita.

Era otro de sus muchos primos que había heredado la calma de aquella casita al lado de la montaña. Me recibieron con la misma simpleza y cordialidad que Don Luis y, cuando pregunté por él, me informaron que había fallecido unos días atrás. Lo encontraron en la misma mecedora varias horas después de que su viejo corazón dejara de palpitar a causa de su vieja edad.
Sentí una gran pérdida y un gran vacío en el alma por este anciano con quien sólo pude compartir un día. Traté de averiguar si aquel pedacito de tierra estaba de venta ya que él había fallecido, pero me dijeron que no. Descubrí que no era tan sólo aquel pedacito, donde estaba la casita, que era de Don Luis. Todas las tierras a su alrededor, hasta donde se extendía el río a desembocar en el mar, eran de él. Las había heredado de sus padres que, a la vez, la habían heredado de los padres de sus padres por decreto real siglos de años atrás y él la compartía con sus primos y familiares.

Aquel simple anciano era rico más allá de mi imaginación y, consciente de eso, decidió vivir y morir en la misma humilde casita que lo vio nacer sólo con lo que la tierra y la naturaleza le proveían. Por una coincidencia, su hijo, Luisito, llegó mientras estaba allí y, cuando me presenté, me alivianó la pena el saber que Don Luis le había contado de mi breve estadía. “Usted le cayó bien.” Luisito dijo.

-“Yo sólo me pasé un día con él y en ese día aprendí a amarlo”, le confesé de corazón. “Nuestro padre tenía ese efecto en las personas que lo conocieron.” Dijo triste y orgulloso a la vez. “Nunca detuvo a ninguno de sus hijos a que buscáramos nuestro propio destino y hacer nuestras propias vidas en el Norte, pero sí siempre nos dijo que ‘todo lo que necesitábamos para vivir se encontraba aquí. Sólo siento que tuvo que morir para darme cuenta de lo correcto que estaba. Jamás regresaré al Norte.”
Mientras hablábamos, comencé a caminar hacia el llano rodeado de azucenas donde sabía se encontraban sus restos y encontré su tumba junto al lado de su esposa Caridad. Una simple cruz parada sobre ésta con el nombre Luis Sánchez – 1897-2003- tallada en simple madera. En su cruce guindaba la cadena de oro y el crucifijo que le dejara en aquella ocasión.

He vuelto a visitar su tumba dos veces en los últimos años y la cadena allí permanece. Y cada vez que regreso, como un ritual entre nosotros dos, le cuento cómo en aquel día y aquella noche, de todo y todos lo que me ha ocurrido, y el tiempo se esfuma hasta que llega la noche y cada vez que lo hago, como en aquella vez, regreso renovado. Más que nada, al despedirme, siempre recuerdo la simple lección que me enseñó Don Luis en tan sólo un día. “Para ser rico hay tan sólo que vivir humildemente la vida.”
“En recordatoria” / “In Memoriam”

De Don Luis Sánchez (1897-2003)