Carolina Olivares Rodríguez

Olivares Rodríguez, Carolina

Nació en Santander (Cantabria) el día 1 de diciembre del año 1971. Está afincada en Madrid desde hace más de veinte años, y pertenece a la asociación de escritores de Madrid (A.E.M.) con cargo: “Adjunta a la Junta Directiva; Directora de Coordinación de Redes Sociales y Comunicación.

Actualmente administra la página de facebook de su creación: Mundo de Fantasía. Trilogía/Saga de cuentos infantiles. (Y durante un tiempo fue administrado de la página de facebook Sociedad Internacional de Escritores).

Ha publicado cuatro libros: Primer libro o novela: La estrella negra, la noche que soñé contigo: 24 horas en una vida (1999), bajo el seudónimo de Penélope Carlos; El diario del alma (2002); Siri Ocra y el mundo de lo Absurdo, publicado con la editorial Internautis (3 ediciones – 2014, 2015, 2015); Raorau y el gran Alerbo (2016).

LAS FLORES QUE ESTUVE ARRANCANDO

Siempre he llevado el pelo corto. De niña destaqué por ello, también por mi coeficiente intelectual, superior al de las demás.

Todas mis compañeras llevaban la clásica melena. Indirectamente eran las responsables de que yo evitara ir al colegio. Nunca supe si el motivo por el cual me agredían y humillaban era por mi aspecto físico o por ser mucho más inteligente que ellas. Supongo que por la segunda cuestión no me soportaban y por la primera no me aceptaban ¿Cómo aceptar que una niña pareciera un chico? Al menos en un mundo donde el qué dirán se imponía por encima de todo; incluso de futuros miedos que crecen a la sombra de los traumas.

Desde entonces un par de interrogantes rondan mi cabeza: ¿qué importa la apariencia externa? ¿No es más importante lo que guardamos en el interior de nuestros corazones? Por esa época debía ser que no.

Tras la preocupación paternal por no querer bajo ningún concepto acudir a la escuela, posteriores charlas en privado con profesores y psicólogos no sirvieron de mucho, por no decir que no sirvieron para nada. Tecnicismos y vocablos rimbombantes para mis oídos… Bla, bla, bla, todos ellos solo lograron que me aislara cada día más y más, del mundo; hasta de mí misma.

Camino de la adolescencia terminé por convertirme en una muchacha asocial. Y expandí mi alma díscola y rebelde entre las largas plumas de las alas que, una madrugada, un ángel caído me clavó en la espalda mientras soñaba.

Al cruzar la frontera que pasa de la adolescencia a la edad adulta, el peso que me producía la ira que llevaba acumulando durante años hizo que me revelara. El único modo que encontré de soltar todo el lastre que me estaba amargando fue un tanto extraño: cerca de mi casa hay un inmenso campo lleno de flores.

Un día, sin más ni más, nació en mí una manía. Invadida por una rabia que me era imposible controlar, me fui hasta el campo y empecé a arrancar, a puñados, flores y más flores. Todos los días acudía a él; no tenía horario e incluso podía ir varias veces; de mañana, al atardecer, de noche; con lluvia, nevando; en días soleados. Las circunstancias meteorológicas me eran indiferentes: nada frenaba mi odio.

A veces, cuando no podía dormir, en plena madrugada o muy temprano, arrastraba mi cuerpo hasta aquel lugar -que se había vuelto maldito para mí- y de una forma cruel y despiadada, arrancaba amapolas, margaritas o rosas. Arranqué tantas flores que en poco tiempo el campo se quedó sin ellas. Cuando sucedía esto yo esperaba pacientemente que volvieran a brotar solo para volver a arrancarlas.

Es curioso porque carezco de paciencia; sin embargo, mi deseo por arrancarlas era tan intenso, que no sé cómo, esperaba, esperaba…

Una tarde, en el campo, me topé con un hombre. Nunca le había visto con anterioridad: era el jardinero. Asustada ante la regañina que me echaría por el destrozo que había producido en sus dominios quise marcharme de allí; pero el jardinero, antes de que pudiera reaccionar, me sujetó con firmeza del brazo izquierdo. Al segundo pronunció:

-Tranquila princesa-. Y soltándome el brazo, me regaló una amplia sonrisa.
-Qué raro, ¿Cómo es posible que nunca me hayas visto si siempre he estado aquí? Quizá viste sin ver ¿No crees? Te propongo algo: ¿Qué te parece si procuras escucharme?-. Entonces me dijo así:

-Princesa, ven al campo siempre que quieras; pero no vuelvas a despojarle de flores, ellas nada malo te han hecho a ti, y tú sin querer, las estás haciendo daño ¿Y sabes lo peor? Que tú a ti misma, te lo estás infringiendo.

Desde aquel día el jardinero –que realmente representaba, en imágenes, la voz de mi conciencia- me hizo ver las cosas desde otro punto de vista. Y sólo cuando pude arrancar de mi corazón la raíz del porqué de mi absurdo comportamiento, pude finalmente desprenderme de los sentimientos negativos que tanto me habían mortificado.

El campo simbolizaba las cabelleras de mis antiguas compañeras. Eran sus largas melenas lo que yo hubiera querido arrancar de cuajo. Como jamás lo hice -aun imaginándomelo de cuando en cuando- pues me lo impidió la cobardía, el miedo o simplemente mi educación, me dediqué a hacer realidad mi fantasía imaginando que, mientras desfloraba el campo, lo que en realidad hacía era dejar calvas a las niñas que, porque sí, me habían herido.

Han pasado muchos años y todas las semanas voy al campo. Ya no es el que fue: aunque la mayoría de las flores han vuelto a crecer, por algunas partes está devastado. A veces atisbo al jardinero, sobre todo por las zonas despobladas. Trabaja sin descanso en esas partes para que vuelvan a brotar rosas, margaritas y amapolas. Abona la tierra dañada. Y me ha confesado que no pierde la esperanza, ya que ilusionado, espera que el campo vuelva a ser el mismo que fuera en el pasado.

RELATO INTEGRADO EN LA BIOGRAFÍA DE ALFONSO, TITULADA: ALFONSO, EL HÉROE DE LA LUCHA INTERMINABLE.

EL PRINCIPIO DEL INTERMINABLE CAPÍTULO.

Cuando era niño se suponía que la vida debía estar libre de dolor. De noche, los Ángeles que me visitaban, nunca me contaron que a veces las sentencias no se cumplen. Y la vida más tarde me enseñó que no todos los sueños se hacen realidad.

Sabía que tarde o temprano las personas… Nos vamos; sin embargo, siempre estuve en contra de esa opinión y, aun siendo solo un infante, me negué a creerlo. Yo nunca me iba a ir, nunca. Solo me ausentaría de este mundo para reencontrarme contigo en otro lugar. No pienses ni por un solo momento que te dejo sola. Me fui pero no te abandono: jamás lo hice, nunca lo haré.

¿Te confesé que me encanta viajar? ¿Sabes? Me fui de viaje a un sitio al que tú también irás… Algún día. Estoy en un paraíso, rodeado de almas iguales que yo. No puedo escribirte una carta de Amor porque no tengo con qué. Tampoco puedo mostrarte imágenes de donde estoy, pues aquí no hay cámaras de fotos.

¿Me dejas que sea yo esta cálida madrugada, desde Madrid, el que te cante una canción a ti para variar? Eras tú quien me contaba cuentos antes de dormir ¿Lo recuerdas? Deja que sea yo esta noche quien te diga que ya no hace falta que me leas libros, puesto que en este preciso instante anhelo leerte uno a ti: EL QUE TÚ ESCRIBAS PARA MÍ.

Estoy en un país donde mi historia no termina nunca; estoy viéndote -desde lo alto- todos los días de mi nueva vida. Algo murió para volver a nacer y no desaparecer más…
…No llores, pues, las flores que tanto te recuerdan a mí sufren cuando ven aflorar lágrimas en tus cristalinos ojos.

Quiero que me recuerdes con mi eterna sonrisa. Hasta en mis momentos de máxima pena traté de alejar a la tristeza de mi lado. Muchas veces me acechó, pero yo la espanté con el pensamiento.

En todos y cada uno de mis sueños la oscuridad se tornaba blanca. Los colores invadían mi cuerpo, como quien se ponen un disfraz de payaso multicolor porque desea hacer feliz a un niño enfermo que está postrado a perpetuidad sobre la cama de un hospital. Y cada momento que pasé a tu lado, cuando me besabas, cuando te abrazaba… Con tus gestos de cariño, entregándome tu incondicional amor… No lo olvides: me hiciste muy feliz.

No quería llorar y lo estoy haciendo. Y los dioses del Olimpo que me arropan están consolándome.

Mañana habrás escrito el primer capítulo de mi historia interminable. Concluye tu proyecto para mí. Hazlo en mi memoria, para que nadie me pueda olvidar. Aunque nadie queda en el olvido mientras alguien siga recordándole.

Debo despedirme, pero no te diré Adiós: sabes que nunca me gustaron las despedidas. Tampoco quiero que llores… Recuerda que te llevo dentro de mi alma. Así que, querida mía, solamente te diré…
…Hasta Pronto.

Dedicado a Alfonso García-Gil Díaz.