Lola López Mondéjar

López Mondéjar, Lola

Tras completar su formación como psicóloga clínica y psicoanalista en Murcia, Madrid, Alicante, Milán y París, ha ejercido la docencia en las Universidades de Murcia y Sevilla (Máster de Arteterapia y Psicoanálisis), y como profesora y miembro didacta del Centro Psicoanalítico de Madrid.

Como ensayista ha publicado numerosos artículos sobre psicoanálisis y creatividad, violencia de género, adolescencia y sexualidad, en libros y revistas especializadas (Revista de la AEN, Aperturas Psicoanalíticas, entre otras).

Durante cinco años colaboró semanalmente con el diario La Opinión de Murcia con una columna de periodismo literario. Desde 1998 hasta 2009 coordinó el programa literario La mar de letras, dentro del festival internacional de músicas del mundo La Mar de Músicas (Cartagena, España). En 2005 creó los Talleres de Escritura Creativa de la Biblioteca Regional de Murcia, que coordina desde entonces.

Libros publicados: novelas Una casa en La Habana (Editorial Fundamentos,1997), Yo nací con la bossa nova (Editorial Fundamentos, 2000), No quedará la noche (Tres Fronteras, 2003), Lenguas vivas (Ediciones Gollarín, 2008), Mi amor desgraciado (Editorial Siruela, 2010). Novela finalista del XXI Premio de Narrativa Torrente Ballester, 2009, La primera vez que no te quiero (Editorial Nuevos Tiempos, 2013), Cada noche, cada noche (Editorial Siruela, 2016); relatos El pensamiento mudo de los peces (Editorial Páginas de espuma, 2008), Lazos de sangre (Editorial Páginas de espuma, 2012), La pequeña burguesía (Grupo de Literatura “La Sierpe y el Laúd”, Cieza, 2013). Algunos de sus relatos han sido publicados en antologías y revistas literarias (20 Voces nuestras, A renglón seguido, Escrito con Hierro), Psicoanálisis y creatividad: el Factor Munchausen (CENDEAC, 2009). Página web: http://www.lolamondejar.com/ .

EL HERMANO GEMELO (Parte I)

Cuando me llamaron para decirme que mamá había muerto estaba terminando mi tesis doctoral sobre las tortugas baula en Costa Rica, y su cuerpo sin vida yacía en algún lugar de los alrededores de Oslo.

En mi habitación la temperatura ascendía a treinta y cinco grados y allí donde ella se encontraba el termómetro marcaba veintitrés bajo cero. Lo miré en Internet porque no sabía qué otra cosa hacer cuando colgué el teléfono. Pensé, nos separan nueve mil trescientos kilómetros y cincuenta y ocho grados centígrados, y me di cuenta de que los hábitos de trabajo me habían metido el recuento en el tuétano, que de repente sólo podía pensar en términos de cifras y de números y que, seguramente, eso constituía mi único alivio.

Hacía más de seis meses que no veía a mamá. Las tortugas marinas que monitorizamos en nuestra playa recorren hasta cuatro mil kilómetros cada año para volver a desovar en el mismo lugar donde nacieron, una carencia específica les indica el camino. Desde que vivo aquí no siento el deseo de nada. Ni nostalgias ni anhelos. Estaba plenamente satisfecha de mi vida hasta que esa voz anónima me dijo Your mother is dead.

No podía ponerle cara a la voz, ni siquiera me dijo su nombre. Se identificó como policía en un inglés precario con fuerte acento nórdico, y cuando conseguí preguntarle, what?, me repitió de nuevo la frase sin modificar ni una sola palabra.
Mi madre ha muerto. Congelada, en el camino de un bosque a las afueras de Oslo. Eso fue lo que me dijo. Ni siquiera sabía que estuviese allí. No sabía que hubiera salido de viaje, no me había dicho que pensase hacerlo. Habíamos hablado exactamente diez días antes de esa llamada. ¿Qué hacía ella en Noruega? Que yo supiera, mamá solía mantenerme al corriente de sus planes, siempre. Que yo supiera. El policía me preguntó qué quería que hiciesen con el cadáver. Me preguntó si iría a por ella, y le dije que sí. Lo hice sin pensar, me pidió mi correo electrónico y me envió luego las indicaciones precisas para ponerme en contacto con él a mi llegada.

Mientras esperaba su correo no podía creer lo que había pasado. Podía anular sin esfuerzo la conversación telefónica, olvidarla completamente y seguir con mis ocupaciones cotidianas, esas que tan feliz me habían hecho hasta entonces. Hubiera podido hacerlo pero no debía. Podía olvidar, pero no debía olvidar. Sentí que mi indiferencia no estaba bien, que el dolor de la muerte de mi madre debería haberme partido en dos. Y lo había hecho; una de mis partes pretendía hacer como que no sabía lo que sabía, la otra se culpaba por ello. ¿Dónde estaba el dolor?

Pensé otra vez: mi madre ha muerto, mi madre ha muerto; lo repetí en mi interior sin experimentar ningún sentimiento. ¿Era normal? ¿Puede una hija no sentir nada ante la muerte de su madre?

Las tortugas vienen a la playa a desovar de madrugada, se adentran en la arena unos cientos de metros para que la marea no destruya sus nidos, y entran en un trance instintivo que no son capaces de modificar. Cavan con sus aletas unos pozos profundos, en los que depositan ochenta o noventa huevos perfectos que expulsan por su ano uno a uno, gelatinosos, blancos y esféricos, iguales. Las he observado decenas de veces con la misma emoción, un lazo telúrico me une a ellas, hembras como yo, prehistóricas. Cuando las veo expulsar sus huevos pienso en mamá pariéndome a mí. Yo no tendré nunca hijos. No hay nada instintivo en mí, mis actos no están sobredeterminados.

Luego, las tortugas, digo, decía que las tortugas cubren los huevos con la arena, un trabajo lento y ceremonioso como todos sus movimientos, y regresan al mar. Nunca verán a sus crías. Es ahí, a la vuelta, cuando se giran para emprender el camino de regreso hacia el océano, cuando nosotros entramos en acción. Las inmovilizamos suavemente entre unos cuantos, y mi jefe, Oscar, les incrusta un monitor en la aleta delantera derecha con una pistola. Así podemos vigilar sus movimientos, sabemos dónde están, quienes de ellas regresan y quienes sucumben a los peligros del océano. Cuando miro la superficie del mar me imagino a nuestras tortugas nadando bajo sus aguas, mansas, hermosas y sabias, escondiéndonos sus secretos.

Algunas mueren en esa puesta mastodóntica, los jaguares esperan el momento místico de la reproducción para atacarlas cuando más indefensas están. Los jaguares han matado este año más de noventa tortugas, las arrastran hasta el bosque que se extiende hacia el interior, justo en el borde de la arena, y desaparecen con ellas para comérselas tranquilamente. Nosotros no podemos intervenir, estamos allí como testigos, como el periodista que observa una violación en tiempos de guerra, hace la crónica y nada más. Nosotros sólo podemos hacer el recuento: cuarenta tortugas muertas, noventa, cien. Pero yo solo tengo una madre. No puedo contar uno, dos, tres, cuatro huevos, seis, ocho tortugas baula; porque yo solo tenía una madre. Y su muerte no me afecta.

El calor es bochornoso, hay un índice de humedad del noventa y seis por ciento y llevo constantemente empapada la camiseta. En el bungalow en el que vivo comparto la terraza con ranitas jeans, que salpican de lunares rojos el suelo de madera del porche. Tengo que buscar de inmediato un billete a Oslo. ¿Cómo será la experiencia de morir congelada?
Estoy deformada por la biología.

El hombre que habló por teléfono conmigo tiene alrededor de cuarenta años y aspecto de vikingo. Me acuerdo de una película de vikingos que veía de pequeña con mi padre, una película donde se mostraban sus costumbres. Al final, el cuerpo de alguien que moría en combate se entregaba a las aguas del mar sobre una balsa de madera, creo que ardía. El vikingo de carne y hueso dice que mi madre murió hace cuatro días, llevo viajando veinticuatro horas y no consigo entender muy bien sus palabras, ni ubicarme en el tiempo. Dice que murió congelada, eso lo repite muchas veces, parece no entenderlo él, parece que también él sufre problemas de orientación.

– ¿Pero, por qué congelada? –acierto a preguntarle.
– Ella abrió la puerta de la cabaña –el vikingo me mira a los ojos, los suyos son azules, se nota que ha pensado mucho en lo que dice, se nota que ha estado imaginando la escena en su cabeza rubia – , apagó la calefacción y se tumbó en la cama.
– ¿En la cama?, me dijeron que había muerto en el camino de un bosque.
– Así es, eso fue lo que le dije para no inquietarla, pero las circunstancias fueron otras.

Las circunstancias fueron otras. Fueron otras las circunstancias, me repito, pero ¿cuáles?
Me ofrece un vaso de café con leche; antes me ha preguntado si quería café solo o con leche, tengo en el estómago un agujero enorme; lo quiero con mucha azúcar, se puede elegir, me ha dicho, entre poco azucarado, dulce o muy dulce. Yo le respondo, muy dulce; no me vendrá mal. Lo mismo lo dulce calma mi agujero. Él toma el suyo al mismo tiempo que yo, nuestros movimientos están sincronizados. Cuando me llevo la taza a los labios él hace lo mismo.

-¿Ha visto usted a mi madre?
-Sí. Claro que sí.
-¿Podré verla?
-Necesitamos que lo haga para cerrar la investigación.
-¿Hay una investigación?
-Su madre no estaba sola.
-¿Cómo?
-No había ningún vehículo en los alrededores, el único que, sin duda, debió utilizar para llegar hasta allí no estaba cuando la encontramos. Alguien tuvo que llevárselo. La cabaña está a doce kilómetros del pueblo. En invierno, con estas temperaturas, sólo se puede acceder en coche o con esquís. Los cuatro esquís estaban apoyados a un lado de la puerta. Y el coche había desaparecido, pero había huellas de ruedas en la nieve del camino.

El hombre mira hacia el techo para apurar su café, el mío calienta ligeramente el frío de mi estómago. Lo apuro como él y dejamos al unísono las tazas sobre la misma mesa. Hacen un ruido metálico. Siento que ese desconocido sabe más de mi madre que yo misma. Me irrito. ¿Cuándo va a terminar con sus sorpresas?
-¿Quiere decirme de una vez qué es lo que saben?
-¿Tenía su madre algún amigo o amiga en esta ciudad?

Mamá llegó a Oslo un mes antes de que la encontraran, de modo que cuando hablé con ella la última vez ya estaba en Noruega. Por alguna razón que desconozco decidió no decirme que estaba lejos de casa. Durante las dos primeras semanas se alojó en un hotel de la calle Bygdoy Allé al que decido acudir también yo aquella noche. El policía noruego me ha conseguido la misma habitación que ella ocupó durante sus primeros quince días en Oslo, la cuatrocientos diez. Los últimos quince los pasó en la cabaña donde la encontraron. Por los restos de basura que dejó allí piensan que la compartió con otra persona, pero no saben quién puede ser esa otra persona. En el hotel no la vieron con nadie. La poIicía interrogó a todos los empleados y a las señoras de la limpieza de habitaciones que pudieron cruzarse con ella, sin resultado. Los primeros días mamá estuvo sola en Oslo. Solía salir por la mañana hacia las diez, y regresaba sobre las siete. Cenaba cualquier cosa en el restaurante del hotel a las nueve y volvía a su habitación. Sólo hubo tres o cuatro noches que salió a cenar fuera. Eran las costumbres de mamá cuando viajaba. Solía cansarse al atardecer, al declinar el día ella también perdía las fuerzas, agotada de sus largas caminatas de exploradora, y se recogía en la habitación donde solía leer o escribir, o ver la televisión, si comprendía el idioma del país que visitaba. El policía que sabe de ella más que yo me cuenta que el personal del hotel le comentó que parecía contenta. La temperatura en la ciudad osciló durante ese periodo entre los quince y los ocho grados bajo cero. A mamá no le gustaba el frío. ¿Por qué vino hasta aquí?

El hotel de la calle Bygdoy Allé en el que me encuentro es un edificio de principios del siglo XX, neoclásico, muy del gusto de mi madre. En cuanto lo veo comprendo que pudo encontrarse en él como en su casa. Desde que papá y mamá se separaron, ella elegía hoteles de ambiente acogedor, fuera del centro pero lo suficientemente cerca como para no tener que utilizar demasiado el transporte público. Le gustaba mucho caminar. Recuerdo que de niña me disgustaba que no tuviera en cuenta mi cansancio. Cuando le pedía descansar, mamá siempre me contestaba con voz animosa, ¡vamos!, ¡un poquito más! Y conseguía que continuase con la promesa de un baño en la piscina, de mi plato favorito en la cena o de una golosina prohibida. Cuando abro la puerta de la habitación no puedo dejar de imaginar que ella ha estado allí. He venido tras sus pasos, como si compartir el espacio que la acogió poco antes de su muerte pudiera hablarme de algún modo de ella. Pero la habitación carece de huellas. La ventana da a la calle principal, y la nieve cubre el suelo del balcón. Dos pisadas de unos zapatos enormes miran hacia el interior, como si alguien, inexplicablemente, hubiera estado delante del cristal, sin que quede ningún otro rastro de su llegada hasta allí o de su salida; como si hubiera salido de espaldas de la habitación y regresado a ella con un solo movimiento de los pies. Imagino a un hombre limpiando los cristales, o a un vampiro noruego que ha venido volando a través de la niebla y del frío, pero me niego a seguir imaginando nada más. ¿Estarían aquí esas huellas cuando mamá cogió la habitación? La nieve parece compacta, intento abrir la ventana y no lo consigo. Afuera hace mucho frío, y dentro el calor es reconfortante. Al entrar en la habitación el frío escapa poco a poco de tu cuerpo. Ya esta mañana noté cómo el cambio brusco de temperatura hizo que me doliese momentáneamente la cabeza, un dolor ligero, que pasó en unos minutos, como si hubiera estado tensando imperceptiblemente los músculos del cuello, o del rostro, y luego se relajaran más confiados, descansando en el intenso calor. Pienso en mis tortugas, en las altas temperaturas de dónde vengo, en la transpiración que establece un continuo entre tu cuerpo y el exterior. Aquí el cuerpo está seco, limpio, sin intercambios biológicos con el medio. No me gusta el frío. Me da miedo. Siento que podría acabar conmigo. El calor me anima, el frío me paraliza. Creía que en eso mamá y yo éramos idénticas. Pero ya no sé si era así.
He traído muy poca ropa de abrigo. Mi viaje debería ser corto.

El policía vikingo que se ocupa de la investigación abre la puerta de su despacho y me hace pasar. Hemos quedado para ver el cadáver de mamá. El hombre parece más compungido que yo misma. Luego subimos a un coche sin distintivo oficial y recorremos la ciudad camino del depósito, los árboles son de color negro y la nieve decora sus ramas con mullidas y regulares pinceladas blancas. Al pasar por el eje principal, entre el Palacio Real y la Karl Johans Gate, el semáforo se pone en rojo. Encima de un escenario, a mi derecha, un niño vestido de rockero canta acompañándose de una guitarra. Hay algo patético y gracioso al mismo tiempo en la figura de un niño de ocho años disfrazado de cantante de rock. Enormes cámaras de televisión retransmiten el espectáculo. No sé nada de Noruega, constato. ¿Es famoso ese niño? ¿No es eso explotación infantil?

-Son los campeonatos mundiales de ski.
-Ya.
Hay esculturas de hielo en mitad de la calle. La más cercana a nuestro coche es un homenaje a El grito de Edvard Munch; monolitos de hielo puestos en pie con el rostro repetido del fantasma de Munch, con su característica boca desorbitada. El niño rockero lleva el pelo rubio peinado hacia arriba con gomina. Canta bien.

-Su madre tenía el equipaje hecho. No se lo comenté antes. Dos maletas con todas sus pertenencias. Están también en el depósito, pendientes de que las retire.
-Dios mío…
-Podemos llevárselas al hotel en cuanto firme la documentación, no se preocupe.
-Gracias.
Se hace un silencio incómodo que dura lo que resta de luz roja. Luego, no sé por qué, digo en voz alta:
– A mamá le encantaba ese cuadro.
– ¿Cuál?
– El grito de Munch.

El policía noruego se llama Thomas, Thomas algo, y mi observación le ha caído encima como un rayo. Se vuelve hacia mí con sus grandes ojos azules también desorbitados.

– ¿De veras?
-Sí.
– ¿Me permite que la lleve a verlo?

No sé qué se propone, pero no tengo nada que objetar y él parece tan entusiasmado de repente que le digo que sí.

El cuadro de Munch es lo último que le importa. Aparcamos cerca de la Galería Nacional y entramos en el vestíbulo. Thomas se identifica ante el personal de recepción. Luego les dice algo en su lengua y me señala. Yo contemplo la bóveda policromada y las escaleras laterales. Una mujer joven, de complexión gruesa, parece sorprendida. Thomas vuelve a mirarme, y me traduce una catarata de palabras que me cuesta escuchar. Cada vez que alguien pasa junto a la puerta de entrada, ésta se abre automáticamente y deja entrar una corriente de aire polar que me enfría la cara. Thomas y yo llevamos los abrigos puestos y, por debajo del mío, estoy empezando a sentir calor.

– Les he pedido que recuerden si hace un par de semanas vieron a alguna mujer que se le pareciera a usted, pero veinticinco o treinta años mayor. Y ella ha dicho que sí. Dice que vino durante algún tiempo todos los días. Que el vigilante de la sala veinticuatro les comentó que pasaba mucho rato delante de algunos de los cuadros de Munch… Tenemos que hablar con ese hombre.

Ha dicho: una mujer que se pareciera a usted. Cuando pienso en la cara de mamá veo lo que será la mía cuando llegue a su edad. Ahora, con su muerte, no tendré el modelo de mi rostro cuando llegue a la vejez. Tenía cincuenta y seis años.

Todavía no he decidido qué siento. Digo decidido porque se me antoja un acto de voluntad, ya que sentir, en sentido estricto, no siento nada. De momento sólo una cierta consternación. Es como si los sentimientos fuesen muy lentos en mi interior. Demasiado. Trato de capturarlos, de monitorizarlos como si fuesen tortugas, sin conseguirlo. El vigilante nos dijo que la señora española venía cada día aproximadamente a la misma hora, y se quedaba en la sala veinticuatro durante un largo rato. En ese tiempo no hacía nada, nunca la vio escribir, ni dibujar, sólo observaba los cuadros uno a uno, se sentaba en los sillones del centro de la sala, relajada, y meditaba. Eso era todo. Como él no habla inglés y mi madre tampoco noruego, sus intercambios se limitaban a una mirada de reconocimiento a la entrada y a la salida. Nada más. Dice que no le resultaba raro que alguien mantuviese la costumbre de observar esos cuadros durante tanto tiempo, que lo que le parecía extraño era que no tomase ninguna nota. ¿Cómo iba a recordar después todo lo que había pensado? Fue entonces cuando tuve la certeza de que mi madre no tenía intención de recordar nada. Que seguramente ya tenía planificado lo que iba a hacer las dos semanas siguientes. Lo pensé así, sólo porque mamá solía escribir sus impresiones en un cuaderno negro que siempre llevaba consigo. Las usaba para sus artículos sobre arte, porque desconfiaba mucho de su memoria, que se iba haciendo cada vez más débil. Mamá no pretendía recordar nada de sus frecuentes visitas al museo, eso es.

Cuando se lo comento a Thomas está de acuerdo conmigo.
– Yo también he pensado que tuvo que planificarlo de antemano. La ciudad, Oslo, donde no la conoce nadie, donde no hay nadie que la retenga. Que la haga desistir.
– ¿Desistir?
-Usted ya lo sabe, su madre se suicidó.

Luego vamos a verla. A ver a mamá. Al cuerpo de mamá. En una sala fría, más fría que cualquier sala, nos vestimos de blanco y la vemos. Es ella. Mi teléfono era el primero en la agenda de su móvil. Ponía “A a mi hija”, como yo misma le había indicado que lo hiciera para casos de emergencia, y que pusiera mi número a continuación. No puedo recordar lo que vi. Pero era ella. Más blanca, más vieja, más delgada. Inanimada y fría.

Mamá se ha suicidado en una cabaña de Oslo. El policía que sabe tanto sobre su muerte, Thomas algo, dice que estaba sobre la cama, vestida con un pantalón ligero y una camisa, y que la ventana y la puerta de la cabaña estaban abiertas. En el interior de la única pieza, la temperatura, cuando la encontraron, era de trece grados bajo cero. No he querido escuchar nada más.

-¿Su madre viajaba con portátil?
-Solía hacerlo, sí.
-No hemos encontrado el suyo entre sus pertenencias.

Dios mío. No puedo retener todo esto en la cabeza, si lo hago comenzaré a sentirme realmente mal y no me quedarán fuerzas para hacer lo que tengo que hacer y volver después a mi vida. Sólo olvidando lo que me dice puedo continuar moviéndome. Las maletas de mamá vienen conmigo al hotel. El conserje me ayuda a subirlas, y en la habitación abro la más grande y compruebo qué hay en su interior. Ni rastro del portátil. Mamá venía muy preparada para el frío. Camisetas y calcetines térmicos, guantes de ski, botas forradas de piel, dos abrigos. Estaba leyendo Orgullo y prejuicio, aunque me consta que no le entusiasmaba Jane Austen. Sonrío.
Estoy segura de que era uno de sus arrepentimientos. A todos los autores que deberían gustarle y que no le gustaron en una primera lectura, les concedía una segunda oportunidad. Un acto solemne de relectura en la que tenían la posibilidad de seducirla. Decía que no quería ser injusta. Ya no sabré nunca si Jane Austen consiguió salvarse del primer juicio sumarísimo que hizo sobre la novela.

– Aburrida, monotemática, inteligente pero banal.
He decidido ponerme su ropa.

(Continuará en La Palabra # 9)