Ernestina Yépis

Yépiz, Ernestina

Ernestina Yépiz. (Los Mochis, Sinaloa, México) Es poeta, narradora, ensayista, profesora, coordinadora de talleres literarios y editora. Maestra en Literatura Iberoamericana, egresada de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Autora de los poemarios La Penumbra del paisaje, Los delirios de Eva y Los conjuros del cuerpo. Y del libro de relatos El café de la calle Mulberry. También está incluida en la Antología General de la Poesía Mexicana, de Juan Domingo Argüelles, entre otras. Asimismo, ha publicado las antologías: La desnudez de las palabras, selección de la poesía de Norma Bazúa; Entre sombras (relatos de suspenso y tinieblas), de Amparo Dávila; El corazón delator y otros relatos, de Edgar Allan Poe; Las mariposas nocturnas y otros relatos, de Inés Arredondo; En el andén de los sueños (narrativa experimental); Caminos que se bifurcan (narradores del noroeste).

EL ELEGIDO

Es inútil creernos hijos del Sol:
Todos llevamos muy adentro la noche.
JEP

1

Abro los ojos y la imagen que me devuelve el espejo que hice colgar del techo de la habitación, es la de un cuerpo desnudo (de senos proporcionados —ni grandes ni pequeños—, complexión del todo delgada y piel pálida) sobre una cama (elegantemente ataviada con sábanas blancas), al que encuentro tan parecido al de un cadáver dentro de su ataúd. Me doy cuenta de que tengo mucho tiempo de no exponerme al sol. Soy de esas raras personas que viven ajenas, tanto a las hojas del calendario como a las manecillas del reloj, y para hacerme más llevadera la existencia, en un intento por evadirme de una realidad que me hace sentirme parte de nada, hago de los días noches y de las noches días. En todos los lugares estoy de paso y si tengo compañía, es siempre ocasional. Vivo sin pretensiones y podría decir que con resignación. Esto no significa que sea tímida o temerosa, más bien me habita cierta indiferencia, lo que me hace suscitar el desdén o la atracción de los otros. Mis ojos acerados de un gris verdoso y mi rostro pálido, para algunos, pueden ser la imagen viva de la belleza; para otros, la encarnación de la crueldad. Repelo y atraigo de una manera en que pocas personas pueden hacerlo. De igual forma desdeño o tomo lo que se me ofrece y para exorcizar el tedio que me habita, me entretengo con la visita a sitios que un gusto exquisito y refinado calificaría de cierta sordidez, pero para mí son nada más lugares de paso, en los que a veces, contra mi voluntad incluso, logro ahuyentar un poco la soledad que traigo encima.

No quiero decir que no me guste estar sola. De hecho, no encuentro mejor compañía que mi propia sombra. Cuando camino la veo alargarse, trepar ágil por las paredes, moverse como un fantasma. Sin embargo, a veces necesito ciertas emociones o para ser más precisa, creo que debo decir, sensaciones. No, tampoco, creo que lo que busco, realmente, son impresiones. El sobresalto y la parálisis que produce el sucumbir por algo o por alguien, aunque esto sea circunstancial, momentáneo. No sé si tenga que ver el hecho de que nací un día en que mi madre (actriz consumada) representaba en escena a Yocasta, la misma que después de saberse madre y esposa de Edipo (el que adivinó las palabras de la esfinge, mató a su padre y fue desterrado), se suicida. Los dolores del parto no interrumpieron el transcurso de la obra, mucho menos el fatal desenlace. Un maniquí quedó colgado en medio del escenario, balanceándose de un lado a otro, mientras la parturienta era atendida en el hospital. Y yo, en el momento en que Edipo se sacaba los ojos, di mi primer llanto, lo que me hace asumir que ningún destino se elige, todo es obra del azar y no se hace otra cosa más que tentarlo.

Sí, desde niña reconocí mis diferencias, supe que algo ajeno a las demás personas habitaba en mí. A mi pobre madre, un tanto esquizofrénica y loca, le bastaba verme a los ojos para asegurar que yo no era de este mundo, que había venido quién sabe de dónde y a través de mí ciertas criaturas la perseguían hasta volverla otra u otras, porque ella nunca era la misma, al menos no la que creía ser. Lo que no significa que no sintiera algún tipo de amor por mí. Me amaba y creo que con cierta desmesura, sobre todo los días en que me llevaba al teatro y a solas, en su camerino, la veía transformarse en el personaje a representar; de pronto era Macbeth tratando de lavar las manchas de sangre que llevaba entre las manos; luego, Antígona cavando las tumbas de sus muertos. Un día quiso retirarse de la actuación o más que retirarse resignarse, lo cierto era que ya no la contrataba nadie ni le daban ningún papel, y compró —en lo alto de una colina, en una ciudad pequeña que parecía flotar entre tinieblas— una casa de dos plantas con terraza y vista a un gran lago, de donde emergían vientos huracanados que traían consigo las siluetas y las voces de los muertos que por propia voluntad descansaban bajo las aguas. Desde el balcón de mi cuarto escuché muchas veces sus lamentos y otras sus risas. Y no me tomó por sorpresa que, una noche, mi madre quisiera acompañarlos.

Parece desquiciado decirlo, pero siempre he tenido la sensación de que soy la heredera de los males de mi progenitora y fuerzas involuntarias, las mismas que la regían a ella, gobiernan mi espíritu, por supuesto, no sin cierto esfuerzo, con el paso del tiempo y con la edad, he aprendido a domesticarlas, aunque esto es entre comillas porque no creo que estén domesticadas del todo y cuando menos lo espero aparecen de nuevo e intentan conversar conmigo. (Las ignoro a todas pero no se dan por vencidas y vuelven una y otra vez.) Entonces sé que soy yo la que tiene que irse (con tal de no oírlas murmurar en mis oídos) a deambular por la ciudad y perderme en la noche (antes de que la noche me engulla). Por fortuna no tengo que ganar el pan que me como, por si a alguien le interesa saberlo, me gano la vida involuntariamente o más bien no me la gano, todo se me regala gracias a la herencia que me dejó mi padre (un hombre que pasó más de la mitad de su vida extrayendo y comercializando el oro de las minas de San José). El viejo que me llamó a su encuentro (después de no verme por más de doce años) un par de meses antes de morir y al reencontrarlo supe que me era un completo desconocido, por lo que no le guardo ningún rencor y tampoco ningún aprecio ¿Para qué recordarlo?

En principio no guardo fotografías de nadie: ni de mi madre, ni de mi padre, ni de mí misma. Los adornos que cuelgan de las paredes en los apartamentos o cuartos de hotel que habito me son por completo indiferentes, a no ser los espejos y en su contemplación suelo extasiarme días enteros. Bien a bien no recuerdo cómo era mi aspecto hace cinco años. De pronto algún pasaje de mi etapa adolescente me toma por asalto y así como llega se esfuma, como si en realidad no quisiera aparecer, a veces pienso que soy un cuerpo vacío, lo que equivale a ser casi una sombra. En fin, nada mejor que este eterno presente al que aprisiono como la crónica de un instante que no termina de escribirse. Esto me huele a título de libro. No sé el autor de que les hablo. La línea me resulta ante todo un lugar común y no sirve de mucho que yo busque la originalidad y quiera que cada una de mis noches sea diferente a la anterior, todas terminan pareciéndose. Todas son la misma noche, incluso esta en que tengo la sensación de seguir dormida, aunque supongo he despertado y verme al espejo, abismarme como Narciso sobre el estanque de agua, es parte no solo de mi rutina sino de mi entretenimiento. Soy mi propia creación. Existo más allá de cualquier voluntad e incluso de la propia, aunque no puedo negar que a veces la vida me resulta placentera, creo que en alguna medida logro arrancarle, hago míos los pequeños placeres y qué es la vida sino eso: roer, mordisquear y sin ninguna culpa disputar a los dioses un poco el paraíso. Sentirse dios y así me siento cuando la madrugada da su último bostezo.

2

El silencio en mi apartamento es sepulcral: las paredes, el piso alfombrado y las gruesas cortinas de la habitación me mantienen al margen de los ruidos exteriores; además, desde un vigésimo tercer piso no es fácil escuchar el tráfico vehicular que a esta hora ya debe de congestionar las avenidas. Es la hora en que la vida nocturna de la ciudad empieza a desperezarse. No sin cierto esfuerzo me levanto de la cama y antes que cualquier otro acto tomo mi consabido puñado de aspirinas que hago resbalar por la garganta con los restos de café que quedan en la taza que tomé ayer por la madrugada. La sangre comienza a aligerarse y la tensión de los músculos se afloja un poco. Mi cuerpo cobra una repentina agilidad, se vuelve liviano, casi, casi como si flotara, ¡oh! ¿Quién no querría tener un par de alas? Pongo la mano derecha sobre mi corazón y siento su palpitar como una herida y mientras la tina de baño comienza a llenarse y el vapor del agua caliente se pega a las paredes y al cristal de las ventanas, me palpo el cuerpo para constatar que no soy un fantasma que respira y para reconfirmarlo me veo por enésima vez al espejo. Busco lo que no puedo encontrar. Lo que nunca he de encontrar.

Desnuda me tiendo dentro de la bañera y el agua caliente me relaja, me proporciona el confort deseado, tanto que, después de media hora, comienza a darme algo de sueño. Como no tengo intenciones de dormir, dejo la tina y me coloco bajo la regadera. Abro la llave del agua fría y es como si minúsculos bloques de hielo me golpearan el cuerpo. Mis labios se amoratan un poco. No quiero pescar un resfriado, en dos minutos salgo de la regadera y me seco (como de costumbre frente al espejo), con una toalla blanca cien por ciento algodón. Primero el cabello que llevo corto, casi al rape, para evitar el fastidio de tener que peinarlo, luego el cuello, los brazos largos, demasiado largos para mi gusto, el pecho de senos incipientes como de adolescente, el estómago pegado a los huesos, las piernas y uno a uno de los dedos de los pies.

Después de secarme, agasajo mi piel con un poco de crema de mamey y perfume de almendras dulces que yo misma preparo. Me esfuerzo, ya que ningún otro cuerpo debe llevar olores como el mío. Mi olor es único, al igual que yo, atrae o repele, es tan delicado y fuerte al mismo tiempo que puede llegar a seducir al más exigente de los olfatos o marear a aquel acostumbrado a fragancias pueriles, pero dejemos esto para posteriores disertaciones. Me pongo una playera de mangas largas y cuello alto, encima mi suéter de lana gris, pantalón de pana y botas altas para caminar en caso de que haya agua o nieve. Me lavo los dientes, pinto mis labios de color naranja fosforescente y pongo un poco de rubor a mis mejillas. Antes de cerrar la puerta tomo mi abrigo de doble forro e impermeable y por si acaso un paraguas. Desciendo los veintitrés pisos, por fortuna ningún otro inquilino lo hace al mismo tiempo que yo. Me irrita compartir el elevador con alguien más. La calle me aguarda. Iré hacia el norte y luego al este. Lo que quiere decir que iré al noreste, donde los vientos azotan más fuerte y obligan a los transeúntes a buscar refugio en cualquier antro.

3

La calle se me oferta como un cuerpo desnudo sobre una cama sin sábanas. Siento un ligero temblor en los huesos. Corro el cierre de los guantes, me ajusto el cuello del abrigo y el gorro hasta las orejas. Un vagabundo al verme pregunta, when was the last time somebody said you: I love you, dice y no recuerdo cuándo fue la última vez que me dijeron I love you. No sé, tal vez, nunca nadie me ha dicho I love you. Yo tampoco se lo he dicho a nadie y dudo que pueda decirlo alguna vez. Quién querría oír un “te quiero” de mis labios, después de todo qué puede significar decir “te quiero”. Nada, nada, las palabras pertenecen al mundo de lo etéreo. En lo personal, prefiero la realidad inmediata; el deseo que se esfuma al ser saciado, como se sacia el hambre de un animal. No deja de resultarme absurdo el que alguien pregunta when was the last time somebody said I love you. Sigo de largo y mi interlocutor, cubierto por el polvo de los días, me persigue media cuadra, sin dejar de insistir when was the last time somebody said I love you. Al ver mi indiferencia repite la pregunta al transeúnte que viene detrás.

Desde la ventana de un sótano con la luz encendida, un gato gris clava sus ojos en mí y sin parpadear vigila mis pasos hasta que me ve subir la colina y perderme por el callejón casi desierto, donde camino un poco a tiendas por la falta de luz, hasta llegar a la plaza, donde los homeless, envueltos en mugrientos sacos de dormir y cubiertos con periódicos y cartones, intentan resguardarse del frío mientras fuman colillas, beben alcohol y se asfixian con sus propios humores. Intento pasar de largo, como un soldado caminando por entre los cuerpos de los muertos, no termino de cruzar el área, no me siento todavía a salvo. Una mujer, sucia y maloliente, me pide algo de dinero para una cena caliente y un hospedaje barato en uno de los hoteles del área, quiere darse un baño, dice; no quiero darle nada y no doy muestras de escucharla, se molesta y en desagravio jala mi abrigo hasta arrancármelo. La dejo que se lo quede e incluso la veo mientras se lo pone, me sorprende un poco lo bien que le sienta, es como si estuviera hecho a su medida. Sonríe y me dice thank you.

Las primeras gotas de lluvia comienzan a caer. La niebla emerge desde el piso y trepa por las paredes de los edificios. Dos hombres, apuestos como estatuas del olimpo, pasean tomados de la mano. Una pareja de viejos, sin nada que contarse, marchitados por el paso del tiempo, permanecen silenciosos, mientras beben un chocolate caliente. Paso de largo, no son cafeterías lo que ahora quiero visitar, pero tal vez un expreso doble con un par de sándwiches de queso fundido con salsa de chipotles y almendras me vendría bien. Mi última comida fue durante la madrugada de ayer, poco antes de irme a dormir, por lo que si pienso pasar la noche vagando debo comer un poco. No lo pienso más, entro a un pequeño restaurante de comida oaxaqueña, las mesas y las paredes llenas de colorido me intimidan, no sé exactamente que me producen, creo que una mezcla de repulsión y curiosidad, lo primero porque me siento fuera de lugar con mi atuendo completamente negro y lo segundo porque la muestra de colores es excesiva; un naranja por aquí, un verde por allá, un azul más allá y un rojo luminoso justo en frente de mi cara. La mesera, vestida al igual que el decorado del lugar, se acerca a atenderme: le digo que me he equivocado de restaurante, que el que busco está un par de cuadras más arriba.

Cambio de acera. La noche (cubierta con una capa de niebla que tiende a volverse más espesa conforme la madrugada se acerca), eterna e inamovible, me guarda bajo su cuerpo. Las criaturas que pasan a mi lado son etéreas. Presiento que camino entre fantasmas. El frío me toca la piel, el aburrimiento comienza a invadirme y para asesinar el tiempo o al menos para matarlo un poco, me detengo en un café de turcos. En medio del humo de una decena de fumadores pido una ensalada de espinacas con queso de cabra, una crema de pepino con yogur, pan de centeno con ajo y aceite de oliva extra virgen, y como realmente siento que mi apetito comienza a despertarse pido también un asado de ternera, medio crudo y medio cocido, quiero morder la carne tierna y sentir como se deshace en mi boca. En veinte minutos la cena está servida. Mientras devoro mi manjar un grupo de músicos toca el acordeón y una cantante vestida de luces golpea el pandero; canta con una voz tan lejana, que parece venida del desierto. La canción habla de amores que de tanto buscarse no se encuentran jamás. Supongo que soy la protagonista de esas pequeñas historias. Aunque dudo que alguien como yo busque el amor o que el amor quiera encontrarme. ¿Qué es el amor?

Cuchillo en mano corto un trozo de carne, un poco de sangre se expande por el plato; ensarto el pedazo del sanguinolento mangar con el tenedor y empiezo a degustarlo, lo mastico con la boca cerrada como enseñan los manuales de buenas maneras; la carne se deshace en mi boca, antes de hacerla resbalar por la garganta bebo un poco de vino tinto de los vergeles que crecen en las riberas del Bósforo y al paladearlo con la lengua siento que los dioses me aman, que están de mi lado. Me arrepiento un poco del placer sentido y opto por probar la crema de pepino con yogur y es como si renaciera un poco. ¿Existe algo más placentero que un manjar? Sí, sin duda, un cuerpo desnudo al cual olfatear como un animal olfatea su presa, lo sé porque he tenido algunos entre mis manos y si bien todo encuentro es una despedida, no es posible matar por completo el recuerdo. Difícilmente puedo borrar de mi memoria los labios, los rostros en lo que alguna vez he encontrado algo de mí, porque debo decirles que me busco como un náufrago busca en el horizonte el barco que venga a rescatarlo.

El mesero se acerca a retirar los platos sucios. Me ofrece un café con anís, nunca he tomado café con anís, le digo, entonces pregunta si lo prefiero con una copa de oporto; pido que sea auténtico, extraído de las uvas de la regiao vinhateira do alto douro, dice que sí, que las botellas que guarda en su cava han atravesado todo el atlántico, al verlo tan ceremonioso y dispuesto a satisfacer al cliente, quiero creerle. Bebo y un sabor ambiguo añejado me golpea los labios, me hace evocar lo que está por venir. Aunque a veces quisiera detenerme, quedarme sentada escudriñando la luna cubierta por una nube de niebla y que el tiempo se detuviera como se detienen las manecillas del reloj instalado en una de las paredes del edificio de cristal, justo enfrente de donde estoy ahora, donde las agujetas marcan diez antes de la una, pero no, no se quedan ahí. El minutero sigue avanzando. Tomo los restos del café y lo que queda en la minúscula copa de vino. Sin que se lo pida el mesero ha traído la cuenta con todo y propina incluida. Soy generosa y a manera de despedida dejo más de lo estipulado. Nunca cenó dos veces en el mismo sitio.

4

La noche me abre los brazos. Soy una de sus criaturas predilectas. Camino de prisa, mi suéter de lana no logra salvarme del frío. Siento la humedad en la piel y los huesos comienzan a entumecérseme. El termómetro debe estar al menos cinco bajo cero y conforme la madrugada avance seguirá descendiendo. La calle comienza a quedarse desierta. Ni una sola estrella luce en el firmamento. Las luces del alumbrado público están semi-cubiertas por el polvo que deja el paso de los días. Avanzo en medio de los anuncios luminosos que penden de las paredes de los edificios o sostenidos por invisibles estructuras por lo que parecen pender del vacío. Los restaurantes y cafeterías, en su mayoría, ya han sido cerrados. El tráfico vehicular casi ha desaparecido. Uno o dos coches rompen el silencio. Ningún alma viviente (además de la mía), se escucha que respire. Mis botas con suela de goma hacen que mis pasos ni siquiera se escuchen sobre el pavimento. Me siento abandonada. Temo a las fuerzas oscuras que habitan en mí.

5

(Estoy en esta ciudad como pudiera estar en cualquier otra. En Norteamérica todas son tan parecidas. Un sector financiero y comercial de grandes y ostentosos edificios. El city hall, la biblioteca y algunos otros espacios para los poderes establecidos. Uno o dos parques. Un par de museos con piezas escultóricas o pictóricas representativas de otras culturas, nunca de la propia. El área de cines y teatros y un sin fin de lugares a elegir para cenar, tomar una copa o entretenerse de acuerdo al presupuesto de cada quien. En lo particular, algunas veces, me gustan los sitios lujosos y bien atendidos, donde el personal del servicio te recibe y te hace tantas reverencias como si fueras la vieja reina de Inglaterra, pero hay horas como estas en las que prefiero vagabundear por las calles semi-iluminadas u oscuras por completo, donde no existe una línea que divida lo bueno de lo malo, lo moral de lo inmoral. Cualquier lugar es una jungla y solo los animales más astutos logran mantenerse a salvo de las garras del enemigo. (Me considero uno de ellos.)

6

Subo la calle empinada. Un tipo que lleva puestos unos guantes deshilachados, un gorro hasta las orejas y una gruesa chamarra de las que usan los militares, con un cartel en la mano dice (a quien quiera escucharlo) que hace tres meses regresó de la guerra de Irak y no ha tenido sexo, ninguna mujer quiere tenerlo en su cama. Me muestro generosa y sin voltear a verlo le extiendo un billete de cinco dólares. “Dos cuadras a la derecha y luego media a la izquierda”, me dice la voz de un hombre con impermeable negro y gorra de destellos metálicos, que me sale al paso para darme una tarjeta tipo postal en la que se anuncia un espectáculo de striptease. Lo veo sin verlo, doblo el papel y estoy a punto de echarlo al bote de la basura cuando el mismo anuncio y la misma fotografía aparecen frente a mí en la parte posterior de la caja de un camión que irrumpe en la calle silenciosa. Llama mi atención la imagen de un tipo de ojos intensamente azules y tez bronceada, vestido con un entallado calzón color cobre que se confunde con su piel, quien promete ser la mejor diversión de la noche, no quiero aspirar a tanto y me digo a mí misma que me conformaré con un poco de entretenimiento. Doblo en la esquina, tal y como me indica el hombre del impermeable, medio bloque más adelante está el lugar del encuentro.

Es uno de los más auténticos tugurios en los que haya estado. Las paredes sin pintar, carcomidas por la humedad, tapizadas por fotografías de esculturales cuerpos desnudos (auténtica exhibición de la masculinidad) y los meseros ataviados con moño blanco al cuello; guantes y ajustados pantalones de cuero (a los que basta jalar tres o cuatro botones para hacerlos caer), van de un lado a otro del salón como si en lugar de caminar danzaran y de pronto se detienen para tomar un pedido, servir una bebida o simplemente para dejarse tocar por quien desee acariciarles las piernas, los brazos, el estómago, la espalda o las nalgas. Son un monumento a la tentación. No me entretengo más en escudriñar hacia adentro y en un intento por aliviar mi soledad, pago los doce dólares de la entrada y el guapo portero pone un sello de tinta indeleble en mi muñeca izquierda y me explica en un inglés con acento caribeño, que basta mostrar la marca para tener acceso por el resto de la noche no solo a este lugar sino a todos los demás antros que hay en la zona, pero sin duda, es en ahí, en el Butterfly, donde encontraré la mejor diversión.

El lugar está bastante sofocado, me quito el suéter y lo dejo en el guardarropa instalado en la entrada. Es grata la sensación de sentirse un poco más ligera. Camino por entre las mesas, busco en el escenario y encuentro que el acto principal no ha comenzado. Me acomodo en un extremo, muy cerca de la barra, pido ginebra con agua dulce, dos hielos y una rodaja de limón. Bebo, como de costumbre, muy lentamente. Me gusta sentir en los labios, en la lengua y dejo resbalar por la garganta el sabor ligeramente dulce de la bebida. El barman me acerca un pequeño plato con aceitunas. No tomo ninguna, suelo encontrarlas demasiado saladas para mi gusto y me da un poco de flojera tener que morderlas y que su grasa se me pegue a los dientes. Nada peor que un aliento con olor a aceitunas. Miro a alrededor y no me sorprende encontrar que la mayoría de los clientes son mujeres acompañadas de otras mujeres. Cazadoras furtivas que al igual que yo miran, pero a diferencia de mí, ellas sonríen, juegan a que son seductoras y felices.

No soy la única extranjera en el lugar, abundan las mujeres de cuerpos escuálidos y ojos oblicuos y las negras ágiles de piel brillante y elásticas como panteras, aderezadas a fuego lento, y, por supuesto, no faltan los rostros pálidos, transparentes, casi, casi fantasmales, esos que se parecen tanto al mío, que de no ser porque conozco mis orígenes y las marcadas diferencias en el color del cabello, podría llamar mis hermanas; criaturas enfermas de soledad y sedientas de emociones, por vulgares que sean. Creo que en el fondo todas somos iguales, aunque algunas como yo se atreven un poquito más a ver dentro de sí mismas y no dudan en romper esa delgada línea que divide la realidad de los sueños, sin saber precisamente qué va primero y qué después. En el momento en que abro los ojos e intento salir de mi cama, realmente no sé si he despertado o he entrado a un sueño más profundo e incluso no sé si ahora estoy soñando y este lugar lleno de humo y olor a alcohol no es la antesala del infierno; el velo de niebla que me impide tocar el paraíso que me está destinado.

No termino de escudriñarlo todo cuando un hombre algo viejo y vestido de etiqueta de color negro opaco, quien cumple funciones de maestro de ceremonias, sube al escenario y como si estuviéramos en el teatro, sin esconderse detrás de la cortina, micrófono en mano, hace la primera llamada y en la pantalla del fondo comienzan a aparecer las imágenes de los “artistas” de la noche, incluyendo la del espécimen de tez broceada y ojos azules. La mercancía se expone a lo largo y ancho de la pantalla. Desfilan disfrazados de ellos mismos. Los hay de todos colores, desde el blanco pálido, casi transparente, hasta el negro color de ébano. Sin dejar de lado, el moreno claro y el amarillo sulfuroso. La estatura es casi uniforme, van de un metro ochenta a uno ochentaicinco. El público aplaude. Impaciente espera verlos desfilar por el escenario. Cualquiera de esos cuerpos está al alcance de mi mano y no tengo que elegir. Ya he elegido.

“Segunda llamada, segunda”, canta, entre alegre y seductora, la voz de hace rato, la de la primera llamada y las clientas aplauden, una y otra vez, deseosas de que caiga el telón (en realidad no hay ningún telón, solo el escenario lleno de luces multicolores que parecen encenderse al estrépito de la música). Los meseros van de un lado a otro, bajo su ropa entallada lucen las piernas fuertes y sus rígidos traseros; hechos a base de pesas, gimnasia, masajes y en algunos casos implantes. Uno de ellos me sonríe confiado, en un par de segundos viene y se para a mi lado, para no defraudarlo pongo en su mano un billete de diez dólares y con la mano izquierda acaricio un poco el borde de su cadera. Se inclina y habla a mi oído. Dice que a las tres estará libre y si lo deseo puede acompañarme. No digo nada. En realidad, no he venido por él sino por el otro, el de la piel bronceada y los ojos de azul infinito, como de cielo sin nubes, el mismo que ahora avanza hacia el escenario. Es el momento de su número. El maestro de ceremonias, grita “tercera llamada, tercera”.

Vestido con un entallado pantalón de cuero y una corbata un tanto ridícula que le llega hasta abajo del ombligo, en medio de las luces y los gritos de la concurrencia, mi elegido sube al escenario y al ritmo de una música, que no logro identificar (demasiado ecléctica para mi gusto), empieza a moverse, primero con cierta parsimonia y de pronto sus movimientos se vuelven más enérgicos. En menos de diez minutos se quita lo que lleva puesto, menos el calzón color cobre que refulge como una estrella en medio de las luces. No puedo decir que me ve, más bien soy yo la que lo mira. Sin que la música se interrumpa deja el escenario y sin ningún pudor, sin dejar de danzar, debo reconocer que no sin cierta vulgaridad, se acerca al público. No son pocas las que estiran la mano para colocarle un billete en cualquier parte. Espero mi turno, me preparo con un billete de cien dólares y escribo una tarjeta con mi dirección y la hora de la cita, apenas he terminado de hacerlo cuando él ya está parado frente a mí, mirándome como si me esperara, supongo que intuye que he venido por él, no pierdo la oportunidad y expongo bajo su tanga mi oferta y sin prestarle más atención, tomo lo que queda de mi bebida, pago y me marcho. Antes de que amanezca, mucho antes, mientras la luna dormita entre nubes negras, ese cuerpo perfecto, esas manos hermosas estarán tocando a mi puerta y esos ojos azules se encontraran de nuevo con los míos. Entonces la noche, siempre la noche, en lugar de agonizar, renacerá de nuevo. Y ahí estaré yo; una vez más, muchas veces más, palpando el borde de sus abismos.