Carmen Dorado Vedia

Dorado Vedia, Carmen

Nací en Madrid, donde vivo y trabajo. Estudié Derecho en la Universidad Autónoma. He viajado por todo Oriente Próximo, estudiando su historia, su cultura, su literatura y su lengua en distintas Instituciones Internacionales. Desde hace años asisto a los talleres literarios de Clara Obligado Mis cuentos han sido publicados en distintas antologías: Un lugar donde vivir (Madrid, 2005), Apenas unos minutos (Madrid, 2007), Jonás y las palabras difíciles (Madrid, 2010), Los inquilinos del Aleph (Madrid, 2011), Futuro Imperfecto (Madrid, 2012), ¿Y usted de qué se ríe? (Madrid, 2013), La Isla (Madrid, 2014). He sido finalista, con el cuento “El último viaje”, en el III Concurso Internacional de Microrrelato Museo de la Palabra (Quero – Toledo 2013) Entiendo la escritura como un modo de acercar culturas. Tras las huellas de Sherezade es mi primer libro en solitario.

EL ANUNCIO

Hoy Renata, más nerviosa de lo habitual, cruza el pequeño despacho a grandes pasos. Piensa en su compañera de trabajo. ¿Qué habrá hecho? ¿A quién habrá embaucado? El puesto de Coordinadora era mío.

Yo poseo todos los méritos para desempeñar la plaza: antigüedad, formación, buenos informes; había puesto mucha ilusión en el nuevo empleo, además todos en la empresa estaban convencidos de que se lo darían a ella. Ayer tarde, desde el Departamento de Recursos Humanos le comunicaron que la plaza era para Catalina.

Amigas, piensa Renata, mientras estruja un papel entre sus manos. En su memoria se agrupan los recuerdos de un año. Cómo llegó Catalina a la empresa. Cómo la introdujo en su círculo de amigos, cómo le facilitó las funciones que debía desempeñar, hasta le aconsejó en quién podía confiar y en quién no. Catalina, recién llegada a la ciudad, se enfrentaba a un nuevo trabajo, a una nueva residencia. Renata no dudó en acompañarla en la búsqueda de piso. Parecía tan desvalida, le recordaba tanto a ella misma, que en cierto modo le producía una ligera sensación de pena.

Ahora sus sentimientos han cambiado. Aparta de su mente los recuerdos agradables. Comienza por quitar las fotos de su mesa. Se detiene frente a una en la que se puede ver a las dos. Renata abrazada a su marido y sonríe a la cámara. Catalina guiña un ojo al fotógrafo, su novio de entonces. Siente una punzada en el corazón. Fue un fin de semana inolvidable, los cuatro en la playa, el sol, la buena mesa, paseos largos y muchas, muchas confidencias. Es allí donde Renata le confiesa que está embarazada y le ruega discreción hasta su ascenso.

¡Maldita entonces y maldita ahora! Ahoga en su interior Renata. No podía guardar el secreto.

Renata supo, días después, que se había ido de la lengua cuando sus compañeros comenzaron a felicitarla.
No tiene nada que ver tu futura maternidad, le dijo el Jefe de Personal, cuando le anunció que el ascenso era para Catalina. No le creyó.
Desde hace meses el rumor de un romance entre ellos sobrevuela la oficina.

Poco importan los motivos. Ha llegado el momento.

El timbre del teléfono interrumpe sus pensamientos.
¿Sí? Sí soy yo. Claro que estoy interesada.
¿Entonces, cuánto me costará?
Sí, quiero publicarlo en todos los Diarios.
De acuerdo, ahora mismo hago el ingreso. Antes de colgar añade, ¿pueden enviarme el texto tal y como lo insertarán? Muchas gracias.

Deja el teléfono en la mesa, se sitúa frente a la pantalla del ordenador y espera. Un nuevo mensaje entra en su bandeja. Lo abre, toma aire y lee el texto. Con manos temblorosas por la emoción pulsa las teclas del ordenador para enviar su conformidad. Lo imprime. Ahora se siente más tranquila. Se recuesta en el sillón y esboza una sonrisa.

Al día siguiente hay Junta de Accionistas y es costumbre tomar un café mientras ojean el periódico en el que verán una foto de Catalina con el siguiente pie de página:

Mujer de 35 años, totalmente desinhibida, desea conocerte. Te espero en mi casa, con poca ropa y mucho calor para compartir.

Abajo la dirección y el teléfono de contacto de su amiga.

Coge el bolso, apaga la luz y sale da la oficina. En la calle toma un taxi y se pierde entre el tráfico de automóviles y viandantes.