Jorge Alberto Esponda Brambilla LP 7

Esponda Brambilla, Jorge Alberto

Crecí en un lugar donde todos tenían que contar alguna anécdota o relato sobrenatural. Nací al sur de Veracruz, en Coatzacoalcos. Desde pequeño los libros han tenido una atracción fascinante en mí. No recuerdo un día en el que no haya imaginado alguna situación paralela a mi realidad y el deseo de plasmarla. Después de algunos intentos y búsquedas para materializar esas historias que yo me contaba en plena soledad, acerté con los talleres que imparte Mariana García Luna, donde voy descubriendo a mi ritmo el oficio literario.

LA PLUMA DE MESOPOTAMIA

Audie trepó aquel anciano roble como si lo hubiera hecho siempre. Llevaba binoculares de visión nocturna. Le sudaban las manos y los pies, su corazón se iba acelerando, sentía un hormigueo en el cráneo como diminutos potros desbocados; su respiración, entrecortada, obedecía más al éxtasis de inmiscuirse en las vidas ajenas que al esfuerzo físico de serpentear aquel gigantesco árbol. No tardó en encontrar la visión que buscaba en una de las ventanas del condominio: un grupo de parejas desnudas festejando lascivamente. Ajustó los lentes del prismático para observar la escena más cerca. Se sorprendió al ver la caída de un proyectil plateado, girando de diestra a siniestra, casi en ángulo perfecto de cuarenta y cinco grados a la horizontal de la calle.

El adolescente eligió el viejo árbol del parque por la vista panorámica de la antigua construcción, pero también por el aroma: una fragancia a canela con nuez moscada y vainilla que le provocaba una sensación de Navidad. El inmueble estaba agrietado, con manchas pajizas, revelaba algunos ladrillos rojos, musgos y helechos en los muros, además nidos de ratas y unos cuantos inmigrantes disidentes.

Un frío estremecedor le taladró los huesos. Audie, trece días antes, presenció a la distancia, en secreto, con sus binoculares, los actos grotescos de un mago de circo que destripaba animales pequeños y luego los reanimaba con su aliento. Lo llamaban Kim Hera, el ilusionista. Era el mismo temor que experimentaba ahora.

Tardó años en vislumbrar las enseñanzas de quien se convertiría en su mentor. Kim le reveló de las maneras más ilustrativas que pudo, que esta vida, tal como la vivimos hoy, tal como la hemos vivido, tendría que revivirla infinidad de veces; nada nuevo habría en ella; al contrario, cada pena y cada gozo, cada pensamiento y cada suspiro volvería a enfrentarlo en la misma secuencia y disposición. Le dijo: “Si este pensamiento te permeara, te transformaría, ¡Cuánto habrías entonces que amar la vida y a ti mismo para no acariciar otro objeto que la libertad!”.

El ilusionista apareció al lado del edificio, se desplazaba como si caminara sin andar. Con un movimiento elegante atrapó aquel proyectil, que era un fino estilete de la remota Mesopotamia, sacó una pequeña libreta de su chaqueta, arrancó una hoja, escribió sobre ella una invitación y ordenó al viento llevarla hasta las manos de Audie.