Rocío Ramírez del Castillo LP 7

Ramírez del Castillo, Rocío

Soy originaria de Monterrey, Nuevo León. Abogada, Contadora Pública y Escritora. Editorialista en el Periódico El Norte, del Grupo Reforma. Ganadora del Tercer Lugar del Certamen de Literatura Joven Universitaria 2006 de la UANL, la obra con la que gané fue publicada en la compilación literaria “Imágenes para leer”.  He publicado los libros “El vendedor de abrazos”, “Conversaciones ajenas” y “El príncipe bufón”. Autora del blog  www.chicabloguera.com .

 

LA CHICA DEL ESQUIMAL DE CHOCOLATE

El sol se extiende sobre toda la ciudad. Siento sed, comienzo a sudar. De pronto, encuentro mi oasis en el desierto: una nevería frente a un parque.

Detengo mi marcha y bajo del coche. Al entrar al establecimiento, el frío aire acondicionado me noquea, aunque me gusta la sensación. Ordeno un cono de nieve de vainilla, y salgo del local. El sol toma revancha y ahora me abofetea con aire caliente.

Aturdido por los bruscos cambios de temperatura que experimentó mi cuerpo en tan pocos minutos, me siento en una banca, refugiándome bajo la sombra de unos árboles.

Me dispongo a disfrutar mi helado, cuando en ese momento, alguien se acerca y me pregunta:

­­­­—Disculpa, ¿está ocupado?

Alzo la vista despacio y por poco quedo ciego. Pero no es el sol lo que me encandila, sino esa mujer de cabello castaño lacio y ojos redondos que está inclinada frente a mí. Su blusa sin mangas muestra sus brazos morenos y el nacimiento de sus pechos. Su short de mezclilla deja al descubierto sus piernas fuertes y torneadas.

La mujer repite la pregunta. Atolondrado, respondo:

—No. Adelante.

Ella toma asiento junto a mí, aunque mantiene la distancia. Abre un empaque con los dientes y saca un esquimal, el cual empieza a saborearlo lentamente.

—¡Qué calor! ¿Verdad? —me pregunta.

Aprovecho su iniciativa para entablar una conversación.

—Sí, bastante. Supongo que estamos como a cuarenta grados centígrados —respondo.

—Es probable —dice mientras se abanica con la mano.

Puedo percibir una gota de sudor que se desliza por su cuello perdiéndose finalmente en su escote.

—Yo soy de Cuernavaca —me dice.— Y allá no tenemos estas temperaturas.

—¿Entonces eres nueva en la ciudad?

—Más o menos. Me mudé hace dos meses, por cuestiones de trabajo. Me ofrecieron una oportunidad en una empresa que no pude rechazar. Es en el área de Tecnología de Información.

—Qué interesante. —digo. “Bonita y estudió la misma carrera que yo.”, pienso.

La mujer cruza sus piernas. Yo las acaricio con la mirada.

Ella de pronto se vuelve hacia mí.

—¿Tú eres de aquí?

—Sí.

—¿Qué lugares me recomiendas visitar?

—Pues depende qué quieras conocer. Hay de todo: museos, antros, teatros, centros comerciales…

—Sí, tengo ganas de conocer toda la ciudad. Después del trabajo solo voy a mi casa, y me aburro mucho estando encerrada. Necesito que alguien sea mi guía.

—Pues yo podría serlo, si gustas —digo casi sin pensar,  luego siento que es demasiado osado de mi parte y río.– Es broma, no te creas.

Ella ríe también, lo cual me causa cierto alivio. Al menos no se ha ofendido por mi atrevimiento.

—Eres muy atrevido —dice y me sonrojo. Después de todo sí se había percatado.

—Discúlpame.

—No te preocupes. ¿Cómo te llamas?

—Alfredo.

—Me llamo Nina —responde ella y me tiende la mano.

—Mucho gusto.

—Entonces, Alfredo, dime ¿a qué te dedicas? Si voy a tener un guía necesito conocerlo primero.

—Trabajo como programador en una empresa manufacturera.

—¿En serio? ¿También eres ingeniero en sistemas?

—Así es.

Nos la pasamos platicando sobre sistemas operativos, gadgets y sistemas de navegación de Internet. Descubrimos que ambos somos fanáticos de las Macs. Me gusta esta mujer.

—¿Y qué te gusta hacer en tus ratos libres? —me pregunta.

—Practico ciclismo de montaña.

—¿De veras? Yo también. Bueno, dejé mi bicicleta en Cuernavaca, pero tengo intenciones de comprar una nueva.

—Yo te puedo recomendar algunas tiendas donde puedes conseguir no solo una buena bicicleta, sino todo el equipo necesario. Incluso si gustas, ya cuando la compres, podríamos ir a dar una vuelta, conozco algunos lugares rumbo a la carretera donde puedes practicar.

—Me parece perfecto.

Nina lleva el esquimal a sus labios, abre toda la boca, y lo introduce, chupándolo despacio. Aquello me excita, quizá porque mi mente tiene una ilusión fálica. Trato de controlar mis impulsos por tomar aquella mujer y sigo conversando con ella.

—Y dime Nina. ¿Dejaste algún amor por allá?

Ella ríe con candor.

—No, ninguno. No tengo novio. ¿Y tú?

—Yo tampoco tengo novio.

Ella suelta una carcajada.

—Menso. Me refiero a que si tienes novia.

—No, no tengo novia —sonrío y ella me corresponde con el mismo gesto.

Continuamos platicando, sobre música, viajes, libros y comida. Es increíble la química que siento por esta mujer. No llevo ni veinte minutos hablando con ella pero siento que la conozco de años. El helado se me derrite en las manos. Me he olvidado de comerlo por estar escuchándola.

—Pásame tu teléfono, por favor —digo.

Ella lo piensa por unos segundos.

—Mmh, está bien. ¿Tienes donde anotarlo?

Saco mi celular, pero me doy cuenta de que se ha descargado. Maldición. ¿Dónde más puedo anotar su número? Bueno, aún tengo la servilleta que envuelve mi cono de nieve.

—Toma, apúntalo aquí.

Ella anota sus datos y me regresa la servilleta.

—¿Y cuándo nos ponemos de acuerdo para un tour, señor guía? –me pregunta Nina.

—Cuando quieras.

En ese momento, una señora gorda nos pregunta si podemos hacerle un espacio para sentarse. Nina se recorre hacia mi lado. La señora se deja caer. Casi nos aplasta, pero yo no me quejo. Gracias a eso tengo a Nina más cerca que nunca. Su piel caliente roza mi cuerpo.

—Me gusta bailar —dice Nina.— ¿Y a ti?

—También.

—¿Sabes bailar salsa?

—No, pero podrías enseñarme.

—Claro.

—Velo como un intercambio. Yo te muestro la ciudad y tú me das clases de salsa.

—Trato hecho —responde Nina.

—Joven —interrumpe la señora gorda.— ¿Puede tirar esto en la basura, por favor?

—Claro —contesto, tomo su servilleta sucia y la arrojo al cesto que está junto a mí.

—Entonces así quedamos —dice Nina.— Me llamas y nos ponemos de acuerdo.

—Está bien.

Me estrecha la mano.

—Gusto en conocerte Alfredo. ¡Nos vemos!

Bye.

Nina se marcha y yo también hago lo mismo. Voy hacia mi carro y en el trayecto no dejo de pensar en la suerte que he tenido al conocer a la mujer de mis sueños. Manejo rumbo a mi casa. No aguanto las ganas de llamarle, así que busco en el bolsillo de la camisa el teléfono de Nina.

No lo encuentro.

Detengo el coche de inmediato. Hurgo en los bolsillos de mi pantalón y nada. Entonces recuerdo que tiré la servilleta junto con la de la señora gorda.

Desesperado, doy la vuelta y regreso hacia el parque. Busco la banca donde estuvimos sentados y husmeo en el cesto de la basura.

—Oiga joven ¿qué busca? —me pregunta un barrendero.

—¡Un papel donde viene un número de teléfono!

—Uy muchacho. Ya vino el camión de la basura y se llevó todo.

—¡No!

Desde entonces paso todos los días por el parque, esperando a que el universo un día me vuelva a poner en mi camino a aquella mujer guapa de la que me enamoré mientras se derretía en mis manos un cono de nieve de vainilla.