Verónica A. Robles Beltrán LP 7

Robles Beltrán, Verónica A.

Nací en Monterrey, Nuevo León. En el seno de una familia donde mi madre prefería las películas y mi padre los libros. Aprendí a leer a los cuatro años y luego de eso comencé a contar mis propios cuentos. Nadie podía frenar mi imaginación, cosa que me costó varios regaños en el colegio. Crecí con la cara hundida en libros y diarios donde escribía historias cortas. Me gradué de la Lic. en Psicología, pero mi pasión seguía en las letras. Cuando terminaba de leer un libro, éste me gritaba que me atreviera, que diera el primer paso para aprender lo que tanto me llenaba.
Tras un curso en línea y búsquedas fallidas, llegué al curso presencial donde conocí nuevas herramientas para mejorar, moldear y sentir mi narrativa.

FRANCIS Y PARÍS

Mientras bailaba por la sala con su gato en brazos, Francis buscaba inspiración para su tercera novela. No hacía mucho que se había quedado huérfana y su carrera como escritora había despegado bastante bien.

—Imagínate —le dijo a su minino—. Tú y yo somos una pareja de jóvenes que cruzan miradas en los años treinta. Ella es demasiado tímida para acercarse al joven que le sonríe del otro lado del bar.

Dio una media vuelta cerrando los ojos y se dejó llevar por el sonido de la música. París, un angora con pelaje dorado, movió la cola en respuesta y maulló mirando a su dueña con extrañeza. La música terminó y la escritora colocó a su mascota en el piso de madera y se dirigió satisfecha a la cocina. Tomó asiento una vez más frente a su computadora portátil y alargando la mano, alcanzó su taza de café y le dio un sorbo.

—Para de fingir que no hablas cuando estamos solos. Mientras mi editor o mis tías no anden rondando por aquí, ambos podemos conversar.

El angora entró a la cocina y miró con fastidio a su dueña:

—¿No pudiste ponerme un nombre menos cliché? —dijo molesto mientras saltaba a la mesa—. Hubiera preferido algo así como Ernest, Dylan o Aristóteles, esos son nombres de gatos.

Francis sonrió y colocó la taza a un lado.

—No seas gruñón y ayúdame con esta línea: Ofelia acaba de viajar por el tiempo y luego de su encuentro en el bar no sé cómo seguir.

París negó lentamente y bufó.

—Muévete y déjame leer eso.

Ese era el único secreto que Francis guardaba en su común y poco extraordinaria vida. Su gato podía hablar y no sólo eso, era la reencarnación de un famoso escritor, pero él jamás había querido revelarle la verdad. ¿Qué más daba quién era o quién había sido? Mientras le ayudara con sus historias y le dejara acariciarlo detrás de las orejas, ella era feliz. París terminó de teclear y se sentó en las piernas de su dueña.

—Más te vale que me dediques este libro, mocosa insolente.

El felino se hizo un ovillo en las piernas de Francis y comenzó a ronronear.

—No seas ridículo, ¿quién le dedicaría un libro a su gato?

Pero un año después, en las librerías de la ciudad, las personas no dejaban de hablar de la curiosa autora que había escrito lo siguiente en la primera página de su novela: “Este libro se lo dedico a París, mi amado gato angora. Gracias por tus consejos gatunos, tuya siempre”.