Alejandro Garza LP 7

Garza, Alejandro

Si mi cama fuese una carabela en medio del Atlántico, navegaría sobre un mar de libros, pues de estos hay más en los cajones que ropas para vestir. ¡Hasta en el piso tengo! Ya no sé dónde ponerlos.
Nací un 24 de septiembre de 1986, cerca del equinoccio. Soy Libra, hijo de la dualidad: del día y de la noche, del blanco y del negro; de las letras y de los libros…
Como buen lector, sueño con ser escritor. Los libros son parte de mí; son amigos y consejeros: sólo hay que atreverse a ser sus pasajeros.

FRAGMENTOS DE VIDAS

Me encontraba sentado en la cima del Espinazo del Diablo; por alguna extraña razón habían permitido la entrada durante la noche. Era una oportunidad que no podía desaprovechar. Así que, ahí estaba, observando el manto estelar, descontaminado y nítido. Sostenía un lápiz para aquellos pensamientos que brotan de la nada y hay que escribirlos.

“Somos un segundo en el tiempo”, pensé. ¿Qué ocurre en este instante en el mundo? Yo estoy aquí sentado, pero, ¿qué hacen otros seres humanos en este momento o qué ocurre en el universo? Mi ensimismamiento me hizo soltar el lápiz.

Una pareja hacía el amor desenfrenadamente bajo la luna llena de Toscana. Después de ocho años de matrimonio la llama de la pasión ardía con intensidad. Italia, siempre tan romántica.

Después de varias copas y no saber dónde se encontraba, Karoline era abusada sexualmente por tres desconocidos en una fiesta, en algún lugar de Hamburgo, Alemania.

Los presidentes de Estados Unidos y Rusia sostenían una reunión poco peculiar para decidir sobre el curso de acción para borrar de la faz de la Tierra a los extremistas de ISIS. El lápiz todavía no llegaba al suelo.

Cerca de quinientos niños soldados perdían la vida en un conflicto armado en Sudán del Sur. Mientras tanto, el sumo pontífice preparaba un discurso sobre la paz que daría a la mañana siguiente en la Plaza San Pedro desde su balcón.

En el hospital metropolitano de Metsusawa, en Tokyo, nacían las gemelas Hikari (Luz) y Mizuki (bella luna). Los esposos Kobayashi lloraban de felicidad. Por ser sintoístas, daban las gracias a Amaterasu, una de las máximas deidades.

Drako, de diez teranes de edad, se encontraba en una colina de la ciudad de Uttar, del planeta Arion, en el sistema solar Deon, de la galaxia de Andrómeda, preguntándose si había vida en otros planetas y en otras galaxias.

Vi cómo una estrella fugaz navegaba entre aquel mar de estrellas. Cuando el lápiz tocó el suelo, volví a la realidad. Me levanté e inicié el camino de regreso a casa. Drako desapareció, teletransportándose hacia algún otro punto de Uttar.