Christian Gamboa LP 7

Gamboa, Christian

Nací en Xalapa, Veracruz, aunque soy incapaz de responder a cualquier pregunta acerca de los chiles Xalapeños.

Cuando era niño escribía poemas para la única mujer en mi vida, mi madre. Crecí de la misma forma que escribía: sin respetar métrica ni estilo. Estudié Recursos Humanos y uno que otro taller de alguna que otra materia trivial.

Mi gusto por la literatura me dio el deseo de aprender el arte de escribir. Eso me trajo al taller de Creación Literaria, con Mariana García Luna, queriendo aprender de lo que no sé y alejándome un poco de lo que todo el mundo sabe.

 

El REMITENTE

Miriam subió al interminable tren que parecía no tener principio, buscando desesperadamente al destinatario de la carta, cuyo remitente recién había fallecido. Tropezó con un viejo engalanado que vestía gabardina y sombrero de copa, cruzaron miradas durante un largo espacio de tiempo que en realidad fue un segundo, y una fuerte agitación los distrajo, todo se tornó oscuro. El tren había sufrido una explosión.

Los primeros vagones quedaron varados en el túnel. Los cuerpos de la parte posterior yacían inertes y los vivos escapaban del humo que mermaba la respiración. El recuerdo del anciano asaltó la mente de Miriam y le hizo voltear hacia atrás llamándola sin palabras, ahí estaba, malherido y gateando por sobrevivir. Al primer intento de ayuda él contestó:

—¡Corre para salvarnos, aún hay tiempo! ­—Miriam imaginó que el viejo deliraba por el impacto de la explosión, pasó el brazo de él sobre su hombro y con gran esfuerzo lo arrastró unos metros.

—¡Corre tú! ¡Sálvanos! —repitió con tono firme y fuerte, buscando en el piso su sombrero de copa—. Toma, tú sabrás a quién dárselo, aún hay tiempo —le entregó un sobre que extrajo del sombrero. En su rostro suplicante y desgastado había verdad, viendo la carta en sus manos y luego los ojos de él, caminó unos pasos hacia atrás antes de correr a toda velocidad hacia la salida.

Una vez afuera miró en todas direcciones, pero la ciudad permanecía en su rutina indiferente, como si nada hubiese sucedido. Sin vacilar corrió impulsada por algo más que la encomienda, con la mirada del viejo en la memoria.

Abordó el primero de los trenes en llegar a la estación; agitada por el esfuerzo tomó el sobre con sus frágiles manos ensangrentadas y deshizo el sello, desdobló la carta y en el interior encontró un mensaje escrito: Este tren va estallar. Alzó la mirada con las negras pupilas dilatadas, temblando. Bruscamente avanzó hacia el frente del vagón como si al hacerlo fuera a encontrar al destinatario. Empujó por accidente a un anciano vestido con gabardina y sombrero de copa, se vieron durante un segundo que pareció más largo y él rompió el silencio.

—Cada segundo cuenta —dijo el distinguido anciano. El tren se agitó por una explosión, todo se tornó oscuro, el humo hizo pesada la atmósfera, vio el sombrero de copa a sus pies y detrás de ella el viejo gritó:

—¡Corre aún más rápido! ¡Sálvanos! —y ella misma tomó la carta del sombrero.