Juan Manuel Rodríguez Iglesias – Ana Isabel Torres Villanueva LP 7

Rodríguez Iglesias, Juan Manuel

Nació el 7 de febrero de 1955 en Madrid. Doctor en Filosofía. Licenciado en Teología. Especializado en Antropología cultural, Tradiciones populares y Religiosidad popular. Profesor de Bachillerato. Animador de actividades musicales, festivas y lúdicas en centros escolares. Colaborador con las editoriales españolas Edelvives y SM en la redacción y el desarrollo didáctico de libros de religión católica. Autor de libros y artículos de etnografía y religiosidad popular. Ponente, animador y promotor de actividades y cursos de innovación educativa.

Torres Villanueva, Ana Isabel

(Córdoba, 1981). Es licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Jaén y actualmente se dedica a la docencia en un centro concertado de Madrid. Además trabaja en la investigación filológica en el área de literatura medieval y áurea, concretamente en la edición de obras pertenecientes al género de la narrativa caballeresca castellana del siglo XVI. En el pasado mes de enero culminó su doctorado con la lectura de su tesis, titulada Estudio y Edición de La Trapesonda (Sevilla 1533), obteniendo la calificación de sobresaliente cum laude en un acto celebrado en la Universidad de Jaén, lo que la cualifica no solo como especialista en literatura de los Siglos de Oro, sino como cervantista, dada la materia tratada.

ETNOGRAFÍA DE EL QUIJOTE: CAPÍTULOS V AL XI DE LA PRIMERA PARTE

(Continuación del artículo publicado en La Palabra, nº 6)

 

Capítulo V

Donde se prosigue la narración de la desgracia de nuestro caballero.

Como queda don Quijote tendido en el suelo, incapaz de levantarse por sí mismo, le vienen a la memoria casos parecidos que ha leído en sus libros de caballerías. Y mientras recita versos que contienen esas historias pasa por allí un labrador vecino suyo que, al acercarse para socorrerle, le reconoce y le acompaña a su casa, siempre escuchando sus desvaríos. En su casa esperan angustiadas el ama, la sobrina, el cura y el barbero, que no se explican la desaparición tres días atrás de su tío, señor y vecino si no es porque, a la luz de los extraños objetos que se ha llevado y sabiendo sus gustos en cuanto a la lectura, es fácil imaginar al culpable del extravío de don Quijote. Lo que era sospecha se convierte en certeza cuando entra el hidalgo en pleno desvarío; tras abrazarle le llevan a acostar con el fin de examinarle, pero las pruebas principales a examinar están en su discurso, que no deja lugar a dudas, como bien anuncia el cura antes de interrumpirse el capítulo.
REY HAZAS, A. y SEVILLA, F. (eds.), El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, Alcalá de Henares, CEC, 1994, pp. 58-63.

Temas etnográficos:
El molino. El burro de carga. La condición de ser de pueblo.

Un labrador, vecino del pueblo, encuentra maltrecho a don Quijote. Viene “de llevar una carga de trigo al molino”, hecho frecuente en la vida rural tradicional para disponer de harina y poder hacer la hornada quincenal  para la familia. Naturalmente, el fiel acompañante en estos casos es su animal de carga, que Cervantes alude a él en sólo cinco líneas con cuatro términos distintos: jumento, caballería más sosegada, asno y borrico.

Más adelante cuando llega don Quijote a su casa aparecen de nuevo el cura y  el barbero, tratado como maese Nicolás, es como el médico del pueblo. Los dos están para remediar los males, uno los del alma, el otro los del cuerpo.

Por último, solo añadimos en este capítulo la reflexión del influjo que puede ejercer la ficción en la conducta de las personas, antiguamente los libros de caballerías y hoy el cine y la televisión, por ejemplo. Aparentemente, la moraleja que presenta El Quijote es la siguiente: Si los libros de fantasía y ficción caen en manos de gente inmadura, superficial, ociosa e infantil, se convierten en instrumentos perniciosos e inducen a imitar lo que la ficción desarrolla, creyendo ingenuamente que todo es real y se puede llevar a cabo lo que cuentan. Don Quijote y el labrador Bartolo, protagonista del Entremés de los Romances  (el que dicen los entendidos que inspiró a Cervantes el comienzo de El Quijote) pueden ser ejemplo de la estulticia de “los de pueblo”, que se lo creen todo… Por ahí corre el insultante refrán: “Ya lo dijo Cervantes, gente de pueblo, gente ignorante”.  Pero el propio Cervantes creará un personaje, don Quijote, que superará esa estupidez que en un primer momento aparenta padecer.

 

Capítulo VI

Del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo.

Resueltos a poner fin a la causa de tanto mal, se disponen ama, sobrina, cura y barbero a acceder a la biblioteca de don Quijote para prenderle fuego, no sin antes hacer una criba para tratar de salvar algún libro, que no obstante eran auténticos artículos de lujo en aquel tiempo. De esta manera nos introduce Cervantes en la crítica literaria a través de las personas del cura y el barbero, únicos intelectuales que se encuentran en la casa (y probablemente en la aldea). Así, van pasándose títulos y valorando si merecen salvarse del fuego o si por el contrario han de arder por su falta de calidad literaria, llamando la atención especialmente la mención de La Galatea, del propio Cervantes, animando a su lectura y anunciando una próxima continuación. Pura publicidad comercial.

Op. cit., pp.64-74.

Temas etnográficos:

Religiosidad popular: el agua bendita. El corral. El mudadal.

Este es un apretado capítulo modelo de exposición bibliográfica de los libros de caballerías y la literatura del momento. Una buena idea para eliminar las aburridas listas bibliográficas que solemos colocar al final de toda investigación e incluirlas en la narración de los hechos.

Pero lo que nos interesa es la etnografía, y el capítulo comienza con una situación entre religiosa y supersticiosa. El ama toma “una escudilla de agua bendita y un hisopo” para echar al demonio o encantador que puede estar en los libros que han vuelto loco a su señor, y le dice al cura: “Tome vuestra merced, señor licenciado, rocíe este aposento, no esté aquí algún encantador de los muchos que tienen estos libros…” Lo malo es que el cura no se toma en serio ni al ama ni al exorcismo: “Causó risa al licenciado la simplicidad del ama…”.  Como vemos, tanto en el siglo XVII como en el XX, en muchas casas había un recipiente con agua bendita, traída de la iglesia el día de Sábado Santo por la mañana, que el cura bendecía para todas las vecinas que vinieran por ella. Así luego asperjaban toda la casa para librarla de cualquier mal, como en este caso.

El corral es el lugar donde se acumulan los libros para ser quemados. El cura, guardián moral por antonomasia de la vida rural, preside la ceremonia, acompañado del barbero. El corral es el lugar donde temporalmente se acumula el estiércol sacado de las cuadras para llevarlo al “mudadal”, que suele situarse a la salida del pueblo, en un camino hondo. Cada vecino solía tener su “mudadal”. Al igual que el estiércol, los malos libros son arrojados y quemados en el corral. Sus cenizas mezcladas con el “estrume”, el estiércol,  de los animales servirán para enriquecer las tierras de siembra. Don Quijote vendió parte de sus tierras de sembradura para comprar libros, y luego muchos de sus libros van a servir de abono para las tierras que le quedan. En el ámbito rural tradicional todo se recicla, hasta las ideas. El donoso escrutinio con el que acaba la primera salida de don Quijote es un Auto de Fe literario, que acaba con la sentencia inquisitorial dada por el cura: Los malos libros al fuego “pues no hay más que hacer… sino entregarlos al brazo seglar del ama”.

 

Capítulo VII

De la segunda salida de nuestro buen caballero don Quijote de la Mancha.

Despierta de su sopor don Quijote creyéndose Renaldos de Montalbán, con lo que interrumpe, cuando estaba casi finalizado, el escrutinio. Aún permanecerá quince días reposando en el hogar, buscando además quien le sirva de escudero. El elegido, Sancho Panza, decide acompañarle en una nueva salida tras la promesa de una recompensa verdaderamente extraordinaria: el gobierno de una ínsula. Obviamente Sancho desconoce lo que es una ínsula ni que es imposible encontrarla en plena Castilla. Aprovechando la oscuridad de la noche marchan sin ser vistos y sin despedirse.

Op. cit., pp. 75-80.

Temas etnográficos:

Ser criado o ser labrador.

En este capítulo aparece Sancho Panza. Es un “labrador vecino”, “hombre de bien… si es que este título se puede dar al que es pobre”. Sancho no es un criado, es un labrador, pero labrador pobre, con pocas tierras, tan pocas que apenas alcanza a vivir, y eso que también tiene poca familia. Entre los castellanos suele haber un refrán que dice “más vale ser pobre labrador que buen criado”. Pues Sancho desoye este refrán y se convierte en escudero, o sea, criado de don Quijote. Sus señas de identidad serán el asno y las alforjas. Hoy diríamos que este peculiar rústico es como aquel que vendió el coche para comprar gasolina, o más tradicionalmente, como el que vendió la herencia por un plato de lentejas, pero basta con leer el capítulo para encontrar otras expresiones que “le vienen como anillo al dedo”: Sancho es el que va a “buscar pan de trastrigo” (pan que se hace de nada) o “el que va por lana y vuelve trasquilado”. No sólo don Quijote se instala en un mundo de ficción, sino también Sancho, que cambia su estatus por otra ficción, la ínsula prometida. Un informante zamorano me confesaba el deseo, cuando era joven, de salir del estatus de criado y hacerse labrador, “peguero” o medio labrador, “poner él la labranza”, y librarse de la dependencia del amo. Igual que vimos en los primeros capítulos donde subrayamos que don Quijote hace lo contrario que haría un labrador con sentido común (¡mira que vender las tierras de sembradura para comprar libros!), Sancho sigue su camino, se hace criado para ser gobernador de una ínsula.

 

Capítulo VIII

Del buen suceso que el valeroso don Quijote tuvo en la espantable y jamás imaginable aventura de los molinos de viento, con otros dignos de felice recordación.

Al toparse en el camino con los molinos de viento, no habrá quien quite a nuestro protagonista del pensamiento que se trata de gigantes a los que combatir, muy a pesar de Sancho y su vano intento de evitarle al amo el golpe. Después de esto, y tras hacer noche al raso, Sancho durmiendo y don Quijote pensando en Dulcinea, retoman su camino en dirección a Puerto Lápice donde espera el hidalgo caballero encontrar aventuras, y así cree verlas en las figuras de unos frailes de la orden de San Benito con quienes se topan y a quienes toman por unos encantadores. Sancho se da de nuevo de bruces contra la obstinación de don Quijote, y este arremete contra los frailes y una vez que los tiene en el suelo, deja a Sancho el dudoso honor de desvalijarlos, lo que se verá impedido por la aparición de dos mozos que atendían a los frailes y que darán el primer repaso a las espaldas y casi al resto del cuerpo de Sancho. Mientras esto sucede, don Quijote se las ve con el escudero vizcaíno, primero con palabras amenazantes y después con la lanza. El narrador nos deja en suspenso el final.

Op. cit., pp. 81-88.

Temas etnográficos:

Los molinos para moler grano y sus tipos. Los motes o apodos. Agua de chicoria, agua de castañas

Comienza el capítulo con la aventura imaginaria  de don Quijote de los gigantes molinos de viento. En León y Castilla, al norte de la sierra de Guadarrama, había pocos molinos de viento. Estos son característicos de La Mancha, al sur de dicha sierra. En la zona norte, donde hay ríos y arroyos con caudales de agua para mover las piedras del molino, el edificio es sencillo, incluso pequeño, colocado sobre el río, el arroyo, con una presa que proporciona el cauce de agua a presión que moverá el rodezno, y éste a su vez la piedra superior para triturar el grano. Donde no hay posibilidad de cauces de agua constante se busca la fuerza motriz en el viento, y el edificio del molino se convierte en un verdadero gigante de cuatro brazos descomunales. Si pasara don Quijote por alguno de los actuales “parques eólicos” que se han levantado por toda la geografía española, y que desfiguran el paisaje tradicional, tendría muchas aventuras con gigantes más grandes, más altos y estilizados, agrupados en batallones. Los molinos de viento modernos no trituran grano, producen electricidad.

Avanzando en la lectura del capítulo aparece el modo como se origina un apodo o un mote, caso aplicable al ámbito rural. En concreto el origen del apodo “Machuca”, puesto a Diego Pérez de Vargas, “hizo tales cosas aquel día y machacó tantos moros que le quedó por sobrenombre Machuca, y así él como sus descendientes se llamaron desde aquel día en adelante Vargas y Machuca...” Razones parecidas me daban en algún pueblo zamorano cuando preguntaba por el origen de los apodos: “Un hombre se emborrachó y mi abuelo le decía que dijera tarrarrurra… y de tanto repetírselo cada vez que se emborrachaba aquel paisano, pues quedó mi abuelo como tarrurra, y luego todos sus hijos”.

Acaba el capítulo con el lance del vizcaíno, escudero de una dama que va camino de embarcar a las Indias. Don Quijote pretende desviarla de su ruta para que vaya a dar pleitesía a Dulcinea del Toboso. El vizcaíno es un personaje tratado con cierta burla, como lo es el sayagués zamorano, bruto, ignorante y con un lenguaje extraño. Es otro de los tópicos culturales utilizados en la literatura clásica.

Entre los términos sueltos llama la atención que ya por estas fechas el “agua de chicoria” está a la altura del “agua de castañas”, o sea, bebidas de poco valor. También podemos destacar la constante aparición del oficio de mozo de mulas, y la de uno nuevo, ser “bodegonero” de Málaga.

 

Capítulo IX

Donde se concluye y da fin a la estupenda batalla que el gallardo vizcaíno y el valiente manchego tuvieron.

Para justificar la interrupción de la historia del vizcaíno Cervantes nos narra cómo llegó a sus manos la historia del ingenioso hidalgo: gracias a unos cartapacios que encontró por casualidad y que pudo comprar por un precio irrisorio. Así podemos al fin saber que el vizcaíno descargó un furioso golpe que derribó a don Quijote pero no lo dejó tan maltrecho que no fuera capaz de devolver el golpe con igual fiereza y todavía, de no interceder unas damas a las que acompañaba el escudero, hubiera ido más allá, ya que le exige la rendición a punta de espada. Solo dejará marchar de una vez a la compañía después de que prometan ir al Toboso a presentar sus respetos ante Dulcinea.

Op. cit., pp. 89-95.

Temas etnográficos:

Pagar en especie. Prejuicios culturales.

El recurso de cortar la aventura en su momento más intenso y dejarnos con las ganas de saber cómo va a terminar parece el de un guionista cinematográfico que organiza la historia en escenas, con intención de colocar anuncios publicitarios en los cortes de la aventura. En este capítulo sólo destacaremos algunos detalles sueltos.

Dulcinea del Toboso, sacada de la imaginación de don Quijote y presentada “en otra realidad”, causa risa al árabe traductor porque está definida como la que “tuvo la mejor mano para salar puercos que otra mujer en la Mancha”. No todo el mundo sabe hacer la matanza del cerdo como debe ser, los hay que tienen “buena mano para eso”,  y entre ellos está Dulcinea del Toboso.

En el juego de niveles de ficción, éste árabe que traduce los legajos escritos por Cide Amate sobre don Quijote recibe en paga “dos arrobas de pasas y dos fanegas de trigo…” (en el capítulo primero utilizó hanegas de sembradura y ahora fanegas de trigo)  No debía merecerse mucho más el traductor, ni el interesado lector creía que debía pagarle mejor por su trabajo. No le paga en dinero, sino en especie, que tal vez le venía mejor. Como así se hacía en muchas ocasiones en el ámbito rural.

Por último destacamos el prejuicio cultural parecido al del sayagués o el vizcaíno, tópicos que definen de forma peyorativa a un grupo social, en concreto nos referimos al moro que vive en España, del que no hay que fiarse porque es “propio de los de aquella nación ser mentirosos”.

 

Capítulo X

De lo que más le avino a don Quijote con el vizcaíno y del peligro en que se vio con una turba de yangüeses.

Después de verse apaleado por los mozos de los frailes, Sancho ya se cree merecedor, de sobra, de la ínsula prometida y así se lo reclama a don Quijote quien logra convencerle de que tenga paciencia. Lo que en primer lugar ha de hacerse es recomponer la oreja herida del hidalgo con el bálsamo de Fierabrás. Las virtudes del emplasto hacen a Sancho que se olvide de la ínsula, aunque sea por breve espacio de tiempo. Además, al llegar la hora de la comida sale a colación el tipo de alimentos que ha de tomar un caballero andante; entiende don Quijote que viven de frutos silvestres y de poco más, por lo que Sancho cena de lo poco que trae en las alforjas mientras que el caballero se dispone a pasar otra noche al raso, convencido de que estar precisamente así es lo que más conviene a un caballero andante que ha de hacerse famoso.

Op. cit., pp. 96-102.

Temas etnográficos:

Contracciones coloquiales. El zurrón.

A lo largo de los capítulos, en los diálogos, aparecen con frecuencia contracciones coloquiales que he escuchado en los pueblos zamoranos, como “desotro” día, al otro día, o también “esotro”, expresiones que me recuerdan a mi abuela en su hablar y algún otro amigo informante. Supongo que en el siglo XVII estarían más extendidas. Los transeúntes más habituales de los caminos no son los caballeros andantes, “por todos estos caminos no andan hombres armados, sino arrieros y carreteros”, personas con las que no suele establecer buenas relaciones don Quijote, porque a todos les pide que honren a Dulcinea y ninguno le hace caso, a no ser por la fuerza.

Sancho Panza discute con su amo sobre lo que hay que comer. Inspirado en sus libros, don Quijote cree que debe comer frutos y hierbas que encuentra por el camino. El escudero, que deja para más adelante el conocimiento de esos alimentos, se decanta por lo que los criados y pastores llevan en su zurrón o alforja (elemento que define la figura de Sancho Panza): una cebolla y un poco de queso, y unos cuantos mendrugos de pan (duro), que es lo que comerán al final de aquella jornada.

Capítulo XI

De lo que le sucedió a don Quijote con unos cabreros.

El lugar elegido para pasar la noche queda junto a las chozas de unos cabreros, quienes deciden compartir su cena con nuestros protagonistas, que así disfrutan de una comida más abundante y apetecible que la que habían dispuesto, especialmente don Quijote. Tan reconfortado se ve el hidalgo tras comer carne que se anima a hacer un extenso parlamento sobre el tiempo, pasado ya, en que se vivía con mucha más tranquilidad y la propia naturaleza abastecía al hombre de lo que precisaba. Por el contrario lamenta su tiempo presente en que no existe ya la seguridad ara las doncellas, no hay lugar para la confianza en el prójimo y se hace precisa la vuelta de la caballería andante para restablecer el orden primigenio. Tras su discurso uno de os cabreros se ofrece a cantar para la compañía un romance sobre sus amores, que resulta ser muy del gusto de don Quijote y después, de manera fortuita, otro de los cabreros descubre la herida del hidalgo y le aplica un emplasto de romero y sal que le curará.

Op. cit., pp. 103-110.

Temas etnográficos:

Comidas de pastores. La majada. Bellotas y castañas. El yugo y sus metáforas. Remedios caseros para curar. La hospitalidad.

El capítulo comienza con el pequeño rifirrafe entre amo y escudero, ya que éste permanece de pie junto a don Quijote para “servirle la copa, que era de cuerno”, uno de los utensilios habituales de un pastor cabrero, y que seguro estaría decorada o historiada sencillamente con una navaja. En las épocas en las que no había transistor para escuchar música o noticias, los pastores se dedicaban a hacer trabajos manuales, unos más artísticos y otros menos. Sancho manifiesta que le da igual comer de pie que sentado, el caso es comer. Describe cómo es el modo de comer cortesano, “mascar despacio, beber poco, limpiarme a menudo, no estornudar ni toser si me viene en gana, ni hacer otras cosas que la soledad y la libertad traen consigo”, o sea, que su modo de comer debe ser lo contrario. Resuelto el problema porque don Quijote “asiéndole por el brazo (a Sancho), le forzó a que junto dél se sentase”, el hidalgo hace uno de los discursos más famosos y comentados de esta obra: “Dichosa edad y siglos dichosos aquellos…” ante unos cabreros “embobados y suspensos” que no debieron entender mucho “aquel inútil razonamiento”. Y todo fue por culpa de las bellotas, “que le trujeron a la memoria la edad dorada”. ¡Vaya ironía de Cervantes: las bellotas, comida de cerdos y pastores, hacen que don Quijote recuerde los tiempos “utópicos” pasados, la Edad de Oro, de la paz, la justicia y la igualdad, cuya desaparición dio origen a la caballería andante! Y ahí queríamos llegar, porque desde la etnografía nos interesa destacar el lugar donde se lleva a cabo la escena y la comida que degustan, “tasajos de cabra que hirviendo al fuego de un caldero estaban”. Don Quijote y Sancho han llegado a una majada de pastores, donde, bien recibidos, son invitados a cenar. Una majada es el lugar donde descansa o se recoge el rebaño que pasta en el monte. También una majada es el mismo monte. En Sanabria (Zamora, España) se le llama majada a una finca particular o comunal llena de robles para hacer leña y “ramajos”. La comida de los pastores es la caldereta de tasajos de cabra, queso, vino en zaque y bellotas avellanadas. Destacamos también algunas palabras de la escena: el dornajo (artesa pequeña) donde se sienta, el tasajo para comer, el zaque (pellejo pequeño, la bota de vino), que cuelga de un alcornoque para tener el vino fresquito, y las zaleas (pieles curtidas) donde extienden las bellotas avellanadas. Éstas últimas no me recuerdan la “edad dorada”, anterior a la aparición de la caballería andante, sino las castañas pilongas, uno de los modos de conservar este fruto en alguna comarca zamorana durante largo tiempo para matar el hambre de vez en cuando. Había diversos modos de conservarlas: “Las castañas que se podían coger, según caen esbagadas, se recogían, y las que iban en el pellizo se traían en el carro a casa, y se guardaban en un sitio que hubiera, en un pajar o donde fuera. Y luego pues se espellizaban cuando se podían, se sacaban para los cerdos o para comerlas. También se conservaban en piladores, que eran artefactos de mimbre, como cestos, se metían allí sin pellizo, en un lugar donde hubiera humo, al pie de la campana de la chimenea, y cada tres o cuatro días le ibas dando vuelta, para que se conservaran y no se enmohecieran, y tiempo andando las desmondaban y las tiraban a cocer, y se comían” (Andrés, Terroso de Sanabria).

La cena debió ser especial, no creo que los pastores comieran todas las noches caldereta de cabra. Y como “de la panza sale la danza” invitan a don Quijote a escuchar las coplas de un pastor muy especial que “sabe leer y escrebir y es músico de un rabel”, pues los demás no debían tener estas habilidades. Antonio, el pastor instruido, canta el romance de sus amores que compuso un tío suyo “beneficiado”, cura, también instruido como él: ellos solían ser los creadores de parte de la literatura popular, loas, romances, comedias, autos de reyes y otras relaciones que los paisanos luego memorizaban y transmitían de generación en generación. Hoy también hay labradores, amantes de su oficio, que se descubren a sí mismos como poetas. Los he conocido en Cañizal, en Guarrate o en Codesal (pueblos de Zamora)… Sólo destaco cuatro de los últimos versos: “Coyundas tiene la Iglesia/ que son lazadas de sirgo (seda)./ Pon tú el cuello en la gamella,/ verás como pongo el mío.” Esta es una metáfora en la que el amante invita a su amada a casarse por la Iglesia. En el ámbito rural,  el yugo era la mejor metáfora que explicaba el matrimonio. Cada yugo tiene dos gamellas (ondulaciones), donde se acoplan y atan con “las cornales” las cabezas de las dos vacas o bueyes que tiran del arado o el carro. En la misa de boda los novios están unidos por un largo paño que cubre los hombros de ambos, al que llaman yugo. El yugo simboliza la unión necesaria de los amantes para todo, para lo bueno y para lo malo, en el matrimonio. Además, una de las bromas más duras y pesadas que hacían y todavía hacen a algunos recién casados inocentes y desprevenidos es “juñirlos” a un yugo, colocándolo sobre sus pescuezos, obligándoles a tirar de un carro.

Finalmente hacemos mención de uno de los remedios pastoriles para curar heridas que ofrece este capítulo: “ …y tomando algunas hojas de romero… las mascó y las mezcló con un poco de sal, y aplicándosela a la oreja, se la vendó muy bien…”  Son los remedios rurales parecidos a los que todavía aplicamos en casos como tapar una pequeña herida con una hoja de llantén, aplicar barro hecho con saliva a una picadura de abeja o avispa, no respirar cuando tienes que tocar ortigas… Pero lo que quiero destacar es el modo de hacer el remedio, mascar, utilizar la saliva, ya sea para él mismo o para otro, al que, por supuesto, no le debía dar asco. Recordaba un antepasado de mi familia que había sido guardia civil, en los tiempos en que “la pareja” debía recorrer andando pueblo a pueblo, lo que les pasó una noche que tuvieron que pernoctar en una de las aldeas cercanas al Lago de Sanabria. Fueron al alcalde y éste les asignó una casa donde pasar la noche. Le ofrecieron cena, y él dijo que con unas sopas de ajo era suficiente. ¿Qué otra cosa podía pedir en aquellos lugares tan aislados y pobres al comenzar el siglo XX? La mujer puso a cocer agua en un pote, cortó tiras de pan de centeno cocido días atrás, y para aderezar las sopas tomó una cabeza de ajo la masticó en su boca y todo “el condimento” lo echó en el pote… Mi bisabuelo no fue capaz de tomar aquellas sopas de ajo “espurriás” que nunca olvidaría en su vida.