Héctor García Armenta LP 7

García Armenta, Héctor

Héctor García Armenta vive en Mesa Arizona, es contador y topógrafo autodidacta. Nació en Guadalajara, México en 1936. Por esas sinrazones que se dan en los hogares disfuncionales de América Latina, no le fue posible estudiar en las aulas más allá del segundo año de primaria. Dice él que su cultura general ha salido del vicio desordenado de leer toda clase de libros, aunque no les entienda nada. Algunos de sus textos se han publicado en la revista “La Palabra”, gracias a que una de sus hijas presentó uno de ellos al Profesor Justo S. Alarcón y él lo consideró con méritos para ser publicado. Antes de eso, sus escritos se iban al cementerio de computadoras en los discos duros quemados que ya no tenían reparación. Él siempre ha considerado que sus escritos son sólo producto de su entretenimiento y que no tienen ninguna relevancia. El cuento que aparece a continuación lo escribió como homenaje a su última maestra, la de segundo año, monja franciscana venida de España, quien en 1944 le inculcó el gusto por la literatura y la afición a escribir.

LAS AVENTURAS QUE NUNCA TUVE

Iba en el tren de cara al viento, con la cabeza fuera de la ventanilla del vagón, mis ojos azorados iban viendo pasar el formidable paisaje de montañas, bosques y campiñas verdes, que en el México de hoy se han convertido en selvas de cemento. Arrullada por el rítmico martilleo de las ruedas del tren sobre las juntas de los rieles, mi mente exaltada de niño de once años iba tejiendo sueños de aventuras, que, según yo, me aguardaban al final de aquel viaje sin retorno al desierto de Sonora.

Por las historias que me había contado  mi madre  desde que tuve uso de razón, y el haber leído tempranamente libros de Julio Verne, y visto docenas de películas de Errol Flynn, Jorge Negrete, y el Charro Negro, en las funciones de matiné de quince centavos del cine Roxy de Guadalajara,  mi ego sugestionado por las novelas y el cine,  sentía el derecho de reclamar un pedestal de héroe al lado de Robin Hood, el capitán Nemo y el conde de Montecristo, meta que pensaba alcanzar al poner pie a tierra en el rancho San Vicente, que era el destino de aquel viaje. Dentro de mi imaginación, mi carrera de héroe estaba empezando en ese tren que iba recorriendo la mitad de México en diciembre de 1947.

Conocer el desierto de Sonora era el deseo más grande que hasta entonces había tenido. Mi madre había nacido ahí en 1910, en el seno de una familia que había dado militares, ganaderos, cazadores y aventureros, que a lo largo de tres generaciones habían dejado historias dignas de ser contadas, el repertorio de ellas había quedado grabado en su fotográficamente en su memoria. Ella fue el Homero que narró para mí las odiseas y las Ileadas sucedidas en su tierra en la primera mitad del siglo veinte. A base de tanto repetirlos, sus relatos fueron chispas que encendieron en mí el fuego de la imaginación, y la obsesión de ser un héroe legendario como los que ella describía.

En la madrugada, el conductor despertó a los pasajeros con un grito desaforado: —¡Santa Rosa ¡dijo—. A los pocos minutos el tren quedó inmóvil en un llano, junto a una diminuta caseta de madera que fungía como estación. A tiro de piedra se veían desperdigadas algunas casas de adobe con techo de paja y chimeneas de lámina oxidada, que exhalaban humo mesclado con olores de comida nunca antes percibidos por mi nariz, ni por mis tripas de niño pobre siempre hambrientas. No tardé mucho tiempo en saber que aquellos olores acariciantes eran vapores de machaca con huevo, tortillas gigantes de harina y café recién colado, delicias exóticas que solo se encuentran en la cocina criolla sonorense.

El tren dio tres pitazos y se alejó dejando una estela de humo negro. Mi madre, mi hermana y yo, quedamos ahí a la intemperie sintiendo el viento helado en las costillas. Tomamos nuestras cajas de cartón y caminamos en busca del milagro que nos llevara a San Vicente, pues no sabíamos dónde se encontraba, solo que estaba cerca de Santa Rosa. Hacía frío y hambre y no teníamos dinero para sobrevivir en caso de no encontrarlo pronto. Aquello no estaba resultando ser la aventura feliz que tanto venía soñando en el tren.

Frente a Santa Rosa había una sierra infinita de altas cumbres y mesetas cubiertas de cactus gigantes, y miles de piedras color púrpura. Los vecinos nos dijeron que San Vicente estaba en lo profundo de esa sierra, ocho kilómetros adentro de un cañón que se divisaba lejano y obscuro con la primera luz de la mañana.

No sé lo que motivó a mi abuelo ese día, pero siempre he pensado que su aparición en Santa Rosa, casi en el preciso momento de nuestra llegada, había sido un milagro concedido a los rezos de mi madre, pues él iba ahí muy a lo largo, usualmente a encargar algún trabajo al herrero o a comprar algunas provisiones. Lo cierto es que mi abuelo Francisco, apareció en todo su esplendor levantando polvo por el camino, en un carruaje antiguo de ruedas rechinantes tirado por tres mulas más bien flacas que gordas. Era un anciano mestizo alto y fornido, larga barba blanca y enorme nariz aguileña, su cabello lucía desordenado como la cola de un caballo bronco. Venía fumando un cigarro macucho (forjado en hoja de maíz); sus jeans se veían viejos y luidos; sus botas estaban rotas por la fricción de las espuelas, y tenían salpicaduras de estiércol seco. Todo él olía a establo, tabaco y café, lo que le daba el aura de los viejos vaqueros que había visto yo en las películas de John Wayne. Al verlo quedé convencido de que había llegado al salvaje oeste de mis sueños, donde superaría las proezas de Búfalo Bill y el Charro Negro.

Después de los abrazos, besos y lágrimas de rutina, el abuelo cargó nuestro equipaje en el carruaje. Mi madre se sentó junto a él en el asiento del conductor, mi pequeña hermana y yo nos sentamos atrás con las piernas colgando. Luego el vagón partió levantando polvo por el mismo cañón de donde había salido. Desde aquel mirador ambulante tirado por tres mulas, íbamos contemplando por primera vez y en toda su grandiosidad el desierto de Sonora.

Mientras íbamos extasiados con la flora y la fauna visibles desde el camino, me imaginaba como sería el rancho San Vicente. Esperaba llegar a una flamante hacienda donde me darían una recamara alfombrada con pieles de oso, cuyas paredes estarían adornadas con cabezas de búfalo y de venado, haciendo marco a una   vitrina con carabinas Winchester 30-30 y revólveres Colt 45, asignados a mi uso personal. Pero la realidad era otra: al salir de una curva que rodeaba un cerro, aparecieron las casas del rancho y mis ilusiones se derrumbaron. No estaba ahí la hacienda Ponderosa de mis sueños, había solo unos caserones hechos con durmientes reciclados del ferrocarril, y troncos de los montes aledaños calafateados con lodo. Tampoco había establos, solo ramadas, ni un corral circular donde yo pudiera domar caballos salvajes para llegar a ser el cowboy más famoso del mundo. Solo había corrales de alambre de púas tapizados con una gruesa capa de estiércol, donde reposaban vacas mulas y burros, masticando pastura con flojera como si les dolieran las muelas. Ante aquel cuadro decepcionante sentí que mis delirios de grandeza empezaban a ser solo eso.

Al apearnos del carruaje hubo otro intercambio de abrazos lágrimas y besos con nuestros tíos y primos, que nos recibieron con entusiasmo. Se fue el día y llegó la hora de cenar, el interior de la casa mayor era humilde pero amplio y acogedor. Desde la cocina se difundían olores de tortillas de harina en el comal, frijoles refritos, y cecina y chorizos asándose en las brasas. Colgados de unas vigas había unos zarzos con quesos de todos tamaños que provocaban amor a primera vista. Pensé entonces que no estaba en la hacienda clásica del oeste que había soñado, pero dudé que en algún palacio del mundo se comiera tan bien como en San Vicente.

Ahí todos dormían imitando a las gallinas: se iban a la cama a las siete y se levantaban a las cuatro con el canto de los gallos. Esa primera noche, tía Ramona, hermana de mi madre, asignó los lugares donde cada quién dormiría. Mi madre y mi hermana compartirían cama con mis primas. Para mí no hubo la recamara imperial que esperaba. En el piso de la cocina pegado a una pared me tendieron un cuero peludo de vaca, con una almohada tan dura y pesada que parecía estar llena de piedras, era una funda rellena con ropa reciclada de mezclilla, después supe que era prenda típica en los ranchos de Sonora. En el otro extremo de la cocina tendieron un ajuar igual para mi primo Ramón, de manera que estábamos a buena distancia para conversar. En esos momentos extrañé mucho la camita y el colchón viejo que había dejado en Guadalajara, mismo en el que yo había pintado con orines involuntarios, mapas color ámbar, en los tiempos de mi edad párvula.

Receloso me acosté en el cuero peludo a la luz de un quinqué que pendía de un clavo en un pilar. Mis ojos desconfiados monitoreaban todo lo que era visible en la enorme cocina, que en aquella media luz me parecía una caverna tenebrosa.

El techo de la cocina estaba construido con vigas de mauto, fajillas de pitayo y un entramado de varas de ajonjolí, donde noté espantado que había ratones, lagartijas y uno que otro alacrán, lo cual le comenté a mi primo Ramón. Me dijo que no había por qué alarmarse. Señaló una rendija a nivel del suelo, cerca de mis pies, y dijo que de cuando en cuando por las noches, una culebra chirrionera llamada Lucrecia entraba por ahí y se comía a los habitantes del techo. Subrayó que por decreto del abuelo esa tal Lucrecia   tenía privilegios de intocable y era respetada por todos los habitantes de la casa. Al oír aquello quedé horrorizado. Me levanté de un salto para arrastrar mi cuero de vaca lejos de la rendija y más cerca de mi primo, mientras él se reía a carcajadas. Para mí, niño de ciudad, las culebras eran la más grande de mis fobias, aunque solo las había visto en algunos libros y en las películas de Tarzán, prefería tratar mejor con Drácula que con una de ellas.

Esa primera noche no pude dormir, atosigando a mi primo con preguntas acerca de los peligros que pudiera haber en San Vicente. La ingenuidad de mis preguntas me hizo presa fácil de su carácter bromista. Quizás enojado porque no lo dejaba dormir, me contó sádicamente algunas historias tenebrosas que tenía en su repertorio, acerca de los entornos del rancho y los lugares vecinos. Me dijo que en las noches de luna llena se veía rondar por los corrales a un jinete sin cabeza en un caballo negro que echaba chispas por los ojos, mientras eso me decía se escuchaban relinchos a muy corta distancia y aullidos de coyotes que me pusieron los pelos de punta. Me contó que a veces en las madrugadas llegaban pumas a merodear el rancho, y que daban bramidos que el eco multiplicaba por toda la serranía, y luego, a la velocidad del rayo mataban cabras dentro de los corrales y las arrastraban cerro arriba para devorarlas detrás de las grandes rocas, o en las cuevas que ahí había. Al oír aquello me sentí al borde de la histeria. Empecé a sospechar que la idea de hacerme héroe en San Vicente no era tan buena. Concluí que no era lugar ideal para satisfacer mis delirios de ser héroe, por lo que pediría a mi madre regresar a Guadalajara, donde podría llenar sin peligro mi obsesión, aunque fuese virtualmente, ya que al fin no era tan malo entrar al mundo de los héroes por la puerta de los libros, que costaban un peso en el baratillo, o por la puerta del cine que solo costaba quince centavos por función. Esas alternativas me permitían   convivir con Tarzán matando cocodrilos a puñetazos, o con Robert Mitchum cuando ganaba él solo la segunda guerra mundial. Por otro lado, en el cine se podía uno atarragar de paletas de zapote, pepitas de calabaza y garbanzos tostados, por solo otros quince centavos.

Reconocí que no había en mí la fuerza de carácter de los que nacen luchando todos los días contra los desafíos de la naturaleza abrupta. Me quedó claro que, aunque Ramón y yo éramos de la misma edad, en aquella tierra extraña yo no estaba a la altura de sus capacidades y si a su merced. Él estaba hecho para la vida del desierto, sabía montar a caballo, ordeñar vacas y no sentía temor de los animales; era buen cazador de conejos y tenía reflejos más rápidos que los de las culebras, pues las capturaba con la sola ayuda de las manos para jugar con ellas, en cambio yo, solo era un lector de novelas y un fanático empedernido del cine de aventuras, cuya mente vivía volando eternamente en el mundo de la ficción.

Esa primera noche fue de terror para mí y de diversión para él,  más cuando Lucrecia la culebra chirrionera, entró sigilosa por la rendija enseñando las rayas paralelas negras y blancas que corrían desde su cola a su cabeza, y subió al techo por el pilar central de la cocina  para disfrutar de su banquete nocturno, luego apareció más lenta y más gorda que cuando había entrado y se encaminó por una viga hacia una olla grande que estaba colgada de un gancho en el techo, luego se deslizó dentro de ella y mientras se hacía rollo para acomodarse adentro, la olla se quedó meciendo como péndulo por algunos segundos. Ramón me explicó que cuando Lucrecia comía de más no podía salir por la rendija y ella lo sabía de antemano. En esos casos ella optaba por dormir una siesta de una semana o más, en esa olla que el abuelo había puesto ahí con ese propósito. Ante aquel escenario pavoroso sentí ganas de salir corriendo hacia mi casa en la ciudad, aun sabiendo que no era posible, pues había oído decir a mi madre que cuando llegamos a Sonora nuestras naves habían sido quemadas y ya no era posible regresar a Guadalajara.

El regreso nunca sucedió. La única opción que me quedó fue seguir persiguiendo mis sueños en el mismo lugar donde estaba, que yo juzgaba (equivocadamente) desolado y salvaje. Pensé que mi sino era ser súbdito forzado de un reino tenebroso llamado San Vicente, situado en el escondido ombligo del desierto de Sonora. Tendría que adaptarme a la ingrata convivencia con el jinete sin cabeza; los pumas devoradores de cabras, y la culebra Lucrecia.

Para mi buena fortuna, el tiempo se encargó de aclarar que mis temores no tenían fundamento. Conforme pasaron los días mis miedos se fueron desvaneciendo hasta desaparecer. Fue porque empecé a recibir sorpresas agradables que brotaban de la generosidad del desierto, y de la pureza de espíritu de los seres extraordinarios que allí vivían. Estaba claro que había llegado a una de las mejores universidades prácticas de la vida que había en el mundo. La rutina diaria en San Vicente era de trabajo continuo y fatigante, donde no faltaban incidentes peligrosos que siempre estaban latentes. Eran como martillazos que le daban a uno templanza y sabiduría.

Un día inolvidable, Cleto, el Chivo prieto y barbón, terror de San Vicente, me dio un tope a traición en las asentaderas y me hizo caer por los doce metros de profundidad que tenía el pozo del agua, de ahí me sacaron casi ahogado. Practiqué el vuelo sin alas y sin nave, cuando monté caballos, mulas y burros broncos, y al primer reparo me aventaban como tiro de catapulta por sobre los cercos, para caer despatarrado en las piedras, o aterrizar de cara en plastas de oloroso estiércol. No olvido la mañana que sacudí un árbol donde había un panal de abejas, que furiosas se lanzaron sobre mí hasta dejarme agónico, con tres docenas de aguijones clavados en mi entonces flaco cuerpo. Algunas veces los zorrillos me orinaron y tuve que dormir en el patio varias noches, hasta que se disipara de mi cuerpo el exótico aroma de los orines, que duraba hasta diez días a pesar del agua y el jabón. En esos casos la ropa se tiraba. Durante esos siete años, estar en el desierto me puso en igualdad de condiciones con mi primo Ramón. Fuimos como dos mosqueteros, unidos siempre por el interés común de que el reino de San Vicente siguiera existiendo.

Un día llegó para mí el momento obligado de partir, los vientos impredecibles de la vida me alejaron durante largos períodos de aquel lugar querido, en esos intervalos fueron desapareciendo los seres que ahí vivían, y que aún en ausencia siguen siendo parte de mí universo íntimo y eterno. Ya no está ahí el abuelo Francisco amansando caballos y mulas, tras él se fue tía Ramona, cuyas recetas para hacer barbacoa —aseguro yo— eran más valiosas que los secretos de alquimia del mago Merlín. No están más ahí las carcajadas picarescas de mi primo Ramón, ni las caras angelicales de mis tres primas. Hoy todos ellos son cruces de madera con sus nombres grabados, se yerguen en diferentes cementerios del desierto. Cuando visito esas cruces paso por la ruta ferroviaria que va de Guadalajara a Sonora, vuelvo a vivir entonces con el corazón enternecido la mañana en que por esa misma vía llegué a Sonora, trayendo conmigo la obsesión de ser un niño héroe. Mientras voy por el camino, empieza a girar en mi mente el carrusel de los recuerdos felices, veo en él, reducidos a un solo instante, las ocho décadas que he sido huésped consentido del mundo.

Si algún día encontrara en mi camino la lámpara de Aladino, y me pidiera el genio que lo libere de su encierro a cambio de concederme un deseo, le pediría poder viajar hacia atrás en el tiempo, para parar la marcha de la historia en el invierno de 1947, y volver a ser el niño soñador que fui, ser capaz otra vez de viajar en el viejo tren con máquina de vapor en pos de sueños imposibles, que por cierto, a cambio de no haberlos alcanzado entonces, como era mi capricho, me fue dado el privilegio de vivir siete años en un universo mágico llamado San Vicente.

Héctor García Armenta
Mayo de 2016