Carmen Dorado Vedia LP 7

Dorado Vedia, Carmen

Nací en Madrid, donde vivo y trabajo. Estudié Derecho en la Universidad Autónoma. He viajado por todo Oriente Próximo, estudiando su historia, su cultura, su literatura y su lengua en distintas Instituciones Internacionales. Desde hace años asisto a los talleres literarios de Clara Obligado Mis cuentos han sido publicados en distintas antologías: Un lugar donde vivir (Madrid, 2005), Apenas unos minutos (Madrid, 2007), Jonás y las palabras difíciles (Madrid, 2010), Los inquilinos del Aleph (Madrid, 2011), Futuro Imperfecto (Madrid, 2012), ¿Y usted de qué se ríe? (Madrid, 2013), La Isla (Madrid, 2014). He sido finalista, con el cuento “El último viaje”, en el III Concurso Internacional de Microrrelato Museo de la Palabra (Quero – Toledo 2013) Entiendo la escritura como un modo de acercar culturas. Tras las huellas de Sherezade es mi primer libro en solitario.

TEJEDOR DE SUEÑOS

Antes de que el sol se instale en la ciudad, antes de que los ruidos cotidianos rompan el silencio de la noche, Najim se sienta frente al telar y mueve sus pies y sus manos como un organista, pero su sinfonía es de colores.

Así pasa toda la semana. Allí donde la gente ocupa una buena parte de su tiempo en hacer la guerra en nombre de dios o del diablo, no existen los días libres. Pero Najim no tiene ni siquiera tiempo para ponerse triste, la melancolía es cosa de ricos.
Aprendió a fabricar pañuelos en su aldea, al norte, antes de los bombardeos.

Hace poco cumplió los diecisiete años. Lleva seis fabricando pañuelos que luego su tío coloca en la zona noble de la tienda. Hasta allí, como si fuera un templo secreto de la belleza, conduce a los periodistas, diplomáticos, soldados y funcionarios internacionales. A falta de turistas, es la mejor opción.

Su tío, que del arte de regatear sabe más que de hilos, saca bastantes dólares por cada pañuelo fabricado por el chico, y muchos más si a los compradores les dice que estos provienen de las zonas en guerra.

En la trastienda donde Najim fabrica jugando con sus pies y sus manos, también trabaja su hermano. Tiene diez años. Es el encargado de preparar los tambores con los hilos tintados. Sentado en el suelo, sobre un cojín, ríe a cada pregunta, pues entiende el inglés. Ahora no va a la escuela, la cerraron hace tiempo.

Cuando Najim termina, no ve la televisión, apenas sale con amigos. En secreto teje una pashmina que espera regalar a su novia cuando termine el Ramadán. Ella también es un secreto, se conocieron un viernes al salir de la mezquita. La miró, le devolvió la mirada y, sin palabras, se dirigieron al bazar. Allí intercambiaron las primeras frases que ha ocultado en su corazón. Desde ese día se ven a escondidas, aunque su hermano empieza a sospechar. Le ha visto dibujar, preparar la urdimbre, y sabe, por las manchas en sus manos, que ha utilizado los tintes.

Para el pequeño es un misterio que espera descubrir. Mientras, observa y ríe cuando vienen compradores; sabe que entender inglés le otorga una gran ventaja. A falta de un futuro que no llega, le sirve, al menos, para saber de qué diablos hablan los extranjeros entre ellos cuando regatean, e informar a su tío de cómo está el ánimo, y el bolsillo.

Ha aprendido de los militares que para ganar una guerra hay que tener buena información. Y más allí, que un dólar arriba o abajo dan o quitan de comer a mucha gente.

Pero Najim está enamorado. Cuando todos se duermen y a pesar de que tiene los brazos y las piernas entumecidas, la ilusión hace que interprete, a su manera, la mejor de las melodías. Algunas veces el sopor le vence, los ojos se le cierran y la cabeza le golpea contra el pecho. Pronto se repone, observa su obra y con más brío mueve la lanzadera de izquierda a derecha, de derecha a izquierda.

Es un pañuelo grande de vivos colores. En el centro, un ruiseñor, y a los lados, unos jazmines en flor. Imagina la cara de la chica cuando se lo entregue, la imagina con él sobre su cabeza, la imagina…

Pero una noche se acuesta sin recoger su obra. Está muy cansado, necesita dormir, descansar, soñar.

A la mañana siguiente, ve a su tío frente al telar.

Es lo mejor que has hecho, le oye decir, una obra de arte, mientras observa minuciosamente el entramado. Podemos sacar un buen puñado de dólares. Termínalo para esta tarde.

A Najim se le encogen las entrañas, pero no se atreve a decir nada. Calla y acata la decisión de su tío. Le debe respeto, por edad y tradición.

No importa, se dice, mientras se apresura en la labor. Mañana al anochecer comenzaré otro, y ese será mucho más bello.