Sergio López Molina LP 7

López Molina, Sergio

Nacido en Leganés, Madrid, el 12 de mayo de 1987. Licenciado y doctorando en filología clásica, ha realizado publicaciones de carácter investigador y divulgativo en revistas y libros colectivos. Destacaría la colaboración en dos libros de próxima publicación: Dioniso. Textos e imágenes de Dioniso y lo dionisíaco en la Grecia clásica, (tit. provisional, ed. Liceus, 2016) e Introducción a la religión griega (en prensa). En el campo de la pervivencia literaria, en 2014 ha publicado un artículo donde analiza la coincidencia de motivos humorísticos en la comedia griega y en el cine de Chaplin, aunando así dos de sus pasiones (Anejo II, Estudios Clásicos).

Se ha presentado en dos ocasiones al Certamen de relato histórico Heródoto de Halicarnaso de la web Portal Clásico, abierto a escritores amateurs de habla hispana en todo el globo. En 2014 obtuvo el segundo puesto con una historia titulada Entreacto (http://portalclasico.com/entreacto) y en 2015 el primero por Bebidas espirituosas: (http://portalclasico.com/sites/default/files/archivos/certamina15-3-portalclasico-herodoto2.pdf).

BEBIDAS ESPIRITUOSAS

I

El joven dio la vuelta a la esquina y, como pudo, se incorporó a la riada de gente que seguía la misma dirección a lo largo de una estrecha callejuela. Lo único que pudo discernir ante sus ojos fue un mar de cabezas que sobresalían según la estatura de los cuerpos a los que estaban unidas, la mayoría de ellas chorreantes por los perfumes con base de aceite que los viandantes se habían aplicado para la ocasión. Si ya acudía a la cita sin gana alguna, su mal humor se acrecentó por la mezcla de olores almizclados con el de axilas a pleno rendimiento y por no poder detenerse para orientarse sin que le pisaran los talones y lo apremiaran. “Ahí van todos como borregos a una acequia” pensó con displicencia. “Panda de bárbaros, así va a ser difícil encontrarnos”.

Si hubiera sido física y espacialmente posible, en ese momento se habría dado la vuelta para eludir su compromiso, pero justo entonces una voz se destacó por encima del murmullo general:

—¡Sobrino! ¡Sobrino! Este chico, irá pensando en sus cosas, como siempre… ¡Androcles, aquí, a tu izquierda! —se incorporó a su lado un hombre de cabello oscuro salpicado con vetas grises, con una alopecia igual de incipiente que su barriga. Agarró el huesudo brazo del muchacho y se puso a caminar a su lado—. Qué suerte que pasaras cerca de mi puerta justo cuando salía de casa.

—Bonita ocasión has escogido para hacerme participar en tamaña tontería, tío. ¡Esto está a reventar este año! Con el frío que hace todavía, serán brutos…

—Calla un poco, hombre, podrías ofender a alguien —le amonestó Ampelio a su sobrino, no tanto porque los demás pudieran oír nada concreto en medio de tantas voces y risas, sino por él mismo, que se sintió bastante molesto por el comentario—. Piensa, con esa mente preclara de la que te jactas, que en los últimos ocho años la celebración de las Antesterias ha sido algo poco frecuente, pero ahora que otra vez estamos a bien con Esparta[1] seguro que volverá a ser un evento anual. Comprende, pues, el buen humor de la gente y sus ganas de una buena juerga.

—Sí, sí, apasionante… —le cortó Androcles, tan poco interesado en cuestiones políticas como en la propia fiesta. Su tío Ampelio, de paciencia infinita, puso los ojos en blanco y tomó aire antes de continuar.

—Mira, sobrino, en cualquier caso es un momento especial para nosotros, pues el pueblo tiene esperanzas de que nuestra antigua gloria renazca con esta nueva paz, de que Atenas florezca de nuevo. ¿Comprendes ahora lo simbólico de retomar una fiesta que celebra el renacer de la naturaleza y que recompensa los esfuerzos del pasado al sacar de la bodega el vino nuevo? —el chico soltó con desgana un ligero gruñido afirmativo—. Si te he pedido que por una vez me acompañes para participar en el certamen de las Jarras[2], es porque el de este año lo considero un hecho destacado y feliz que debemos compartir. Después de todo, soy el único familiar que aún te habla…

—Y si yo acepté, fue para que dejaras de insistir, así que para ya, por favor. Pero me reconocerás que, si ahora mismo las arcas de la ciudad cuentan con poco dinero, gastarlo en contentar a una masa de borrachos que pretende beber hasta el vómito es más bien propio de pueblos bárbaros sin ni siquiera una chispa de la luz de la razón en su oscuro intelecto. Lógico, si sus cabezas están vacías como una caverna donde las sombras…

—No empieces, Androcles —interrumpió su tío—. No puedes hacer sentir como si fueran estúpidos a todos los que te rodean y esperar que sigan a tu lado como si nada. Sinceramente, tu carácter ha sido más bien difícil de aguantar desde que frecuentas la compañía de esos sabios que gastan el día haciéndose preguntas unos a otros sin llegar a nada. Y además idealizando a aquel extravagante anciano que hablaba solo por la calle simplemente porque el estado lo condenó a muerte… Por amor a Apolo, muchacho, no entres en esas tonterías, si apenas tenías cinco años cuando murió, no puedes acordarte de nada de aquello…

Androcles iba a replicarle que “aquel extravagante anciano”, como él lo llamaba, había fundado una nueva forma de pensamiento, que, aunque no lo había conocido, la fuerza de su espíritu y de sus palabras vivía en discípulos como él, los encargados de perpetuar su legado y de enderezar ese mundo de ignorantes, pero justo en ese instante habían llegado a una amplia explanada donde estaban dispuestas varias filas de bancos y mesas con unas jarras exageradamente grandes encima. Ampelio tiró de él con prisa para tomar asiento en alguno de los pocos sitios libres que quedaban y juntos ocuparon una mesita para dos personas situada más o menos en el centro del conjunto. El hombre sonrió satisfecho por lo que él consideraba una buena posición.

Androcles en cambio miró con desagrado en derredor: era imposible ver nada más allá de la mesa de enfrente, cuyo banco, aun siendo de dos plazas, rebosaba por los lados con las carnes de un único y orondo trasero, el del viejo Ctesifonte, una montaña humana que ya participaba en este certamen desde los tiempos de Cleón[3]. Cómo había aguantado su corazón hasta una edad tan avanzada a pesar de su exagerado sobrepeso era todo un misterio. Quizá sus ganas de buen vino eran mayores que las de las Moiras de cortar el hilo que correspondía a su vida. En la mesa de la derecha, la que estaba al lado de su tío, pudo distinguir, entre otros ocupantes, al joven Jenócrates, quien se dedicaba al comercio en la tienda que había heredado de su padre. No le caía mal, pues era imposible que alguien sin malicia pudiera despertar sentimientos negativos, pero sí que le inspiraba lástima la manera con que todo el mundo se aprovechaba de su buena voluntad.

Pero la que más rechazo le provocó fue la mesa más próxima a él, la de su izquierda, ocupada por varios niños de entre tres y seis años que, según la costumbre, estaban allí para probar por primera vez el vino, dispuesto en pequeñas jarritas. Uno de ellos se divertía volcando el contenido de la suya sobre la cabeza de la niña de al lado, quien lloraba desconsolada al ver chorreando sus bien peinados bucles y la tuniquita de color azafrán que estrenaba en ese importante momento de su vida. Mientras tanto, otros chiquillos empezaban ya a beber el licor o intentaban disimular pequeños tientos, sin esperar a la indicación que más tarde habría de llegar, y uno, en el extremo más lejano, se entretenía mojando el dedo en el líquido para trazar a continuación pequeños dibujos sobre la tabla. En fin, cosas todas de niños, que desagradaron a Androcles no sólo por el barullo montado, que también, sino porque le trajeron a la memoria la primera y única vez que había probado el vino en esa misma situación. No era un recuerdo precisamente feliz, pues fue el único de los chicos de ese año que no se terminó su jarrita y el sabor que brevemente impregnó su paladar le dio tanto asco que acabó echando la papilla en el suelo. Un episodio bochornoso para él, pero sobre todo para sus padres, en el que no había vuelto a pensar hasta entonces.

Pronto todos los asientos fueron ocupados y, pasados unos minutos, se oyó una voz que venía de la primera fila y pedía silencio. Era el arconte rey, quien, con el aspecto cansado del que tiene que repetir el mismo sainete varias veces, acababa de llegar de otra parte de la ciudad y se había situado junto a los jueces y otros organizadores para supervisar el concurso.

—Ciudadanos y esclavos del demo de Cerámico, bienvenidos todos y gracias de antemano por vuestra civilizada participación. Me llena de satisfacción veros bien dispuestos y con todo preparado en vuestros sitios. He de deciros, con orgullo, que este año sois tantos los participantes que no nos ha sido posible sentaros a cada uno en una mesa individual, como se ha venido haciendo desde que el prófugo Orestes, siglos atrás, encontró asilo únicamente en nuestra excelsa Atenas[4], la defensora de los débiles y de los justos —se oyó una aclamación—. Pronto disfrutaréis del embriagador fruto de vuestros esfuerzos, pero antes me complace anunciaros que el premio de este año para el primero que apure su jarra será… —el público contuvo la respiración, expectante— ¡este enorme odre repleto de excelente vino! —y señaló un hinchado pellejo que sostenían dos esclavos mientras la multitud gritaba enfervorizada.

—Estupendo, más vino, justo lo que estos bárbaros necesitan… —murmuró por lo bajo Androcles.

—Y ahora mucha atención, porque estamos a punto de comenzar y no queremos que nadie se quede rezagado en sus tragos —continuó el político—. A mi señal, sonará la trompeta de aquí mi compañero y sólo entonces, ni antes ni después, debéis empezar a beber. Repito: sólo cuando suene la trompeta. Y mucho cuidado con hacer trampas, pues sabéis que los jueces os observan con todo detenimiento. ¡Silencio para oír la señal!

Enseguida resonó el agudo y argentino sonido del metal y los rostros de todos los presentes desaparecieron inmersos en un sinfín de jarras en horizontal. De todos excepto Androcles, quien, ante el enorme recipiente de doce cotilas[5], se quedó mirando el contenido con repulsión mientras tamborileaba los dedos sobre el asa. En ese momento su tío Ampelio le propinó un codazo en las costillas y, sin dejar de beber en ningún momento, le indicó con los ojos que echara un buen trago. El muchacho hizo de tripas corazón y se acercó el borde a los labios.

II

—Tío, me encuentro mal —anunció Androcles mientras entregaban el premio al ganador—. Creo que me voy a casa…

—¡Pero si apenas te has bebido una cuarta parte! —le contestó él—. Y ahora tenemos que ir al santuario de Limnas para consagrar estas jarras y coronas de hiedra y asistir al matrimonio sagrado de la basílinna con Dioniso.

—De… de verdad que no me veo capaz de llegar hasta allí. Necesito tumbarme en mi cama hasta que todo deje de dar vueltas —tragó saliva, y quién sabe si algo más, antes de continuar—. Ve tú, sigue disfrutando de este homenaje al alcoholismo…

—Bueno, si de verdad no puedes… ¿Estás seguro de que no necesitas ayuda para llegar a casa? —el chico afirmó con la cabeza, llevándose enseguida los dedos pulgar e índice a los ojos porque el gesto le había hecho sentir la masa encefálica removiéndose en su cabeza—. En fin, al menos he disfrutado de tu compañía durante un rato. ¿Desilusionado? No, no, sólo es que esperaba que esto diera algo más de sí. Otro año será, supongo.

“Aun si existieran los dioses y alguno de ellos me hiciera perder el juicio, no repetiría yo esta majadería”, pensó Androcles, pero en lugar de decir nada esbozó una sonrisa forzada y se despidió de su pariente. Este último se unió a la multitud que marchaba hacia el sur en dirección al santuario, mientras que el joven tomó el camino contrario.

No sería correcto afirmar que una inteligencia sobresaliente, analítica y fría como la de Androcles pudiera verse afectada por los apasionados calores del vino. Digamos mejor que su altísimo intelecto había tenido la deferencia de descender de sus olímpicas cumbres y que por ese motivo se veía obligado a trabajar a un ritmo menor al acostumbrado. Una verdadera lástima por otra parte, pues si su capacidad de observación se hubiera encontrado en plenas facultades, habría podido apreciar la agradable estampa que la luna llena ofrecía esa noche. Algunas nubes resplandecían al reflectar su luz plateada en medio de la negrura del firmamento, mientras se deslizaban veloces empujadas por el helador Bóreas, que ese año había retrasado su marcha más de lo habitual. Tanto era así, que en los rincones más sombríos de la ciudad, aquellos que las escasas horas de sol no conseguían alcanzar, aún quedaban pequeños montones de nieve acumulada desde lo más crudo del invierno.

Precisamente en medio de uno de esos neveros se encontraba el joven Androcles, dentro de un callejón cerrado, preguntándose por el correcto camino a casa, cuando reparó en que al lado de las huellas que acababa de dejar había otra fila de pisadas. En un primer momento pensó que la bebida le había afectado también la visión, pero entonces descubrió con horror que la segunda fila de huellas se estaba imprimiendo sobre la nieve en ese preciso instante, paso a paso, sin que hubiera nadie allí que las provocara, y que se dirigían hacia donde él estaba parado.

Tembloroso, con el vello erizado, intentó escalar la pared que cerraba el callejón a pesar de que nunca se había caracterizado por su agilidad, pero cuando por fin consiguió llegar arriba se dio cuenta de que al otro lado se extendía el cementerio del Cerámico. La impresión le hizo perder el escaso equilibrio con el que contaba y cayó de bruces sobre el mullido y frío suelo. Cuando levantó la vista, se encontró la figura translúcida de un anciano que le observaba divertido. Resplandecía él también con el fulgor de la luna, como si una de las nubes del cielo hubiera descendido para adoptar esa caprichosa forma, que más parecía la de un Sileno que la de un humano: era un viejo de corta estatura, barrigudo y, aunque era prácticamente calvo, lucía una espesa barba y bigotes que nacían desde debajo de una ancha nariz. Sus gruesos labios se movieron para preguntar con voz grave:

—¿Androcles? ¿Eres tú Androcles de Andronico?

El interpelado se puso de pie de un salto y se echó para atrás con aprensión, apoyando su espalda contra la pared de tal manera que casi parecía un dibujo trazado sobre ella. Se quedó un momento sin saber qué hacer, hasta que dijo lo primero que le pasó por la mente:

—¿Y t-tú… tú eres Elpénor? —pensó que si había que preguntar la identidad a un fantasma, ese era el mejor nombre por el que empezar.

—¿El compañero de Odiseo dices? No te creía yo un chico dado a esas supersticiones —le contestó el etéreo anciano—. No, no, yo soy Sócrates de Sofronisco. Pero no grites, muchacho, que todos están en Limnas y no hay nadie en la ciudad que pueda acudir.

—¿Qué… qué q-quieres de mí, espectro? —acertó a decir el muchacho, moviendo con dificultad su lengua, pastosa por el regusto del vino y paralizada por el miedo.

—Uf, “espectro”… No, no… Prefiero que cuando te dirijas a mí digas “Sócrates”, “oh Sócrates” o “querido Sócrates”, en un perfecto vocativo, que es a lo que estoy acostumbrado. ¿De acuerdo? Bien. Oh Androcles, he venido porque hace tiempo que observo tu vida y me gustaría hacerte entender, si es que mi ignorancia y mis modestas capacidades pueden alcanzar tamaña empresa, que la manera en que la llevas no es precisamente la mejor.

—Pe-pero si acudo cada día a aprender tus preceptos, de boca de tus discípulos y herederos, espect… —el filósofo le echó una dura mirada de advertencia— digo, oh Sócrates. Y además nunca me alejo del camino de la sabiduría y de la razón.

—Pero menosprecias a los dioses, las antiguas tradiciones que exige su culto y los placeres de este mundo —le contestó—. Hoy mismo, Androcles, has desaprovechado una buena ocasión para disfrutar de un excelente caldo y además has ofendido a Baco. ¿Y bien, no dices nada?

El joven permanecía callado, intentando discernir si todo aquello era real o si hacía rato que había perdido el conocimiento por efecto del alcohol y se encontraba en medio de una alucinación. El caso era que podía sentir su acelerado corazón martilleándole en los oídos, el lagrimeo de sus bien abiertos ojos, sus ropajes empapados en un sudor frío… Y además, la visión hablaba con demasiada coherencia para ser fruto de una mente que hacía sólo unos momentos trabajaba a marchas forzadas. “Está bien”, pensó, ante el rostro expectante del aparecido, “alucinación o no, esta puede ser la única oportunidad que tenga para charlar directamente con él y seguramente nunca vuelva a encontrar a nadie a la altura de mi intelecto”. Así pues, hizo acopio de valor, intentó tomar las riendas de su descontrolado cuerpo y se dispuso a mantener todo un diálogo con su adorado sabio.

—Convendrás conmigo, querido Sócrates —dijo por fin, mientras el otro sonreía de satisfacción—, en que el vino es una bebida nociva para el hombre en tanto en cuanto nubla su discernimiento y lo reduce al nivel de una bestia salvaje. Puede incluso llegar a ser un peligro para su integridad física, como bien demuestra el mito concerniente a Polifemo.

—Con toda la modestia, Androcles —le contestó—, pero creo saber más que nadie sobre bebidas que acortan la vida y te puedo afirmar que el vino no es una de ellas. Muy al contrario, es bien sabido que se trata de un don que su divinidad patrona entregó a los hombres para solaz y descanso de las durezas del día a día.

—Sí, si crees en esas historias —respondió el chico con autosuficiencia.

—Y te puedo asegurar que así es, joven Androcles. Yo mismo tuve el honor de disfrutar, hace años, de un banquete que se celebró en casa del poeta Agatón. Pues bien, has de saber, muchacho, que fui el único asistente que aguantó hasta el alba sin sucumbir a la pesadez del sueño que provoca el vino. Y por si fuera poco, todo el día siguiente lo pasé en el Liceo, manteniendo charlas como la que tú y yo tenemos ahora, y no me retiré a descansar hasta la noche. Dime, Androcles, ¿no demuestra esto que el control y la templanza pueden hacer que el alma se sobreponga a cualquier eventualidad y que, por tanto, cualquier cosa nos afectará en la medida en que se lo permitamos?

—Así es, oh Sócrates —dijo el aprendiz, contento por formar parte de los proverbiales juegos de preguntas y respuestas del maestro.

—Y en cuanto al vino en sí mismo, ¿no te parece, hijo, que demuestra hasta dónde alcanzan las capacidades humanas?

—¿En qué sentido?

—¿No crees que el hecho de que el hombre haya sido capaz de dominar su complejo proceso de elaboración, desde el cultivo de la vid hasta los varios meses de fermentación dentro de la bodega, lo diferencia sobremanera de los animales y otras formas de vida más elementales?

—Debo decir que sí, Sócrates —tuvo que reconocer Androcles—. Pero se me antoja demasiado esfuerzo para tan pobre resultado. Sinceramente, no le veo aplicaciones prácticas más allá de la embriaguez.

—¿No sabes que poetas y sabios debaten aún hoy si el proceso creativo es más fructífero gracias a los efectos del vino? —el chico asintió—. Pero al margen de eso, debes saber que la obsesión por lo práctico puede echar a perder grandes avances e incluso naciones enteras.

—¿Cómo es eso, oh Sócrates? —preguntó Androcles—. Ilumíname, si es que te parece bien, con la luz de tu sabiduría.

—Lo intentaré, Androcles, en la medida de lo posible, pues bien sabes que no soy más que un ignorante. Déjame narrarte una historia que me contó Critias, allá en el Hades, acerca de una poderosa nación ubicada más allá de la tierra de los grifos y los arimaspos. A él se la había referido el legislador Solón (y así me lo confirmó él mismo, sentados un día a orillas del Aqueronte), quien a su vez la había oído de unos sacerdotes lidios durante su visita a Sardes. Se trata del antiquísimo pueblo de los protoasteos, quienes habían alcanzado su momento de mayor esplendor hace unos nueve mil quinientos años, siendo la potencia más avanzada y próspera de por aquel entonces. Su tierra era rica en minerales y tan fértil que procuraba alimentos en abundancia para sus muchos habitantes. Sus colonias eran tan numerosas y su expansión tan justa y pacífica, que nunca necesitaron hacer uso de la fuerza para anexionarse territorios y mantenía una feliz convivencia y trato comercial con los pueblos vecinos que rehusaban cobijarse bajo el manto de su imperio. Sus habitantes eran los más gráciles, bellos y longevos que se han paseado sobre el ancho mundo y poseían también amplios conocimientos acerca de las leyes que rigen la naturaleza y los astros, pues cultivaban a partes iguales el ejercicio de sus mentes y el de sus cuerpos. Mantenían además una respetuosa consideración hacia los dioses, atendiendo los cultos y el cuidado de sus templos.

»Siendo, pues, una nación floreciente que vivía sin preocupaciones ni amenazas exteriores, llegó un momento en que ambicionó la perfección absoluta y reunió a los filósofos de la ciudad para que aconsejaran al respecto. Tras mucho deliberar, llegaron a la conclusión de que había que entregar las riendas del estado al más sabio de entre los sabios, pues su sapiencia universal e infalible garantizaría las más altas cotas de perfección a los habitantes de Protoastis. Así pues, el pueblo depuso a quien había elegido unos años antes para ostentar el poder y nombró como nuevo gobernante al hombre más sabio de toda la ciudad, otorgándole un cargo vitalicio y plenas potestades para emprender la reformas que considerara necesarias.

—¡Bien hecho! Siempre he estado convencido de que nosotros los filósofos deberíamos enderezar la zozobrante nave del estado y no esos corruptos que salen elegidos por los votos de una masa ignorante. Pero continúa, Sócrates, continúa —pidió con interés Androcles.

—El nuevo regente había consagrado la totalidad de su vida a ampliar sus conocimientos y sus capacidades intelectuales, considerando una absoluta pérdida de tiempo la entrega a cualquier otro tipo de actividad. Por tanto, lo primero que hizo al llegar al poder fue prohibir todos los festivales religiosos que, con sus actos sagrados y divertimentos, suponían varios días de inútil distracción para el pueblo —al oír esto, Androcles aplaudió entusiasmado—. Con semejante punto de partida, la siguiente decisión fue lógica e inevitable: abolir el culto a los dioses y derruir los templos, pues no se podía dedicar más tiempo a una superstición que atentaba contra la lógica. A continuación, prohibió la música y la poesía, para evitar que los rapsodas embotaran la imaginación del pueblo con sus mentiras sobre lejanos pueblos, guerras y seres fabulosos.

»Siguieron varias reformas del mismo tipo en los años sucesivos y pronto todo aquello que no se consideraba útil había desaparecido. Sus súbditos se acostumbraron a esa nueva vida y, sin otra cosa que hacer, pues la caza y las tareas agrícolas estaban encomendadas a los esclavos, consagraron la totalidad de sus días a educarse, por medio de amplias disertaciones y conversaciones en las que se defendían opuestos puntos de vista, en el ágora y en edificios destinados al estudio. En consecuencia, dominaron como ningún pueblo el lenguaje científico y crearon unos silogismos tan elaborados y complejos que requerían semanas enteras para su desarrollo. Pero muchas palabras cayeron en desuso y acabaron olvidadas. Desaparecieron los conceptos de lo divertido, lo feliz y lo desinteresado; lo positivo y lo negativo dejaron de tener diferencia, pues sólo existían verdades absolutas, y las generaciones siguientes nunca escucharon las palabras “amor”, “pasión”, “odio”…

»En suma, Protoastis se convirtió en la nación más racional y pragmática, pero también en la más fría. Su pueblo fue mermando con el paso del tiempo, pues la mortandad se extendió sin encontrar oposición: unos, enfrascados en un complicado razonamiento sin salida, olvidaban atender las necesidades de sus cuerpos y morían de hambre, sueño o falta de higiene y de ejercicio. Otros muchos tomaron tal aversión al contacto humano que procuraron evitar cualquier tipo de intimidad, incluida la sexual, por lo que llegó un momento en el que no hubo más niños. Y así, Thánatos alcanzó al último de los protoasteos mientras calculaba cuánto se habría alejado de la tierra la órbita de la luna después de diez mil años —Sócrates guardó un breve silencio, esperando que la historia calara en el ánimo del chico—. ¿Comprendes, Androcles, la enseñanza que encierra esta historia?

—Ligeramente, Sócrates —dijo él—, pero no habrá margen para el error si tú me lo explicas con tu saber, si es que estás de acuerdo.

—De igual modo que el regente, la mente puede gobernar cuerpo y alma y corregir sus defectos. Sin embargo, si se le entrega el poder absoluto, se corre el riesgo de que se rompa el equilibrio entre las tres, pues podría suceder que la mente deje de escuchar las necesidades de las otras y éstas perezcan de inanición. Porque el alma tiene unas apetencias específicas, y lo mismo ocurre con el cuerpo, que deben ser satisfechas puntualmente para que el tríptico que nos compone no se desmorone. Porque dime, querido Androcles, ¿acaso los seres humanos no estamos formados por un cuerpo, un alma y un intelecto que los domina?

—Así es sin duda, Sócrates.

—¿Y no es cierto que el cuerpo que no se ejercita en la palestra se marchita antes y encuentra la muerte en pocos años?

—Al menos así me lo parece, sí.

—Y en cuanto al alma, ¿verdad que encuentra sustento en la música, la poesía, el arte y el recuerdo de los buenos momentos vividos junto con seres queridos?

—Eso se ha dicho siempre.

—Pues entonces dime, oh Androcles, ¿debo entender, por tanto, que tú careces de alma? ¿Eres de una especie diferente a la humana?

Por primera vez en su vida, Androcles se quedó sin saber qué decir, herido en lo más profundo de su orgullo. Y mientras intentaba encontrar una réplica a tan ingenioso planteamiento, el canto del gallo anunció que el alba estaba próxima.

—¡Por el Can! ¿Ya amanece? —se sorprendió la sombra de Sócrates—. Discúlpame si te dejo ya, muchacho, pero quiero ponerme en camino al Inframundo antes de que entonen aquello de “Fuera, Cares, las Antesterias han terminado[6]” o de lo contrario tendré mucha cola que esperar hasta que el Barquero me lleve a la otra orilla.

—¿Nos volveremos a ver? —preguntó esperanzado Androcles.

—Depende de ti, pero si nuestro próximo encuentro es ya en el Más Allá, será una buena señal. ¡Hasta entonces! —dijo a modo de despedida mientras desaparecía, para dejar a continuación una nueva estela de huellas que se alejaban en la nieve.

Ya totalmente solo, Androcles decidió aprovechar los primeros rayos de luz y que tenía la mente despejada para encontrar el camino a casa y dormir unas horas.

III

Algo antes del mediodía, sintió que una mano sacudía su hombro con delicadeza para despertarle. Era su tío Ampelio, cuyos ojos enrojecidos lo miraban desde detrás de unas grandes ojeras. Era evidente que regresaba de Limnas en ese preciso instante y que había dado un rodeo para pasar a ver al muchacho antes de ir a su hogar.

—¿Qué tal has pasado la noche, hijo? ¿Llegaste bien a casa? —le preguntó—. Quería asegurarme de que todo está en orden. Pero enseguida te dejo en paz, descuida.

—Sí, todo está bien —le contestó Androcles mientras esbozaba una media sonrisa. Y como si no supiera ya la respuesta le preguntó—. Pero dime, ¿qué día es hoy?

—El de las Ollas, ¿cuál si no? Me dirigía a casa para cocer la panspermía para Hermes y los difuntos que nos visitan desde anoche… Aunque bueno, ya sé que tú no crees en estas cosas. Te dejo.

—¡Espera tío! ¿Puedo acompañarte? Así te compenso por la espantada de ayer.

—S-sí… Sí, naturalmente —le respondió incrédulo Ampelio.

Incrédulo, sí, pero a partir de entonces aquel joven filósofo no se perdió ni un solo festival, participó en la vida pública, amenizó los simposios con sus animadas charlas y dedicó su saber a enseñar en lugar de marcar distancia con los demás. Y, sobre todo, siempre se dijo de Androcles que él sí que sabía celebrar las Antesterias.

[1] El relato se desarrolla en el año 387 ó 386 a.C., tras finalizar el segundo enfrentamiento con Esparta, la Guerra de Corinto.
[2] Las Antesterias estaban compuestas por tres días de fiesta denominados Pithoigia (por la apertura de los píthoi o tinajas de vino), el de los Choes o Jarras y el de Chítroi u Ollas, cuyos detalles se irán viendo.
[3] De la obesidad de Ctesifonte se burla Aristófanes en Acarnienses, comedia del año 426 a.C.
[4] El mito etiológico relativo a este concurso explica que cuando Orestes acudió a Atenas después de matar a Clitemnestra y Egisto, los ciudadanos le dieron de comer y beber en una mesa separada del resto para no contaminarse del miasma del asesinato. Por ese motivo la costumbre era que los concursantes ingirieran el vino en mesas individuales.
[5] Unos tres litros y cuarto.
[6] Además de ser la frase ritual que ponía fin a esta fiesta de tres días, esta fórmula pretendía indicar a los difuntos que ya no eran bienvenidos y que debían regresar a los Infiernos.