Héctor Vargas LP 7

Vargas, Héctor

(Tampico, Tamaulipas, México), reside en el área metropolitana de Phoenix, Arizona, después de viajar por el mundo. Autor de varios libros, cuentos y poemas, colaborador en varios periódicos, revistas y libros con artículos motivadores y poesías. Coautor de una extensa colección de manuales de procedimientos para la estatal mexicana Pemex. Autor de Principles of Oleohydraulics, libro técnico de consulta. Su cuentística refleja el estilo tradicional transmitido oralmente, de generación en generación, con un alto contenido didáctico ofreciendo una moraleja en cada relato. Tales consejos se aplican a las vivencias cotidianas, abarcando todas las edades. Su último libro, Más allá del más acá (2015) relata las separaciones familiares entre las fronteras méxicoestadounidenses, y por último su primera novela Los añicos de aquel sueño (2016).

CUENTO DE NIÑOS PARA ADULTOS

Este cuento está inspirado en el tercer segmento de la película española “ Tres Historias de la Radio”. Dirigida por José Luis Sáenz de Heredia.

En un pequeño pueblo vivían sin mayores complicaciones unos dos mil pobladores a quienes preocupaba lo que sucedía en ese lugar, como que la vaca de don Fulano tuvo un becerrito, que a don Perengano lo mordió una víbora, que se murió el abuelito del boticario, que la hija del presidente municipal por fin se casó, etc.

Ahí vivía doña Chona, quien era viuda, con su hijo Paquito, de seis años de edad, el cual estaba enfermo de  una parálisis en las piernas y no podía caminar, algo que el médico del pueblo no supo diagnosticar y mandó los análisis a un Hospital de la Capital. Le informaron que padecía un problema en la columna vertebral y que esa enfermedad era nueva y solo había en Suecia un especialista que le podría atender.

A Paquito le querían mucho en el pueblo, tenía muchos amiguitos que le visitaban y su mamá lo sacaba afuera de la casa en una silla a que le diera el sol y la gente lo saludaba con mucho cariño, pues era un niño muy simpático.

Su mamá era muy pobre, lavaba y planchaba ropa ajena y con eso apenas le alcanzaba para el sostenimiento de los dos. Como el niño no podía caminar, no acudía a la escuela y el profesor venía a su casa a darle clases todos los días. Era muy aplicado.

Al saberse la noticia, el médico del pueblo le escribió al especialista de Suecia informándole sobre la enfermedad de aquel niño y confesándole que era hijo de una señora muy pobre quien no podría pagar los gastos de la operación.

El especialista les contestó que estaba dispuesto a ayudarles no cobrando nada por los gastos médicos, pero que si tenían que pagar los gatos de traslado en avión hasta Estocolmo, que era donde tenía el su clínica.

Al conocerse esta noticia en el pueblo, se juntaron los principales, entre ellos estaban el presidente municipal, el cura, el boticario, el jefe de la policía ( no había otro policía), el médico, el profesor de la escuela (también era el único, no había otro maestro), y el jefe del Correo (otro único quien también era el cartero). En esa reunión, se discutió la forma de ayudar a Paquito para que pudiese efectuar el viaje y someterse a la operación que le devolvería el andar. Se presentaron los estados de cuenta  del Ayuntamiento, pero eran irrisorios. Se propuso un nuevo impuesto, pero no obtuvo aceptación. Se trató de hacer una colecta entre los presentes, pero tampoco se lograba reunir la cantidad suficiente para los gastos del viaje. Por fin, el presidente municipal propuso que la colecta se efectuara participando todo el pueblo, ya que Paquito gozaba de una simpatía general.

Sin mayor demora, se invocó por medio de un bando municipal, que cada uno de los habitantes acudieran el día domingo entrante a depositar su óbolo en una mesa que se instalaría en la plaza del pueblo, frente a la iglesia.

Ese domingo, por medio de repique de campanas se llamó a la gente a depositar su óbolo. En una libreta, el presidente municipal anotaba el nombre de cada uno así como la cantidad con que contribuían a la causa. Algunos no tenían dinero y llevaron gallinas y puercos, pero todo el pueblo aportó lo que podía.

Al final del día, se vio que lo recabado no cubría el total de los gastos, por lo que desolados, acordaron reunirse nuevamente al día siguiente para tratar de resolver el problema.