Lola López Mondéjar LP 7

López Mondéjar, Lola

Tras completar su formación como psicóloga clínica y psicoanalista en Murcia, Madrid, Alicante, Milán y París, ha ejercido la docencia en las Universidades de Murcia y Sevilla (Máster de Arteterapia y Psicoanálisis), y como profesora y miembro didacta del Centro Psicoanalítico de Madrid.

Como ensayista ha publicado numerosos artículos sobre psicoanálisis y creatividad, violencia de género, adolescencia y sexualidad, en libros y revistas especializadas (Revista de la AEN, Aperturas Psicoanalíticas, entre otras).

Durante cinco años colaboró semanalmente con el diario La Opinión de Murcia con una columna de periodismo literario. Desde 1998 hasta 2009 coordinó el programa literario La mar de letras, dentro del festival internacional de músicas del mundo La Mar de Músicas (Cartagena, España). En 2005 creó los Talleres de Escritura Creativa de la Biblioteca Regional de Murcia, que coordina desde entonces.

Libros publicados: novelas Una casa en La Habana (Editorial Fundamentos,1997), Yo nací con la bossa nova (Editorial Fundamentos, 2000), No quedará la noche (Tres Fronteras, 2003), Lenguas vivas (Ediciones Gollarín, 2008), Mi amor desgraciado (Editorial Siruela, 2010). Novela finalista del XXI Premio de Narrativa Torrente Ballester, 2009, La primera vez que no te quiero (Editorial Nuevos Tiempos, 2013), Cada noche, cada noche (Editorial Siruela, 2016); relatos El pensamiento mudo de los peces (Editorial Páginas de espuma, 2008), Lazos de sangre (Editorial Páginas de espuma, 2012), La pequeña burguesía (Grupo de Literatura “La Sierpe y el Laúd”, Cieza, 2013). Algunos de sus relatos han sido publicados en antologías y revistas literarias (20 Voces nuestras, A renglón seguido, Escrito con Hierro), Psicoanálisis y creatividad: el Factor Munchausen (CENDEAC, 2009). Página web: http://www.lolamondejar.com/ .

LEY DE COSTAS[1]

Ley de costas

Nunca dejó de sorprenderme la constancia con la que Mayte emprendió aquel asunto. Hacía años que veníamos hablando de construirnos una casa en la costa, frente al mar, sin que hubiésemos logrado encontrar el lugar idóneo, cuando de repente, un día Mayte me llamó por el teléfono móvil tan entusiasmada que apenas logré reconocerla. “¡Lo tenemos¡, ¡lo he encontrado!”. No quiso añadir nada más. El domingo siguiente fuimos juntos a conocer el lugar que había decidido que sería el de nuestro segundo hogar.

Se trataba de un acantilado de roca gris, escarpada, frente a una pequeña isla de origen volcánico emplazada a unos doscientos metros de la playa. Las construcciones  que rodeaban el solar apenas se separaban del borde una docena de pasos, y entre dos de ellas quedaba un espacio vacío, una parcela milagrosamente sin construir, que encuadraba el mar enfrente. Hacia la derecha, alejado de la playa, a la que se descendía por unas escaleras excavadas en la roca, estrechas y peligrosas, se extendía un embarcadero de mineral  construido por los  ingleses a finales del diecinueve, durante el apogeo de las minas de hierro y plomo que dieron riqueza a la zona. Unas oxidadas estructuras de hierro sobresalían por encima de la superficie azul de las aguas afeando el paisaje, que adquiría, en virtud de su deterioro y abandono, un aspecto de catástrofe nuclear, algo así como la presencia de la estatua de la libertad, semienterrada en la arena de la playa, que provoca la desesperación de Charlton Heston en “El planeta de los simios”. Una vieja piscifactoría contribuía a dotar de una ambigüedad esquiva el inclasificable paisaje, doblemente determinado por los desechos industriales y la luz más pura del Mediterráneo.

Creo que ni siquiera pude opinar. El lugar era de una belleza fuera de lo común, la vieja piscifactoría iba a desaparecer en breve, según le habían informado a Mayte, y la panorámica del mar eternamente calmo, en el inmenso remanso que formaban el pequeño golfo protegido por la isla, estaba garantizada. A nuestras espaldas la urbanización se iba adueñando de los campos yermos hasta hacerlos desaparecer, pero delante de nosotros el mar poseía la atracción de su belleza inmemorial, helénica, aparentemente inmune al deterioro del entorno. Una continuidad geográfica innegable confundía el paraje con la costa turca, griega, tunecina o italiana, dotándolo de un aura familiar de  higueras, olivos y lagartos, que evocaba en nosotros la nostalgia y el placer de las vacaciones de nuestra infancia.

Durante los dos años que siguieron a la adquisición de la parcela la actividad de Mayte consistió, en gran parte, en vencer las barreras burocráticas que la ubicación de nuestra propiedad llevaba implícitas. El secreto del milagroso hallazgo no era otro que su calificación de “no edificable”. Los chalets aledaños fueron construidos o bien ilegalmente o antes de la publicación de la última Ley de costas, que obligaba a dejar los acantilados como espacios públicos y prohibía la construcción de cualquier edificio a menos de cincuenta metros de la orilla.

Mayte se mostró inquebrantable. Como si en ello le fuese la vida, frecuentó ayuntamientos, consejerías y ministerios, venció uno a uno todos los inconvenientes y, asesorada por una abogada amiga, consiguió por fin una recalificación del terreno que nos permitía edificar, si bien dejando, como se habían visto obligados a hacer en las construcciones vecinas, un corredor de acceso a las playas de debajo del acantilado que recorría los jardines particulares de un extremo a otro del mismo. Tendríamos una casa, sí, pero la franja que se extendía entre ella y el borde del promontorio sería considerada espacio público y, por tanto, podría ser transitada por cualquiera.

El entusiasmo de Mayte no cedió ni siquiera ante esa perspectiva. Preguntó a los vecinos al respecto y, como siempre que se está decidido a hacer algo, tuvo exclusivamente en cuenta los argumentos a favor. En efecto, casi nadie se aventuraba por allí, el uso del corredor era prácticamente exclusivo de los propietarios y nadie recordaba haber sido molestado por desconocidos en excursiones inoportunas  que transcurriesen, con toda impunidad, a unos escasos metros de la terraza de su casa. Mayte estaba radiante y no dejó de estarlo durante el largo proceso que duró el diseño de la vivienda y su no menos larga y penosa ejecución. Yo la dejé hacer aliviado. En realidad, por aquel entonces me hallaba demasiado ocupado en otros asuntos como para acercarme con frecuencia a la costa, y era ella quien elegía materiales, discutía con los albañiles o imponía sus gustos con el aparejador y el arquitecto, de manera que cuando me llevaba a visitar nuestra casa yo la encontraba cada día más avanzada, cerrando el espacio que quedaba en aquella cornisa de chalets desiguales, la mayor parte de ellos sin interés, pero privilegiadamente colocados frente a aquel hermoso rincón del Mediterráneo.

La vivienda le daba completamente la espalda al mundo, cerrada cual fortaleza por la parte posterior, se abría en su fachada marítima, como una flor expuesta al cielo, en ventanales inmensos, prácticamente colgados sobre el mar. Era hermosa y sencilla. Blanca y liviana, cúbica. Delante de la casa, me explicó mi mujer, se abría el agujero negro de lo que sería nuestra piscina. “¿Una piscina?” pregunté, asombrado, pues no había oído decir que fuésemos a tener ninguna. Mayte continuó implacable. Una pequeña piscina rodeada de una playa de madera de iroco a la que podríamos zambullirnos desde el mismísimo salón. No tenía nada que objetar. La excavación fue costosa. La roca se resistía a ser horadada, pero Mayte lo había previsto todo. Yo sólo tenía que seguir contribuyendo económicamente a la realización de su sueño. Esa era mi parte, así que cumplí con ella rigurosamente. A cambio tendría una casa estupenda, sin ninguno de los inconvenientes que Mayte sufría y que me detallaba durante las cenas sin que ni uno solo de ellos, ni siquiera una sola vez, la hiciese vacilar. Nunca la había visto tan decidida, tan entusiasta. Nunca volví a verla del mismo modo.

Por fin, un mes de junio, dos años después, inauguramos nuestro refugio en la costa. Los amigos, a quienes habíamos mantenido al margen del proyecto, un secreto que Mayte había querido mantener como en sus mejores tiempos de colegiala, estaban entusiasmados. Organizamos una fiesta excelente, canapés, música en directo, y por supuesto, el consabido baño en la piscina, un guateque sin la catastrófica intervención de Peter Sellers.

Digamos que Mayte y yo comenzamos un nuevo periodo de noviazgo que había sido interrumpido por el nacimiento de nuestras dos hijas, y por esa especie de entusiasmo laboral que le entra a uno a los cuarenta y que no cesa hasta alcanzar un éxito que, antes de lograrlo, se supone que es la meta de todo ser humano, pero que, una vez conseguido, descubrimos que no es más que otro hito en la desventurada carrera hacia la muerte en que se convierte la segunda mitad de nuestra vida. Está bien, no nos pongamos tristes. Mayte y yo, decía, hacíamos el amor en aquella casa como adolescentes, todo estaba por estrenar: la despensa, con su olor a buenos embutidos y mejores vino, la encimera de granito de la cocina, el baño con su ventana sobre el acantilado, cada rincón tenía que ser poseído y domesticado por una pasión que se renovaba en cada uno de esos espacios.

Las niñas habían crecido. Con sus doce y quince años poblaron el chalet, aquel primer verano, de bulliciosas adolescentes de vientres planos y figuras más que esbeltas. Nunca, lo juro por mi honor, había visto en mi pubertad unas jóvenes más hermosas. Sus sienes brillaban al sol con los destellos dorados de un vello fino y delicioso que se perdía en el origen de sus cabellos. Gocé mirándolas sin pudor, con la tranquilidad y la ausencia de sentimiento de culpa que me confería mi propia satisfacción sexual. Todo prometía transcurrir del mejor modo posible, tal y como Mayte lo había soñado. Ella misma, exenta de las tareas de la construcción, resplandecía morena y ligera bajo la luz inclemente de nuestro nuevo hogar, que se tornaba tenue penumbra al correr los estores y las persianas que protegían nuestra intimidad de un sol indiscreto.

De ese modo transcurrió el primer verano.

Aquel invierno viajamos al mar más de lo acostumbrado, la casa nos demandaba. Instalamos una chimenea y pasamos la Nochevieja en compañía de amigos, regalándonos con platos que cocinamos entre todos, repartiéndonos el trabajo en una tradicional división: las mujeres daban los últimos toques a la cena, mientras los hombres preparábamos el aperitivo, el fuego y las uvas. Nunca habíamos sido tan felices, nunca más volveríamos a serlo.

Todo comenzó con la primavera. Abril nació templado y el borde de nuestra piscina, con su playa de madera de iroco, nos reunió a su alrededor para disfrutar de ella, aún a riesgo de sufrir un más que probable resfriado, fruto de baños en exceso fríos.

Recuerdo que fue un viernes santo. Estoy seguro. Ese año la pascua fue muy tardía y la costa estaba llena de veraneantes que merodeaban por las urbanizaciones buscando la casa que habrían de alquilar para el verano ya próximo.

Fue un viernes santo, a eso de las cuatro. Como ya conté, por imperativos legales, entre nuestra casa y el chalet colindante se abría un pasillo que daba acceso al acantilado. Un estrecho callejón separado de la piscina por un muro de dos metros de altura, tras el cual, la casa se abría al mar con el simbólico límite de un seto de cipreses apenas crecidos. El hombre atravesó el pasillo y permaneció de pie frente a la playa, delante de nuestra piscina. Mayte lo vio cuando iba a la cocina a por un refresco. Al ponerse de pie, en top less, se sorprendió del sigilo del visitante y cubrió instintivamente con sus manos sus pechos blancos y aún deseables. El hombre no se volvió. Vestía un pantalón beige y una camisa azul celeste. Sentado donde yo estaba no le veía los pies. Los zapatos son un signo evidente de la personalidad de quien los calza y, no sé por qué extraña razón, me pregunté cómo serían los zapatos que aquel hombre había elegido para completar su atuendo. Mayte hizo un gesto con los hombros, más de sorpresa que de fastidio, y yo le sonreí con ironía, “¿Ves?, quise decirle, ahí tienes uno de los inconvenientes”. Pero, prudente, no comenté nada que pudiera molestarla y seguí leyendo mi periódico. Las niñas no estaban en casa.

A pesar de su silencio, la presencia del desconocido se hacía sentir. Mayte volvió con el refresco y una blusa abotonada hasta la cintura. Movió la tumbona y continuó leyendo como si nada, pero era evidente que nada era lo mismo. El hombre permaneció allí el tiempo que quiso y yo entré en esa especie de lectura estéril en la que te descubres leyendo una y otra vez la misma frase, que crees haber comprendido, pero que se pierde en el laberinto de la mente apenas avanzas hacia la siguiente, perdiendo completamente el sentido.

Sólo cuando se marchó recuperé la atención y el sentimiento de fastidio que su presencia me había provocado. Mayte, que siguió sus pasos con oído atento, respiró mejor en su ausencia, pero ninguno de los dos dijo una palabra sobre el asunto en un acuerdo tácito que parecía estimar que, mientras no fuese reconocido, el desconocido no existiría para nosotros.

Regresó al día siguiente con una cómoda silleta plegable con respaldo y un libro. Un best-seller que hacía furor aquella primavera, una de esas novelas estrella de una escritora estrella lanzada por una editorial estrella, un producto abominable destinado a lectores de grandes almacenes con gustos estandarizados. Desde donde estaba podía leer el título –que les ahorraré-  y, a juzgar por la atención con que se complacía en su lectura, mi presencia era menos intimidante para él que la suya para mí. Volví a mi estado de estulticia intelectual  del día anterior, aunque, tras media hora de repetir una y otra vez la misma línea antes de poder pasar a la siguiente, logré concluir lo que estaba leyendo, un artículo sobre la obesidad en Estados Unidos. Los gordos se asocian y reivindican sus derechos, eso es todo lo que recuerdo de aquella penosa lectura. Mayte, más precavida que el día anterior, había traído la blusa que colgaba del respaldo de la tumbona, pero en un esfuerzo por ignorar al visitante, no la utilizó. No me sentí contrariado. Aquel ser todavía carecía de sexo para mí, y no estaba dispuesto a concederle ningún atributo humano, por más evidente que este fuera. Leía best-sellers deplorables, eso era todo. Ninguno pronunció ni una palabra al respecto.

Antes de marcharse dobló concienzudamente la silla, sin prisa, con la pasión por el detalle de un deficiente mental o de un obsesivo. Como es evidente, y sin poderlo en modo alguno evitar, comencé a odiarlo.

El domingo de resurrección recibimos la estimulante visita de los amigos. Habíamos preparado una barbacoa, el mar estaba radiante, nunca hasta entonces había experimentado ese placer estético, íntegro, que la contemplación de su azul me producía. Observar las irisaciones de las olas me daba escalofríos, temía, como cuando era niño, que aquel placer fuese efímero, que la belleza desapareciese de un momento a otro, pero cada nueva mañana el mar seguía allí,  y  mis sensaciones se renovaban intactas. Mientras preparaba la vajilla sobre la mesa me detenía para volverme hacia el agua en calma, alrededor de la isla sobrevolada por las gaviotas; incluso la herrumbrosa piscifactoría y el embarcadero de mineral me resultaban hermosos, ruinas de una belleza industrial que marcaba con la huella de mis contemporáneos aquel paisaje de Homero. Era muy feliz. Más feliz si cabe por ese temor infantil y judeocristiano a que la felicidad se enturbie de repente, por inmerecida. Mayte también parecía encontrarse a sus anchas. Los amigos llegaron, alegres, celebrando el día y el encuentro. Con el café, a eso de las cinco, la tarde refrescaba y, al volver del dormitorio con unos jerseys para los desprevenidos, le vi. Había traído su silla y su best-seller y, sentado de perfil, parecía casi un invitado melancólico que hubiera abandonado momentáneamente la fiesta para reincorporarse a ella una vez saldadas quien sabe qué cuitas internas. Pero no. Los verdaderos invitados hablaban ahora en voz más baja, algo estúpido, considerando que nos separaban de él seis escasos metros, sin otra barrera que se interpusiera entre nosotros más que los ridículos cipreses – que entonces me parecieron raquíticos- . Las risas habían desaparecido de la conversación.

Aquella noche Mayte y yo tratamos por primera vez el asunto. Era evidente que el forastero se encontraba a sus anchas delante de nuestra casa, como también lo era que nada podíamos hacer al respecto. Tenía derecho, según la ley, a deambular y permanecer allí donde quisiera, entre nuestra terraza y el acantilado. Era espacio público, abierto. No podíamos impedírselo.

Las cosas empeoraron durante el verano. El buen tiempo estimulaba las actividades al aire libre y la piscina y sus alrededores constituían el centro de nuestra vida. Las niñas bajaban a la playa y volvían a subir a casa con sus amigos, mientras él comenzaba a formar parte del paisaje de un modo extraño. Su incómoda presencia se echaba de menos si no acudía a la hora de costumbre, era como si necesitásemos odiarlo para estar unidos. Las chicas le pusieron un nombre: “El Convidado de piedra”, y no pasaba día en que no lo pronunciáramos con sorna o en serio. Pero Mayte sufría más que ninguno de nosotros. Como si toda la tensión, toda la incertidumbre acumulada durante la lucha por hacer realidad la casa de sus sueños se vertiese ahora sobre aquel desconocido, haciéndole  culpable de todo. Cualquier malestar doméstico se le trasladaba, depositario de las iras irracionales de que estamos tan bien provistos los humanos. En él encontrábamos causa de sobra para nuestro malestar, cuando, bien mirado, no la había. Comenzó a centrar nuestras conversaciones con los amigos, que se compadecían de nosotros, simpatizando con nuestra desgracia. Nos convertimos en ese tipo de agraviados que centran la atención de todos sobre sí mismos al tratar de explicar y justificar la inmensa agresión a la que se sienten sometidos.

Comenzamos a odiar lo que estábamos haciendo de nosotros,  pues nunca fuimos dados, bien al contrario, a airear nuestras miserias. Pero él estaba allí, nuestros amigos le conocían, algunos hasta le saludaban al llegar, respetuosos, otros le confundían con algún nuevo conocido. Todos preguntaban, todos asentían. Mientras, él se mantenía indiferente a nuestras preocupaciones. Un espectador impasible de nuestra vida, sobre el que no cesábamos de hacernos preguntas. ¿Qué pensaría de nosotros?

Un día, la hija pequeña de unos amigos le invitó a la piscina.

-¿No te bañas? –le dijo.

Él negó con una sonrisa amable. Pero la niña no quedó contenta y cogiéndole del brazo lo introdujo en la casa. Vacilaba el convidado de piedra entre ser descortés con ella, desprendiéndose de su tozuda mano, o entrar. Para entonces todos los presentes le habíamos visto mil veces, su cara era tan familiar como la de un vecino y ninguno deseaba introducir ningún tipo de violencia en sus vacaciones. Además, la espontánea invitación de la pequeña ponía de manifiesto nuestra propia descortesía, pues nunca, ni en los días más tórridos, habíamos osado invitarle a darse un chapuzón. Aquella tarde lo hizo tranquilamente, se zambulló en la piscina de cabeza y nadó elegantemente hasta el otro borde, regresando en un buceo impecable hasta las escalerillas. Su amiguita, contenta, le esperaba sentada en el borde, removiendo la superficie con sus tiernos piececitos.

-¿Ves lo buena que está el agua?

A partir de ese día nos sentimos inmensamente culpables. Cada uno de nuestros baños era un pecado de egoísmo, una muestra de nuestra insolidaridad, de nuestra miseria moral. Mayte no lo aguantaba más e, incapaz por otra parte de hacerle una invitación que no sabía cómo podría zanjar en un futuro- “…y el año que viene ¿qué?, ¿lo sentamos a nuestra mesa?”-, comenzó a sacarle hasta su silla granizados de limón, de café, o cualquiera de los refrescos que aliviaban nuestro calor y nuestra sed durante las largas tardes de agosto. Él los aceptaba con humillarse, y dejaba el vaso sobre la mesa más alejada de la casa, al marcharse. Reflejados en el espejo de su dignidad, nuestra imagen era deplorable. Mayte sufría un auténtico calvario.

– Nunca me he sentido más mezquina – me decía, tendida junto a mí, en las noches en que el calor convocaba al insomnio- Nunca. Somos unos bastardos, unos desaprensivos. Nuestra casa es el escenario de la insolidaridad en que hemos convertido nuestras vidas.

Poco a poco, en su interior comenzó a modificarse la opinión que tenía sobre nosotros; de considerarnos unos honestos profesionales de izquierdas que saben disfrutar honestamente de los frutos de su trabajo, pasó a vernos como unos privilegiados en la cúspide del poder, que alejan de su lado, no queriéndoles ver, a aquellos que no identifican como sus iguales.

– Sólo nos separa una piscina.

Le decía, para ayudarla a soportarse.

– En realidad no sabemos quién es ni cómo vive, cuál es el motivo por el que ha elegido este lugar para sus lecturas – insistía para tranquilizarla.

Y empezamos a fabular sobre su vida. ¿Quién era? ¿Por qué venía hasta allí? ¿Dónde vivía? Para entonces sabíamos que llegaba caminando, sin hacer ruido alguno, procedente, suponíamos, de alguna vivienda no muy lejana. Pero, ¿y si no era así?

– Es pobre.

Dijo un día nuestra hija menor.

– Es pobre –repitió, convencida.

Nos sorprendió que usase ese vocablo que hacía décadas que habíamos olvidado. ¿Existían aún los ricos y los pobres? Las contradicciones saldadas, oxidadas como las estructuras para transportar minerales de las viejas minas que se conservaban frente a nuestra casa, relegadas, en suma, volvieron una a una hasta nuestra conciencia. ¿Qué éramos nosotros? ¿Ricos? ¿Odiosos ricos? ¿Cuándo comienza uno, hoy en día, a ser tenido por rico? Si nuestra riqueza no era producto de la plusvalía – y fue Mayte quien utilizó por primera vez esa palabra del mioceno – ¿teníamos derecho a disfrutarla? Todos nuestros amigos vivían en condiciones semejantes a las nuestras;  imperceptiblemente nos habíamos ido alejando de los demás y nunca antes nos habíamos planteado las diferencias de aquel insultante modo. Sabíamos – ¿cómo ignorarlo?, lectores voraces de periódicos como éramos ambos – de la precariedad del empleo; las condiciones de vida de los inmigrantes que, sin ir más lejos, cultivaban los campos que recorríamos para llegar a nuestra hermosa casa, nos encogían el corazón, pero nunca nos habíamos comparado con ellos. Sin atrevernos a confesárnoslo claramente, atribuíamos nuestro bienestar a la buena fortuna, al eficaz ejercicio profesional, a la constancia y al ahorro. Razones todas éticamente lo bastante correctas como para justificar sin más el disfrute de unas propiedades ganadas con el sudor de nuestra frente.

¡Dios¡, ¡fue terrible¡ Comenzamos a plantearnos cuestiones morales como adolescentes; todos los días, a todas horas. Cuando contemplaba el mar ya no gozaba de sus irisaciones plateadas, no recuperaba la deliciosa ociosidad de la infancia extasiado frente a él, sino que me cuestionaba  sobre cuál sería el porcentaje de ciudadanos que podían disfrutar de unas vacaciones como las nuestras, de una casa como aquella, de una seguridad como la que sustentaba nuestra existencia, sin apenas habernos percatado de ello hasta entonces.

En septiembre nos dimos cuenta de que los amigos estaban ya cansados de que les participásemos nuestras contradicciones en las largas sobremesas estivales. “¡Dejádlo ya¡”, nos decían, dejando traslucir cierto tono de irritación; “ Os vais a arruinar cualquier placer”. Lo cual era completamente cierto. Pero no podíamos abandonarnos a la inconsciencia. Habíamos alcanzado el conocimiento y no estábamos dispuestos a olvidar lo que sabíamos así como así, a pesar del dolor que nos producía.

Mayte se deprimió en octubre y pasamos un invierno gris en el que apenas nos acercamos a la costa por temor a encontrar a nuestro invitado impertérrito, arrostrando los vientos, leyendo cualquier otro best-seller frente a nuestra hermosa terraza, recordándonos una condición de viles aburguesados, que nosotros, y sólo nosotros, no podíamos perdonarnos.

Aquel invierno intentamos justificar nuestro bienestar con razones nuevas, incrementamos nuestras aportaciones a organizaciones no gubernamentales, seguimos con mayor atención las noticias de los marginados en la prensa.

Pero llegó la primavera, las niñas ya no aceptaban excusas y reclamaron su derecho a piscina, a playa, a diversión. Mayte se había recuperado lo bastante como para intentarlo. Desde finales de febrero había logrado reencontrar el hilo de la vida y se permitía vivir sin demasiada culpa o, al menos, así me lo pareció a mí. Una determinación nueva se abrió paso en sus ojos apagados durante largos y oscuros meses.

El primer fin de semana en la playa no apareció, y su ausencia se hizo notar tanto como su presencia lo había hecho durante la anterior primavera. Volvimos al siguiente y, esta vez, él también estuvo allí. Nos saludamos como viejos conocidos que no han intimado nunca con un “¡Buenas tardes¡” de cortesía, eso fue todo. El hombre leía un volumen de más de mil páginas, algo de Paulo Coelho, pensé, pues sin haberlo leído, consideraba que ese era el tipo de literatura que aquel ser melifluo se merecía. El odio irracional se reactivó. Mayte le ofreció un refresco y él lo aceptó, respondiendo a una costumbre ya establecida que no había motivo para erradicar. Recordé las palabras que Mayte pronunciara el verano anterior: “Luego, ¿qué?, ¿lo invitamos a nuestra mesa?”. Y sentí un ligero escalofrío.

Transcurrió todo el mes de mayo y junio sin que ningún fin de semana faltásemos, ni unos ni otro, a nuestra cita. Mi mujer se entristecía por momentos pero el brillo de su mirada no desaparecía del todo. Parecía albergar algún misterioso propósito, un secreto plan.

Fue el último domingo de junio, teníamos la costumbre de marcharnos ya avanzada la noche con objeto de eludir las terribles caravanas de vehículos que se formaban durante la tarde, de regreso a la ciudad. Formamos rebaños inmensos con idénticos gustos y aficiones, y tanto a Mayte como a mí nos complacía separarnos de los demás para conservar ese pequeño espacio en el que nuestro ego se regodea con la absurda creencia en su singularidad. Como es obvio, nunca lo conseguimos del todo.

Así pues eran las ocho de la tarde, pero aún no oscurecía. A nuestro alrededor reinaba el silencio. El resto de los vecinos hacía rato que se habían marchado con los coches repletos de enseres en los que, esos hombres y mujeres insatisfechos que somos, esperamos ingenuamente encontrar el bienestar. Nosotros escuchábamos “La pasión según San Mateo” de Bach, en una versión de Harnoncourt que nos resultaba muy grata. Nuestro convidado de piedra leía al amparo de nuestros cipreses. Pronto, la casa, con el sol de poniente detrás, proyectaría hacia él una sombra que le impediría seguir haciéndolo. Las niñas se habían marchado a la ciudad con unos amigos unas horas antes para ir al cine. Habíamos quedado en recogerlas a nuestro regreso. Mayte trasteaba dentro de la cocina, mientras yo reposaba en una tumbona, oculto del exterior, siguiendo el libreto de la obra. Los coros recitaban:

La volonté du Créateur
toujours soit obéie¡.
Devant son bras puissant, vainqueur
L´univers, tremble et plie

Cuando, azarosamente, levanté los ojos, vi a Mayte intercambiando unas palabras con él. Ambos se acercaban al borde del acantilado con precaución. Por su actitud parecían buscar algo al fondo, en la arena de la playa. Pensé que el viento, que se había levantado al caer la tarde, le habría arrebatado de entre las hojas algún indicador de lectura, o una prenda puesta a secar en nuestro tendedero, qué se yo. Miraban hacia abajo con curiosidad mientras Jesús cantaba:

Désormais vous pouvez dormir et vous
reposer: voici toute proche l´heure oú le Fils de
l´homme va être livré aux mains des pécheurs. Levez-
vous¡. Allons¡ Voici tout proche celui qui me livre.

Entonces lo vi.

Vi a mi mujer colocarse detrás del hombre. La vi apoyar sus piernas firmemente sobre el  suelo y empujarlo con una determinación inolvidable. Él desapareció delante de mis ojos mientras Mayte recuperaba el equilibrio y, sin mirar a su alrededor, se acercaba al borde del precipicio para contemplar el final de su obra.

Me había puesto involuntariamente de pie y, con el mismo automatismo, me dejé caer de nuevo en la tumbona sin poder hacerme cargo de lo que nunca debí haber visto. Acababa de contemplar el origen del brillo de sus ojos, la ejecución de su terrible plan.

Todavía no me había repuesto cuando Mayte entró en la casa con una sonrisa, se acercó hasta mí, y me dijo como otras tantas veces:

– ¿Nos vamos?.

Asentí.

Durante el regreso estuvo locuaz.

De lunes a viernes leí los periódicos como si en ello me fuese –me iba- la vida, pero, incomprensiblemente, ninguno mencionó el asunto. Morían buceadores imprudentes, jóvenes osados se dejaban la vida conduciendo sus motos acuáticas en arriesgadas exhibiciones de velocidad; a cada cual se le reservaba su noticia en la banalizada prensa estival, menos a él.

Julio poblaba la costa de veraneantes bulliciosos.

Volvimos a la semana siguiente sin escuchar ningún comentario, ningún rumor vecinal sobre la desaparición de nuestro enigmático visitante. Quise pensar que no había existido, que se había tratado de un fantasma, una aparición, la encarnación del espíritu del pueblo al que se le había usurpado una parte de su patrimonio. Pero no.

Durante el resto del verano, cuando nuestros amigos, sorprendidos por su ausencia, nos preguntaban  por él, Mayte siempre les daba la misma respuesta:

– Desapareció tal y como vino, sin hacer ningún ruido.

Todos sonreían dándose por satisfechos.

Todos menos yo.

[1]  Este relato forma parte del volumen El pensamiento mudo de los peces, Editorial Páginas de Espuma, 2009.