Ricardo Reyes LP 7

Reyes, Ricardo

Ricardo Reyes nació en el Perú, donde vivió hasta los veinte años de edad. Desde temprana edad mostró interés por la lectura y admite haber perdido horas de sueño por quedarse leyendo a Julio Verne o a Emilio Salgari a luz de vela en la finca donde creció. A principios de la década de los 90, su familia emigró a los Estados Unidos debido a la ebullición terrorista que azotó al Perú, y ha radicado en este país desde entonces. Obtuvo una licenciatura en español con honores en la Arizona State University, especializándose en temas de cultura y literatura hispana. Subsecuentemente obtuvo una maestría con honores en Lingüística en la University of Malaya. Actualmente radica en Malasia y es el coordinador de la división de español de la facultad de lenguas y lingüística de dicha universidad. Ricardo Reyes es el autor de la novela Hechizo de luz y de la colección de poemas y cuentos cortos Simulacro de vida, ambos publicados por authorhouse.com. A pesar de estar dedicado a la docencia, la producción literaria ocupa todavía gran parte de su tiempo y energías.

MANCO

La biblioteca era uno de los lugares predilectos de Rodolfo y su pandilla. Y el término pandilla sufre aquí una gran devaluación, ya que en realidad no era más que un grupo de jóvenes estudiantes de la facultad de Arqueología de la universidad más antigua de América. Aunque ya vivían en una era totalmente digitalizada, podían pasarse horas sumergidos en amarillentas hojas, carcomidas por los sabios insectos que habitan en los buenos libros. Muchas veces lo hacían para terminar proyectos académicos, y otras para soñar con ciudades legendarias como Atlantis, El Dorado o Cíbola, en una fiebre que hacía que olviden el mundo tangible e imaginen los jardines colgantes de Babilonia cuando observaban las macetas con hiedras que colgaban afuera del edificio y que se dejaban ver a través de las ventanas entreabiertas, o alucinen estar frente al mausoleo de Halicarnaso cada vez que pasaban al lado de las lápidas enmohecidas y olvidadas que yacían en uno de los patios, arrebatadas éstas por la maleza y el abandono. La selección de volúmenes apilados en los escaparates era impresionante, y Jonás, el bibliotecario, nunca tenía suficiente tiempo para ponerlos todos de regreso en su lugar al terminar sus jornadas. Pero ponerlos en su lugar es más un decir que otra cosa, ya que la sección de Arqueología necesitaba urgentemente una purga y los libros yacían por doquier. Rodolfo y sus amigos eran unos de los pocos en seguir la regla de buscar el anaquel que concordara con los números etiquetados en los lomos de tanto libro, y de buscar el orden alfabético que los llevaba a la repisa donde ponían de regreso los volúmenes que consultaban. Jonás les agradecía no solo por lo ordenados que eran, sino también por lo bien que se comportaban en aquel lugar al que ya pocos frecuentaban desde que Google sedujo a las grandes multitudes de estudiantes. La biblioteca se había convertido más en un archivo de documentos viejos y un lugar tranquilo para comer lo traído de casa sin ser atacado por los buitres que merodean las áreas comunes en busca de un bocado fácil, pero que nunca se atreverían a arriesgar su reputación de chico bacán poniendo un pie dentro de la biblioteca. De vez en cuando se topaban con alguna parejita intercambiando saliva en la quietud de los pasillos de ciencias, y alguna vez hasta se encontraron con un fumón que irónicamente intentaba encender su hierba con una página arrancada de un antiquísimo tratado de química. Pero estos eran incidentes aislados, ya que por lo general el lugar estaba casi vacío y, quienes acudían a éste, lo respetaban, y en el caso de este grupo de muchachos, hasta lo veneraban.

Después de ser descubierto Machu Picchu en 1911 por el gringo Bingham, existió un hiato arqueológico de varias décadas; después de dar a conocer al mundo la joya impoluta de aquella ciudadela incrustada en las alturas, no quedaba esperanza alguna de encontrar algo remotamente parecido, y mucho menos mejor. Pero este silencio fue fracturado hacia 1987, cuando en Huaca Rajada se encontró el sepulcro del Señor de Sipán, y entonces todos los arqueólogos se alborotaron. Después de un tiempo, se retomaron los estudios y las excavaciones en las ruinas desérticas del valle de Supe, las que habían quedado desdeñadas desde que (…otra vez) unos gringos las hicieran públicas a finales de los cuarentas. Y nadie se imaginó que ese arenal desolado de Caral terminaría siendo la civilización más antigua del continente americano, corroborado con pruebas de datación radiométrica y listada por la UNESCO en 2009 como patrimonio cultural de la humanidad. Estos eventos despertaron una fiebre arqueológica en la que habían quedado sumidos Rodolfo y sus amigos, quienes intentaban descubrir algo interesante y novedoso sobre lo cual escribir en sus tesis. Si la cultura más antigua de América era la de Caral, entonces… ¿Por qué la leyenda contaba que el gran imperio incaico había sido formado por el cetro que Manco Cápac y Mama Ocllo dejaron hundir sobre la tierra prometida después de salir, envueltos en una nube, de las espumas del lago Titicaca, a cientos de kilómetros del valle de Supe? Remigio estaba investigando el tema Tiahuanaco y buscaba alguna conexión entre el Titicaca, lago legendario que se destaca por el ser el más alto lago navegable del mundo y dar de beber a los dioses, y el génesis de la civilización incaica. Hasta ese momento no había sino mitos y leyendas que explicaran este suceso… que si la del lago Titicaca, que si la de los hermanos Ayar, y éstas se limitaban ya sea al folklor oral pasado de generación en generación, o a las obras escritas por el historiador Inca Garcilaso de la Vega, quien documentó muchos hechos que de otro modo quizá se hubieran perdido. Mestizo hijo de padre español y de madre indígena perteneciente a la nobleza incaica, Garcilaso documentó la historia y folklore de esta civilización en su obra cumbre Los Comentarios Reales de los Incas. Cualquiera fuera el caso que los muchachos estuvieran estudiando, invariablemente siempre terminaban consultando las obras de Garcilaso. Y esto resultaba ser un buen punto de partida, pero era muy normal que terminaran con una pila de libros sobre la mesa de estudios…Julio C. Tello, José María Arguedas, y tantos otros arqueólogos, cronistas e historiadores que dejaron sus aportaciones por escrito y que ahora nos ayudan a entender mejor quiénes somos y, hasta tal vez, nos indiquen hacia dónde nos dirigimos.

Constantemente se quejaban de lo difícil que les era estudiar una cultura sin un sistema de escritura. El alfabeto romano permitió que el quechua pudiera plasmarse sobre el papel, pero ¡qué tantas historias milenarias habrán muerto junto con quienes las contaban antes de ser documentadas por escrito! Una vez que se descontó que los quipus pudieran haber servido como documentos escritos y se les atribuyó en vez la posibilidad de ser un sistema contable, entonces no quedó otra alternativa que empezar a hilvanar ideas partiendo de retazos de información que se encontraban en diversas fuentes, muchas de las cuales provenían del puño y letra de cronistas españoles que no necesariamente se ceñían a una realidad objetiva. Es de conocimiento público que son los vencedores quienes escriben la historia, y por eso tanta gente mal informada, y por lo mismo gracias al Inca Garcilaso, quien a través de la libertad de su sangre española pudo trasmitir con fidelidad la identidad de su oprimida sangre materna. A Rodolfo le interesaba también el tema del origen del imperio incaico, aunque se preguntaba si era prudente cuestionar los mitos que envolvían este tema. Su curiosidad científica lo motivaba a escarbar en cuanto misterio encontraba; detestaba los misterios y las incertidumbres, pero a la vez estaba consciente de la importancia que tenían los mitos y las leyendas dentro de la humanidad. Todos lo tenían muy en cuenta, sin embargo la arqueología al final nunca le cedía el paso a la intangibilidad y fragilidad de las humanidades. Sabían que si la arqueología daba su brazo a torcer, era muy posible que Tutankamón y muchos otros descubrimientos, rodeados o no de mitos y maldiciones ancestrales, aún estuvieran bajo tierra y cubiertos por el velo de historias y especulaciones dotadas de generosas dosis de fantasía e imaginación. Decidieron entre todos financiar una expedición al Titicaca y convivir con los uros mientras los científicos efectuaban sus investigaciones. Habían decidido sondear el fondo del lago con equipos modernos, para lo cual habían necesitado los permisos correspondientes de los gobiernos del Perú y Bolivia. Si los fundadores del imperio provinieron de aquellas aguas, a ellas mismas irían a buscar respuestas para sus tantas preguntas.

Mediante algunos contactos lograron obtener la autorización del gobierno boliviano para utilizar los barcos de su fuerza naval en la expedición. Al fin y al cabo, dichos buques no hacían otra cosa que darle vueltas al Titicaca tal cual perro que persigue su cola sin tener ni un principio ni un fin. Cargaron el equipo de buceo, los tanques de oxígeno, el sonar, los mapas y los ordenadores necesarios para procesar y analizar los datos recaudados del lodoso fondo del lago. Entrevistaron a mucha gente local, tanto a los alrededores del lago como en sus islas flotantes, pero nadie reportó nada inusual. Remigio, quien podía hablar aymara y quechua, entrevistó a la gente mayor, ya que el español se les dificultaba. El resto del equipo condujo sus investigaciones en español, con grabadoras digitales y, cuando les era permitido, videocámaras. Luego de un mes de entrevistas y expediciones acuáticas, los muchachos no lograron progreso alguno. La información provista por los habitantes de esa zona, aunque interesante, no era nueva para ellos. Fue casi hacia el final de dicha empresa en que se les acercó un viejo que vino andando desde un caserío cercano y les dijo que estaban buscando en el lugar equivocado. Sí –dijo el viejo- Manco Cápac y Mama Ocllo salieron de esta agua mucho tiempo detrás. Lo sé porque lo contaron mis abuelos. Siguro que loyeron de sus abuelos de ellos. Mi dijeron que antes de los incas del Cusco, aquí había gente muy inteligente y se hablaba una idioma que se podiba escribir. ¡Pero eso es imposible! –protestó Rodolfo- seguro que se refiere al puquina, pero no hay ninguna prueba de que esa lengua haya tenido un sistema de escritura. El taita del cielo se llevó la única prueba –fue lo único que llegó a responder el viejo antes de darse la vuelta y regresar por donde vino- Están buscando en el lugar equivocado -se fue murmurando el anciano hasta que el viento apagó su voz y ya solo se pudo ver un poncho que iba desapareciendo en el horizonte.

Una vez de regreso en Lima, los muchachos entregaron el reporte de su infructuosa investigación a la universidad y se reunieron, como era de costumbre, en la biblioteca. Frustrados empezaron a garabatear ideas y figuras, pero le habían perdido el hilo al entusiasmo con que se enrumbaron hacia Puno y las comunidades indígenas donde hicieron sus investigaciones. ¿Qué quiso decir el viejo con eso de que estamos buscando en el lugar equivocado? –finalmente se aventuró a pronunciar uno de ellos. Llegaron a la conclusión de que aquello que la pareja celestial había llevado consigo era el cetro de oro con el cual, según la leyenda, éstos fundaron el imperio incaico. Por lo tanto, este cetro debía de contener la prueba de que en realidad existió una lengua con un sistema de escritura que misteriosamente desapareció y por algún motivo no fue heredada por el gran imperio.

Era de conocimiento público, o por lo menos así lo estipula los libros de historia, que el cetro de oro con el que partió del Titicaca la primera pareja real incaica, se había hundido sobre el Huanacaure. Cuenta la leyenda que el gran imperio nacería en el lugar donde el cetro se hundiera sin mayor esfuerzo, indicando dónde se situaría la capital de este mismo imperio, el que posteriormente habría de crecer hasta conquistar al resto de culturas que habitaban en esas tierras, devorando los territorios de lo que en la actualidad vendría a ser desde el sur de Colombia hasta el norte de la Argentina. Aunque este vasto imperio no iría a durar mucho, ya que poco más de un siglo después de su fundación, Colón habría de llegar a tierras americanas, y ya todos conocemos el resto. Lo que poco se conoce es sobre las muchas culturas preincaicas, colmadas de misterios sepultados en vastos arenales y cordilleras, que poco a poco van saliendo a relucir en importantes descubrimientos como el de la tumba del Señor de Sipán. Cabe destacar que este hallazgo tuvo la suerte de caer en buenas manos, pues nunca se sabrá sobre el destino de todas las excavaciones ilegales, los huaqueros y buscadores de tesoros que se apropiaron de tantísimo patrimonio nacional, gran parte del cual fue contrabandeado al extranjero y es ahora parte de colecciones privadas. Es sabido que algunas huacas, sobre todo costeñas, fueron brutalmente ultrajadas con tractores de oruga, dándole vueltas a estos lugares sagrados como a una gran ensalada de cráneos, húmeros y terrones de adobe, ya sin importarles si dañaban huacos de barro cocido o frágiles telares, en búsqueda de oro y artículos de mayor valor.

Decidieron que seguirían los pasos de los padres del imperio, desde el lago Titicaca hasta llegar al cerro Huanacaure, donde se dice que el cetro de oro pudo por fin deslizarse dentro del terreno sin dificultad, después de haberlo intentado muchas veces a lo largo del camino. Después de salir del lago, sobre esta nube espumosa que los llevó hasta la orilla, el dios Sol les indicó que debían de caminar hacia el norte, intentando enterrar la vara de oro cada vez que se detenían a comer o dormir. El terreno era siempre duro, pedregoso, arcilloso y compacto. No fue sino hasta que llegaron al Huanacaure que la barra se plantó sola en el suelo, sin siquiera la necesidad de que hagan presión sobre ella, y este lugar se convirtió en la ciudad del Cusco, ombligo del mundo para la cultura incaica. La idea era estudiar el terreno y determinar la ruta que con mayor probabilidad debió de haber tomado la pareja escogida. Y así lo hicieron; ensamblaron un grupo de estudiantes de la universidad y con la ayuda de algunos patrocinadores, lograron armar un equipo que estaba conformado por un topógrafo, una geóloga, dos historiadores, un fotógrafo, una lingüista, dos ingenieros y los cinco amigos arqueólogos. Y fue de las orillas del Titicaca que partieron hacia el norte, haciendo mediciones, analizando el terreno, entrevistando a los campesinos con quienes se topaban en el camino, tomando muestras de la tierra que pisaban y que iba mutando conforme caminaban, filmando el recorrido, siempre tomando la ruta que ofrecía menor resistencia, bajando poco a poco desde los 3,810 metros de altura en donde se encontraba el gran lago. Llevaron consigo una vara de metal gruesa a la que le habían sacado punta y, cada vez que se detenían ya sea a comer algo o a dormir, intentaban incrustarla en la tierra. Pero no pudieron, ya que la vara debía penetrar el suelo sin presión alguna, y hasta ahora no habían encontrado tierra que lo permitiera. Siguieron andando por el terreno accidentado y casi sin darse cuenta pudieron a los pocos días avistar la ciudad imperial del Cusco a lo lejos. Ya se ocultaba el sol y se preparaban para armar las carpas y pasar una noche más en la puna, pero fue ese resplandor a lo lejos que les llamó la atención y los hizo caminar unos metros más, hasta poder ver cómo la ciudad se despedía del día con sus faroles de luz amarillenta prendidos, con su plaza de armas bien iluminada y fácilmente distinguible a la distancia, con su suntuosa y sincrética elegancia imperial y colonial; ladrillos amalgamados sobre piedras labradas, crucifijos tomados de la mano con el sol, y un castellano amestizado con el quechua. Decidieron avanzar un poco más y dormir en una cama decente en el centro de la ciudad.

Después de un par de días de descanso y de consultar con los museos y especialistas locales sobre el tema en cuestión, el equipo salió a recorrer el Huanacaure, tarea algo difícil por los cultivos que hallaron a su alrededor y que se supone que no existían antes de la fundación del imperio. A pesar de ese inconveniente, colocaron la vara metálica sobre el suelo en cientos de lugares sin suerte alguna. Después de tres días hurgando el terreno y ya a punto de darse por vencidos, la vara encontró aquél punto G que venían buscando tan asiduamente, y tal y como lo habían imaginado, la larga vara desapareció en frente de sus narices, ante el asombro de todos… ¡Eureka!

Los permisos para empezar las excavaciones tomaron más de dos semanas y una gran cantidad de sobornos, pero una vez concedidos, empezaron a cavar por doquier, cada uno por su lado, palas en mano y un trapito para el sudor sobre la nuca. Cavaron varios metros cuadrados y en diferentes profundidades, hasta que el mismo Rodolfo sintió el inconfundible sonido de metal contra metal. Todos dejaron de hacer lo que hacían, bajaron sus palas y quedaron en silencio, observándolo. Con mucha más cautela continuó cavando y deshaciéndose de la tierra fértil y suave que se desmoronaba y volvía a cubrir el hoyo. De pronto se dejó ver, el amarillo brilloso, el color del mismo Inti en la forma de un cetro con una empuñadura que lucía algunas turquesas engastadas a su alrededor. Lo limpiaron profesionalmente y con una fina brocha muy suave lo liberaron de las últimas partículas de tierra que llevaba en algunas de sus grietas. Y entonces se le escapó el ¡Oh! a Rodolfo, al pasar sus dedos por el largo cilindro y sentir con las yemas ciertas texturas sobre su superficie. Llevó el artefacto a la tienda de campaña que habían montado junto a la excavación y lo colocó sobre una mesa portátil cubierta de telas gruesas. Sacó su lupa y lo examinó detalladamente, girándolo con mucho cuidado, auscultándolo de arriba abajo mientras el resto del equipo miraba en silencio, incrédulos ante lo que tenían frente a sí. Era sin duda un sistema de escritura; un alfabeto nunca antes visto que cubría buena parte del cetro, escrito en forma elíptica sobre el cilindro desde la empuñadura hasta su ápice inferior.

De regreso en la universidad, el artefacto fue depositado en una sala especial para poder ser estudiado. Los lingüistas no lograron determinar las raíces de estos signos; no tenían ningún punto de referencia para siquiera especular acerca de su procedencia. Los historiadores quedaron perplejos y no se atrevieron a siquiera opinar. La arqueología tampoco pudo iluminar la penumbra que envolvía el descubrimiento, y poco tiempo después las agencias gubernamentales correspondientes decidieron exhibir el cetro de Manco Cápac en la vitrina de un museo, dejando atrás todo un mundo de posibilidades.