Silvia Peraza Sánchez LP 7

Peraza Sánchez, Silvia

Nací en Costa Rica, pero viví casi diez años en Argentina, viví por un tiempo en México; hace poco retorné a Argentina donde actualmente resido. Estudié ingeniera en sistemas, pero siempre me ha gustado leer y antes de los quince años devoraba libros, hasta el punto que mi papá me restringía el número que podía comprarme al mes. Leía lo que me encontrara, incluso libros viejos a los que les faltaban páginas, muchas veces el final; y cuando no tenía más que leer, los volvía a leer. Las historias y el lenguaje siempre me han atraído.
El año pasado inicié como prueba escribir, y resultó que me gusta. ¿Por qué me gusta? Me abstrae, me conecta con una parte de mí tal vez un poco olvidada.
Dado que mi formación académica no está relacionada con las letras, he realizado cursos de escritura creativa en el Museo Marco, bajo la dirección de Mariana Garza Luna, y en la Fábrica Literaria de Felipe Montes, con Sofía Segovia, con la idea de aprender todo lo que me hace.

LA VÍA

En un barrio de esos tranquilos, donde siempre pasa lo mismo, en una mañana como todas sus mañanas, el vecino de la esquina del tercer callejón—uno de los ocho que componen este lugar—, se levantó a las 5:30 a.m. —según su rutina—, a echarle agua a la acera del frente de su casa para combatir el polvo característico de la zona, ese que se instalaba en los pulmones de sus habitantes y teñía sus pieles café con leche. Abrió la puerta, despintada, con apenas rezagos del turquesa que alguna vez cubrió la madera por completo; y salió a la calle con dos cubetas en cada mano. Era su danza matutina de los baldes. Había dominado el arte de balancear el peso y turnarlo entre sus piernas para no perder líquido en el camino, de esta manera se evitaba tener que ir a llenar nuevamente su suministro. Apoyó las cubetas contra el portón de hierro que a diferencia de la puerta, nunca tuvo más color que el color del metal sin pintar. Tiró el primer baldazo, todo seguía igual; tiró el segundo, la tierra cedía como de costumbre; tercer baldazo, nada que decir; cuarto baldazo, para terminar de adecentar. El quinto baldazo se lo llevó el vecino. El charco habitual apareció. Al secarse se vería el asfalto limpio, prolijo, hasta que una hora después, con el ardor que traía consigo de vuelta el polvo, se ensuciaría, y así nuestro vecino de la esquina tendría algo que hacer por las mañanas. Pero esta vez una raya que lo cruzaba se reflejó en charco. Volvió su mirada hacia el cielo y entonces la vio. Por encima de las calles, aproximadamente a cinco metros del suelo, una línea de metal reluciente atravesaba las viviendas. Se encandiló con los rayos del sol sobre el acero recién pulido. Miró hacia su derecha para ver hasta dónde llegaba. Miró hacia su izquierda para ver de dónde venía. En ninguno de los dos lados encontró un fin o un inicio. En algunos sitios, clavadas en la superficie, vio unas torres altas, negras y acabadas de pintar. Al llevar sus ojos hacia arriba, entendió que estas estructuras sostenían la gran línea de metal. Se preguntó: “¿qué es eso, en qué momento, cuándo?” La enfermera, que pasaba por ahí para iniciar los turnos en el hospital, lo vio con su cabeza hacia arriba y pensó en observar también. Tampoco pudo aceptar lo que veía. Mientras esto sucedía, el pulpero, que vivía a unas casas de ahí, estaba abriendo su tiendita, cuando sintió sobre el hombro una mano que lo invitaba a voltearse. Era su esposa en bata, asustada porque las hijas le habían dicho que por la noche habían construido una vía para un ferrocarril aéreo.

Hasta el medio día fue una enjambre de preguntas y respuestas inventadas al paso, suposiciones que hacían los vecinos sobre cómo surgió la vía férrea. El vecino del perrito blanco con lacito púrpura en el cuello dijo que los habían drogado para causarles un sueño profundo y no escuchar los ruidos del armado y traslado de materiales. La señora de las golosinas objetó que el tiempo no eran suficiente para una edificación de esas magnitudes. Los más entendidos, exponían que ni con un batallón de personas era posible tal construcción en esas pocas horas. “Entonces nos drogaron varias veces”, se escuchaba por ahí. Pero no recordaban algo inusual los días anteriores. Los fantasiosos repetían que era obra de los extraterrestres. “¿Para qué unos seres alienígenas querrían un mecanismo de transporte de esa naturaleza, lo lógico serían que anduvieran en platillos voladores o hicieran teletransportación?”, objetaban algunos. Se cuestionaban si tendrían que denunciar o consultar a las autoridades sobre este evento particular. Sin embargo, pasadas las tres de la tarde, convocaron una asamblea y se acordó no hacerlo. No querían quedar como unos pueblerinos ignorantes que de un hecho tan común en las grandes ciudades, armaban un aspaviento. Lo mejor, decían, sería tomárselo con naturalidad y esperar que el tren pasara, y poco a poco ir tomando consciencia del impacto.

Durante varias jornadas se preguntaron entre sí, si alguien había observado el tren. Nadie había sido testigo. Pasada una semana hicieron otra reunión para cotejar lo que observado por cada uno hasta ahora. Seguían sin ver nada. La junta terminó siendo un grupo de ayuda para calmar ansiedades e intercambiar supuestos entre ellos. “¿Cómo era que ninguno había visto al tren? ¿Y si nos siguen drogando por las noches?”, dijo el vecino del perrito. Determinaron que harían rondas diurnas y nocturnas en distintos puntos de la vía para vigilar la llegada del ferrocarril. Se nombró un líder de vigilancia para coordinar los horarios y los relevos. El esposo de la panadera se ofreció a vigilar la primera noche. En siete días los vigilantes se reunirían en la lechería para contar sus experiencias. Y se juntaron, y discutieron lo sorprendidos que estaban de no haber tranvía. Acordaron seguir la observación durante un mes. Sin más noticias, perdieron el interés en saber el uso de la mega estructura. Y por esas cosas extrañas que pasan en los lugares donde se conocen todos, la armadura llegó a ser parte de la cotidianidad. Los niños, por ejemplo, habían encontrado un compañero de juegos: en las escondidas contaban con guaridas en altura. Los adultos dispusieron otros usos: para las fiestas nacionales decoraban las vigas con los motivos patrios, o como cuando se casó la hija del lechero, éste armó un altar entre torre y torre que adornó con santos, flores y cruces. Las casas con una torre en la delantera colgaron carteles con el nombre de la familia: “Torre Jiménez Pérez”, “Torre Martínez Rodríguez”. Daban prestigio; afortunados aquellos que fueron bendecidos con la construcción en sus fachadas. Las torres más bonitas eran las limpiadas o pintadas por sus nuevos orgullosos dueños.

Tan importante se volvió la vía, que al año de su aparición se organizó un festejo para conmemorar el acontecimiento que marcó la incursión hacia la modernidad. Se organizaron discursos para que los primeros que la vieron contaran sus impresiones. La escuela haría una dramatización del levantamiento de la obra. Los estudiantes se vestirían de arquitectos, constructores y albañiles. Ensayos, decoraciones y lo necesario para la fiesta que se aproximaba, se llevó a cabo.

El vecino de la esquina del tercer callejón, para la ocasión especial tenía preparado no cuatro, sino seis baldes con agua para limpiar la acera. Además pasarían la escoba entre cubetada y cubetada para sacar la suciedad más profunda. Iba a verse más resplandeciente que nunca. Su esposa lo acompañó para ayudarlo. Salieron a las 5:00 a.m. con los implementos de limpieza. Abrieron el portón y antes de empezar, miraron hacia el firmamento para buscar la honra que los hacía estar ahí temprano; después volvieron a ver el charco. No se movieron más. La enfermera, extrañada de verlos inmóviles, curiosa, se acercó para indagar. A unas casas de ahí, el pulpero, desde su jardín, gritaba desesperado llamando a sus hijas. El vecino del perrito pasó anunciando a gritos: “nos volvieron a drogar”. Esto levantó a los que aún estaban en la cama. Con la multitud en la calle era difícil comprender lo que sucedía. Sin embargo, si viéramos en el agua sabríamos que no se reflejaba la vía. Para asombro de muchos, así como llegó, los había dejado, sin anuncios ni bombos.