Javier Osorio Piñero LP 7

Osorio Piñero, Javier

Javier Osorio Piñero nació en Barcelona, el 31 de agosto de 1984. Es licenciado en Derecho y especializado en Derecho Medioambiental. Este interés por la naturaleza se ve reflejado en su obra, colmada siempre de una gran sensibilidad por el entorno. Sus padres, profesores, alimentaron su vocación de educador. Durante la última década se ha dedicado fundamentalmente a la educación formal y no formal, que ha compaginado con viajes y estancias lejos de su ciudad natal con el fin supremo del aprendizaje y la vivencia de nuevas experiencias.

Ganador de numerosos premios de poesía, ha participado en varias antologías literarias. En el año 2015 ha publicado “EVA” con Ediciones Carena, donde combina, de un modo onírico y calmado, poesía, prosa e ilustración. Reconocido por el dominio estético del lenguaje, tiñe con un estilo nítido y elegante cada frase y cada verso.

TRES POESÍAS

La muerte de Eva

Eva, Ediciones Carena, 2015

Rompió a llorar amordazada
por el silencio, bulbo de un
vacío que era abrumador.
Gimiendo sumida en el verso
triste de un poema mudo;
túnica perfecta de negra,
sí, negrísima poesía.
Su cuerpo yacía intacto en
la yema de un baúl henchido
de letras como espesas gotas
en escarlata de una herida.
Así, desde el cofre, callada,
lenta arrastraba la estrofa.
Era un poema ennegrecido
por las sombras y el deceso
de un alma que, sola, moría.
Era ella bañada en llanto,
acicalada de unas lágrimas
que decían:” te agotas; tú, sí, tú,
la perpetua imperecedera”.
Y así se iba sofocando,
desde el vientre de un rescoldo
agostado y forastero
ella, a quien llamaremos Eva.
Todas las lágrimas rimaban
diamantinas y cadenciosas
asidas al cielo del llanto
regato de un poema mudo.
Se dolían del alma en ella
como se duelen las hojuelas
malditas de un nogal raído
por el sol y unas cuantas lluvias;
como la soledad doliéndose,
esbozando dolor sobre una
esencia cansada, herida
por la miel de un lamento amargo.
Duelen las almas que consumen
vida; pero también sonríen.
Era ella, la fuerte, la rara,
la eterna, la ansiada, la que
no era anhelo, ni pena, ni
llanto, ni nada.
Ella, sí, a quien llamaremos Eva,
desterrando en la noche esquiva
letras negras de yermas tierras.
Ella, la invisible, como un hada
yaciendo sobre la maleza,
envuelta en un serón de llamas,
bañando entera el alma en verso.
Ella, sí, ella.
Como una pluma oscura, bruna,
mecida por el sol, peinándolo;
esparcida sobre el mechón
de una nube que arde de frío
—pluma  descuajada—; así
yacía, encumbrada sobre una
sepultura rubia de helechos.
Guardaba el hechizo soldado
al cielo en un vestido lúgubre,
hecho de cieno, de pequeñas,
negras, diminutas, hormigas;
de arañas, pinaza, de encinas
y de hojas que, de tan secas,
caían como el abismo al suelo.
Hojas muertas por el tiempo,
gotas pardas amontonadas,
caídas ya. Así se iba.
Arrullaba su rostro lívido
el aire ronco de las ramas,
que era terrible y era inmenso.
Sufría el beso mortífero
de las almas desdibujadas.
Ella, a quien llamaremos Eva.
Un resuello de helada nívea,
casi eterna, nube de hielo,
custodiaba su cuerpo trémulo.
Cuerpo hábito de calima.
Tiritaba desde aquella alma
suya, que era agua confusa,
remotamente, sí, disuelta
en un lecho punta de un cuento,
fin de una herencia atormentada.

Poco a poco se diluía.
Su cuerpo de perlas y canto
iba volviéndose poema.
Descansaba sobre el averno
plácido de una alfombra de
nimbos magníficos de leño
y de luceros, de alfileres,
de astillas y ocres corazones.
Su espalda clara desleída
en un océano de versos.
Así, desdibujada, así
moría Eva; la dulce Eva.
La que brillaba, la que huía,
la que miraba a través de una
ventana, la que volvía y
se derramaba sin ser vista,
la que siendo aún se ausentaba,
la efímera, la inagotable,
la eterna desaparecida.
Moría siendo estrofa, rimando
el cuerpo con el alma, ella;
a quien llamaremos Eva, sí.
Lloraba serena, mezclando
bellas lágrimas con escarcha,
tiñendo el monte, asilo suyo.

Como un baúl, cantar de llantos:
así lloraba.
E incluso la vereda, amante
de sus huellas, sollozaba y
llenaba la senda de ciénagas,
fruto amargo de lluvia negra.
Plañía Eva, desde los
últimos átomos de su
todavía palpable esencia
mientras lenta, como una ola,
lenta, se iba evaporando.
Poema de cárdenas luces
cantado en la noche más negra,
apagada de luna nueva.
Lloraba muriendo.
Sus ojos, colmados de rima,
empapados en verso, húmedos,
bebían del hueco anular del cielo.
Miraba a la luna, su luna,
que no estaba, su ausencia;
esperando esa noche, negra,
negrísima, un último beso.
Así moría, diluyéndose
en un verso, buscando un guiño,
un saludo, una risa, un gesto.
Moría sola en una noche
muerta, dejando ya tan sólo,
sobre una yacija de helechos,
vestigios de una vida; la de ella,
a quien llamaremos Eva.

 

No es fácil

(Primer premio en el II Premio Alcer Almería. Un regalo a la vida, 2011).

No es el corazón el dulce
paso del beso más lento,
ni es el alma del deseo.
Nada es del sexo nuestro  ni
del opuesto. No es siquiera
el descaro de un reto, no
es un verso leso de
un combate abierto. Nada es
el corazón de todo esto.

No es el pulmón la cara norte
del pico más alto. No es
el arduo rastro entre
dos puntos lejanos. No es
siquiera el compás soñado
de la carrera previa que
viste un salto, ni el encarnado
atardecer del mes de mayo.
No es un motor inhumano.

No es el hígado la suerte
de la última copa, ni
el rostro insolente de
la demora. No es la tinta
roja derramada por la
pluma de extraña forma, ni
es la fiesta de la derrota.
No es un gota a gota de
unos labios que ya no mojan.

No es un órgano la voz triste
del cambio, ni un viejo que se
duele de sabio. No es la
fecha marcada en el seno
del calendario, ni siquiera
se viste de pena ni agravio.
No es que no sepa nadie lo que
es guardar el valor de ofrecer
lo que no es a un extraño.

A pesar de todo, donar
lo que no es, es complicado.

 

Hoy ha amanecido la aurora menos triste

(Antología “Latidos contra la violencia de género”, de Ediciones Blasco Ibáñez, 2012).

Hoy ha amanecido la aurora menos triste
y la mañana presume al fin esplendorosa.
Corretean por detrás de las ventanas los
pequeños animales que apresurados vienen
cubiertos de romanza y gozo.
Ya se oye la risa festiva de Crasula y asoma la
nevada dentadura del rostro zalamero.
Apenas si se evidencian ya los cardenales
y, sin embargo, las viejas cicatrices no
permiten olvidar.
¡Mira, Dalia, mira cómo saludan aquellos
pequeños petirrojos envueltos por la fronda
delicada que surge de las sabinas!
¡Escucha, Maranta, atiende a la ovación de
las aguas del arroyo mientras, en ellas,
las truchas revolotean!
Hoy, por fin, se aleja Barrenillo; Sanjuanero,
harto de cobardía, ha resuelto escapar;
y a Gorgojo le han pescado del sedal de tu
propia voz, de tu clamor, del llanto amargo del
pasado.
No te veas, pues, Livistona, como te viste,
rodeada de un cenagal airado, pantano
aciago de tu antigua existencia. Las higueras
renegridas por el fatuo fuego de la quema
empiezan hoy a rebrotar. Y de cada nueva
yema aflorará una nueva rama, y muy pronto,
de los vástagos las hojas brotaran; y cuando
lo hagan, Drácena, cuando empiecen a crecer,
descubrirás que aquello que has vivido, el fruto
del incendio, se irá volviendo gracia y finura
porque si tú eres bella, bello deberá ser
todo aquello que te rodea.