Adelaida López Marcos LP 7

López Marcos, Adelaida

Adelaida López Marcos nació el 22 de septiembre de 1977 en Orihuela (Alicante), España. A muy temprana edad era notable su afición por la escritura, especialmente la poesía, pero no fue hasta el año 2012 cuando inició una dedicación exclusiva. Es autodidacta y capaz de abordar cualquier tema con un estilo propio, profundo, duro, tenebroso, pero siempre impregnado de sentimientos nacidos en sus entrañas. Su primer poemario: “Me muerdo el alma”, fue editado en 2013 por la Editorial Erik Jezebel de forma promocional. En la actualidad dispone de dos poemarios que esperan pronto ver la luz: “Las alas azules y el abrazo de Rafael” y “De camino”. Es gestora del blog http://poemasdeadelaida.blogspot.com.es, y partícipe en diversas revistas literarias, antologías poéticas y recitales culturales.

CUATRO POEMAS

A Miguel Hernández le diría 1

 

 

 

 

 

A Miguel Hernández le diría:

Nunca nos hemos visto por el camino,
pero te he descrito como si te viese,
con tu camisa blanca y abotonada.
Sin embargo, no sé por qué,
te la imagino mal abrochada
y con los pantalones remetidos,
como estas mismas palabras.

Nunca has estado en mi casa,
pero un día pasaste por ella.
Subiste la cuesta de los calabozos
por la falda dura de la sierra,
lleno de polvo y esposado.
No pude acompañarte aquel día,
ni meterme en aquellas rejas.

Se hicieron los vientos mudos, aquel día,
cuando el pueblo arrastraba tu muerte.
Nadie sabía dónde meterse,
¡porque no podían verte!,
tan presente y tan lejos
de tu tierra amante.

En tu pueblo,
han muerto más de uno y más de dos,
-como bandidos nocturnos-,
donde te tiene clavado el tiempo,
¡ahí mismo, dentro de las verjas!,
pero estás dentro del cuerpo del viento.

No nos dejes de escribir,
no te marches del pueblo.

He soplado tu nombre con la inocencia de tu sombra
y he notado tu sangre
que deshacía mi voz frente a los hombres,
-y no en las iglesias-.

Moriste con la cabeza muy alta y el cuerpo tendido,
con la garganta cansada y el corazón deshecho,
roto y dolido.

Tus puentes te lloraron aquel día
y sacaron sus escopetas,
dispararon a los cielos
¡y cayeron tormentas!
Las aguas se volvieron bravas,
furiosas las manos de Orihuela.
Pero no te has muerto Miguel,
no estás solo, no te has ido.

 

Sentimientos, dolor, tristeza

 

 

 

 

Sentimientos, dolor, tristeza

Como una sierra metálica
es cuando se muere el agua,
o se muere el pez
con su sal en las escamas.

Nada entre hachazos al escuchar
a las corvillas que cortan su inocencia,
y se desmembrana mirando las azadas hondas,
las que hay en sus pulmones o
las que le han metido en el corazón
una a una, muy adentro.

Yo era como aquel pájaro sin su cálamo,
sin sus plumas y sin su cuerpo.
Un pez sin cola, sin espinas y sin color,
o quizás un águila que vuela sin su instinto.

Desaparece el velo del sol
como una novia llorando sin banquete,
y se marcha a sus campos,
a su ciudad llena de callejones
y de féretros llenos de deseos.

Se congela mi vientre,
y mis ubres dos muertos son
cuando han tirado su garganta
-lentamente-.

Un día triste es hoy para toda la tierra,
es un momento triste para la tristeza,
que lleva un lobo callado en sus ojos
y un tambor gritando en su cabeza.

Hojas de sangre

Apenas se apagan los escombros
como los gritos del miedo con voz ronca.
El hielo son puños cerrados
abiertos de tripas hacia fuera.

Como si fuésemos vómitos repetitivos,
¡los parias de la guerra!,
somos la gente de un pueblo que morimos
con nuestras esperanzas en una mano
y humillando a la vez nuestros cuerpos.

Profundizar en el alma
es cruzar un río lleno de estaciones,
de hojas blancas y hojas oscuras,
-son cuerpos que no dejan de llamar
con su vientre abierto y nervioso-.

¿Qué es la muerte dentro de un recinto?
pues… quizás sea un beso algo más largo
que se ha desgastado
como el sabor de las flores.

Se recordará el hambre dentro del aliento,
sin alma, sin cuerpo, sin esqueleto;
sin manos, sin dentadura,
y sin poderle gritar a los demonios pobres.

Con las tripas fuera
se dibujan las brechas;
las cicatrices internas
sacuden sus pinceladas,
llenas de tonos que dibujan
sus heridas como recuerdos.

Por donde caminas, no crece el azúcar

Calla a tu cuerpo fuerte y atrevido,
silencia a tu sombra, cuando notes que empuja.
Sé rebelde y calla lo que tienes dentro,
trágatelo, que nadie ha de saberlo.

Ni un llanto sueltes,
que te están observando las cañerías sueltas.
¡Calla!, que el asfalto se revoluciona.
¡Calla!, que los suelos se agrietan.

Niega a tu aliento hablarte en secreto,
ni al corazón con su razonamiento escuches
que los nervios muerden y se llevan las uñas,
que los miedos destruyen cuando se tienen cerca.

Enrejado, hay rejas en el corazón,
y un vigilante de extremo a extremo
pendiente del alma  que se fusila,
pendiente de la oscuridad
que es un arma homicida.
Ocúltate, calla a tu cuerpo
que se muere en todas partes.
¡Es un campo lleno de limones!
Agrio eres y amarilla se vuelve tu sangre
cuando viene el pensamiento a buscarte.

Ni un llanto sueltes,
que te bebe la tierra
y te moldea el barro
que es un trozo de piedra.

Niega a tu aliento hablarte en secreto,
que sufre de ausencias y de ilusiones que
se agarran, y se meten todas en tu puño,
y cuando menos lo esperas, se sueltan.

Por donde caminas no crece el azúcar,
ni crece el sueño de un ataúd,
pero llevas un arma dentro de la carne
y un corazón que es mucho más grande.

Que me busque algún día la paz
si se reconcilia con el viento,
que yo la invitaré a pasear
por el campo del firmamento.