Justo S. Alarcón LP 7

ALARCÓN, JUSTO S.

(1930 –) Nació en la provincia de Málaga, Andalucía, España. Reside en Arizona, Estados Unidos. Cursó estudios de filosofía y religión en Santiago de Compostela, Galicia, en obtuvo diplomas de posgrado en ambas. Logró diplomas de estudios superiores en sociología en la Universidad Laval, Québec, Canadá, y uno de literatura hispánica en la universidad estatal de Arizona, en Tempe, y un doctorado en literatura española en la universidad de Tucson, Arizona. Durante cuarenta y siete años ha dictado cursos de literatura hispana, incluyendo la chicana, en la Universidad Estatal de Arizona, de donde se jubiló. Además de la enseñanza y de la investigación en esta área, se ha dedicado a la crítica y creación literaria. Publicó dos libros de metacrítica y teoría literaria: “Técnicas narrativas en ‘Jardín umbrío’ de Ramón María de Valle-Inclán”, Editorial Alta Pimería, “El espacio literario de Juan Bruce-Novoa y la literatura chicana” (en colaboración con Lupe Cárdenas), Marín Publications y “La teoría de la dialéctica de la diferencia en la novela chicana” de Ramón Saldívar, Editorial Orbis Press. Ha colaborado en muchas revistas, mayormente norteamericanas, como Mester, Explicación de textos literarios, “Minority Voices”, “De Colores”, “Revista Chicano-Riqueña”, “The Americas Review” y “Confluencia”, entre otras. Durante varios años ha editado en papel la revista “La palabra: Revista de literatura chicana”. Escribió dos novelas, la trilogía “Crisol”, publicada en Madrid por la Editorial Fundamentos y “Los siete hijos de La Llorona”. Y dos colecciones de cuentos: “Los dos compadres: cuentos breves del barrio”, publicados en México por la Editorial Alta Pimería y “Chulifeas fronteras”, colección publicada por la Editorial Pajarito Publications. Además le editaron un libro de poesías que lleva por título “Poemas e mí menor”, publicado por la Editorial Alta Pimería, 1981.

TRÍPTICO SELVÁTICO

I.- Amanecer

Era por la madrugada.
Despertaba apenas.
Florecía en sus retoños
la alegre primavera.
Los senderos rociados
refrescaban herbáticos.
El azul-cielo límpido
reflejaba un mar lejano.

En la distante lejanía
se divisaban espesas arboledas.
A derecha e izquierda
campos de riego y sembrados.
Dos numerosos rebaños
de cabras y de mansas ovejas.
Dos fieles perros-pastores
a mis dos lados flanqueados.

Y yo caminando lentamente
por la vereda humedecida
En una mano el bastón de madera
ordenaba los hatos
Y en la otra mano mi flauta pánica
brillante y afinada
Esperando a que la acompañara
a los plácidos pájaros.

Lentamente
nos íbamos aproximando a la selva.
Por la senda terregal
surcaban varias alimañas.
Unas huidizas,
otras parsimoniosas y otras pasmadas.
Unos pasos más
y se asomaban lejanos los primates.

Ya el sol asomaba
su amarillenta melena por oriente.
El fresco que despedía el sendero
subía por el cuerpo.
Era el momento de asentarnos
a disfrutar del ambiente.
La aurora nos daba la bienvenida
y nos invitó la pradera.

Hicimos alto.
Los hierbales nutrientes estaban a punto.
Reunidos los dos rebaños
se dispusieron a apacentar.
Los dos perros guardianes
se asentaron a descansar
Pero sus ojos
no cesaban de indagar con ojo rotundo.

El creciente sol trepaba
por los peldaños del firmamento
Y parsimonioso
arrojaba sus ardientes rayos por el prado.
Los dos pastores canes
a mis órdenes levantaron armas
Y los rebaños
ciegamente obedecieron la clara llamada.

Lentamente se dirigieron  a casa.
Tarea entregada.
El pastor volvería solo,
pero con su afinada flauta.

 

II.- Mediodía

Me hallé ante las abiertas puertas
del poliédrico templo verde.
Me sentí sobrecogido.

Ya el sol había llegado a su cenit.
Verticales caían sus agudos rayos.
Pero seguía la oscuridad.
Las copas de los árboles, melenas espesas
Cubrían el cerrado recinto de los rayos obcecantes.
Oscuridad plena.
Sentí el peso agobiante
del alto follaje verde y del muerto ramaje bajo.

Mediodía era.
Y el bosque se cerraba.
Por entre las rendijas del follaje
Se observaban vellones nebulosos.
De ovejas esquiladas los pelambres.
En procesión le seguían
enlutados nubarrones preñados de estridente agua.
A un detonante trueno
respondió la temblorosa tierra.
Gimió la arboleda.

Loros, cotorras, cenzontles,
quetzales, cacatúas, periquitos y papagayos,
Atolondrados en una enorme y convulsa jaula
se sentían atrapados.
Por tierra los cuadrúpedos corrían alocados.
Tigres, leopardos, coyotes,
monos, gorilas, chimpancés,
osos, pumas, alpacas, ciervos, antílopes.

Un rayo solitario
se atrevió a penetrar por el espeso e impenetrable ramaje.
A un frondoso árbol le tocó.
El flamígero rayo lo escindió en dos mitades.
Al caer se produjo el efecto dominó.
Los cuadrúpedos se fugaban alocados.
Continuaban los truenos tremebundos
y los rayos festivos y fuegos fatuos.

El firmamento actuante
era el escenario bajo el que operaba la tierra.
Nubarrones cargados de cisternas y presas,
rayos con entrañas de llamas.
Vientos huracanados comenzaban a flagelar
por los cuatro costados.
Copas, ramas, troncos y raíces
sufrían daños de un seísmo arrebatado.

El desorden incontrolable
de fuerzas convulsas y antípodas al fin cedió.
Lentamente los nubarrones se alejaron
dejando estelas de pelaje ovejero.
Los tambores huracanados
de conciertos borbotones en sordina se alejaron.
Y en suave luminosidad
se ahuyentaron los brillantes y obcecantes relámpagos.

 

III.- Atardecer

El alejamiento de la tempestad
dejó espacio a la tranquilidad.
Amainada la selva,
todo recobró y revitalizó su orden original.
Retornamos a la pradera
los dos pastores canes y los dos rebaños.
Por la vereda acostumbrada
caminábamos despacio los cuatro.

Tomé mi flauta en las manos.
La limpié con un lienzo y la soplé.
En tono y afinada estaba.
Ejecuté las primaras notas. Recibí el eco.
Sencillo fue el gesto.
Algo inusitado acaeció. Una sorpresa me llevé.
Cercanos a la selva
oí de unas avecillas el perceptible suave trémulo.

Me alegré.
Asentados los rebaños y los perros,
me senté en un cepo.
La brisa canjeó al viento,
la humedad a la lluvia, las nubes al despejo.
El sol en su lento caminar
hacia el poniente enviaba sus tibias miradas
Que por entre el follaje de los árboles
su encendido ojo nos guillaba.

Todo estaba harmónicamente entrelazado.
Sol, cielo, selva, horizonte.
Los cuadrúpedos y los bípedos
volvían a sus quehaceres gastronómicos.
La flauta afinada estaba dispuesta a mis mandatos musicales.
Eran pánicos.
Fueron las melodías
de las sinfonías de “El nuevo mundo” y “La pastoral”.

Como a un San Francisco,
tranquila y sucesivamente todas las aves cantoras
se acercaban y posaban sobre mi hombro y mi flauta.
Seguían ellos y yo cesaba.
Se estableció un diálogo
harmónico e insólito entre ellos y mi afinada flauta
Se formó un coro sinfónico
como hizo el gran Beethoven en algunos de sus pentagramas.

El hermoso ojo solar
se escondió detrás de la inmensa arboleda dejando paso
a su pariente la límpida y pálida luna
que asomaba su dulce faz por el otro lado.
Era hora de retornar.
Las pájaros levantaron vuelo y se velaron entre el follaje
Mientras que los caninos guardianes
guiaron hacia sus cuadras a sus fieles rebaños.

Anochecía.
Se había cumplido el ciclo.
Se cerró el círculo.
Se cumplió el selvático tríptico.