Belinda A. Vivanco Gracia LP 6

Vivanco Gracia, Belinda A.

La primera vez que me enamoré de un libro tenía diez años, ese amor ha seguido conmigo hasta los veinticinco y tiene cara de que no se irá.

Nací una mañana fría de enero, en tierras mexicanas. Crecí en una casa cuyo peculiar olor se conformaba por madera, libros y un toque de tabaco. El amor a la literatura fue algo que creció natural en mí: padres lectores, hija lectora con el sueño de escribir.

Paso los días dando mi granito de arena para hacer de este mundo un lugar más amable. Trabajo, escribo, amo y hablo de libros con quien se deje. La literatura es algo que forma mi vida, y creo que su alcance es tan grande, que logró enseñarle a una chiquilla de diez años lo que vino a hacer a este mundo.

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LA MUJER QUE SENTÍA SU CORAZÓN

Los benditos rayos del sol fueron los aliados que permitieron a Alicia llegar puntual a trabajar. Al sentirlos sobre sus ojos despertó. Bom… bom. Volteó a ver el reloj y dando un brinco, que cualquier atleta envidiaría, saltó de la cama y corrió al vestidor. Bom. Bom. Bom. Las siete y veinte eran muy tarde para estarse levantando. Bajó rápidamente las escaleras y salió corriendo de la casa para tratar de alcanzar el camión de las siete y cuarenta. Bombombom. Lo alcanzó y, al fin sentada, se sintió segura de que llegaría a tiempo. Bom… bom.

Alicia no era la chica común y corriente. Nació con una peculiar característica: sentía su corazón. No en la manera de ser consciente del espacio corporal que abarca, no. Ella tenía una constante presencia de los latidos que daba. Era afortunada, su madre la ayudó a entender eso el día en que la encontró arrinconada con la cara deshecha en llanto y le dijo, mientras la arropaba con un cálido abrazo, de esos que sólo ella sabía dar: “Tranquila, dejar que nuestro corazón sea la brújula de nuestra existencia es la mayor bendición que podemos tener, mi vida”. Desde entonces siempre se vio a sí misma como esa niña bendita que se convirtió en mujer al compás de su corazón: bom… bom.

Se encontraba en ese borde peligroso entre los veinte y los treinta años en donde el ambiente empieza a cambiar nuevamente y la presión social encuentra un pico de crisis; en donde, si no estás llenando el molde prefabricado, las miradas y preguntas de extrañeza comienzan a llegar. Ella aún no sabía para dónde iba ni qué quería hacer con su vida; parejas habían llegado y se habían despedido, trabajos empezados y dejados, planes a medias, mudanzas, modas, bodas, bebés, todo era un constante cambio, todo a excepción de su fiel corazón. Alicia podía confiar en él, en la mañana al despertar ahí iba a estar con su “bom…bom” y en la noche al dormir ese sonido guardaría su sueño de todo mal.

Sentada en el asiento del final admiraba el paisaje de todos los días. Bom… bom. El camión se detuvo en lo que sólo podía ser un alto. Bom… bom. Vió cómo una persona llegaba corriendo con la esperanza de alcanzarlo antes de que arrancara. “Otro gallo dormido que no hizo su trabajo”, pensó riéndose para sus adentros. Bom… bom. El camión avanzó, Alicia percibió los pasos del extraño que había subido y siguió el sonido hasta que se detuvo a lado de ella y se sentó. Bom. Bom. Bom. “Está bien, tranquilo”, pensó Alicia dirigiéndose a su corazón y, siguiendo el consejo que le había dado su madre, se guió una vez más por el eterno cantar de su mejor aliado. Giró su mirada para ponerle cara al adormilado compañero que le había causado tal emoción. “Wow”, pensó. Lo único que se logró escuchar hasta el inifinito fue un largo y sonoro bombombombombombombombom.