Manoli Pérez Fernández LP 6

Pérez Fernández, Manoli

Manoli Pérez Fernández nació en un pequeño y pintoresco pueblo de la provincia de Orense. Su interés por la lectura y la narrativa se remonta a su niñez a través de los cuentos e historias que oía contar “al amor de la lumbre” en su Galicia natal.

Escribe poesía y relato corto de estilos variados. Fiel seguidora de las tertulias de los martes en el café Boulevar, actualmente (edificio La bolsa) Bilbao, fue miembro de la Asociación Cultural Botxo Alai durante 7 años.

Se define como una romántica que ama todo lo que encierra belleza y sensibilidad.
Fue segundo premio en el 2003 y primer premio en el 2004 en el lV y V Concurso Kiskitinak de relatos cortos. Sus relatos han sido publicados en varias revistas culturales “El club de los poetas “diálogos” “Alborada”

LA PROCREACIÓN DE LA BELLEZA

Aquellos olores me fascinaban haciéndome respirar con profundidad. La fresca hierba, recién segada, se fundía con el intenso olor a algas marinas que emergía de la playa. El mar, revuelto, había lanzado a su orilla cantidad de algas que una máquina del ayuntamiento se afanaba en recoger. Como cada mañana mi caminata por la orilla del mar, a lo largo del paseo marítimo, me sabía deliciosa a miel y a dulce nata.

El sol pujaba por salir, con fuerza, apartando la espesa niebla, cientos de gaviotas poblaban las serenas aguas danzando en un baile que la naturaleza me brindaba para deleitar mis ojos y mi espíritu. Sus graznidos llegaban a mis oídos en forma de música. Las pequeñas barcas de pesca, cubiertas de paciencia y placidez, reposaban en las azules aguas. Entre las rocas algunos pescadores extendían sus cebos y cañas, con habilidad, esperando que algún pez avariento cayese en ellos compensando así su infinita paciencia.

Siempre coincidía con las mismas personas, gentes que hacían footing con sus chándales de marca, denotando así su clase alta, su posición elevada. Delante del club deportivo elegantes y distinguidos grupos de tenistas jugaban sus partidas de tenis, ajenos a todo lo que no fuese su entretenido juego de pelota y raqueta. Yo les miraba casi sin verles. Al lado, el puerto deportivo, repleto de elegantes y blancos barcos de recreo, de distintos tamaños y formas según la posición económica de sus dueños. Un guardia vestido de uniforme velaba por su seguridad interpelando a todos los coches que se acercaban.

Aquella mañana algo rompió el marco acostumbrado de lo cotidiano. Mis ojos recayeron en un niño que no había visto nunca por allí. Tras dejar su destartalada bicicleta en la orilla de la playa se dispuso a construir un castillo con la húmeda arena en el borde de la acera. Su piel, curtida y oscura, contrastaba con sus blancos dientes que extendía para todos en una amplia sonrisa. Sus ropas, raídas y viejas y sus manos ásperas denotaban humildad y pobreza.

Mostraba gran entusiasmo e ilusión al construir su castillo. Sus ojos, enormes, se prendieron de los míos durante unos segundos inconmensurables. Me saludó alegremente obsequiándome con su sonrisa. Por un momento no pude continuar caminando, aquél niño me inspiraba ternura y curiosidad, me detuve a su lado mirando lo que hacía.

A nuestro alrededor turistas, de tez pálida y ojos azules, paseaban tratando de captar con sus cámaras fotográficas la belleza del lugar. Una Señora, elegante y distinguida, sacó su cámara fotográfica y le hizo una foto, el niño sonreía con ingenuidad e ilusión ante el fogonazo del flash, luego la Señora abrió su cartera y sacando unas monedas se las ofreció. El niño, sin perder su sonrisa la miró, no pude saber si agradecido o extrañado y se quedó dubitativo durante un rato, como si estuviese meditando algo importante, luego, despacio, se acercó a la Señora y sacando un trozo de pan de su raído bolsillo se lo ofreció con su amplia y luminosa sonrisa. La Señora, haciendo un aspaviento, rehusó el pan guardando las monedas en el bolso. El niño me miró. Sus ojos ingenuos, a pesar del entusiasmo y la ilusión reflejaban la tristeza y el dolor de la miseria, continuó construyendo su castillo de arena.

Me alejé caminando, despacio, triste y abatida, pensando en la miseria del mundo que contrastaba con la belleza de aquél lugar y en aquél niño que construía su castillo de arena con tanto entusiasmo e ilusión ajeno a tantas cosas, y que,… sin duda, era lo más hermoso que habían visto mis ojos aquella tibia mañana.