Diego Ortiz de Parrilla LP 6

ORTIZ DE PARRILLA, DIEGO (Siglo XVIII)

Diego Ortiz de Parrilla gobernador y capitán general de las Provincias de Sonora y Sinaloa.

Desde 1730 operó en contra de los apaches y comanches en las Provincias de Nuevo León y Coahuila; siendo ya capitán obtuvo el mando del Presidio de San Sabá, Texas, pasó con igual carácter al de Santa Rosa, fue comandante de las tropas destacadas en Los Ángeles, California, y sirvió como teniente coronel en el Regimiento de Dragones de Veracruz. Recibió el gobierno de Sonora y Sinaloa el 23 de junio de 1749 por entrega del licenciado Rodríguez Gallardo, juntamente con un amplio informe sobre el estado de los negocios públicos.

Dedicó inicial atención a la construcción del edificio que ocupó el presidio militar de San Miguel de Horcasitas y al año siguiente llevó la primera expedición armada a la isla del Tiburón con el propósito de sacar de allí a los seris. No pudo someterlos, aprehendió algunas familias, las reunió en el Pópulo completando 70 gandules y 30 cabezas más y los envió rumbo al interior, embarcándolos en el estero de algodones con destino a la bahía de Salagua. Allí se fugaron en dirección de los montes, algunos lograron regresar a su comarca resintiéndose en seguida graves consecuencias, pues aumentaron los excesos de parte de los individuos de la expresada tribu. Fue el primer funcionario que aplicó la inhumana pena de deportación.

En 1751 solicitó el concurso de los rectores de las misiones a fin de que organizaran a los indios amigos y lo auxiliaran en una expedición armada que llevó hasta la apachería; ascendió a coronel durante su gobierno y en 1752 comisionó al ingeniero Manuel Correa para que levantara plano de las provincias de su mando. Activo y valiente como militar, no tenía dotes administrativos y no supo encauzar el Gobierno y tuvo que entregarlo el 3 de enero de 1753. Tuvo dificultades para la glosa de las cuentas correspondientes a su período administrativo y no fue hasta 1756 cuando logró el finiquito de parte de la Contaduría Mayor de México.

Tomó el mando del presidio de Santa Rosa, Coahuila, durante el gobierno de don Jacinto de Barrios y Jáuregui; en 1758 informó al virrey marqués de las Amarillas Agustín de Ahumada y Villalón que en un encuentro tenido con una partida de apaches les había recogido varias armas de fuego; poco después ascendió a brigadier, atacó el fuerte de los indios tovayases y los derrotó con el auxilio de los lipanes. Gobernador de la Provincia de Pensacola de 1761 a 1764 en que pasó al gobierno de Coahuila, desempeñó éste del 8 de junio de 1764 al 9 de diciembre de 1765 y volvió al de Pensacola en donde permanecía todavía en 1767.

Fuente: (http://www.wikiwand.com/es/Diego_Ortiz_de_Parrilla#/Referencias)

INFORME SOBRE LA SUBLEVACIÓN DE LOS INDIOS PIMAS EN 1751,

Por el gobernador sonorense Diego Ortiz Parrilla al P. Visitador General Agustín

CARTA

  1. R. P.

Mui señor mío. Ayer, primero de el corriente, reciví la de vuestra reverencia, de 30 de junio, por direcxión de el mui reverendo padre visitador, Phelipe Segesser; y haviéndose, como parece, retardado más de lo necesario en llegar a mis manos, no extrañará vuestra reverencia la dilación de su respuesta, que doi prontamente, por lo que puede importar al cumplimiento de el deseo con que se halla vuestra reverencia de saber el estado de la Pimera Alta, para disponer, en quanto al destino de los dos padres que el M. R. P. provincial ha remitido para las miciones de dicha Pimería; con la calidad de que, no estando todavía aquella provincia en estado que puedan entrar micioneros con seguridad de sus vidas, se balga vuestra reverencia de ellos, poniéndolos como depocitados en otras partes.

La madura reflexión de vuestra reverencia se sirbe comprehender que ninguno mejor que yo zabrá las cosas de la Primería, pues han pasado por mis manos; y nadie las podrá referir con más ingenuidad y berdad. Y aunque pudiera remitirme en responder a vuestra reverencia a la copia adjunta de el papel que puse en manos de el M. R. P. visitador Phelipe Segesser, quando me restituí de la Pi­mería, imformándole lo que me pareció combeniente sobre el estado en que la degé al tiempo de mi partida, satisfaré, en ésta, a los puntos expecíficos que vuestra reverencia me propone, para que de todas maneras se confirme mi buena correspondiencia.

En cuya atención digo que parece no nececitarse de ynforme más individual para la comprehención y formal concepto de que los pueblos de la Pimería se hallan pacifi­cados y reducidos a la obediencia de el rey; pues el mismo hecho público y notorio de haber cesado las hostilidades, sufocándose los perjuicios y retirándose las armas que se ha­vían congregado, estarse traxinando el paíz sin contradicción ni estorbo, y, últimamente, el haberme yo separado de aque­llos terrenos; combense, manifiestamente, el restablecimiento de la paz y la subordinación y obediencia de aquellos na­turales, sin embargo de que no falten émulos que procuren obscurecer mis afortunados progresos, sin más estímulo que el que suele motibar la malicia que, ingeniosa en sus bengansas, imbenta sophísticos engaños, aunque sea a costa de el honor y contra la misma evidencia. Pero con ella se desmentirá y dará en los ojos a los que, ciegos de pación, sañudos y emfurecidos, solamente estiman por trium­fo y victoria el ber correr mucha sangre, queriendo que, a su impiedad y desapacible conducta, se sujete precisamente el proceder de quien abra desapacionado, con aquel ferbo­roso zelo que le muebe ha obedecer las savias leyes de nuestro soberano, que respiran toda piedad y clemencia, mui recomendada para con los yndios y, expecialmente, aquellos que aún se manejan como neóphitos, y en quienes el delicto, por la mayor parte, suele ser efecto de ignorancia.

Pudieran, como digo, pues, bastar los documentos ex­presados para benirse en conocimiento de estar pacificados y reducidos los pimas. Mas, no obstante, supuesta la ins­tancia de vuestra reverencia en que yo sea quien se lo informe, digo que la gente alsada se bajó y congregó en sus respectibos pueblos; y lo mismo executaron sus gefes o caudillos; todo lo qual conceguí con inexplicable felicidad en el corto tiempo de quatro meses, ha exmeros (permí­taseme decirlo, no por blasón ni jactancia) de mis providencias, de el zelo de mi conducta, y al eficás impulso de los prudentes y más diestros arvitrios que devían interponer­se en aquella fatal critica constitución.

Reflexa vuestra reverencia que, si handan todavía al­gunas quadrillas cometiendo insultos, no pueden estar se­guras las vidas de los padres, pues se debe temer que alguna o algunas de esas quadrillas caigan de repente sobre los pueblos, y maten a los padres micioneros que en ellos ha­llaren. A lo qual digo que, haviendo dexado en la Pimería la compañía de cincuenta hombres, eregida y creada por superior dispocición de el excelentísimo señor virrey de es­tos reynos, quedó aquel comandante encargado y prebenido de atraer, reducir y sujetar, por grado o por fuersa, los pocos yndios que se tenía noticia handaban herrantes en las selbas y montes; y con efecto, imfluyendo a este fin la obediencia de dicho comandante en el puntual cum­plimiento de mis hórdenes, y haviendo, igualmente, concorrido, por su parte, el capitán Luis de el Sáric y el capitán de la guerra, Luis de el Pitic, se congregaron en sus pueblos los yndios dispersos, y fue castigado con la muerte el capitán de sierta quadrilla que havía practicado algunos robos en los contornos de el puesto de Santa Anna. Y, después de este suceso, no se me ha participado nobedad alguna que dicte formar otro dictamen que el de la quietud de aquel terreno; ni por el capitán de la nueba compañía que ha tenido estrechos hórdenes para vigilar los movimien­tos de aquellos naturales, y darme cuenta puntual de todo lo que fuese digna de mi atención; ni por el capitán de el real presidio de Terrenate que, instruido y adbertido en los mismos términos, habría, desde luego, pasado a mi noticia qualquiera que naciese de berdadero orixen y sierta siencia, sin hacer aprecio de las boses que el bulgo ignorante ex­parse, dando rienda a su inclinación desbocada, por anto­jadisa y boluntaria aprehensión, o por dejarse llebar, como es hordinario, de extrañas impresiones y de particulares ydeas.

Y en el supuesto de que hubiesen quedado algunas re­liquias, después de reducida la mayor parte de una nación, generalmente sublebada, no sería de admirar; pues hordinariamente acaese lo mismo en el cuerpo humano, quando se restablese de un grande accidente. Y así, tampoco sería mucho que algunos de los proterbos, renitentes y más mal inclinados, que sólo encuentran su satisfacción en la libertad, no doblasen la servís a el yugo de la obediencia. Y como no es nuebo que la deprabada inclinación de el émulo busque achaques y pretextos, haciéndose de qualquiera, aunque lebe motibo, para formar un monte de cavilosos reparos, estoi bien persuadido ha que, ya que no pueden desbanecer la patente e innegable gloria de haberse conse­guido la quietud de los rebeldes, intentan confundirla con la bos de haber quedado algunos yndios dispersos, constitu­yendo a éstos en el grado criminal y espantoso de ser unas quadrillas de ynsultantes, por defraudarme el distin­guido mérito de mis fatigas y trabajos; haviendo sido, en la realidad, unos ladroncillos corregidos y excarmentados.

Mas no sería razón que en el presupuesto de haberlos, fuese imputable, por esta causa, su delicto a tanta muche­dumbre de arrepentidos, respecto de que pudieran aquéllos ser malos, sin que interviniese la sublebación de los demás. Y siendo público y notorio que, antes de lebantarse los pi­mas, havía ladrones, como en todas partes, no por esto sería rasón decir que siempre estubieron sublebados. Y si es congruo el motibo para fundar este dictámen, fórmese también de todas las demás naciones que se estiman como leales y pacíficas, haviendo, entre ellas, algunos que degene­rando, o por su natural propención o, quizá, por su extrema nececidad, se retiran a los montes y se alimentan de el hurto.

Pero yo no sé que este deshorden de pocos deba ca­lificarse por alsamiento o causa suficiente para que carescan de administración y doctrina los que, en mayor número, proceden bien y havitan sus pueblos; mayormente, quando se hubiera podido hechar mano de algún arvitrio que se encaminase a la total seguridad de los padres, como es el de la escolta que vuestra reverencia ya apunta, ínterin que se dicipaban o desbanecían los motibos de alguna des­comfiansa en lo que hubiera, y handado tan adbertido, diligente y cuidadoso que ha mayor precaución no escusaría esta probidencia, como tube el acuerdo de haber dejado al reverendo padre rector Gaspar Extiger, ministro de el partido de San Ygnacio, la escolta que me pareció suficiente, asta que ube de retirarla por instancia que el mismo padre rector le hiso al capitán de la nueba compañía, represen­tándole que, por estar satisfecho de la fidelidad de sus yn­dios, no quería darles ocasión para que presumiesen el que tenia de ellos alguna descomfiansa.

En atención a pedirme vuestra reverencia le proponga si a todas aquellas miciones podrán reducirse los padres, o solamente a algunas, y éstas quáles han de ser; debe suponer como preciso que, aun antes de separarme de la Pimería, propuse al M. R. padre visitador, Phelipe Ségeser, en carta de 11 de marzo, el que los yndios, ya entonces reducidos, protextaban y querían vibir obedientes, manteniéndose bajo la sujeción y enseñanza de sus padres ministros, en cuya inteligencia tomase las medidas correspondientes, pro­beyendo de sujetos las miciones; pues, en quanto condugese a su seguridad, ofrecía interesarme asta donde se explayasen mis facultades. Y así consideraba de mucha importansia al servicio de ambas magestades el que, desde entonses, se colo­casen ministros. Con lo que entiendo haver satisfecho a mi obligación y practicado lo que combenía al bienestar de aquellos yndios, participándole a dicho reverendo padre visitador el estado en que quedaban, y las fuersas y demás providencias con que dejaba guardado y sobstenido el terre­no, consultando a que la reducción de los sublebados fuese, en lo futuro, firme y estable, mediante el respecto pronto de las armas que los contubiesen, en cuyos términos parece que debo asegurar que, sin dar lugar a ser preguntado, me anticipé con la prebención dicha.

Sobre la pregunta que hace vuestra reverencia de si los yndios que bajaron a sus pueblos, comensaron ya ha restaurar las yglesias y casas que quemaron y destruyeron, etca., respondo que una de las principales adbertencias y hórdenes que degé, antes de mi partida, fue el que los yndios se dedicasen a uno y otro trabajo en aquellos pueblos que padecieron este quebranto; lo qual havían ofrecido exe­cutar. Bien que ya la discreción de vuestra reverencia podrá comprehender que, para poner en efecto obras semejantes, les falta la conducta correspondiente, y, a menos que teniendo otra direcxión, harían una obra inútil e imperfecta. Pero, estando bencida la mayor dificultad y lo más arduo de el empeño, que es la reducción de aquellos yndios, y hallándose prontos, dispuestos y resignados a cumplir con esta obligación, persuádome que lo executen puntualmente, luego que tengan en sus padres ministros aquella luz y adbertencia que nececitan para el efecto. Y quando esto no bastara, se interesaría el braso de la authoridad, a fin de compelerlos; y lo mismo harán en quanto a las siembras, para la manutención de dichos sus padres ministros.

Por lo que mira a la restitución de los vienes que se llebaron, cuya existencia decea vuestra reverencia saber, pa­ra que tengan los padres de qué substentarse, respondo que, precisamente, han de subsistir los vienes y expecies que no consumieron en el tiempo de la sublebación; y siem­pre que se les aberiguase tener algunos ocultos y usurpados, se les obligará a que los restituyan; mas no ha que buelban los que consumieron, quando se mantubieron rebeldes; por­que, siendo una gente mícera y sin ningunas facultades en que se puedan berificar semejantes restituciones, sería inú­til y aun injusta la compulción y el apremio, saviéndose evi­dentemente que no havía de surtir efecto; y también vararíamos en el escollo de iguales imfinitas pretenciones de el besindario que padeció, y se halla mui coniforme en haber tomado lo existente, sin hacer reclamo alguno por lo con­sumido. Y me consta mui bien que quedaron en las micio­nes muchos vienes de campo y otros yntereses, siendo como es sierto que alguna parte dejaron los yndios, y, también, que bastante porción de vienes que se havían llebado de particulares, restituyeron después de reducidos, a cuyo logro cooperó el capitán Luis de el Sáric. Y sobre todo este particular, quien podía responder mejor que yo, será el reverendo padre rector Gaspar Extiger, que, como prelado de aquellos partidos, y que se ha mantenido tan inmediato a ellos, habrá tenido el cuidado que parece corresponderle.

En quanto a los capítulos y condiciones con que los sublebados se dieron de paz, que desea vuestra reverencia saber, hablando, según me dise, de las que tocan a los pa­dres misioneros, ya porque lo padres no podrán cumplir tales condiciones, si las ignoran; y ya porque entre ellas pue­de haber algunas incompactibles con sus ministerios y con la buena instrucción de los yndios, permítame vuestra re­verencia responderle ser poco el fabor que me hase, y aun que deba extrañar me haga la injusticia de creer que, hallándome gosando la honrra de gobernar estas provincias en nombre de un rey tan chathólico, reciviese en su gracia unos basallos que havían faltado a la obediencia con algu­nas combenciones o pactos que se opusiesen, directa o in­directamente, a la religión que han profesado al basallage que deben a nuestro soberano y a la obserbancia de sus leyes. Y asi, tengo por escusado satisfacer a esta pregunta, porque espero que vuestra reverencia, reflexando mejor en el impulso que mobió su pluma, se sirba hacer de mi christiandad, rectitud y amor que profeso al rey y a la pa­tria, todo el concepto que corresponde.

Los yndios sublebados, reverendo padre visitador, no tubieron el atrevimiento de pedir, estipular o proponer con­diciones insolentes, desahogadas e indecorosas, ni yo pudiera sufrirlo. Y baste decir que fue aceptado su rendimiento, y perdonada su rebeldía, bajo la calidad y condición de que, en lo futuro, viban sujetos a la fee chathólica, reducidos a la vida política y sociable, respectuosos y obedientes a sus padres ministros, subordinados a las justicias reales y, últi­mamente, reducidos al cumplimiento de todo quanto se comforma con la intención y boluntad de el rey, manifestada en sus leyes. Y si ha todo esto o a alguna parte se hu­bieran resistido, quién puede dudar que, en tal caso, se habrían tratado como pérfidos y proterbos, sin tener de ellos la commiceración y equidad que se estimó por mui necesaria, supuesta la circunstancia de su arrepentimiento.

El haber yo interpuesto, para la pacificación de los rebeldes, los medios suabes y prudentes, fue sin duda com­forme a toda rasón y a la chathólica innata piedad de nuestro monarcha, enseñada en sus leyes reales, y, también, al desgraciado sisthema de estas provincias; lo que comfesó la savia religiosa discreción de el reverendísimo padre provincial, en ymforme de diez y ocho de henero, que pro­dujo al señor virrey con motibo de la noticia sobre el lebantamiento de los pimas. A esto mismo influyó el pedimiento de el señor fiscal de su magestad, expresando que se me diesen las gracias por la atención que manifestaba al bienestar de aquellos naturales, a quienes se les publicase perdón general, si bolvieran arrepentidos al suabe dominio de su magestad. Lo qual subscrivió el señor audictor ge­neral de la guerra, y, finalmente, se resolvió lo mismo en la real junta de acienda y guerra, celebrada para con­sultar lo combeniente en asumpto de la pacificación de los sublebados y otras materias. Bien que, haviendo yo usado de la facultad concedida por las leyes de estos reynos, ya tenía otorgada la gracia de este yndulto a los sublebados, sin el menor escrúpulo ni recelo de que abusasen de la clemencia, no sólo los pimas, sino es [sic] tampoco otras naciones de yndios, de cuyo sentir fueron igualmente el excelentísimo señor virrey de estos reynos, los señores audic­tor y fiscal de su magestad, tantos señores ministros que formaron la expresada junta y el M. R. padre prepócito provincial en su ymforme. Con que viene a resultar el que todo lo que yo executé y executo, es dimanado de tan supe­rior orixen, como comprehenderá vuestra reverencia.

El capitán Luis de el Sáric quedó con el mismo empleo que tubo antes de la sublebación, no en premio de sus pasados hierros, que esto sólo puede pensarlo una rigorosa crítica, sino porque esta combeniente política tra­gese, como ha traído, por consecuencia, el importante bene­ficio de que, ha menos costa de la real acienda y con me­nos grabamen y quebranto de el común, se halle la Pimería incenciblemente transformada en su antigua serenidad, es­cusándose la efusión de sangre, y precaviéndose la ruina fatal e innevitable de aquellos pobres basallos que, sin duda, hu­biera probenido de hacerse nobedad sobre este particular en constitución tan delicada.

Pero si, reflexándose la materia con la atenta cordura y prudente sircunspecxión que combiene, se considerare de summa importancia remoberle de el cargo que dice vuestra reverencia, sobrado tiempo ai para executarlo; pues yo, haviendo premeditado las sircunstancias que tube precen­tes, no deví alterar nada en quanto a esto, dexándolo al arvitrio de el excelentísimo señor virrey de estos reynos. Aunque, si lo más seguro es, en el concepto de vuestra re­verencia, que Luis sea exonerado, porque en ello se afianse la quietud de la nación y el reposo público, podrá vuestra reverencia representarme las rasones que le acuden para esta nobedad, sirviéndose, al mismo tiempo, de iluminar mi conducta con sus sabios y expertos dictámenes, de modo que lo delicado y serio de la resolución no produsca fatales consecuencias; quedando vuestra reverencia en la intelixencia de que, hallándome tan serca, no han llegado a mi noticia la de los exesos que vuestra reverencia cuenta de este yndio, después de reducido.

Por lo que a mi parte toca, ofresco concurrir con todas mis fuerzas, arbitrios y facultades a todo quanto redunde en fabor y socorro de los reverendos padres misioneros, quie­nes, por su benerable estado, sagrado carácter y apostólico ministerio, tienen y tendrán, en mi respecto, la correspon­diente atención y argumento combinsente de este ferboroso deseo, y, también, de proceder de acuerdo con las opera­ciones que no se opongan a su sagrado ynstituto, podrá ser la proposición que hise al muy reverendo padre visi­tador Phelipe Segeser, como colegirá vuestra reverencia de la copia adjunta, en que le propuse que si, mediante el as­pecto en que dexaba la Pimería, dedugese motibos que persuadieran adoptar otras providencias encaminadas al ser­vicio de ambas magestades, y que fuera necesario interesarse la pothestad de mi empleo, coadyubaría mui gustoso con mi acostumbrada propensión, bien fuese comunicándomelas dicho reverendo padre visitador, de persona a persona, o en junta de los reverendos padres misioneros que fueran de su satisfacción; lo que no tubo efecto, aunque en otra de 17 de abril repetí esta misma instancia, apoyándola con el fundamento de que, en la conferencia, se podrían traer ha consideración las rasones que se ofreciesen de una y otra parte, y sería más fácil aclarar las dudas, pensar en arvitrios que contrastasen las dificultades y, por último, con previo maduro examen, decidir uniformemente (si fuese posible), lo que pareciera más útil, sin las dilaciones que ofresen las demandas y respuestas por escripto.

En quanto a la exclusión que vuestra reverencia dice que los yndios pimas hacen de su administración espi­ritual, en cuasi todos los padres que antes la egercían, debo decir que este punto es delicado y grabe, como, más bien que yo, sabe vuestra reverencia, por bersarse en él la direcxión de las conciencias de unos yndios que dexaron a sus ministros directores, ausentándose con las sircunstancias que son públicas; las que tengo por cierto serbirán de extímulo a los mismos padres para decear no bolber más a aquellos destinos, de donde salieron, con la pesadumbre y sentimiento que les produciría el inopinado, escandaloso retiro o fuga de sus feligreses, quienes, haviéndose de comfesar y dirigir sus conciencias por padres ministros que se les señalaren, parece que están también pidiendo sierta, particular y mui reco­mendable atención en este asumpto. Pero, por las previas antecedentes noticias que me consta mui bien haber partici­pado el reverendo padre rector Gaspar Extiger al reveren­do padre visitador Phelipe Segeser, me persuado que la ma­dura y prudente reflecxión de vuestra reverencia, con su grande, justificado acierto, y como que le toca tan de lleno el que corresponde a este punto, dispondrá que los padres en quienes recayere la suerte de su elecxión, sean los que más combengan; pues ésta solamente será considerada, en todo tiempo, por hechura de vuestra reverencia.

Antes de el suceso de la Pimería, tenía yo hecha renuncia repetida de este empleo, que sirbo tan contra mi boluntad; y, no obstante que después he tenido incinuacio­nes de el M. R. P. prepócito provincial para suspender semexante pretención, no he podido complacer su gusto por las rasones que le tengo escriptas. Y así, he buelto ha reite­rar la misma instancia, cuya resulta espero dentro de veinte días; pero si, para este tiempo, no logro mi deceo, a lo menos, conceguiré separarme de esta provincia, marchando a la más distante de el govierno, que es lo más que puedo hacer con el arvitrio que me queda. Y en este caso se berá lo desprendido que me hallo de los particulares fines que en ella son norte de muchos; y también se comprehenderá pú­blicamente lo desapacionado de el modo de manexarme en la pacificación de los pimas y sus incidencias, como en todo lo demás que se a ofrecido a mi obligación, la qual he atendido siempre, procurando cuidadosamente el despren­derme y apartarme de las otras que me son agenas y extrañas.

Y, por último, pareciéndome combeniente al servicio de ambas magestades el que los yndios pimas gosen, quanto antes, el consuelo de su administración espiritual, debo creer que el ferbor de un prelado tan religioso como vuestra re­verencia resolberá en el caso lo que le dictare su zelo; pues por lo que a mi parte toca, ya dejo dicho que estoi pronto a concurrir, como es justo, con mis providencias y exfuersos en todo quanto se contemplare necesario a la protecxión y amparo de los reverendos padres micioneros, sin perder pun­to en nada, atendiendo más a lo substancial que ha demostraciones aparentes. Y por lo que mira a la seguridad de los que nuebamente sean embiados a aquel destino, serán con efecto acistidos con la escolta. necesaria por el tiempo que combenga.

Mucho siento haber cansado a vuestra reverencia con lo molesto y esprecibo de ésta; pero mucho más sencible me ha sido el que la suerte no me hubiera proporcionado la ovación de ber y comunicar la persona de vuestra reveren­cia, de cuyas religiosas, notorias prendas hago todo el aplauso que debo; y certifico a vuestra reverencia que no hubiera dejado hir de las manos ovación tan deceada, ha haber estado vuestra reverencia más cerca, quando me resti­tuí de la Pimería a este precidio, cuyo consuelo entiendo que me hubiera hecho, en parte, respirar de las fatigas y trabajos, reportados con tan gran constancia, en un empeño tan arduo a todas luses; y hubiera también desabrochado mi pecho, comfidencialmente, con las incinuaciones que omito, por escusar lo más difuso. Y pues mis obras en todas partes darán testimonio de la boluntad que profeso a vuestra reverencia, sólo aguardo que, en premio de ella, me dege merecer sus continuados preceptos que serán para mí de superior estimación, mientras ruego a Nuestro Señor guarde la vida de vuestra reverencia los muchos años que puede.

Real Presidio de San Miguel de Horcacitas, y agosto 2 de 1752.

M.R.P. Visitador General (Agustín Carta)

La experiencia tiene acreditado quán fácilmente se entregan los havitadores de la provincia de Sonora a la cen­sura y murmuración, y a escrivir también como cierto, lo que sólo a su fantasía se representa, sin prevenírseles que el tiempo y la aberiguación de sus qüentos y noticias han de descubrir al fin lo verdadero, dejándolos, como mu­chos están hoy, en el despreciable concepto de fáciles. Y aunque creo muy bien que vuestra reverendísima lo tendrá assí comprehendido, me ha parecido combeniente esta insinuación que nace sinceramente de el afecto que profeso a vuestra reverendísima, y del desseo que me asiste del acierto y buen logro de sus determinaciones.

B.l.m. de vuestra reverendísima su más afecto, atento se­guro servidor Diego Ortiz Parrilla [sigue rúbrica]

  1. R. P. Visitador General Agustín Carta.

ORTIZ PARRILLA, Diego

FUENTE:

[El noroeste de México. Documentos sobre las misiones jesuíticas 1600 –1769]
Edición de Ernrst j. Burrus s.j. y Félix zubillaga S.J.
Universidad Nacional Autónoma de México
México 1986