Justo S. Alarcón LP 6

Alarcón, Justo S.

Justo S. Alarcón, (1930 –) nació en la provincia de Málaga, Andalucía, España. Reside en Arizona, Estados Unidos. Cursó estudios de filosofía y religión en Santiago de Compostela, Galicia, y obtuvo diplomas en ambas. Logró diplomas de estudios superiores en sociología en la Universidad Laval, Québec, Canadá, y una Maestría de literatura hispánica en la universidad estatal de Arizona, en Tempe, y un doctorado en literatura española en la universidad de Tucson, Arizona. Durante treinta años ha dictado cursos de literatura hispana, incluyendo la chicana, en la Universidad Estatal de Arizona, de donde se jubiló. Además de la enseñanza y de la investigación en esta área, se ha dedicado a la crítica y creación literaria. Publicó dos libros de metacrítica y teoría literaria: “Técnicas narrativas en ‘Jardín umbrío’ de Ramón María de Valle-Inclán”, Editorial Alta Pimería, “El espacio literario de Juan Bruce-Novoa y la literatura chicana” (en colaboración con Lupe Cárdenas), Marín Publications y “La teoría de la dialéctica de la diferencia en la novela chicana” de Ramón Saldívar, Editorial Orbis Press. Ha colaborado en muchas revistas, mayormente norteamericanas, como Mester, Explicación de textos literarios, “Minority Voices”, “De Colores”, “Revista Chicano-Riqueña”, “The Americas Review” y “Confluencia”, entre otras. Durante varios años ha editado la revista “La palabra: Revista de literatura chicana”. Escribió dos novelas, la trilogía “Crisol”, publicada en Madrid por la Editorial Fundamentos. “Los siete hijos de La Llorona”. Y dos colecciones de cuentos: “Los dos compadres: cuentos breves del barrio”, publicados en México por la Editorial Alta Pimería y “Chulifeas fronteras”, publicada por la Editorial Pajarito Publications. Además publicó un libro de poesías que lleva por título “Poemas e mí menor”, publicado por la Editorial Alta Pimería, 1981.

CRÓNICAS HELICOPTÉRICAS

Primer viaje: Los Colores y las Clases sociales

Cuántas veces hemos oído decir, y cuántas lo hemos repetido todos: “si yo fuera rico…”. Pues, sí, si yo fuera rico… me compraría un helicóptero, o, por lo menos, lo alquilaría. ¿Para qué? Para darme unas vueltas sobre la ciudad. Despacio, y así poder captar en detalle a la gente y sus viviendas. Además, si yo fuera rico… me compraría una cámara de video para sacar películas y poder grabar todo lo que vieran mis ojos y, también, lo que no pudieran ver. Pues, sí, si yo fuera rico… me compraría estas dos cosas: el helicóptero y la cámara.

Comenzaría mi viaje desde South Mountain y, por la mera Avenida Central, la que divide a la ciudad de Phoenix y al Valle del Sol en dos  mitades, me iría despacio mirando, fijándome bien y grabando todo  lo que viéramos mi cámara y yo hasta llegar al norte de la  ciudad. Estoy seguro de que me encontraría con muchos datos  interesantes. Tan interesantes serían que, aunque nunca he visto  la ciudad de este modo, ya me la estoy imaginando.

Sospecho, casi estoy seguro, y con una seguridad y certeza científicas, que me encontraría con los siguientes datos: entre las avenidas Baseline y la Van Buren, la concentración de la gente sería sobre todo de negros y de morenos. Entre la Van Buren y la McDowell, predominaría la gente morena y alguno que otro negro y blanco. Entre la McDowell y la Camelback, sobresaldría la gente blanca, con muy pocos morenos y casi ningún negro. Más al norte, ya ni para qué hacer distinciones: sería toda la gente blanca y rubia, aunque mucha de ésta, para poder pasar por rubia, tendría que darse algún toque oxigenante.  Pero, de todos modos, rubia.

Y bien, éste sería un dato muy interesante que yo hubiera descubierto en este viaje hipotético, grabado todo él con y en mi nueva y flamante cámara de video. Pero a este dato científico -biológico  y epidérmico-, encontraría añadido otro, de naturaleza científica también, aunque de otro orden: económico y social. O sea, de clases socioeconómicas.

Siguiendo la misma ruta, siempre se sur a norte, me encontraría con que la gente de la primera zona geográfica -Baseline y Van Buren- viven en casuchas viejas y destartaladas. Los de la segunda zona -Van Buren y McDowell-, aunque viven en casas viejas la mayor parte, no tendrían el aspecto tan corroído, como las anteriores. Pero todavía mostrarían sus llagas de deterioro. Ya pasando al tercer nivel geográfico (McDowell y Camelback), las cosas mostrarían un cariz diferente: casas más limpias, grandes y acicaladas. En el cuarto plano (Camelback y más al norte) nos encontraríamos con grandes mansiones, dotadas de todos los lujos y muy superacomodadas.

Con estos hechos ya hubiera encontrado fenómenos constatables y científicamente ciertos: que en el primer encuadre dominarían casi todos los negros y muchos morenos. En el segundo, casi todos serían morenos, bastantes negros y algunos blancos. En el tercero, casi todos serían blancos, algún moreno y, quizás, algún negro. Y, en la cuarta zona, serían todos blancos. Ni más ni menos. Conclusión científica e infalible: que el color de la piel corresponde a la clase socioeconómica. O, dicho de otro modo, que cuanto más clarita sea la piel, más riqueza y más clase social. Y, a la inversa, cuanto más oscura sea la piel, menos riqueza y menos clase social. ¿Lógico? Económicamente -división de clases sociales-, sí. Social y biológicamente, pues… depende de quien lo vea y del color con que estén pintados sus antiparras.

Son estos dos fenómenos de orden humano, es decir, de creación del hombre, y no de la naturaleza. Que haya pobres y ricos, aunque de creación humana, es un hecho universal, en el espacio y en el tiempo: en todos los países -incluso en los socialistas y comunistoides- y en todos los tiempos. Para bien o para mal, ha existido siempre la división de clases y de castas. Pero no en todos los países ni en todos los tiempos ha existido la correspondencia entre la clase social y el color de la piel. Y aquí radica el hecho particular y peculiar, único e interesante que ha (había) descubierto mi flamante y nueva cámara fotográfica.

Y esto es aún más pintoresco en la ciudad de Phoenix, cuyo diseño de ciudad cuadriculada es único en todo el país. Este hecho constatable y constatado, de que la pobreza está casada e inherentemente asociada al color oscuro de la piel, y que, inversamente, la riqueza corre parejas con el color blanco de la piel, es un fenómeno muy peculiar en nuestro país. Aquí se podría indagar más, pero lo dejaremos para los siguientes breves ensayos.

Segundo viaje: Las Casas y los Caballos

En el ensayito anterior, después de haber dado una gira ficticia en nuestro helicóptero, habíamos señalado dos fenómenos: la división de las clases sociales y la correspondencia de éstas con el color de la piel. Tendría que añadir, a estos, otro fenómeno muy peculiar al Suroeste y, sobre todo, a nuestra ciudad: la de quién vive qué valores. Y  aquí es en donde entramos nosotros, los hispanos, y “el argumento de la tortilla”. Destaquemos, entre muchos, dos hechos para este ensayo.

Primer hecho. ¿Se han dado cuenta ustedes de que cuanto más se acerca uno a la rica zona norte, a partir de la Avenida Camelback, más  arquitectura  “hispano-mexicana” hay?  Iglesias, bancos, centros comerciales, edificios de negocios y mansiones, luciendo todos sus paredes de ladrillo hispano y adobe indio, arcos romano-hispanos, columnas greco-mediterráneas, tejas españolas, mosaicos mexicanos, fuentes renacentistas, etc., hasta ídolos y figurines mayas y aztecas sirven para decorar esos edificios lujosos. Pregunta: ¿cuántas de estas cosas (nuestras) lujosas se encuentran en nuestros barrios?  Respuesta: casi ninguna, por no decir ninguna.

Segundo hecho constatado. ¿Notaron ustedes que en el norte de la ciudad, sobre todo de la ciudad hermana, Scottsdale, hay un gran número de “caballos árabes”?  Estos caballos, en su origen, fueron traídos a España por los árabes y, de ahí, pasaron a México y al Suroeste. Dichos caballos son carísimos, sus cuadras y establos están refrigerados, se bañan en albercas olímpicas, comen pienso especial, y con frecuencia también importado, etc.  Más aún, en la “Parada del Sol”, y en otros eventos sociales, desfilan por las calles de Scottsdale y de Phoenix, con atavíos de plata, montados por, ¡Dios me valga!, que ni eran mexicanos ni españoles, aunque vestidos casi todos a la mexicana y a la española, con trajes charros y peinetas andaluzas y flamencas y mantones de Manila. Incluso las “señoritas” -algunas ya ajadas por los años- y “señoritos” de bigote atusado -no a lo Pancho Villa, precisamente-, montan esas hermosas bestias, traídas de nuestros lares. ¿”El argumento de la tortilla”? Seguro y claro que sí.

Pues bien, resumiendo estos dos fenómenos anotados, sacamos una idea o impresión global: que echando una mirada de conjunto a la ciudad, observamos que la gente y los edificios siguen un modelo o patrón muy claro: los hispanos-morenos viven, en su mayor parte, en casas pobres, sin un estilo definido y particular. Es decir, viven en “track homes”, o casas que fueron fabricadas- en-masa, sin gusto ni arte.  Un estilo anónimo o, como se suele decir, “sin personalidad” porpia.  En cambio, las casas lujosas del norte tienen algún estilo determinado, sobresaliendo el hermoso y bello estilo “hispánico”. Lo mismo, como caso revelador, ocurre y se puede decir en cuanto a lo de los caballos.

La deducción que podemos ir sacando por el memento es la siguiente: que a los del norte les gusta, les encanta y poseen nuestras cosas, nuestras bestias y nuestro arte.  Pero…, ¿en dónde vive la gente que diseñó, inventó y proporcionó al mundo norteamericano este estilo arquitectónico y que compartió esos caballos? ¿En el Norte? Ni pensarlo. Vive en el Sur. O sea, puesto en términos más rudimentarios o crudos, podríamos hacernos la siguiente pregunta: ¿por qué los “otros” quieren “lo nuestro”, pero no nos quieren “a nosotros”?

Todo esto era “lo nuestro”, incluso las tierras, y ahora es de los “otros”. Nosotros somos los “mojados”, los “mugrosos”, los “ignorantes”, y otros lindos apodos y epítetos que no se pueden mencionar por escrito, lo hemos perdido todo o casi todo, porque los “otros”, los “norteños”, se han posesionado de ello. ¡Qué “tortillota”! Pero quizás nosotros tengamos parte de la culpa. En este mundo humano, dice incluso el vulgo, no hay ángeles completamente puros, ni diablos completamente sucios. Por eso no basta sólo con ladrar, porque -también dice el vulgo- “perro ladrador, poco mordedor”, nos expone el proverbio. Y también nos apunta otro proverbio que “a Dios rogando y con el mazo dando” ¡Qué “tortilla”!

Tercer viaje: La Autopista y el Aeropuerto

En mi tercer viaje hipotético, volando sobre nuestra ciudad, y después de revelar mis cintas cinematográficas, me encontré con otras cosas que no había notado en mi primer viaje aéreo.  Siempre se encuentran cosas nuevas en la vida. Pues sí, fíjense ustedes, hallé nuevos datos.

Por ejemplo, ¿habían observado ustedes, así, a ojo pelón, la distribución de servicios para la comunidad, para toda la comunidad de la ciudad y del Valle? Veamos lo que me reveló la película. Lo más notorio, lo que sobresalía con más fuerza, a causa de su magnitud y grandeza, fue la autopista circunvalatoria que, desde las afueras de la ciudad de Tempe hasta pasados nuestros barrios del sur, se levanta majestuosamente a varios metros sobre las viviendas de nuestra gente. Sí, así es la cosa. Pero hay que añadir a todo esto un dato interesante. Esta misma autopista, al empalmar con la de Tempe-Superstition, se caracteriza por estar enterrada. Sí, enterrada, casi submarínicamente. ¿Por qué será esto?, me pregunté, y todavía me lo pregunto.

¿Es que una obra de ingeniería, que debiera ser también de arte, no debe ser exhibida y mostrada al público para que se gocen y regodeen los ojos de todos? Pero un pensamiento pícaro se asomó por las rendijas y entretelas de mi mente: ¡qué sencillo (yo)!  Pero, ¿no ves (yo) que una mole de cemento grisáceo, transitado por un hormiguero despiadado de vehículos, despidiendo humos intoxicantes y alaridos de ratas, no es nada bello ni artístico? Además, siendo prácticos, costaría mucho, muchísimo más enterrar a esta giba de camello que elevarla, usando para esto último tierra arcillosa solamente, que nadie quiere.

Y, hablando de camellos y de “tortillas”, ¿por qué no pusieron este monstruo de autopista allá, por la Montaña del Camello?, me pregunté otra vez maliciosamente. Y me contesté yo a mí mismo, sin hacer ningún esfuerzo: “es que esto, para los otros, no sería práctico ni estético”. ¿Por qué? Imagínense ustedes poner una autopista camellona elevada sobre la espalda de otro camello. Eso sí que sería –ahora- un pecado contra la santidad artística, una monstruosidad contra la Natura. Además de que todo el ruido automovilístico y los humos polutos bajarían rodando y rodando hasta entrar subrepticiamente por las ventanas, las puertas y los tejados de las mansiones y castillos implantados en las laderas y faldas de la Montaña. ¡Qué crimen!

Y, ¿qué decir de otro monstruo, el aeropuerto, que se construyó cerca de los barrios sureños, o en ellos, y ahora, para dejar que se extiendan más, nuestra gente tiene que moverse, mudarse, dejando sus casas para convertirlas en pistas de aterrizaje? Son varias las preguntas que se me ocurren. En primer lugar, ¿por qué lo construyeron el aeropuerto en el sur, junto a los barrios y en el corazón de los mismos? ¿Para que nosotros nos subiéramos a los aviones sin tener que viajar largas distancias? ¿Pero no se han dado cuenta los que soñaron estas cosas que osotros, los del Sur, los que no tenemos dinero y que somos morenitos, no tenemos dólares para hacer esas cosas, es decir, para motar en esos pajarracos? Los que viajan por avión viven, no en  los barrios, sino en el norte de la ciudad. Entonces, lógicamente. se impone otra pregunta: ¿por qué no lo construyeron encima del Camello o al lado de la Montaña, puesto que nuestra gente no lo necesita tanto como ellos? ¡Ah!… pero es que el ruido, los humos de escape y el peligro de que pegue, choque o se caiga un avión lleno de gente quemada, volando por doquier maletas, zapatos acharolados y ropa interior sucia en una de las mansiones norteñas sería una cosa fea, antiestética y, por ende, incomprensible.

Estas observaciones no se limitan sólo a los aviones grandes de pasajeros, que nosotros quizás podamos usar de vez en cuando, pero, ¿qué decir de tantos aviones pequeños o avionetas que también hay y se estacionan en el mismo aeropuerto? Esas avionetas no nos pertenecen. De ninguna manera. Sus dueños, ¡Dios me perdone!, no viven en los barrios. Viven en el norte. Pero… démosle ahora “la vuelta a la tortilla”, aunque sólo sea por un momento: ¿nos permitirían a nosotros estacionar nuestros pick-ups, nuestras “trocas”, nuestras “ranflas” y nuestros low-riders en o cerca de un gran estacionamiento ubicado en la falda de la Montaña del Camello?  Imposible. Además de ser una zona de “reserva” nacional, están las puertas y cancillas eléctricas con sus ojos electrónicos que no nos dejarían pasar. Esto sin contar con las cachiporras de los “protectores de la seguridad urbana”, montados algunos en caballos “árabes” y dotados de olfato perruno.

Pero, nos preguntarán ellos: “¿cómo se les ocurren a ustedes estas ideas, anyway?” Respuesta categórica e infalible: “El argumento de la tortilla, Sir/Madam, el argumento de la tortilla”. Es decir, lo que es bueno para ellos -los “otros”-, debe ser bueno para “nosotros”, y lo que es malo para ellos -los “otros”-, debe ser malo para “nosotros”. O, si no, nos podemos preguntar: la medida o balanza con la que se sopesa “lo bueno”, tiene que ser la misma para todos, porque “lo bueno”, como “lo malo”, es un valor o dis-valor universal y, por tanto, no depende de interpretaciones, ni de justificaciones, ni de caprichos subjetivos. Y si no es así, descartemos la palabra “bueno” o “malo” y substituyámoslas por la de “conveniencia” o por la de “inmoralidad”, que para el caso sería lo mismo.

Pero todo esto se me hizo muy complejo y… mejor lo dejé para que no me causara dolores de cabeza. O sea, que mejor lo explicaré en pocas palabras con mi “argumento de la tortilla”: que el ser pobre es mala cosa para los pobres y que ser rico, no es tan mala cosa para los ricos. ¡Vaya, que vista la cosa así…, compadre, pues no es tan complicada!

Cuarto viaje: Los Pozos y los Almacenes

Habiendo hablado de la autopista y del aeropuerto en el ensayo anterior, pasamos ahora a unos detalles más. Mi película reveló la cantidad de hoyos, pozos y oquedades que hay en el sur, sobre todo alrededor de la Avenida Central y en el “corazón” de algunos de nuestros barrios. Me puse a pensar y me contesté yo mismo, como lo hago siempre, a algunas de mis propias preguntas.  Quizás sea porque la arena se encuentra en la “madre” (¡lógico!) de lo que había sido antaño El Río Salado, que se le conoció después en inglés como The Salt River (dicen, incluso algunos de los nuestros que suena más poético así), y que ahora vuelve otra vez con el apelativo original (por exótico, no hay duda) de El Río Salado. En verdad ni “Río” ni “Salado”, digo yo, porque todo es arena, a no ser cuando sueltan libremente las aguas de las presas y se inundan muchas de las casas de los barrios. Pero este punto es “harina de otro costal”, que lo cubriremos en otro ensayito.

Veamos, pues, lo de los hoyos y de los pozos. ¿Se han dado cuenta  ustedes de que de esos antros se saca mucha arena para construcción y otros menesteres? Pero, para sacarla, se necesita maquinaria pesada, y esta maquinaria hay que guardarla y encerrarla -para protección contra los ladronzuelos- en los barrios, sí, en los barrios del sur. Pero es que esta maquinaria no pertenece a la gente de estos barrios -a nuestra gente-, porque somos pobres. Esto lo saben todos, y es tan obvio que ¡vaya! incluso nosotros mismos lo sabemos. Estas “trocas”, digo, estas trocas perforadoras, etc., pertenecen, no a nosotros, sino a la gente del Camello. Me pregunto yo, pues, ¿por qué no se lo llevan todo para la Montaña? Esto sería lo lógico, que guarden todo esto en “sus”propiedades, por que son de ellos. ¡Qué ocurrencia! Pero… si hasta suena a blasfemia decir estas cosas tan feas. ¿Habrá blasfemado, es decir, se habrá preguntado esto mismo nuestra gente?  Otra pregunta, al azar: ¿y por qué no se viene esa “otra” gente a vivir con nosotros en los barrios, para estar cerca de sus negocios?  (A veces me pregunto yo a mí mismo que por qué me hago estas preguntas, pero… bueno). Y, si no quieren vivir en los barrios, pues que se lleven toda esa cochina maquinaria pesada para la Montaña. ¡Ya está! (Pero es que… ¡qué cosas! Se me ocurre cada pregunta…)

También apareció filmado y grabado en la cinta de mi nueva cámara el gran número de almacenes que guardan mucha riqueza entre sus grandes paredes y bajo sus amplios techos y tejados. Otra vez me asaltó el diablillo con tentaciones irrespetuosas. Me pregunté:”¿será todo esto nuestro, puesto que convive con nosotros?” Rechacé la atrayente tentación como cosa diabólica. Tuve que hacerlo al ver que en la cinta no aparecían por ninguna parte nombres y apellidos hispanos grabados en los tejados de estos almacenes. Eran todos anglos: Sears, Penneys, Coca Cola, Forbes, etc., etc., etc. ¡Qué cosa!, exclamé. Y, a renglón seguido, me volví a preguntar: ¿en dónde vivirán estos nombres-hombres?, porque… nunca los he visto por las calles empolvadas de los barrios, ni comer tamales en nuestros restaurantes, ni asistir a misa a nuestras iglesias, etc.

Y no se diga lo de los ferrocarriles. Nuestra gente nunca viaja por estos trenes. Estos trenes son de carga, de mucha carga. Cargan y descargan en dichos almacenes, para después distribuir la mercancía a los supermercados y a los centros de compras y ventas de todo el Valle. Otra vez me pregunto yo, basado en el infalible “argumento de la tortilla”: ¿por qué no ponen esos almacenes en la parte norte de la ciudad, en donde viven sus propietarios y magnates? ¡Ah! Se nos dirá que es porque el ferrocarril se encuentra en el sur. Y respondo tontamente, ¿por qué no se lo llevan y construyen con él una red ferroviaria alrededor de la Montaña del Camello? Es porque… se vería muy feo y… los automóviles cadillac, mercedes y lexus, etc., tendrían que esperar a que cruzaran esas largas y ruidosas lombrices metálicas, y… los nervios se nos crisparían, y… ¡qué sé yo!, “nosotros tenemos el dinero y podemos hacer lo que nos dé la real y santa gana”. That’s all. ¡Linda y lógica respuesta y solución!

Mi película me revelaba otros hechos y fenómenos raros, pero decidí ese día no ver más, pues me dolía la cabeza y, mejor, me fui a cama.  Pero no sin antes pensar en “lo de la tortilla”. Estoy seguro de que mi intranquilidad, que no me permite dormir bien, proviene precisamente de este “argumento tortillero”. La culpa, me dije y repetí varias veces, la tengo yo, nadie más. Porque si yo no hubiera alquilado esta dichosa cámara y no me hiciera estos razonamientos, como otra mucha gente más sabia que yo, podría dormir a gusto y en paz. ¡Vaya!

Quinto viaje: Los Cementerios

Hay cosas que realmente son sorprendentes. Detalles que, al fijarse uno bien, resaltan con fuerza y vigor, pasando a primer plano y haciéndose el centro de nuestra atención. ¡Cosa increíble! Me refiero a un detalle que me reveló la película o video que saqué el otro día desde mi helicóptero:  los cementerios.

Fue sorprendente notar que, en mi película, aparecieron dos cementerios separados por unas diez millas. De sur a norte, como todo lo demás. Aunque separados, estaban unidos por la misma calle, como una arteria, como un fémur, como una cadena, como un rosario en que, entre avemaría y avemaría, nos topamos con la cuenta del Padre Nuestro que divide a dos misterios.

Era por diciembre, durante la época navideña. El cielo estaba despejado y ya atardecía. El sol acababa de ocultarse y las luces neónicas comenzaban a guiñarle el ojo a la pálida luna, que se asomaba por el este. La ciudad se hallaba entre dos luces. Era ese preciso momento en que participaba de dos mitades. La confluencia entre el día y la noche, entre la vigilia y el sueño, entre la vida y la muerte. Las dos mitades confluían en un todo inseparable.

Al sur, un cementerio de cruces diminutas y empolvadas. Por aquí y por allá había una que otra flor marchita. Descoloridas como ramos de flores artificiales. Descoloridas, por muertas. Ni un árbol que diera sombra a una despistada ardilla del desierto. Las pocas piedras que cubrían las tumbas estaban resquebrajadas y rotas. Los epitafios diseñaban líneas un tanto caprichosas. Los nombres, que en su tiempo contaban la historia de los desaparecidos, se mostraban ahora desletrados, y, las que habían sido cruces, estaban mancas y desmembradas. Un puzzle o un rompecabezas para diversión de serios y despistados antropólogos.

Continuando mi viaje helicoptérico a través del celuloide, llegué al segundo cementerio. Al que estaba a unas diez millas hacia el norte. Me di cuenta de inmediato que se trataba de otra visión, de otro panorama diametralmente opuesto al del sur. Aunque no se podía discernir muy bien, porque ya se echaba encima el manto de la noche, se podían distinguir, sin embargo, unas lucecitas diminutas que emitían varios colores caprichosos. ¡Eran árboles navideños! A intervalos precisos y bien proporcionados, daban la impresión de resaltar como esos frescos y pinturas flamencas conocidas por sus pesebres y escenas religiosas. O por esos cuadros de bosques teutónicos en donde todo está tan equilibrado y trasquilado que ni falta ni sobra un árbol en el lienzo. Todos de igual tamaño.

Me entró la curiosidad. Al día siguiente dejé la película y el helicóptero y los fui a ver en persona. Quería analizarlos detenidamente. Cuando estuve entre las tumbas del primero, el del sur, de pronto me di cuenta del lugar desolado. Mi película no me había defraudado. Estaba literalmente dilapidado. Quise hacerla de antropólogo, de geólogo y de anticuario.

Posé una rodilla sobre el suelo desértico y, con el pañuelo, sacudí el polvo añejo que se había cernido sobre la piedra. Descubrí un epígrafe. Después de fijarme bien, de mover la cabeza de un lado a otro, de girar sobre el epitafio y de reordenar unos pedacitos sueltos, pude descifrar uno de los muchos enigmas que me tenían enfrascado. Ante mis ojos estupefactos pude leer el nombre del difunto propietario: “Jesús García. Nacido en Ures, Sonora. Falleció en Guadalupe. Arizona, a los 49 años de edad. 1920-1969. Descansa en paz. Tu esposa María e hijos”. Dejé los trozos del historial en un orden legible. Los cubrí otra vez de polvo y dije una oración…

Acto seguido, emprendí la segunda etapa de mi viaje hacia el cementerio norteño. Todavía era de día. Llegué y esperé a que la noche se cerniera sobre el lúgubre recinto. No me había engañado. Parecía un bosquecito artificial. Césped de invierno y arbolitos naturales. Me cercioré al jalarle una rama al que tenía delante. Estaba bien enraizado. Hasta noté entre mis dedos un poco de resina y olor a pino. Era una verdadera escena de navidad nórdica y bicólica. No había epitafios, ni cruces, ni lápidas. Sobre cada montículo de zacate o césped en relieve, protuberaba un ramo de flores. Hinqué una rodilla en el fresco pasto y alcancé a leer claramente en una cinta amarilla y sedosa: “To my beloved Lassie. Your Mom, Sady. 12-24-85”. De entre un bosquecito de árboles que parpadeaban, y que me estaban guiñando el ojo, me escurrí sigilosamente hacia el automóvil.

Por el camino a mi apartamento iba yo delirando. “¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!” Recordé lo que decían los filósofos griegos Aristóteles y Platón. Que “el hombre es un animal racional”. Concluí anomalísticamente, después de mi visita a los dos cementerios, que hay hombres que son más animales que racionales. Y, ¡Dios me valga!, que hay animales que son más hombres que los mismos hombres. Y que, al final de cuentas y a la hora de la muerte, a uno le convendría mejor ser animal que ser hombre. ¡Qué cosas se le ocurren a uno!

Mi sexto viaje, pero a pie: La Sinfónica

No hace mucho tiempo decidí bajar de mi helicóptero y guardar mi cámara en casa. Lo hice para poder entrar dentro de algunos lugares que mi cámara había revelado por fuera. Quería ver más de cerca los interiores. Escogí solamente un edificio de esos. Y me apliqué aquel otro dicho: “Para muestra, basta un botón”. Y, para ello, me compré un boleto para la sinfónica. Como ya era rico, aunque en sueños, decidí comprar ese boleto caro. Después de todo, pensé, “tengo que darme algún gustito en la vida, aunque sólo sea de cuando en cuando”. Aunque le duela a la billetera, me justifiqué con aquello de que un concierto “es bueno para la salud mental, y hasta para la corporal”, que tanto la necesitamos hoy día. Fui, pues, a la sinfónica.

Era un festival dedicado al compositor alemán Ludwig von Beethoven. Esa noche tocarían la última de sus sinfonías, “La Novena”, conocida también con el nombre de  “La Coral”. Aunque siempre escucho música popular y folclórica hispana, también me gusta la clásica. Pero nunca había ido antes a un concierto de la sinfónica de mi ciudad, de lo cual me avergüenzo, aunque no tanto, porque esto está caro y no va con la dieta de mi billetera. Ahora tenía el boleto y la oportunidad. Me fui al grande y lujoso edificio. No tuve que preocuparme del estacionamiento, porque el trayecto me lo pude hacer a pie, -además de que no tengo auto, pues yo viajo más codamente en autobús-. Es que, se da el caso aquí de que el Symphony Hall está situado, como otros muchos edificios lujosos, en el corazón de los barrios sureños, de mi barrio.

Portaba yo guayabera beige, pantalones color café y zapatos lustrosos, un poco “al estilo pachuco”. Pero, ¡qué sorpresa!, nunca había visto antes tanta gente extraña en los barrios. Toda la gente era blanca. Alguna que otra cara morena se destacaba sobre un fondo blanco. Daban la impresión de ser mosquitos en un vaso de leche. Los hombres vestían todos traje con corbata y las mujeres iban todas muy elegantes, incluso con abrigos de pieles algunas, a pesar de ser principios de lo que parecía ser verano. Mientras esperaba la función, no pude hablar con nadie, porque, a pesar de indagar entre la muchedumbre, no podía reconocer a nadie de los barrios. Entré, me senté y, después de unos minutos, comenzó el concierto.

Antes de que comenzara la sinfonía, y durante el intermedio o descanso, leía ávido el flamante programa. Papel lustroso, fotografías de los principales músicos, del grupo coral y del director de orquesta. Dos cosas me llamaron de inmediato la atención: el nombre de los dos últimos conductores de la orquesta y la larga lista de patrocinadores de nuestra sinfónica. En esta impresionante lista de patrocinadores no había ni un solo apellido hispano. Por un momento pensé que a nuestra gente no le interesaría la música clásica, que quizás fuera cierto. Pero después, recapacitando, me di cuenta de que, para ser “patrocinador”, era necesario desembolsar grandes cantidades de dinero. Este hecho satisfizo, por el momento, mi cuiriosidad.

Pero una cosa que me encantó, y al mismo tiempo me desconcertó, fue ver que, de acuerdo al programa, los dos últimos conductores y directores de la orquesta habían sido “hispanos”. El Maestro Teo[doro -creo] Alcántara, era español, y, su antecesor, el  Maestro Eduardo Mata, era mexicano. Me alegró mucho este descubrimiento. Pero una nubecilla vino a empañar mi visión y a turbar mi mente –como sucede con frecuencia últimamente. ¿Cómo es posible, me pregunté, que una asociación y organización tan distinguida, como la orquesta sinfónica, fuera “gobernada” y subvencionada por norteños y, al mismo tiempo, fuera “conducida” por directores hispanos?

Este era un gran dilema que yo tenía que resolver. Para comenzar, se me ocurrió que ambos conductores “hispanos” habían sido importados de afuera. Eso tenía que ser, porque no habría otra explicación. Por consiguiente, si fueron importados no se les podría considerar “mojados”. No, porque entonces, si así fuera, sería una contradicción, que los mismos patrocinadores del norte no hubieran aceptado de ninguna manera. Después se me ocurrió que ¿por qué no habían elegido a uno de nuestros hispanos “locales”? Esta posibilidad me fue un poco más difícil de vislumbrar. Me puse a pensar y a pensar y… saqué la siguiente conclusión: imposible. Porque aquí, los nuestros, si tienen la oportunidad de ir a los departamentos o escuelas especializadas en música clásica-europea, nunca salen con diplomas en estos estudios. Además, sería casi imposible que un conductor “chicano”, aunque existiera, pudiera ser concebido como para dirigir “nuestra” orquesta. La razón, la verdadera razón, tendría que encontrarse en otra parte.

Continué buscando en mi mente y, después de sufrir angustias, se me ocurrió una idea: quizás sea porque estos dos señores, que son fuereños, no cabe duda alguna, habían asistido a escuelas prominentes en sus países natales, y que, si hubieran nacido aquí, nunca hubieran llegado a ser conductores. Este razonamiento me satisfizo. Por el momento. Pero, una cadena de preguntas comenzó a surgir por aquí y por allá. Si esto es así, ¿por qué no tenemos nosotros conductores de grandes orquestas, como tenemos de “conjuntos” de música folclórica? Siguiente: ¿por qué no tenemos jóvenes hispanos en el departamento de música de nuestra universidad? Más: ¿cómo es que los orientales, chinos y japoneses, sin contar a los judíos, que forman una minoría bastante más reducida que la de los hispanos en este país, sobresalen en música “clásica”, y nosotros nos contentamos solamente con la “popular”?

Decidí, después de haberme ido a casa, buscarle respuesta a esta serie de preguntas que me estaban chupando el cerebro las pocas energías que me quedaban esa noche. Pero creo que me llevará mucho tiempo para poder desentrañar este enigma, como otros que tengo y que tendré en el futuro. De eso estoy completamente seguro. Quizás aplicando mi argumento favorito, el de “darle la vuelta a la tortilla”, pueda, algún día, resolver este problema. Quizás.