Juan Manuel Rodríguez Iglesias – Ana Isabel Torres Villanueva LP 6

Rodríguez Iglesias, Juan Manuel

Nació el 7 de febrero de 1955 en Madrid. Doctor en Filosofía. Licenciado en Teología. Especializado en Antropología cultural, Tradiciones populares y Religiosidad popular. Profesor de Bachillerato. Animador de actividades musicales, festivas y lúdicas en centros escolares. Colaborador con las editoriales españolas Edelvives y SM en la redacción y el desarrollo didáctico de libros de religión católica. Autor de libros y artículos de etnografía y religiosidad popular. Ponente, animador y promotor de actividades y cursos de innovación educativa.

Torres Villanueva, Ana Isabel

Nació en Córdoba, en 1981. Es licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Jaén y actualmente se dedica a la docencia en un centro concertado de Madrid. Además trabaja en la investigación filológica en el área de literatura medieval y áurea, concretamente en la edición de obras pertenecientes al género de la narrativa caballeresca castellana del siglo XVI. En el presente se halla ultimando una tesis doctoral por la Universidad de Jaén consistente en la edición de la obra anónima de 1533 La Trapesonda, que publicará el Centro de Estudios Cervantinos dentro de su colección Libros de Rocinante. Esta formación la cualifica no solo como especialista en literatura de los Siglos de Oro, sino como cervantista, dada la materia tratada.

“ETNOGRAFÍA DE EL QUIJOTE:

COMENTARIOS DE LOS CAPÍTULOS I AL IV DE LA PRIMERA PARTE”

Juan Manuel Rodríguez (Comentarios etnográficos).

Ana Isabel Torres (Resúmenes de los capítulos)

Este artículo es una primera entrega de una serie de artículos que han sido publicados en España, en la Biblioteca de Cultura Tradicional Zamorana, nº 34 (Editorial Semuret. Zamora 2015). Aunque se presenta de un modo localista, pretende ser una invitación a la lectura de El Quijote desde el punto de vista de la Etnografía. Esta inmortal novela de Cervantes es una fuente de datos para cualquier investigador de la cultura tradicional hispana. Puede ser también una invitación a leer esta obra universal desde otras perspectivas culturales, no solo la castellano-leonesa. Aquí queda el reto.

Introducción para zamoranos. Zamora en El Quijote

Zamora (ciudad y provincia españolas) aparece en El Quijote ocho veces. No exactamente el nombre de Zamora, sino un personaje, un arquetipo, un objeto y un refrán zamoranos.

Las citas zamoranas de El Quijote son, sin embargo, tópicos que se repiten en otras obras de la literatura española: los personajes y la historia del cerco de Zamora, la rusticidad del sayagués, y la gaita zamorana. No se puede hablar de El Quijote como una fuente directa para descubrir el pasado cultural e histórico de esta provincia española.

Estas son las citas donde aparece algún dato zamorano:

“… ¡ Oh Mario ambicioso, oh Catilina cruel, oh Sila facineroso, oh Galalón embustero, oh Vellido traidor, oh Julián vengativo, oh Judas codicioso !…

(Primera Parte, capítulo XXVII)

“… Este tiene dos hijos: el mayor, heredero de su estado y, al parecer, de sus buenas costumbres, y el menor, no sé yo de qué sea heredero, sino de las traiciones de Vellido y de los embustes de Galalón…

(Primera Parte, capítulo XVIII)

“… Sí, que ¡válgame Dios! No hay para qué obligar al sayagués a que hable como el toledano, y toledanos puede haber que no las corten en el aire en esto del hablar polido…

(Segunda Parte, capítulo XIX)

“… Hacíales el son una gaita zamorana, y ellas, llevando en los rostros y en los ojos a la honestidad y en los pies a la ligereza, se mostraban las mejores bailadoras del mundo…

(Segunda Parte, capítulo XX)

“…Ejemplo desto tenemos en don Diego Ordóñez de Lara, que retó a todo el pueblo zamorano, porque ignoraba que sólo Vellido Dolfos había cometido la traición de matar a su rey, y así retó a todos, y a todos tocaba la venganza y la respuesta…

(Segunda Parte, capítulo XXVII)

“… hállela encantada y convertida de princesa en labradora, de hermosa en fea, de ángel en diablo, de olorosa en pestífera, de bien hablada en rústica, de reposada en brincadora, de luz en tinieblas, y, finalmente, de Dulcinea del Toboso en una villana de Sayago

(Segunda Parte, capítulo XXXII)

“… ¿Qué de churumbelas han de llegar a nuestros oídos, qué de gaitas zamoranas, qué tamborines, y qué de sonajas, y qué de rabeles ?…

(Segunda Parte, capítulo LXVII)

“… Por tu vida, amigo, que se quede en este punto este negocio; que me parece muy áspera esta medicina, y será bien dar tiempo al tiempo; que no se ganó Zamora en una hora

(Segunda Parte, capítulo LXXI)

Vellido Dolfos, el traidor, aparece en tres citas. Cosa normal en un libro relacionado con el romancero y las leyendas de los caballeros andantes. En este sentido está la última cita del famoso refrán “no se ganó Zamora en una hora”.

Otras dos alusiones son para el sayagués, arquetipo en la literatura del rústico con lenguaje torpe y grosera presencia. Esta “leyenda” ya ha sido atajada en más de una ocasión por Luis Cortés o por Francisco Rodríguez Pascual (por ejemplo, en La Opinión, El Correo de Zamora, 18 de agosto de 1991), reduciéndola a sus límites precisos.

Menos mal que las citas de la gaita zamorana no son peyorativas. Una de las dos se sitúa en las famosas Bodas de Camacho, boda prototipo de derroche en la comida y en la fiesta… allí también había gaitas zamoranas. Este instrumento no es el llamado “de fole”,  gaita de fole, similar a la sanabresa, gallega o asturiana, sino a la llamada gaita charra, salmantina o sayaguesa, un pequeño instrumento aerófono acompañado siempre por tamboríl.

El Quijote no es una fuente para desvelar el pasado histórico y cultural de Zamora. Pero  lo es para aclarar y comprender de modo general la vida tradicional y rural de los pueblos de Castilla, y dentro de ellos podemos incluir también, en algunos aspectos, los pueblos zamoranos.

El contexto cultural de El Quijote es Castilla en el siglo XVI. Más de una costumbre, más de una tradición de nuestros pueblos castellanos, y zamoranos, ya perdida en lo oscuro de la memoria, se ilumina con su lectura. Las formas de vida no cambiaban con la rapidez que lo hacen ahora. Podemos asegurar que ciertas costumbres, como ciertas tradiciones, han durado siglos, con mayor o menor vigor, dependiendo de la intensidad o fuerza de recreación que cada generación ha ido haciendo de ellas.

Temas investigados en nuestros pueblos zamoranos como las ventas, el cuidado de los animales, los ajustes de criados, la relación entre el amo y el criado, la formalización de los matrimonios, el uso del refrán como orientador en la vida, el vocabulario agropecuario, etc. saltan a la vista en medio de la lectura de las sorprendentes aventuras, las ponderadas reflexiones y los apasionados discursos de don Quijote. Se puede hacer una lectura etnográfica y descubrir costumbres y tradiciones castellano-leonesas al leer  El Quijote, y descubrir lo humano, español y castellano que hay en él.

En el año 2005 se celebró el 400 aniversario de la publicación de la  Primera Parte del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. En el año 2015 se está celebrando el aniversario de la publicación de la Segunda Parte. Es motivo suficiente para hacer un homenaje a esta universal y eterna obra de arte. Presentamos a continuación el comentario etnográfico a los cuatro primeros capítulos.

Capítulo I

Que trata de la condición y ejercicio del famoso hidalgo don Quijote de la Mancha.

En una aldea castellana vivía un hidalgo que, como tal, no tenía más ocupación que la de la lectura, y en particular se entregó con deleite a los libros de caballerías, por los que llega a vender tierras (síntoma inequívoco de que estaba empezando a perder el juicio) sin otro fin que comprar más de estas obras. Así, inevitablemente, llega un momento en que decide hacer de su anodina existencia una aventura caballeresca: no habrá para él más realidad que la de sus lecturas y él mismo pretende hacerse con lo preciso para convertirse en caballero andante y formar parte de esa vida que es, para él la única digna de ser vivida. Por tanto se hace preciso tener un caballo, limpiar las viejas armas, adoptar un nombre que constituyese una carta de presentación y tener una dama a quien amar y dedicar todos sus esfuerzos y triunfos.

REY HAZAS, A. y SEVILLA, F. (eds.), El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, Alcalá de Henares, CEC, 1994, pp. 29-36.

Temas etnográficos:

Los criados de una casa. Medidas de tierras y de cereales: las fanegas de trigo. El barbero del pueblo.

Cuando iniciamos una investigación sobre la vida tradicional de los pueblos castellano leoneses nos ponemos una fecha o siglo a partir del cual pretendemos comenzar la tarea. Buena es, por ejemplo, la mitad del siglo XVIII, en el que se escribe uno de los documentos más reveladores de la vida de nuestros pueblos: El Catastro del Marqués de la Ensenada. En este gran elenco de personas, funciones, posesiones y valores observamos que cada vecino estaba definido normalmente según dos “estados”: el estado noble y el estado llano. En él corroboramos, como le ocurre a don Quijote siglos antes, que muchos vecinos del estado noble, “hidalgos”, son tan pobres como los del estado llano, el pueblo. Don Quijote tiene un escaso patrimonio, aun así, trabaja para él un “mozo de campo y plaza”, un criado, un mozo de mulas, que dirían en Zamora. Éste fámulo hace de todo, también de “podador”, y suponemos que de hortelano, regador, azadonero, etc… Tiene ama y sobrina que atienden las labores de la casa. Las mujeres no salían al campo a arar en las tierras de Castilla. Por eso, tener criado no es signo de riqueza. Es una necesidad para las casas donde sólo hay mujeres y “viejos hidalgos”. Por el contrario, en las regiones del oeste zamorano, las fincas, más pequeñas y con labor de vacas, eran trabajadas y aradas por hombres o mujeres indistintamente.

La locura de don Quijote llega al extremo de vender muchas “hanegas de tierra de sembradura”, fanegas de pan. Inconcebible en la mente de un labrador. Decía un refrán “casa donde cupieres y bienes los que pudieres”. Este es uno de los resortes de la ficción quijotesca, la permanente ruptura por parte del protagonista de los criterios del labrador con sentido común, sea de la Mancha, de Tierra de Pan, de Tierra de Vino o de Tierra de Campos. La “filosofía” del labrador es la de la hormiga, siempre almacenando tierras y bienes, y siempre pendiente de los caprichos de la naturaleza mesetaria. Frente a ella está la absurda cigarra, don Quijote, encandilada por los libros de caballerías.

En este capítulo también se presentan dos personajes clave: el cura, figura indiscutible en cualquier pueblo castellano, y el barbero. Éste último puede ser ese antiguo cirujano para hacer sangrías y poner ventosas, y tanto él, al que también llama maese, maestro, como el cura, pueden compararse con las figuras del maestro y el médico, que en siglos posteriores, junto con el cura, serán muy significativas. Rodríguez Pascual  ha destacado en varios de sus artículos periodísticos el papel que estos personajes representaban en nuestros pueblos. El barbero de los pueblos zamoranos es un labrador más. Cuántos jubilados todavía recuerdan al barbero de su pueblo. El sábado hacían cola todos los vecinos, y mientras uno iba enjabonándose, otro era rasurado por sus manos expertas: “cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar”. El hijo del barbero aprendía el oficio de su padre como ayudante. A la vez, otro vecino aprovechaba para leer en alto el periódico a los que esperaban turno. En tiempos de conflictos sociales, era un buen momento para oír, pensar, comentar, discutir. Hasta había un barbero por tendencia política, y los paisanos acudían al barbero de su partido. El rico o señor de “casa fuerte” no aparecía en esa reunión semanal, porque el barbero iba a su casa una vez a la semana a afeitarle. Era un signo de distinción.

Capítulo II

Que trata de la primera salida que de su tierra hizo el ingenioso don Quijote

Una vez que don Quijote considera que lo tiene todo, se lanza sin más a la búsqueda de aventuras que pongan de relieve su grandeza como héroe. No obstante, no lo hace ni a plena luz del día ni despidiéndose (si no ya del ama, al menos de su propia sobrina). Nada más dar comienzo su camino le sobreviene el primer pesar, y es que aún no ha sido armado caballero; será ineludible que alguien de los que se tope en el camino le arme, por lo que sigue su andadura, relativamente a la deriva, fantaseando con el día en que salgan de las imprentas sus hazañas. Pero la realidad se va a topar muy a menudo con don Quijote, y lo cierto es que en el mes de julio nadie en su sano juicio se aventura por la llanura manchega si no es con un fin muy concreto, de forma que a la noche llega a una venta en la que su mente, trastornada más si cabe por el calor que por las lecturas, acomoda una suerte de castillo en el que todo es pasado por el tamiz de su fantasía, y la venta será castillo, el ventero gran señor, las mujeres “del partido”, damas y hasta un castrador de puercos le hará creer que tañe música en su honor cuando hace sonar su silbato de cañas, de acuerdo con la usanza de la época.

Op. cit., pp.37-44

Temas etnográficos:

Las puertas traseras. La vecera y el pastoreo vecinal. Las ventas y comercios de los pueblos y los caminos. El capador. El ñudo.

La aventura de don Quijote se inicia “por la puerta falsa de un corral”. Los corrales de muchas casas zamoranas tienen puertas traseras, “las traseras”, normalmente suelen ser grandes, “puertas carrales”, por las que cabe un carro, y con un pequeño techo voladizo. Se nos hace difícil pensar en esa “puerta falsa de un corral”, a no ser que la tapia o pared de éste estuviera derrumbada y con las bardas por los suelos. Los grabados clásicos le hacen salir por un agujero de una vieja pared de adobe, ladrillo de barro y paja, cocido al sol.

Nuestro caballero llega a una venta. Antes de entrar en ella, lugar propio de viandantes, arrieros y gentes del camino, escucha el cuerno de un porquero. Los que cuidaban animales tenían sus medios propios para llamar a los amos tanto cuando se iban como cuando volvían del pastoreo. En muchos pueblos se tocaban las campanas de la iglesia o de la ermita para llamar a la vacada o al “ganao”. En el que no había ni una ni otra cerca del pueblo, como en Terroso de Sanabria, se hacía sonar una caracola (que todavía Andrés tiene en su casa). El pastor del ganado podía ser contratado para la temporada o podía ser uno de los del pueblo, siguiendo un turno o vez, según el número de animales que aportaba. Contaban que antiguamente en nuestros pueblos había “vecera” de vacas, de mulas, de ovejas, de cabras, y de cerdos… que eran los más difíciles de cuidar, junto con las cabras. El tipo de “vecera” cambiaba según la comarca zamorana a la que nos refiramos. Por esto mismo había vaqueros, yegüeros, porqueros, pastores, y “pigorros” o “reveceros”, muchachos dedicados a cuidar los animales de una casa.

Sobre la venta, que don Quijote confunde con un castillo, me viene a la mente un artículo publicado en La Opinión, El Correo de Zamora, hace años, donde describí una venta sanabresa, como serían muchas otras del resto de Zamora y España. La venta, en general, lugar de muchas de las hazañas de don Quijote en su primera parte, no nos es ajena a los zamoranos: Era un caserón de dos pisos al que se accedía por un portón de carros. Tenía un vestíbulo llamado patio (en la de El Quijote es a cielo abierto, en esta venta zamorana es como un gran portal o zaguán), desde el que se entraba por la derecha a la cocina, con fuego bajo, dos escaños, mesa larga y bancos; por la izquierda al comercio, la tienda en la que se vendía todo lo que se podía vender (bacalao, velas, galletas, clavos…); y de frente conducía a las cuadras, con pesebres “para cuarenta mulas”, por ejemplo. El patio era el lugar donde dormían los transeúntes, sobre sacos de paja, repartidos por el suelo enlosado. Desde el mismo patio se subía al piso alto, dividido en dos partes, una que tenía las salas o habitaciones de los propietarios, coincidiendo encima de la cocina, y otra que era un gran pajar, con un “zaplón” o abertura desde el que se echaba la paja a los pesebres de abajo. A don Quijote le dieron un apartado en este lugar, en la venta manchega, que parece más digno y protegido que el que disfrutaba el resto de arrieros. La venta tenía dos tipos de clientes: los vecinos de los pueblos cercanos y los arrieros y comerciantes. Por las noches, la venta se animaba si coincidían varias recuas de arrieros y otros viajantes (La Opinión, El Correo de Zamora. Domingo 17 de julio de 1994). En la venta se comía el plato fijo de la casa, las sopas de pan, el arroz con bacalao, el cocido o caldo. Muchos traían su propia comida para que el ama o una de las criadas cocineras se lo preparara. Suponemos que en tiempos de don Quijote habría poca y escasa comida. La tarde que llega hay “bacalao”, por ser viernes, término que en “un libro de caja” de una casa de Vallesa de la Guareña tenía escrito el amo, refiriéndose al “pescau”, como también dice Cervantes que se designa al abadejo, “curadillo” o “truchuela” en otras regiones. El pan era negro y duro, aunque le supo a “pan candeal”. Siglos más tarde se mantiene esta distinción porque todavía al comenzar el veinte en muchos pueblos del oeste zamorano se diferenciaba el pan negro de centeno, el que se consumía a diario en cada casa, y el pan blanco de trigo, el que se comía de modo extraordinario “y sabía a gloria”.

Se hace mención al final del capítulo de un castrador de cerdos, de un capador, que tocaba “un silbato de cañas”. Si don Quijote oyó el silbato y le pareció música de sobremesa podría ser porque tenía en su mente la flauta del dios griego Pan, la “sirinx” o siringa. Este dios, enamorado de una ninfa virgen, la quiso para él, pero ella se convirtió en caña. Despechado el dios, la cortó, la troceó y la convirtió en su flauta. Es un tipo de flauta que aparece desde la antigüedad por todo el mundo. Algunos todavía recordamos al afilador (de cuchillos) cuando pasaba por los pueblos y llamaba la atención de los vecinos con este tipo de flauta ( la del capador o la del dios Pan)… “¡El afilador! (fiuuuuuuuuú…) ¡El afilador! (fiuuuuuuuú)”. Un vecino de Guarrate dice que a los dos días de pasar el afilador, llueve… Pero volvamos al capador. Poco trabajo tendría por estas fechas “el castrador de puercos”. En el mes de julio y agosto, cuando hacía mucho calor, no era conveniente capar, porque la herida se podía infectar, a pesar del aceite o la ceniza que aplicaran para curarla. El capador de cerdos trabajaba casi todo el año en los pueblos de Zamora, siempre que nacieran cerditos y se quisieran dedicar a cebar “ …en cuanto que asomaban un poco los cojoncillos, al mes o así, a caparlos… y también las cerdas”.

No podemos olvidar también dos palabras que de modo ocasional aparecen en este capítulo: “acuitarse”, verbo cercano a “cuitao”, “cuitadín”, que tantas veces repetía mi abuela o mi tía Encarnación. Y “ñudo”, término que un informante sanabrés utilizaba para referirse a un nudo especial que hacían los portugueses, trabajadores temporales de la siega del centeno antiguamente,  para atar los haces que segaban. Las dos palabras están en el Diccionario de la Real Academia.

Capítulo III

Donde se cuenta la graciosa manera que tuvo don Quijote en armarse caballero

Las ganas de verse armado caballero y la frugalidad de la cena hacen que bien pronto dé por terminada su colación y vaya al encuentro del ventero, pretendido señor del castillo, a quien suplica el don de ser armado hasta que logra una respuesta afirmativa. Viendo el ventero, redomado pícaro, una ocasión óptima para pasar un buen rato a costa del poco juicio de don Quijote, decide entrar de lleno en la farsa y le recuerda la conveniencia de velar las armas durante la noche y, de camino, si trae dinero. Nuestro héroe vive al estilo de los caballeros de sus novelas, y en ellas no consta por parte alguna que hayan de ocuparse de transacciones económicas de ninguna índole.

El ventero, pues, le recomienda que sea su escudero quien vaya provisto de dinero, lo que a buen seguro pone en la mente del protagonista el siguiente paso que habrá de dar: buscar escudero. La broma pronto se tuerce, ya que un arriero que quería dar de beber a su recua, ajeno por completo a la farsa de la vela de las armas, aparta las mismas del lugar que ocupan en el patio provocando la airada reacción de don Quijote, quien apalea al pobre arriero. Tras este incidente el ventero decide abreviar la burla armando caballero a su huésped para que este parta, de una vez, en busca de aventuras.

Op. cit., pp. 45-50.

Temas etnográficos:

El mozo de mulas. Los libros de caja de una casa fuerte. El molinero y otros roles tradicionales. El tratamiento a cada vecino: don, señor, el ti.

Un arriero, antes de dormir, va a dar de beber a sus mulas. Es el último cuidado del día que tenían los mozos con sus animales. Esto no lo sabía don Quijote, que puso sus armas en la pila de agua del patio de la venta. Más de un informante de los pueblos zamoranos me ha narrado su propia experiencia como mozo de mulas. Dormían en la cocina, en el escaño largo. La cocina disponía de un ventanuco que daba directamente a las cuadras de las mulas, para estar más atento a ellas. También los hubo que dormían en la misma cuadra, entre las mulas. Tenían que levantarse a media noche a atender por última vez a los animales. Menos mal que no se encontraban con “un don Quijote” que les moliera a palos. Ya tenían bastante con interrumpir su relativo descanso en el escaño de la cocina o entre las pajas de la cuadra.

Una de las fuentes más interesantes para la etnografía es el análisis de los libros de caja o libros de cuentas de los labradores del siglo XIX y el siglo XX en los pueblos zamoranos. Son parecidos al libro de caja del ventero “donde asentaba la paja y cebada que daba a los arrieros” y que en esta aventura es usado como libro de ceremonias, rezos y ensalmos para hacer caballero a don Quijote. A mis manos han llegado libros de caja de venteros y labradores de Terroso, Villamor de Escuderos, Vallesa, Cerecinos de Campos… donde escribían al comienzo… “Libro de caja para uso de Fulano de Tal… Y confieso el dicho Fulano asentar en él la verdad y lo cierto, y por lo mismo hago esta señal (dibujo de una cruz)  de cruz en la que juro hacerlo según lo dejo referido, y doy principio al uso de este hoy a tantos de tantos… Y cuenta de ciento cincuenta fojas foliadas. Y para mayor seguridad firmo en dicho día mes y año… La ironía de Cervantes coloca a un ventero, el que acoge a los “viandantes”, a los caminantes, como el oficiante que le hace profesar como caballero “andante”. Este personaje que confiesa tener un pasado pícaro y aventurero, señor ficticio del castillo, inviste de caballero andante a don Quijote con el libro de caja de la venta, el libro donde se asientan los movimientos económicos de la actividad diaria, las deudas de los vecinos que acuden a comprar productos o pedir dinero en efectivo (oficio de usurero), el dinero que se va dando a los criados, los jornales que se reciben para pagar deudas, la relación de la cosecha anual, e, incluso, asuntos familiares como las fechas de nacimiento de los hijos, o las defunciones.

Además del ventero y de los roles tradicionales mencionados en anteriores capítulos como el hidalgo, el labrador, el porquero, el castrador o capador de cerdos, el cura, el barbero, el mozo de campo, el ama, etc., se nos añaden en este capítulo los oficios de los padres de las dos rameras que recibieron a don Quijote al llegar a la venta. Uno era remendón de Toledo, que no es lo mismo que zapatero. El zapatero es el que hace las botas y los zapatos, y el remendón es el que simplemente las arregla. El otro era un honrado molinero. Sospechamos la ironía de Cervantes al colocar el adjetivo de honrado delante de un oficio que solía tener fama de aprovecharse con frecuencia de los costales de grano que le traían los vecinos para la molienda. Había pueblos donde cada familia tenía su molino, o vela o vez en el molino, y realizaba la molienda cuando le tocaba, cuando era su “vela” o vez. Por ejemplo, los molinos de Sanabria o de Sayago, que eran molinos rastreros, al pie de un arroyo, movidos por la fuerza del agua (¡no había ningún molino de viento, ni falta que hacía!). Y en otros pueblos había un gran molino, junto a los ríos de gran caudal, regentado por un molinero, ya fuera en propiedad familiar o en arriendo. El molinero en unos casos pasaba por el pueblo con su caballería o con su carro para recoger los costales de los que querían moler, y en otros los mismos vecinos iban al molino para que les hicieran del grano que llevaban harina para el pan o pienso para los animales… En este trabajo algunos molineros tenían fama de cobrar más de lo debido y no todo el grano que entraba en la “trimuera” se hacía harina, quedándoselo el molinero.

Por último, destacamos el trato honorífico que se le da a don Quijote por ser caballero andante, o sea, utilizar el “don” (apócope de “dominus”, señor) delante del sobrenombre. Parece que los hidalgos no recibían el trato de “don” (de nuevo la ironía cervantina). En los pueblos zamoranos del noroeste se utilizaba para las personas mayores el apócope de “ti” (procedente de tío) delante del nombre o el apodo: la ti María, el ti Canana, etc. En los pueblos zamoranos más al sur y el este se utilizaba el trato de “señor” para las personas mayores y con cierta autoridad moral en el pueblo: el señor Evaristo, el señor Pepe… El apócope “ti” también se ha usado, pero delante de los apodos, como el ti Morceñas, el ti Almanegra… Y tanto en unos pueblos como en otros el trato de “don” era muy exclusivo, casi reducido al cura y al médico: don Magín, cura muchos años de Terroso, o don Juanito, médico muchos años de Puebla de Sanabria…  Sonaría bien eso de el “señor Alonso Quijano”, el “ti Quijote”.

Capítulo IV

De lo que le sucedió a nuestro caballero cuando salió de la venta.

Pese a la alegría de creerse ya caballero andante de pleno derecho, don Quijote no puede ignorar el consejo del ventero: necesita dinero, muda de ropa y un escudero, por lo que se hace imprescindible volver a su aldea. Pero en el camino se topará con dos aventuras. No hay nada como armarse caballero para que de pronto se pueblen los caminos de seres desvalidos, como el mozo Andrés, a quien su amo mantiene atado a un árbol para mejor azotarlo por haber dejado varias veces que se perdieran (se podría entrecomillar el verbo) las ovejas que debía guardar. A los ojos de don Quijote, es un débil vapuleado por otro más fuerte y como eso no lo puede sufrir, logra el compromiso del amo de no tratar así en lo sucesivo a Andrés, pero, en seguida que el caballero retoma su camino, el amo y el mozo vuelven al punto exacto donde los encontrara don Quijote. A continuación topa con unos mercaderes a quienes reclama que alaben la belleza sin igual de Dulcinea, emperatriz de la Mancha; la socarrona actitud y la reticencia a hacer lo que se les ordena desatar de nuevo la ira de nuestro protagonista, que unida a la torpeza de su montura Rocinante, da con ambos en tierra. Esta circunstancia propicia que los mercaderes le golpeen cuando le ven en el suelo.

Op. cit., pp. 51-57.

Temas etnográficos:

El hato. Los contratos y pagos a criados y pastores. Nuestra Señora de la Tramposa. El huso. Los trabajos de hilar lino y lana.

Un labrador (el amo) azota a un muchacho porque ha tenido poco cuidado con el hato, el rebaño. En algunos pueblos zamoranos se llama hato al lugar donde el gañán, el mozo de mulas que ara, deja sus alforjas mientras trabaja, o también el lugar donde los segadores dejan la comida o la bebida (el “aguacuba”) mientras siegan, al “arrimo” de una sombra. También, como vemos en El Quijote, el hato significa una porción del rebaño de ovejas. El muchacho “es mi criado (dice el amo) que me sirve de guardar una manada de ovejas que tengo en estos contornos, el cual es tan descuidado, que cada día me falta una y porque castigo su descuido, o su bellaquería (porque el amo sospecha que se las roba y negocia con ellas), dice que lo hago de miserable, por no pagalle la soldada que le debo y en Dios y en mi ánima que miente”. La relación entre amo y criado joven siempre era difícil, tanto en el siglo XVII como en la primera mitad del siglo XX. En ambas épocas hay muchas similitudes. El contrato estaba establecido en “nueve meses a siete reales cada uno”…  pero que “se le habrían de descontar y recebir en cuenta tres pares de zapatos que le había dado, y un real de dos sangrías (hechos por un cirujano o barbero) que le había hecho estando enfermo”, y además, por lo que se desprende de la narración,  le descontaba los días perdidos, los objetos que rompía y los animales que extraviaba, voluntaria o involuntariamente. Tanto en el siglo XVII como en el siglo XX, el criado no recibía el dinero al comenzar el ajuste con el amo, como es lógico en cualquier contrato de trabajo, lo recibía al final del ajuste. En este caso a los nueve meses. Pero durante ese tiempo, el criado tenía necesidades que debía pagar con dinero, para ello el amo le adelantaba esos gastos. La suma final de gastos durante el periodo de ajuste se restaba al dinero ajustado, y llegaba el caso que ¡¡el criado debía pagar al amo!! porque se había excedido en los préstamos. En algunos pueblos de Zamora, la fiesta de la Virgen de Septiembre, el día 8, se solía llamar “Nuestra Señora La Tramposa” o “la Virgen de La Tramposa”, porque muchos ajustes acababan en esas fechas y los criados debían saldar sus deudas, tantas que superaban el sueldo que tenían que recibir.

El capítulo continúa con la aventura, mejor dicho, desventura de los mercaderes toledanos, a los que acompañan “cuatro criados a caballo y tres mozos de mulas a pie”. Como vemos, en el rol de criado también había clases, unos iban a caballo y otros a pie. Al margen de lo acontecido, se hace mención del huso, instrumento fundamental en la labor de hilar. Es una alusión al instrumento donde se compara la esbeltez de Dulcinea del Toboso con los husos de la sierra de Guadarrama, porque la madera de haya con la que están hechos los hace famosos. El huso es alargado, puntiagudo por arriba y un poco grueso por abajo, para que tenga peso y se pueda “voltiar” constantemente. Así se va enrollando el hilo que se saca de la rueca, un palo donde se sujeta la pella de lana, la manilla, o de lino, el cerro, que se pretende hilar. Si era lana, los “vellones” habían sido lavados y rastrillados. Si era lino, llevaba un proceso muy largo: ripar, mazar, “espadiar”, rastrillar… Las pellas de lino, “los cerros”, o lana, “las manillas”, se colocaban en la rueca y se hilaba con el huso, y una vez hilado se hacía madejas en la devanadera…