Elena Poniatowska LP 6

Elena Poniatowska

Elena Poniatowska Amor, hija de padre francés de origen polaco, Jean E. Poniatowski, y madre mexicana, Paula Amor, nació en París, en 1932. Primera mujer en recibir el Premio Nacional de Periodismo, entre sus obras se cuentan “La Noche de Tlatelolco”, un clásico desde su publicación, al que se le otorgó el Premio Xavier Villaurrutia que rechazó preguntando quién iba a premiar a los muertos. Sus novelas y cuentos son “La flor de lis”, “De noche vienes” y “Tlapalería”, “Paseo de la Reforma” “Hasta no verte Jesús mío”, la vida de una soldadera mexicana, “Querido Diego, te abraza Quiela”, “Tinísima” ganadora del Premio Mazatlán (1992), “La piel del cielo”, ganadora del Premio Alfaguara de novela 2001 y “El tren pasa primero”, sobre la vida de los ferrocarrileros mexicanos, Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos (2007). “Leonora” obtuvo el Premio Biblioteca Breve Seix Barral (2011). “El Universo o nada” (2013) es la biografía del astrofísico Guillermo Haro. “Rondas de la niña mala” es su primer libro de poesía, y cinco libros de cuentos para niños. “Boda en Chimalistac”, “La vendedora de nubes”, “El burro que metió la pata”, “Sansimonsi” ilustrado por Rafael Barajas El Fisgón y “El Niño Estrellero” por Fernando Robles.

Traducida a veinte idiomas, “Gaby Brimmer” y “Las mil y una, la historia de Paulina” abordan problemas sociales. Tras recibir doctorados Honoris Causa de la UNAM y de la UAM, le fueron otorgados los de la Universidad de Puebla, de la de Sonora y del Estado de México, de la de Guerrero, la de Chiapas y la de Puerto Rico. También recibió el New School of Social Research de Nueva York, Manhattanville College y la Florida Atlantic University en los Estados Unidos y en Paris 8, La Sorbona y en Pau-Pyrénées, así como el premio Mary Moors Cabot de periodismo en la Universidad de Columbia, Nueva York (2004) el de la Universidad Complutense, Madrid (2015), la Legión de Honor Francesa a título de oficial, el “Gabriela Mistral” de Chile y en 2006 el “Courage Award” de La International Women’s Media Foundation. El 19 de noviembre fue nombrada Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes 2013.

Fuente: http://www.fundacionelenaponiatowska.org/biografia.html

 

“CANTAR DE ESPEJOS DE CLAIRE JOYSMITH”

Hace años que la doctora Claire Joysmith se ocupa en el Centro de Investigaciones sobre América del Norte, de la UNAM, de la escritura de las chicanas que en cierta forma le deben su reconocimiento en México. Claire las ha traducido, las ha antologado, las ha apoyado, las ha estudiado a fondo y las ha convertido en una familia de mujeres. Su inteligencia y su lealtad las coloca en un pedestal en el que ellas, a su vez, le rinden tributo a sus raíces y al país de sus ancestros, México. La novela “La casa en la calle de Mango”, de Sandra Cisneros, ha sido traducida a 17 idiomas y Sandra disfruta de un prestigio que la hace viajar hasta China. Sandra Cisneros iza en la frontera entre México y Estados Unidos un asta bandera de las que cuelgan dos nacionalidades tricolores. Las escritoras chicanas cruzan la frontera y la transforman en un pasaje de ida y vuelta por la que avanzan muchos pueblos con fisionomías distintas, múltiples tradiciones y entrañables costumbres culturales.

Esa franja entre México y Estados Unidos es la franja de la supervivencia.

Las 23 poetas chicanas reunidas en el libro de poesía testimonial chicana femenina bajo el título de “Cantar de espejos” demuestran que la frontera es un río inagotable de cantos creativos, de voces que todo lo resisten y de esencias mexicanas indelebles. Para las chicanas, las palabras son como las balas en las carrilleras que los soldados de la Revolución Mexicana cruzan sobre su pecho. También son una forma de ir de un lado a otro, de la orilla mexicana del Río Grande a la orilla norteamericana del Río Bravo y contar la historia de estas dos orillas en las que han muerto tantos mexicanos pobres.

Las chicanas rescataron a los muertos y crearon, con su grito, una nueva voz que nos estremece, un lenguaje único que zumba en nuestros oídos y lleva dentro la fuerza de un México que casi ya no existe pero que ellas conservan como una herida que no quiere cerrar o como un rencor que alimentan con sus palabras. Facundo Cabral, antes de que lo asesinaran en 2011 en una calle de Guatemala, solía cantar: “No soy de aquí ni soy de allá” pero las chicanas afirman que son de aquí, de México, y de allá, de San Francisco, de Santa Cruz, de Chicago, de San Antonio, de Florida, de Galveston, de del Paso, de Alburquerque, de Los Ángeles, de Benavides, Chihuahua, de Jáltipan, Veracruz. Escuchan el tambor interno de ambas tierras, el corazón que late de los dos lados del río, los sollozos de La Llorona y los cantinflismos de Mario Moreno, el cómico genial que supo asestarnos una nueva forma de incomunicación. El inglés y el español son las dos caras de la misma moneda y aunque Gloria Anzaldúa dice que las chicanas no son ni hispanas, ni mulatas, ni indias, ni negras españolas, ni gabachas, son mestizas y han encontrado para todas nosotras las latinas un nuevo modo de ser “humano y libre” como lo pedía Rosario Castellanos.

Sin la paciencia y la devoción de la doctora Claire Joysmith probablemente no tendríamos el conocimiento de la literatura chicana de las mujeres que hoy disfrutamos. Claire se dedicó a traducirlas y a darlas a conocer. Hace años, en Tijuana se hizo un primer encuentro entre escritoras chicanas y mexicanas y el resultado no fue tan alentador como habría de serlo a partir del interés de Claire y otras académicas que se pusieron a estudiar en serio la aportación de las creadoras en el lado norteamericano de la frontera.

Claire Joysmith incluye en su antología el poema de Berenice Zamora, que vive en Colorado, y es considerada por la crítica como un clásico de la literatura chicana. Su primer libro fue “Restless Serpents” publicado en 1976.

¿ACEPTAS POR?

Con que quieres casarte conmigo,
lavarme la ropa, limpiarme la casa,
pasar a máquina mis trabajos, amarrarme las agujetas,
planchar mi ropa y cocinar para mí.

Con que sería para ti un placer
hacerle de esposa a esta mujer.

No, querido.

Yo jamás le pediría
eso a otro
ser humano.

¿Alguna escritora mexicana ha dejado de cumplir con la orden de “toma chocolate, paga lo que debes”? Desde Rosario Castellanos hasta la fecha, las escritoras mexicanas tenemos tendencia a sentirnos víctimas, a repetir que nadie nos ha hecho justicia, a recitar al lado de Rosario la “Lamentación de Dido”. Las chicanas, en cambio, se celebran a sí mismas, gritan a los cuatro vientos que nadie las va a engañar, no tienen pelos en la lengua, no le rezan al dios crucificado sino a la Virgen de Guadalupe y la pintan con zapatos de tacón alto y falda corta. Recuerdo una tarde la sorpresa que me causó Gloria Anzaldua al oír su voz fuerte presentándose a sí misma: “I come from a minority, my parents were Mexican, I live on the border and I am a dyke”.

Las chicanas son mexicanas, estadounidenses, son de muchos países. Poseen una confianza en si mismas y una bravura que no se encuentra en otros. Abiertas y sin miedo dicen las cosas como son, no se esconden tras un rebozo, no hay máscaras para ellas. Sus letras son la libertad andando porque no saben de prohibiciones. Supieron imponerse al racismo y a la discriminación. Las mexicanas nos recogemos sobre nosotras y somos lo que otros quieren que seamos. No sabemos cruzar barreras.

La literatura chicana surge de la clase obrera, los temas son el trabajo, las aventuras para seguir viviendo, la lucha para salir del paso. Los relatos chicanos reflejan las vejaciones y las privaciones a las que son sometidos hombres y mujeres, el conflicto entre las clases sociales, el desengaño y las propias turbaciones. Finalmente podría verse la literatura chicana como una literatura del desarraigo y el disloque después de la apropiación de Estados Unidos de todo el territorio norteño pero no, es una literatura que muriéndose de hambre, impone su linaje y se parece más que ninguna otra a la raza de bronce que alguna vez ponderó José Vasconcelos.

Las escritoras chicanas no se parecen en nada a la idea que tenemos de un escritor: sentado en su escritorio, en espera de que la inspiración llegue por decreto divino y de la señal. “Ahora es el momento, escribe”. En una entrevista, Sandra Cisneros dijo: “Hago muchas otras cosas, hay que planchar, pagar las cuentas, (…) cuando llego a México surge la creatividad, me siento feliz y comienzo a tener una idea tras otra. Estoy contenta en la tierra de mis orígenes…” En el país de los “bolillos” como llamaba Frida Kahlo a los gringos no les dio miedo ni pena hablar de su sangre mexicana, y mostrarse más orgullosas de su orígen que nosotras mismas. Tampoco olvidan, su pasado, el de sus padres, el de sus abuelos que aparece en su escritura y brota como un gran chorro de sangre.

Lorna Dee Cervantes es una reconocida poeta chicana que lleva consigo su historia indígena, la vive y la repite en el poema “Bajo la sombra de la autopista” en el que nos cuenta como su abuela regaba los geranios, y ella, Lorna Dee recurrió “a los libros, esos hombres fieles, rectos” y se convirtió en escribana. Sabe que en California “durante el verano los cenzontles cantan toda la noche (…) y no abandonan a sus familias para ir a emborracharse. Nos pasa a todas las que estamos aquí presentes, el de consejo su abuela de sólo confiar en lo que hacemos con nuestras manos. Me atrevería yo a añadir también con nuestra cabeza y nuestro corazón.

FIN