Marieta Alonso Más LP 6

Alonso Más, Marieta

Marieta Alonso Más. Nace en Cuba en 1949. Hija de dos culturas, vive en España desde 1971, donde se licenció en Geografía e Historia en la Universidad Complutense de Madrid, en la especialidad de antropología americana. Sus cuentos han sido publicados en diversas revistas y antologías, como La Isla (2014), Revista Groenlandia (Córdoba, 2013), Futuro imperfecto (Madrid, 2012), Revista el Humo (México, 2010), Jonás y las palabras difíciles (Madrid, 2010), Apenas unos minutos (Madrid, 2007) y Cartílagos de Tiburón (Madrid, 2005). Su primer libro ¿Habla usted cubano? lo publicó en abril de 2013. Entiende la escritura como una necesidad, por lo que desde hace algún tiempo lleva su propio blog.

EL SABOR DE LAS LÁGRIMAS

Me quedé soltera, pero no por desidia. Desde los doce años comencé a buscar al hombre de mi vida. Mi primer novio fue un compañero de primaria. Le mandaron a estudiar a otra ciudad y todo acabó. Nos dijimos adiós con un abrazo. Esa fue la primera vez que sufrí por un desamor. Ochenta y cinco lágrimas contadas derramé.

El segundo era del instituto y otra compañera más espabilada me lo quitó delante de mis narices. No pude evitar que sobre mis mejillas resbalaran ochenta y cuatro lágrimas.

El tercero fue un amigo de mi hermano que con gran delicadeza me dijo que a quien amaba locamente era a él. Me senté a llorar y conté ochenta y tres lágrimas.

Con mi novio trigésimo sexto hubiese querido compartir su vida, pero a él no le interesaba la mía. Solo quería y buscaba sexo. Como soy tan bien educada le agradecí mucho todo lo que me enseñó.

Mis novios y mis lágrimas fueron desencadenándose a un ritmo cada vez más vertiginoso.

El que ocupó el puesto cuadragésimo tercero se quiso casar conmigo, habló hasta con mi familia. Ese mismo día subido en su coche, me lanzaba besos, y diciéndome adiós se estampó contra un árbol. No quiero pensar que se haya suicidado por haber hablado de más.

Al verter diez de mis lágrimas por mi novio septuagésimo quinto me percaté que ya las gotas no tenían ese sabor tan salado, ni desprendían reflejos de desesperación ni mi corazón se arrugaba. Todo era más tenue. Cinco lágrimas más tarde hice un recuento de mi vida y me di cuenta que se me había pasado el arroz para llevar traje de novia. Nunca tendría esas fotos donde mi minuto de gloria se viera reflejado en la cola del vestido, esparcida por la escalinata de la iglesia o tirando al aire mi ramillete de orquídeas.

Hoy, con la última lágrima vertida, no sé cómo hacerles saber a todos mis novios lo agradecida que les estoy de no tener que llamarles marido. No he sacado nada productivo de mis hombres, salvo el placer, que es incontable, pero de ese tema prefiero no hablar, de momento.

© Marieta Alonso Más

MUJER DESESPERADA

No estaba muy contenta con Dios.

A sus cuarenta años aún le seguía rogando que le diera descendencia. Él debía de saber que ella era una buena cristiana, que confiaba en él, que sin su ayuda no era capaz de salir adelante. Parecía sordo.

Se casó con veinte años. Su ilusión: una docena de hijos. Todas las noches pedía lo mismo en sus oraciones.

Mira que se esforzó. A todas horas. Hizo de la máxima “ora et labora” su guía de conducta. Dios no la escuchó y los hijos no llegaron. Lo que hizo Dios fue llevarse al marido en un accidente.

Se volvió a casar. Nada. A Lourdes se acercó; a Santa Casilda fue; se sometió a una veintena de tratamientos en las mejores clínicas. Nada.

Al parecer tanto esfuerzo agotó al segundo marido y una mañana no despertó. Tanta desventura la sumió en una profunda melancolía. Dejó de rezar, dejó de ir a misa, se quejó amargamente ante Dios por no haber escuchado todas sus plegarias.

No volvió a salir. En pie al amanecer desayunaba, leía, bordaba, comía, cenaba, dormía y otra vez de nuevo. Y así pasaron los meses. La servidumbre no sabía qué hacer para devolverle la alegría de vivir. Al llegar las fiestas de Navidad les conminó a que se fueran con sus familias. Ella prefería quedarse sola en casa.

El día de Navidad cayó en domingo, se levantó como siempre y estaba desayunando cuando oyó el timbre. ¿Quién podría ser tan temprano? A lo mejor era su cocinera que no se resignaba a dejarla sola. A regañadientes se acercó a la puerta, miró por la mirilla. Nadie. El timbre volvió a sonar. Ella volvió a mirar. Nadie. A la tercera llamada abrió antes de que el timbre dejara de sonar. Nadie. Sintió un roce en el tobillo. Al abrir aquel enredo de telas supo que era su regalo de Navidad. Un niño precioso le sonreía. Lo tomó en brazos y lo atendió con una práctica que a ella misma le sorprendió.

Llamó a la Comisaría, a Protección de Menores, al cura de su Parroquia. El primero en llegar fue el sacerdote y ella le pidió que bautizara al pequeño, no fuera a ser que se lo quitaran y consideraran “no necesario” administrarle el Sacramento. Y como la cosa más natural del mundo se le llamó Jesús.

Con el barullo de las fiestas las autoridades consideraron pertinente que se quedara con el niño hasta que se decidiera su suerte. Feliz, lo aceptó de inmediato. Los días de esa semana fueron los mejores de su vida. Entretanto tejió la urdimbre necesaria entre sus destacadas amistades para quedarse con el pequeño.

Su sorpresa fue mayúscula cuando al domingo siguiente sucedió lo mismo. La única diferencia visible fue que esta vez era una niña: María. Volvió a darle gracias a Dios.

Y así cada domingo fue una réplica del anterior. Cincuenta y dos domingos en el año, cincuenta y dos bebés.

Al llegar de nuevo la Navidad rodeada de todos sus vástagos, se arrodilló ante el pesebre, ante una imagen del Sagrado Corazón, ante San Judas Tadeo, Santa Rita de Casia, la Virgen de Lourdes, Santa Casilda, la Milagrosa, ante todos los que había estado molestando con sus rogativas para pedirles que parasen, que ya se sentía más que satisfecha, que no podía más, no tenía espacio, no tenía manos, no tenía aliento.

Y se oyó una voz:
-Tranquila mujer. No habrá más entregas. Solo quería que supieras que todas tus oraciones fueron escuchadas, atendidas y procesadas. Y todo esto requiere: tiempo.

© Marieta Alonso Más