Mariana García Luna LP 6

García Luna, Mariana

(Ciudad de México, 1974). Es escritora y correctora de estilo. Cofundadora del grupo Escritores Independientes Capítulo Monterrey (EICAM). Autora de los libros: Frutario. Cuentos de frutas, amor y desamor, Cuentos del más allá, para vivir en el más acá y La hora del té. Cuentos líquidos. Su columna Las cosas que nos inspiran se publica actualmente en la revista BCM Woman. Imparte clases de escritura creativa en el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey (MARCO). Próximamente su novela Cuentos del más allá, para vivir en el más acá será publicada por la editorial Penguin Random House.

 

EL CORDÓN DE PLATA

Alba mantiene los ojos cerrados. Le da miedo abrirlos y descubrir la verdad.

Su cuerpo reposa bajo las sábanas de mil hilos de algodón egipcio. El satín de los cojines dorados brilla en la obscuridad: la luna se filtra por la ventana abierta. Martín descansa profundamente de su lado de la cama, de su kilométrica cama, un continente de telas finas y acolchadas los separa. Siente una combinación entre ternura y desilusión: el cúmulo de años. Sin pensarlo más regresa la mirada hacia el cordón de plata que súbitamente apareció ante ella momentos atrás. Decidida, se sostiene con fuerza, pero algo dentro de sí, una especie de voz muda le dice que no es necesario. Comienza a deslizarse suavemente hacia arriba. Su piyama de seda azul y su largo cabello oscuro ondulan con delicadeza. Una felicidad que no sintió ni cuando recibió el primer “Te amo” de Martín, ni cuando se casó, ni cuando nació Valeria, ni cuando de niña sus padres la llevaban al rancho a montar a caballo, ni siquiera cuando recibió el caluroso aplauso de una multitud después de aquella conferencia que dio en Sevilla, le llena el corazón, o el alma, o el espíritu, no puede definirlo, está confundida. En su ascenso la dicha aumenta sin que ella se lo proponga, ni siquiera tiene que pensarlo, se abandona a ese momento, por fin entiende lo que es fluir. El cordón plateado parece interminable, pero es lo de menos; ¿a quién podría importarle el largo del trayecto experimentando tal éxtasis?… Y los días y las horas y los minutos y los segundos y los años y los siglos y los milenios pasan, y Alba sigue subiendo y el gozo no tiene fin. La noche, ya sin luna y estrellas, la rodea, sólo la luz del cordón la ilumina; hace mucho, mucho que perdió de vista su mansión, con sus fuentes, sus majestuosos pinos y cercas bordadas de buganvilias. Pero no tiene miedo; está en medio del vacío y se siente más plena que nunca. Lo había ansiado tanto, más que otra cosa en su vida. Lo había logrado todo, lo había conseguido todo, lo tenía todo y sin embargo, no encontraba cómo colmar ese hueco que a cada nada le arrancaba un suspiro y del que Martín sospechaba. Sus ruegos habían sido al fin escuchados. Y su corazón, o lo que queda de él, o el lugar que alguna vez ocupó, se acelera cuando entiende el propósito de su elevación: está a punto de conocer a Dios. Y la dicha no cabe en ella, es inexplicable, no existe en el mundo un adjetivo capaz de expresar con certeza lo que está experimentando. El final del cordón de plata se vislumbra, siente que va a estallar de placer; de pronto en aquel silencio de paz el ruido de su nombre se deja oír: “Alba”. El cordón de plata, que hasta entonces se había mantenido firme, se mueve. Alba resbala, intenta sujetarse con fuerza del cordón, pero sabe que eso es inútil: el descenso es inevitable. Y la voz que repite su nombre no deja de llamarla desde abajo, lo hace amorosamente, pero Alba desearía que se callara. La voz insiste. Alba se abandona al dulce sonido, no puede resistir más.

Los mil hilos de algodón egipcio la abrazan. Se da cuenta de que está de nuevo ahí. Aunque mantiene los ojos cerrados, sabe que el cordón de plata no estará más. Teme que todo haya sido un sueño. Se arma de valor.

Abre los ojos. Muy quedito escucha dentro de sí esa voz que amorosamente la llamó durante la noche, que la jaló hacia abajo, que la trajo de nuevo a su hogar, a su cama, al lado de su marido. “Alba, te amo”. Una sonrisa le ilumina el rostro. Ahora sabe que Dios siempre ha estado con ella.