Ulises Liñán LP 6

Liñán, Ulises

Norteño mexicano. Latinoamericano. Un escritor mexicano, norteño, David Toscana dijo: «La historia narra lo que pasó; la literatura lo que está pasando». Es por eso que somos adictos a la literatura. Nos comprendemos, nos descomprendemos, nos perdonamos y condenamos. Mi deseo de hablar con personas que no conozco me invitó a escribir y a esperar a que alguien lea lo que escribo. Es un juego de dejar tus pistas y agarrar las de otras personas. Lo que leemos es parte del mapa que te lleva a un lugar, al que siempre deseaste, sin importar la ruta, sea la más larga o la más corta, con los libros es seguro que llegarás. He tratado de vivir según lo que leo, errando en la mayoría de las veces.

#MILLENNIALS, #GUADALAJARA, #«BIEN MUCHO» #I’M AN ALBATRAOZ

La ignoraba. Después de cuatro Indios ya conversábamos. Me pareció muy lúcida para su edad. Pero me dije que sólo era su belleza la que me hacía dotarla de talentos que quizás no tuviera. Le hablé de Monterrey y de software. Me escuchaba con atención; también le platiqué un poco de mí.

Me confesó que era becada por una empresa local (José Cuervo) que apoya a los artistas locales; que tenía casi dieciocho años, que los cumpliría el nueve de septiembre; que era poeta o que intentaba serlo; y que jamás había hablado con un regio. Me mostró su libreta y sentí envidia de su trabajo. Le aplaudí sus poemas y me negué a decir más: sólo soy un ingeniero, mi opinión habría sido ociosa.

Me invitó a bailar. Pidió dos cervezas más y salimos del York Pub. Caminamos bebiendo sobre Chapultepec hasta llegar a la calle Libertad donde había un edificio cuya planta baja era un restaurante español, y donde su departamento estaba en el penúltimo piso. Me invitó a pasar. Sentí envidia de nuevo: su departamento emanaba arte y libertad. Me senté en el sofá y continué con mi cerveza. Se movía de un lado a otro buscando prendas. Vi una pintura, no sé por cuánto tiempo, pero cuando volví mi atención a ella, ya estaba en ropa interior buscando algo que ponerse. Era ropa interior de una mujer plena, sin inseguridades, y no la ropa interior medianamente sexy que mamá le comprara a regañadientes. Me levanté, abrí una ventana, asomé el torso y encendí un cigarrillo. Tenía miedo, me sentía como si fuese yo el menor de edad y ella la de veinticinco años. Me tomó del codo y dijo: “Lista, vámonos”. Salimos del edificio, y caminamos sobre Chapultepec, ella abrazada a mi brazo derecho. Llegamos a un antro y entramos sin que nos hiciesen preguntas y sin que nos pidiesen el IFE. Dentro del antro hablamos por dos horas y bailamos sólo por cincuenta minutos.

Regresamos a su apartamento. Hablamos por una hora más, creo. Desde que nos empezamos a besar hasta que nos desvestimos oí un murmullo, cada vez más fuerte. Sus acciones y palabras estaban preñadas con algo. El murmullo aumentaba y aumentaba… de pronto advertí que en su mente narraba una historia, que me narraba… me sentí un fantasma, un simulacro; me sentía irreal; el cuarto giraba, sentí vértigo, y me alcé de la cama…

—¿Qué pasa, todo bien? —me preguntó.
—Sí… todo.
—Tranquilo, no te voy a demandar… —negué con la cabeza y me acerqué a ella— Bueno —continuó—, sino lo haces bien, tal vez.