Evaristo Espadas LP 6

Espadas, Evaristo

Soy mexicano nacido en Yucatán, y al emigrar a Tabasco crecí entre estos dos lugares llenos de historias y leyendas. Recuerdo que escuchaba los relatos de mi familia y de la gente del pueblo que me llenaban de una riqueza visual y me iba a dormir con los primeros destellos de sueños lúcidos. En mi casa nunca faltaron los libros y al leerlos siempre me quedaba la idea de escribir sobre lo que yo escuchaba, soñaba o inventaba. Llegue a Monterrey para estudiar una carrera universitaria y cumplí mi objetivo, pero como no estaba dispuesto a enterrar mi inquietud de contar aquello que en mi mente se dibujaba tomé talleres de fotografía, pintura y guión de cine. En mi búsqueda llegué al taller de Mariana García Luna donde aprendí cómo narrar correctamente y que las imágenes tengan sentido a través de la escritura de relatos, cuentos e historias.

LA DUCHA ETERNA

Kike decía que la ducha, como el sexo, pertenecía a esos placeres en los que no se debía escatimar el tiempo. No aceptaba la idea de que algunas personas tardaran cinco minutos bañándose y salieran como si hubieran sido purificadas.

Un día, a contra reloj y frenando el impulso de seguir su ritual, no puso música, ni escogió su ropa con anticipación, mucho menos la prenda interior que combinara con todo, ni los zapatos. Quería probar que nadie quedaba pulcro en poco tiempo. Se desvistió de inmediato y tomó una toalla de consistencia suave que, al menor movimiento de las fibras, desprendía un olor a flores.

Entró al baño y asentó la toalla. El espejo reflejaba angustia y desesperación pues no sonaba melodía para hacer algún paso de baile o cantar el éxito del momento. Maldijo a la señora que aseaba la casa porque las lociones y las cremas estaban junto a la pasta dental y el cepillo de dientes del lado de los peines. Miró la taza del baño, se sobó el vientre y descartó la idea de sentarse. Un giro en la manija bastó para que abruptamente las gotas salieran de sus agujeros. No usar agua caliente le ahorraba pasos y en plena canícula era delicioso tomar la ducha fría. La lluvia lo envolvió humedeciéndole la piel, pero la cuenta de cada segundo que pasaba lo tenía inquieto, sin embargo no podía ver la hora porque el celular lo había dejado a propósito fuera de su alcance. Sonrió orgulloso al evitar esos retrasos. Repasó mentalmente y eligió uno de los tres champús que tenía; a punto de usarlo recordó el jabón líquido, todo en uno, que le regalaron en una de sus compras; era una buena oportunidad para probarlo, además, que el intercambio entre jabones ahorraría minutos. El aroma a lavanda y menta perfumaron cada rincón y los poros absorbieron descaradamente la frescura. Se agobió porque lo resbaloso de su cuerpo, por más que lo frotara, no desaparecía. Se dio una última enjuagada y cerró la llave. Estiró la mano lo más que pudo para alcanzar la toalla que no había colgado cerca como acostumbraba; sin poder evitarlo, patinó y se golpeó la cabeza en el inodoro. Kike, al parecer, lo había logrado. Fue la ducha más corta que pudo haber tomado y, a la vez, la más eterna.