Gerardo Javalera Beltrán LP 6

Javalera Beltrán, Gerardo

Gerardo Javalera Beltrán, es Licenciado en Ciencias de la Comunicación egresado de la Universidad de Sonora en el año del 2009. De sangre Yaqui pero de corazón Mayo, radicado en la comunidad del Bacame Nuevo municipio de Etchojoa, Sonora… Actualmente labora como Oficial del Registro Civil en la localidad de Bacobampo, Sonora…. Desde niño ha escrito cuentos, relatos y crónicas en donde ha participado y ganado muchos de los concursos internos de las escuelas y de la misma comunidad y municipio donde radica…. Fotógrafo, dibujante y músico de afición, entre otros talentos, además de la escritura, son algunas de las cualidades artísticas con las que cuenta y que ha desarrollado a través de su vida…

En el 2007 publicó el libro “La vida de un Guerrero” que es una semblanza del señor Manuel Guerrero Mendoza (+), quien fuera como un padre para Gerardo… En el 2014 publicó otro libro con recursos propios de nombre “Ecos de mis noches mágicas” que es un conjunto de relatos, poesías, crónicas y reflexiones sobre las cosas maravillosas que suceden por las noches… Entre otras colaboraciones, participa como columnista de opinión en diversos portales periodísticos del Estado de Sonora y, por primera vez, participa en la revista “La Palabra: revista de literatura y cultura hispanense”.

EL ÁRBOL NEGRO

El Molacho; siempre la hizo de chacalón y para ser sincero tenía estilo el chavalo, desde que recuerdo era así, muy acá, aventado y verbero, porque eso sí, nadie se quedaba sin sus netas. Un pantalón de mezclilla roto, un jersey de los yanquis y unos converse recién transados de algún changarro era todo lo que ocupaba para vestir.

Tenía cara de lobo, cabello largo y unos ojos muy vivos. Desde muy chico tenía quebrado un diente, pero lo más raro era su desapego a todo, tanto a la gente como a las cosas mismas, un toquecito y una rolita y eso era todo. Muy conocido en los barrios y en los poblados cercanos y para ser sinceros, era buen jugador de futbol, desde que nació ya tenía estrella porque sus hermanos también traían lo suyo, de tal manera que cuando el chavo se dio color ya era el “Molacho” y pues había que hacerle honor al nombre de la familia, al cabo ya venía encaminado.

Cuando tenía como doce o trece años ya era muy conocido y con fama de cero balcón al principio, cuando pensaba que por joven no iba a probar la dureza de dos o tres batos y simón, hasta que lo fueron ablandando como a todos, pero a veces lo sacaba a flote el verbo que tenía, con el que igual enredaba a una que otra chamaquita.

A mediados de los noventa ya era figura de cajón en la lista de buenos jales, porque desde entonces le daba por robar autos y sin saber manejar bien, el caso era que se dieran cuenta que estaba pesado aunque lo vieran muy chico. Siempre fue traga años y además le gustaba tirar el último verbo, el que decidiera y si no era así, pues órale camaradas, ahí se la echan porque yo hasta aquí, claro que los demás no aceptaban fácilmente porque lo veían de a tiro morrillo, pero era peligroso irse con la finta y más si andaba bien foqueado.

Llegaba al bote como a su propia cantona, porque como todos los del ambiente ya estaba acostumbrado a cosas peores, como aguantar el hambre todo el día, porque habiendo motita ni quien se acuerde de comer. Recuerdo que me decía: – ¿sabes que bato? Se siente bien machín cuando andas acá, bien al tiro y sacándole alucine a cuanta cosa se aparece. Desde morro te acostumbras al olor y a la raza, a la pesadez de algunos cabrones que te sacan la inocencia a chingazos los putos y pues no queda más que aguantar que ya te tocará cobrártela, pero de eso no se habla aunque sea un secreto a voces.

No tenía buena imagen de las mujeres, eran algo pasajero, algo que se usan un rato y nada más, lombrices decía cuando le reclamaban algo y aunque dos o tres le tiraban la onda, siempre se encontraban con el corazón duro de este cabrón.

Desde que cayó al bote la primera vez por un jale que se aventó, ya traía ese aire de perdonavidas y truchas, porque llegó este morro acá, así flaquito y chapito imponía respetillo. Poco a poco se ganó el reconocimiento de todos cuando lo vieron jugar futbol, porque era cosa de verlo trotar en la delantera, fintar el pase, ubicarse en el área, desmarcarse y buscar el gol. Nunca se engolosinaba y siempre calmadamente y con sangre fría daba el toque final a la red.

El futbol, el verbo que manejaba y sus acciones le dieron un aire de legendario desde entonces, porque decir el “Molacho” todavía impone, aunque algunos se pasan y dicen que era puro balconcito, pero nada de eso es cierto, eran solo ganas de joder porque nunca la hicieron derecho con él.

La vida en prisión es bien rutinaria, la formación, los mismos trabajos mal pagados, las mismas miradas y la esperanza rota por la certeza de que al salir es únicamente un cambio de reja, pues la verdadera libertad no existe. La última vez que cayó al bote, tranquilamente y hasta sonriendo subió a una perrera de la judicial. Al fin y al cabo regresaría al lugar acostumbrado, con la misma raza con su verbito queriendo imponerse en su mundo, en su puto mundo, así nomás con puro verbo, sin darse cuenta que el verbo cansa, lo malo era que ahí sí, poca mota, cero loquera y como que las rolas ya no se escuchaban igual, no había mas que el futbol y le puso, se sublimó en el área de a pechito, sombreritos, medias vueltas, cañonazos y la finta que dejaba embarrados a mas de tres y parado frente al portero soltaba un tiro a quemarropa. Pero aun así llegaba la nostalgia, no tanto del cantón si no del barrio mismo, de los compas, la mota, el cotorreo y los movimientos turbios.

Tenía como 28 años cuando salió del bote, nada más de verlo se sabía que era cabrón y es que tanto encierro acaba, aniquila poco a poco y sin darse cuenta, al final se te secan lo sentimientos y únicamente percibes un sabor amargo en todo lo que antes experimentabas de otra manera, lo que te queda es la loquera, seguir flotando en la realidad de la irrealidad, pues lo único que pueden ofrecerte son palabras y chale, para verbo ya era bastante y nada cambiaba.

Por eso no fue raro que una vez que salió del bote se puso a jugar futbol, qué le duraban los equipitos, otra vez llegó la gloria y volvió a ser el rey de la delantera, el amo y señor del área, de los goles, de los trofeos y reconocimientos totalmente inútiles después de todo porque a nadie le importaban. Lo bueno era que podía conseguir la codiciada hierba y así todo se volvía interesante otra vez, las cosas agarraban su dimensión nuevamente.

Nunca pudo reponerse del encierro, de casi diez años ininterrumpidos de nada, de un vacío total que ya no llenaba la loquera, la reja se había ensanchado interminablemente, las caras aburridas lo asaltaban en las calles, las miradas grises de la gente cabrona que le sacaban la vuelta y el saber que la vida ya no sería la misma de antes, lo hacían deprimirse muy seguido.

Todas las tardes se iba a sentar debajo de un árbol negro a las orillas de la ciudad, con unas rolitas y un cigarrito de mota, para qué quería más. Ya por las noches regresaba con la mirada ida. Serio y ya no tanto con la cara de cabrón como antes y es que ya no era el mismo.

Un día lo encontraron tirado debajo de aquel árbol negro con un balazo en la cabeza, muchos dicen que lo asesinaron, pero la verdad es que si alguien le disparó, lo hizo solamente sobre un cadáver,  pues  en realidad el “Molacho” ya estaba muerto en vida desde hace mucho tiempo y sin darse cuenta. Ojalá que al momento de morir, haya estado escuchando unas buenas rolitas, planeando alguna jugada de futbol y con su cigarrito de mota, eso era lo que más le gustaba…