Leonor Herrera Osorio LP 6

Herrera Osorio, Leonor

Nací en Poza Rica, Veracruz. Estudié Contador Público Auditor en FACPYA (Facultad de Contaduría Pública y Administración) en la UANL. Desde pequeña me gustó escribir, escribía comentarios o relatos sobre las películas que veía o cualquier situación que llamaba mi atención era el pretexto para desahogarme y plasmar mis sueños en mi libreta mágica. Hoy escribo reflexiones con base en mis experiencias de vida y me gusta mucho escribir novela negra, novela de misterio o suspenso. Los libros son para mí la forma más bella de viajar, aprender y soñar a través de sus hojas maravillosas.

EL ÁNGEL NEGRO

Desperté, me encontraba caminando. Veía el desierto, el sol me quemaba, no había árboles, movía la cabeza para todos lados y sólo contemplaba arena, lodo; olía horrible, a fétido o hierro fundido.

Caminaba y caminaba, no aguantaba los pies, sentía que se incendiaban como todas las partes de mi cuerpo. Traté de agarrarme el cabello y encontré lijas con tierra, entrelazadas como costras salientes de mi cráneo; mis uñas estaban negras, mis manos ardidas y llenas de ámpulas, no sabía qué estaba pasando, ésa no era yo…

Recordé cuando fui la reina, con mis vestidos largos de terciopelo, de melena ondulada, rubia como el trigo, mis labios carnosos, esbozando siempre una sonrisa malévola. ¡Qué feliz era!

Por más que caminé no llegué a ningún lado, el calor era insoportable, me moría de sed y de hambre, no había agua ni nada que pudiera ayudarme a no caer; estaba harta por el cansancio, el dolor y la hambruna; estaba desesperada.

Al caer la noche el frío era intolerable, estaba entumecida y empapada de hielo, moría por sentir una frazada o algo que me calentara, no sabía qué era lo peor: lo quemante del día o la oscuridad en angustia por tanta escarcha.

Traté de acostarme; noté un bulto en mi espalda. ¡No era posible, era increíble: tenía unas alas enormes con plumas de color negro pardo, rasposas y pesadas, por eso me movía tan lento! Ni siquiera podía levantarme, eran más grandes que yo, quería arrancarlas, ¿Por qué las tenía?… ¿sería esto una pesadilla?

A lo lejos escuché voces burlonas, susurros de odio. Me sentía exhausta, devastada, herida en lo más profundo de mi ser. Entonces grité con todas mis fuerzas y dije: “Me arrepiento, sí, me arrepiento, ¿quieres escucharme decirlo?… Me arrepiento de manipular, de mentir, de asesinar, de odiar y matarme saltando a la cañada. Escúchame, Dios, por favor. ¡Me arrepiento!”. Siempre lloré de coraje, ahora lloraba implorando compasión.

De la nada se presentó ante mí un ser gigante, un enorme lagarto despellejado, con garras largas. Tenía cuernos, manchados en sangre. Su rostro era un cráneo quemado con ojos destellantes. Lo más horroroso que hubiera visto en vida.

Sufrí horror, escalofrío, se me enchinó la piel, yo temblaba. Me sentí amenazada, levanté la vista sin poder mantenerme erguida. La criatura se acercó, su olor a azufre era detestable. Me miró fijamente y me dijo con sarcasmo, en un tono de voz áspera y ronca: “Demasiado tarde, ahora trabajas para mí”.