Silvia Peraza Sánchez LP 6

Peraza Sánchez, Silvia

Nací en Costa Rica, pero viví casi diez años en Argentina y actualmente vivo en México. Estudié ingeniera en sistemas, pero siempre me ha gustado leer y antes de los quince años devoraba libros, hasta el punto que mi papá me restringía el número que podía comprarme al mes. Leía lo que me encontrara, incluso libros viejos a los que les faltaban páginas, muchas veces el final; y cuando no tenía más que leer, los volvía a leer. Las historias y el lenguaje siempre me han atraído.

El año pasado inicié como prueba escribir, y resultó que me gusta. ¿Por qué me gusta? Me abstrae, me conecta con una parte de mí tal vez un poco olvidada. Dado que mi formación académica no está relacionada con las letras, he realizado cursos de escritura creativa en el Museo Marco, bajo la dirección de Mariana Garza Luna, y en la Fábrica Literaria de Felipe Montes, con Sofía Segovia, con la idea de aprender todo lo que me hace falta.

DESDE EL OTRO LADO

En medio de la cocina, justo delante de la ventana, me encuentro sentada. Mientras espero veo cómo ha crecido el pasto y la mala hierba desde mi visita anterior. La silla es alta para facilitar el corte de pelo. Los sonidos de la madera del piso crujiendo anuncian su llegada, mas ésta no ocurre. Sigo esperando. Aprovecho para jugar con mis dientes. Paso la lengua por cada uno y los cuento. Uno de ellos no está firme; empujo mi lengua con fuerza contra él y ahora un pedazo de encía lo sostiene mientras se balancea. “¡Otra vez!”, pienso. En esta ocasión el miedo no me domina. Hago un esfuerzo por desprenderlo. Ya suelto en mi boca lo escondo; no quiero que todos se enteren. Sólo queda una cosa: comprobar si en su lugar viene otro.

“Voy al baño”, les digo tratando de no abrir mucho los labios. En frente del espejo recuerdo las últimas veces que sucedió. En todas aquellas ocasiones su cimiento se conservaba y con el tiempo otro marfil blanco crecía. Siempre ha sido así. Sin embargo, hoy es distinto, en la palma de mi mano descubro su raíz. Sé su significado, ahora lo entiendo. Mi lengua explora para ver si algo quedó. Sí, una astilla se ha negado a salir. No me importa y con mis dedos la extraigo. No me asquea la sangre, ni el recorrido de baba espesa desde donde estaba el diente hace unos segundos hasta mis dedos ensangrentados. Estoy feliz porque sé lo que hago.

Antes de regresar a la cocina compruebo cómo me veo sin mi canino. No me incomoda. Mi caminar es el caminar de un triunfador, ha ido a la batalla esperando un altercado y la vida lo sorprende con otro, pero lo supera también.

Sentada, esperando otra vez para que le den forma a mis mechones, los miro. Ellos siguen hablando como si yo no estuviera ahí. Ya se darán cuenta, o terminarán lo que es tan interesante para distraerlos de mi presencia. Aprovecho para seguir disfrutando de mi sensación de éxito.

Grito para llamar su atención. Nadie me escucha, siguen en lo suyo. Es ridículo, pero se me ocurre llamar a Chris por teléfono para ver si se da cuenta de que estoy ahí. Lo miro al lado mío contestar. Dice que no puede verme. En ese momento todos los objetos del lugar son visibles para mí al mismo tiempo, es como si mis ojos estuvieran encima de cada uno de ellos. El poder de la adrenalina logra estos efectos.

No tiene sentido que siga ahí. Pego un salto para alcanzar el suelo y correr hacia la puerta. Afuera me inmoviliza el aire helado. No recuerdo esa temperatura cuando entré. Mis ojos no se acostumbran a la falta de luz. Con la linterna del celular alumbro mis pasos. Mis pies se hunden en la nieve, no reconozco haberla visto al entrar. Necesito encontrar la ventana para ver si desde ahí consigo que Chris me mire. Avanzo de espaldas a la pared procurándome un soporte para evitar caerme. Con una mano en el celular y con otra a tientas voy tocando la madera hasta poder identificar los vidrios. He alcanzado el lugar que busco y poco a poco muevo mis piernas en círculos para cambiar la dirección de mi vista hacia el interior de la casa. Lo que miro en el interior, lo que mis incrédulos ojos observan, lo que mi mente hasta el día de hoy no puede entender, lo voy a tratar de explicar de la forma más simple. Adentro, en esa misma habitación, en la silla que hace unos minutos estuviera sentada, rodeada por las mismas personas, me encuentro yo. Sí, yo misma. Chris sostiene sus tijeras y corta mis cabellos mientras entre risas vuelve su mirada hacia los otros. Toda la escena es igual, excepto por un detalle: esa Yo sonríe con todos sus dientes, no falta ninguno.

EL TERCER OCUPANTE

Esto aconteció en uno de esos domingos cuando el aburrimiento me invade, no tengo nada que hacer y me siento muy solo. Para evitar sofocarme por estar escuchando esa voz interior, acostumbro visitar lugares donde hay mucha gente y movimiento. En esta ocasión escogí la feria local donde se venden frutas, verduras y artesanías. Me encontraba apoyado sobre un poste que sostenía uno de los techos de una tienda, cuando una niña, de aproximadamente siete años se me acercó. Tenía un vestido con fondo blanco y unos dibujos color mostaza a los que no les presté atención. Si en ese momento hubiera sabido cómo se iban a desarrollar los hechos, habría tomado una foto para mi memoria, la cual hubiera revisado y analizado hasta el cansancio buscando respuestas. Lo otro que recuerdo sobre este personaje es que llevaba el pelo recogido sin un mechón suelto, estaba pulcra y olía a perfume de bebé. Se me acercó arrastrando un triciclo, y me preguntó si podría cuidarlo por ella un momento. Lo miré y captó tanto mi atención que ya no vi más a la niña, ni siquiera cuando le respondí. El aparato era justo para su altura, de frente era como un triciclo común, pero tenía una particularidad: en lugar de un asiento, tenía tres.

—Puedo cuidarlo sólo un rato porque me voy en cuando llegue el siguiente bus—le dije sin mirarla. Cuando regresé mi vista hacia ella, ya no estaba. Me agaché para observarlo más de cerca. Tenía pedales para cada ocupante. Por el resto era como otro cualquiera: una rueda adelante y dos atrás.

Desde ahí pude ver como se acercaba el bus. Husmeé alrededor; quería avisarle que me iba y devolverle su juguete. En eso estaba cuando se me acercó otra niña de la misma edad, pero muy distinta. Sus cabellos parecían que nunca hubiesen conocido el agua y el jabón. Su mirada era pícara, juguetona y llena de vida; impregnaba su rostro sucio de luz. Ésta me preguntó, casi haciéndome sentir en falta si le decía que no, si podía regarle el triciclo. Le dije que no era mío, y me respondió: “Entonces no te cuesta nada entregármelo”. Su tono de voz y la posición de su cuerpo me intimidaban. Tenía el mentón levantado y sus manos en una posición altanera, típico de alguien que está listo para pelear. Su voz era grave, parecida a la de una mujer mayor que fumó toda su vida. Le dije que me tenía que ir y levanté el triciclo, lo acomodé entre mi hombro y mi codo para correr hacia el bus que ya se marchaba. En los segundos que me tomó llegar hasta la parada no pensé qué iba a hacer con el juguete, sólo sentía que estaba haciendo lo correcto en cuidar algo que me habían confiado. Fui de los últimos en subir. No alcancé a conseguir un asiento. Viajé parado muy cerca del chofer. Avanzamos unas cuantas cuadras y de repente una piedra me golpeó en la cabeza. El autobús era viejo, de esos con ventanas de dos hojas colocadas horizontalmente. Apenas había una rendija abierta que dejaba pasar una brisa ligera. Medio atontado me acerqué para mirar por los vidrios y descubrir qué pasaba. Una lluvia de piedras me impactó. Me coloqué el antebrazo sobre la frente para protegerme, y entonces pude ver a la niña desaliñada tirando las piedras hacia el vehículo. Por el ruido del motor no podía escuchar lo que decía, pero por el movimiento de la boca sabía que me estaba gritando. Me señalaba, no sé si a mí o a lo que llevaba conmigo. Entramos a una vía rápida y la perdimos. No podía creer que se hubiese enojado tanto por no cumplirle sus deseos. Los demás pasajeros seguían en lo suyo, era como si no se hubieran dado cuenta de nada. Tomé del piso varias de las piedras, y noté como estas tenían forma de un cubo chato, no se las veía especialmente talladas, pero eran particulares, como si se hubieran escogido para pasar entre el espacio abierto que hoy ocupaba la brisa. Estaba dándole demasiada importancia a ese hecho, porque si eso último fuera cierto, tendría que tirar las piedras con una astucia tal, que esta no se diera vuelta en el recorrido. ¡Era solo una niña!

Me tranquilicé y apoyé mi cuerpo contra la máquina de cobro para recuperarme del susto. Y ahí fue cuando la vi. Estaba colgada de una ventana al lado del conductor. ¿Cómo podía llegar a esas instancias? Otra vez mi corazón palpitaba fuerte; el estómago se me revolvió. ¿Qué podía hacer? ¿Entregarle lo que quería y olvidarme del asunto? Eso hubiera sido lo más sencillo, y me sacaría de esta locura. Sin embargo, había hecho una promesa.

Se acercaba mi parada. Ahí la enfrentaría. Era suficiente. Le dejaría en claro que no iba a cumplir sus demandas. ¿Por qué tenía que estar horrorizado por una criatura a la que la triplicaba la masa corporal? Si se mostraba violenta, la tironearía por el brazo para asustarla.

Cuando me bajé analicé la calle para ver por dónde podría venir. Estaba vacía; yo era el único. Me quedé un rato más esperando que apareciera a reclamar lo que tanto le urgía. Nunca llegó. Me dirigí hacia un café cercano donde conocía al dueño y no necesitaba recitar la orden. De las cinco mesas de la planta baja, escogí la que tenía visión a la calle. Vigilé para ver si alguien me había seguido. Vino la mesera con la caja de té, y seguro me vio un poco pálido y transpirado, porque enseguida me preguntó qué me pasaba. Le conté toda la historia, haciendo hincapié en la parte que más me había sorprendido: la forma de las piedras y cómo había logrado embocarlas en ese espacio tan reducido. Mi historia la capturó, dejó las otras mesas desatendidas y más de una vez repitió: “Ya va, ya va. Pera un momentito, ya te atiendo”. No llegó a sentarse para no impacientar más a los clientes. Me hizo preguntas que me ayudaron a clarificar las imágenes en mi mente, como los dibujos mostaza pintados en el vestido de la primera niña, que no había sabido discernir hasta que indagué en mis recuerdos. Ya les contaré qué eran cuando lleguemos al final de este suceso. Mientras le relataba pronunciaba en voz alta mis propias conclusiones. La parte donde iba a reprender a la niña no le hizo mucha gracia. Noté como se alejaba de la mesa en muestra de desacuerdo. “¿Bueno, y qué hiciste con el bendito triciclo?, me dijo para cortarme. ¿El triciclo, dónde estaba? No supe decir en qué momento lo perdí, ¿subió conmigo al bus?, sí, creo que sí, porque recuerdo que dudé si me señalaba a mí o a él. Pero cuando la vi trepada: ¿todavía lo tenía?. Perdí toda credibilidad. Sin ese objeto toda mi historia parecía un mal chiste. Como no pude contestarle sobre su paradero, entornó sus ojos hacia el techo y se fue a ocupar de los comensales.

No he vuelto a encontrarme con ninguna de las dos niñas. He ido casi todos los domingos a la feria, y me he pasado el día entero recostado sobre el mismo poste. Y espero, y espero a que alguna de las dos aparezca. El vestido con el número tres pintado repetidas veces lo he buscado entre la multitud y en las tiendas de ropa infantil sin éxito. Las personas a las que les narro lo sucedido no se muestran tan sorprendidas como yo. Creo que algunas hasta creen que es algo que invento para sacar conversación y hacerme el interesante. Pero yo estoy obsesionado, hasta el punto de soñar con ellas montando su preciado triciclo con el último asiento vacío.