Alena Collar LP 6

Collar, Alena

Bio-bibliografía. Alena Collar nació en Madrid en 1960. Es periodista y profesora jubilada de Lengua y Literatura española. Directora de Alenarte Revista. Revista cultural y artística de formato digital. Publica reseñas literarias y artículos sobre literatura y arte en su blog personal: Bitácora de Alena. Ha publicado: La casa de Alena. (Alternativa Editorial. Galicia 2003). Teatrerías. (Alternativa Editorial. Galicia 2005). Estampaciones. (Talentura Libros. Madrid 2009). El chico de la chaqueta roja. (Baile del Sol. Tenerife. 2014). Tiene una novela inédita, El Retrato de Irene, a la espera de posible publicación.

LÁZARO DESPUÉS

Sus ojos, oscuros como la noche sin viento ni luna, me recorren inquietos. Cuando me sirve el jarro del agua para el lavatorio, cuando me pone el plato de comida en la pequeña sala donde almuerzo en soledad. Cuando, en silencio, regreso a mi dormitorio y, sentado en esta silla, al lado de mi mesa, escribo algunas palabras.

Y en el anochecer, ninguna de las dos responde a mis buenas noches, salvo con esa mirada indecisa, temerosa. Advierto que solo alivian su miedo cuando duermo.

Al fin, dormir es como si hubiera muerto otra vez. Pueden hacerse la idea, imaginar mi ausencia.

Marta a veces me dirige alguna breve palabra; como si temiera, al hacerlo, verme desvanecer fruto de un sueño. Marta siempre fue la más dulce conmigo. Quizá por eso de vez en cuando se detiene junto a mí y aparenta querer pasar sus manos sobre mi cara: como para convencerse, como para ser testigo. María no. María huye de mí. Escucho sus pasos marcharse si llego, o detenerse en el umbral de la estancia en la que he entrado. Cierto día la encontré llorando: tenía en sus manos el sudario con el que me envolvieron. Al verme llegar, al notar que intentaba delicadamente tocarla, se sobresaltó y salió corriendo. Quedó ahí el sudario abandonado. Lo tomé, lo doblé y lo dejé sobre el respaldo de la silla. Luego, salí y cerré suavemente la puerta.

Apenas salgo. Después de los primeros días de júbilo y asombro, mientras aún estaba Jesús de invitado en la casa, cuando todo el pueblo vino a verme, a tocarme, a hacerme preguntas, y yo sonreía e intentaba explicar que me parecía haber despertado de un profundo sueño, que no recordaba nada, que no vi ni escuché a los ángeles, que sólo desperté envuelto en aquella sábana y con un profundo cansancio, después, decía, se alejó la gente de la novedad, y yo quise seguir.

Pero nunca ha sido posible. Nunca seré Lázaro; me conocen como El Resucitado. Si quiero pasear les dicen a los niños que se alejen, si voy hacia el mercado las mujeres no compran en los lugares por los que estuve. Y los comerciantes le dijeron a Marta que era mejor que no me acercara porque la gente tenía miedo y los ahuyentaba.

Yo soy  El que ha Regresado. El que ha Vuelto. Y el precio a pagar es la Soledad.

 

EN MI BARRIO

Las mujeres mayores que llevan su capazo de la compra en mi barrio no saben de política. No están en Internet. No comparten fotos, ni videos, ni se hacen selfies. A lo más, tienen fotografías de su boda junto al aparador de su casa: fotografías amarillas en las que sonríen a la cámara sin saber que sonríen al futuro; ese que las contempla cuarenta, cincuenta años después, cuando regresan, cansadas, bajo el peso del pescado más barato, las verduras congeladas, los fiambres, las peras y los plátanos, y que prepararán probablemente también con el mismo gesto cansado pero pensando que “si no lo hacen ellas, la casa sería un disparate”.

Las mujeres mayores de mi barrio se paran a saludarse en la esquina y hablan del tiempo, del catarro del nieto, de lo que ha dicho la tele, de que a dónde vamos a ir a parar,  y del marido que protesta porque ahora con el paro los hijos vienen a comer casi todos los días.

Las mujeres mayores de mi barrio no veranean; o si lo hacen van a un pueblecito de Castilla, o de La Mancha, donde todavía hay matanza los días de feria, y los chicos pequeños se siguen subiendo a las higueras en septiembre, a cazar higos y a levantar nidos de pájaros. Y probablemente el hijo mayor les deja a los niños mientras ellos trabajan en lo que pueden, si pueden, en Madrid.

Las mujeres mayores de mi barrio no saben qué quiere decir “zas en toda la boca”, y llaman “compartir” a hablar en la rotonda con la vecina, el del quiosco y Purita, la de la tienda de al lado.  Y si te oyen hablar de link, te dicen que no digas palabras raras y que vaya juventud perdida la de hoy en día.

Y a mí me gusta pararme de vez en cuando con las mujeres mayores de mi barrio: a veces hasta se aprenden cosas que no aparecen en “la Red”.