Ricardo Reyes LP 6

Reyes, Ricardo

Ricardo Reyes nació en el Perú, donde vivió hasta los veinte años de edad. Desde temprana edad mostró interés por la lectura y admite haber perdido horas de sueño por quedarse leyendo a Julio Verne o a Emilio Salgari a luz de vela en la finca donde creció.

A principios de la década de los 90, su familia emigró a los Estados Unidos debido a la ebullición terrorista que azotó al Perú, y ha radicado en este país desde entonces.  Obtuvo una licenciatura en español con honores en la Arizona State University, especializándose en temas de cultura y literatura hispana. Subsecuentemente obtuvo una maestría con honores en Lingüística en la University of Malaya.  Actualmente radica en Malasia y es el coordinador de la división de español de la facultad de lenguas y lingüística de dicha universidad.

Ricardo Reyes es el autor de la novela Hechizo de luz y de la colección de poemas y cuentos cortos Simulacro de vida, ambos publicados por authorhouse.com. A pesar de estar dedicado a la docencia, la producción literaria ocupa todavía gran parte de su tiempo y energías.

LLEVADO POR EL DIABLO

Y pasó corriendo como si se lo llevara el diablo, con la frente ensopada y las piernas tensas como palos, dando sus más apuradas zancadas, desapareciendo colina abajo y descalzo, sin detenerse hasta llegar donde tenía que llegar, y con la planta de los pies maltrecha por el calor y las espinas del camino.  Le pregunté varios años después la razón de su premura, y sólo atinó a decirme que no fue una cuestión de elección, sino una cuestión de destino.  Me resultó evidente que no se sentía cómodo recordando esa tarde en ebullición en la que llegó a mi casa pidiendo, por el amor de Dios, un chorro de agua para humedecer su garganta. En esa ocasión tampoco me dijo de quien huía, sólo pidió agua para beber y siguió corriendo cuesta abajo después de clavarme una mirada que trasmitía terror y agradecimiento a la vez.

Fue pura coincidencia, o quizá algún azar del destino, que lo volví a ver justo antes de que su imagen se me borrara por completo de la memoria.  Yo ya echaba raíces en un escritorio, llenando números en cuadritos y sellando documentos que nunca nadie ve, sintiendo cómo, una por una, mis neuronas se iban atrofiando y la vida se me iba escurriendo, lenta pero segura.  Un buen día lo tuve frente a mí; un cliente, otro cliente, como cualquiera que llega a dejarme papeles sobre el escritorio y se va, y me deja atrás, llenando números en cuadritos y sellando documentos inservibles.  Inmediatamente pude reconocerlo y lo atendí, limitándome a las cuatro frases que requería mi puesto de trabajo.  Sin embargo, antes de partir me dio una mirada que trasmitía terror y agradecimiento a la vez, y entonces no pude evitar preguntarle si era él, el mismo que me clavó esa misma mirada hace tantos años, el mismo a quien le di agua para beber en esa tarde infernal.

  • Sí, soy yo –me dijo- pero no puedo quedarme a explicárselo.
  • ¿Por qué? –le pregunté yo.
  • Porque me lleva el diablo y debo seguir corriendo.

RR 2012