Ma. Eugenia García Ramírez LP 6

García Ramírez, Ma. Eugenia

Me llamo Ma. Eugenia García Ramírez y trataré aquí de compartir con mis lectores algunas de las experiencias de mi vida. Pero me limitaré solamente a unas cuantas. Lo primero que me gustaría mencionar es que nací en La Colorada, Zacatecas. En cuanto al tema de la educación, además de la primaria y secundaria, estudié en instituciones universitarias. Fui, por algún tiempo, profesora de educación primaria y, seguidamente, de educación media en el campo de la psicología. Continué más tarde con mis estudios superiores y, por fin, obtuve el título de ingeniera-mecánica. Ahora mismo estoy empleada por una empresa que se ocupa en el desarrollo de parques industriales. Vivo en Monterrey, Nuevo León. Por otra parte –y además- me encanta leer mucha literatura, asistir a conferencias, a conciertos de música y a museos y, por qué no, bailar, cantar y escribir. Y, como prueba de esto último, aquí les regalo otro cuento que “La Palabra: revista de literatura y cultura hispanense” tiene a bien publicármelo.

NOCTURNO

Desde su ventana, Leticia podía observar que el área circundante estaba cubierta de una leve bruma que cargaba el ambiente de melancolía. Pareciendo resistirse a ello, la luna prodigaba una tenue luz que iluminaba el lago.

Las ramas de los árboles cubrían de forma somera el plateado disco colgado en el cielo. Y a pesar de las condiciones ambientales, éstas y la luz del astro se reflejaban en las quietas aguas. Ella se embelesaba con el paisaje, y aunque su estado anímico era más bien pesimista, no podía menos que agradecer la armónica belleza que aquel cuadro le brindaba.

Los recuerdos se agolpaban en su mente. Y volvió a vivir la escena de despedida entre ella y Carlos.

-¿Todo listo?
-Sí, la maleta está junto a la puerta.
-Debemos darnos prisa o perderás el vuelo.
-Tienes razón, sólo permíteme darte un beso de despedida porque en el aeropuerto, con las prisas, será difícil hacerlo.
-Bueno; hazlo rápido, no quiero ser el culpable de que pierdas el avión.

Se acercó y lo abrazó esperando transmitirle el gran amor que él le inspiraba; y sólo encontró un bulto que se dejó abrazar y besar, pero que no correspondió.

Ella intuyó que ese era el final. No había ya esperanza. Él había dejado de necesitarla y, por funesto que todo aquello fuera, quiso convencerse que ésa debía ser la última vez que lo buscara. Ahí ya no había nada por qué luchar. No había amor y ya no parecía existir el deseo. Con dolor pensó que ni siquiera afecto percibía de parte de él.

Sintió que un torrente de lágrimas se agolpaba en sus ojos. No obstante, aparentando entereza y valentía no derramó ninguna frente a él. En cambio, durante el trayecto al aeropuerto, le sonrió y charló como si nada le ocurriera. Por fortuna, la agitación de su interior no asomó en ningún instante y sólo ella supo cómo se sintió en esos momentos.

Sin embargo, las largas horas de vuelo le sirvieron para reflexionar y decidir que marcharse de la vida de Carlos sería lo adecuado. Así intentaría hacerlo. Le demostraría que lo amaba tanto que sólo quería que fuera feliz; y si él ya no podía serlo a su lado, dejarlo libre sería su mejor regalo. Con muchas dificultades lo estaba realizando. Cada día representaba un logro hacia la meta trazada.

Se estaba entregando completamente a su familia, sabía que sólo ella era real en sus posesiones. El amor prodigado por ellos se convertía en un bálsamo, que esperaba, poco a poco lograra atenuar sus heridas.

El trabajo y las aficiones también hacían una gran labor. Cada vez se permitía llorar menos, y deseaba que el tiempo, que todo lo mitiga, actuara en su corazón. Comprendía que el amor hacia él anidado en su alma no se iría; pero esperaba que más adelante, sentirlo, no le causara dolor, sino una sosegada ternura.

Se propuso planear su vida sin interferir en la de él. Y ese viaje que aceptó hacer con Cata y Miriam, sus amigas, era uno de los pasos a dar buscando consuelo.

Por fortuna, el lugar elegido resultó paradisíaco. Suspirando, pensó: Si lo hubiese recorrido tomada de su mano, como tantas veces lo soñé… Pero no quería seguir añorando lo que ya estaba perdido. Así que se dispuso a gozar del otoño del bosque que parecía brindarle un afectuoso calor. Oteando el horizonte, en su mente, dio gracias por todos los dones que poseía y que le permitían, a pesar de todo, disfrutar de esa noche de luna reflejada en ese lago.

Con una sonrisa evocó las palabras leídas en una novela de Sealtiel Alatriste: “Nunca pasará de moda el brillo de la luna ni las canciones de amor”. Tal vez, en un tiempo no lejano, su alma desosegada, estaría tan quieta como esas aguas y podría recibir, al igual que ellas, los rayos de ese hermoso astro y el reflejo de los árboles.

-¿Estás lista?- se escuchó del otro lado de la puerta.

Esa festiva voz la devolvió a la realidad. Sus amigas esperaban por ella.

-Sí – abriendo la puerta – ¿a dónde iremos?
-Por supuesto, a cenar. Después, caminaremos por este bello bosque para disfrutar del espectáculo de las luciérnagas.
-Me gusta el plan. ¡Adelante!