Ángel Zapata LP 6

Zapata, Ángel

Nació en Madrid, en 1961. Profesor de escritura creativa en la Escuela de Escritores, es autor de La práctica del relato (1997), Las buenas intenciones y otros cuentos (2001), El vacío y el centro. Tres lecturas en torno al cuento breve (2002), y La vida ausente (2006). Entre otros galardones, ha obtenido el Premio Ignacio Aldecoa de cuento, Premio Jaén de relato, Ciudad de Cádiz, Ciudad de Huelva, y el Premio de la Fundación Fernández Lema. Tuvo a su cargo la edición de Escritura y verdad (Cuentos completos de Medardo Fraile), en Páginas de Espuma; y ha publicado igualmente la traducción de André Breton y los datos fundamentales del surrealismo, de Michel Carrouges.

Su trabajo como cuentista ha sido antologado en Pequeñas resistencias. Antología del nuevo cuento Español (Páginas de Espuma) y Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual (Ed. Menoscuarto) y Cuento español actual. 1992-2012 (Ed. Cátedra).

JUSTO Y EL ÁNGEL

Justo me dice que no haga caso. Me dice que haga como si no le viera. “Tú, ni caso”, me dice Justo. Me insiste en que el precio del piso ha sido una ganga. Y en que el ángel de la anunciación, con sus bucles dorados y sus alas de nieve, se cansará algún día de aparecerse a las doce, junto a la máquina de coser, y llamarme “bandita entre las mujeres”.

—A ti qué más te da lo que te llame —me dice Justo—. Tú piensa en que este piso tiene un balcón hermoso, Antonia, y en que está bien comunicado.

Eso me dice.
—Bendita tú entre las mujeres —me dice el ángel todos los días.

Y a pesar de sus bucles dorados y sus alas de nieve, yo me pongo roja como una manzana, porque me lo dice con mucha intención.

—Tú ni caso —me insiste Justo.
Y entre Justo y el ángel van a volverme loca.

UN DÍA VENDRÁ

De noche, en un hotel de carretera, acostados en dos camas gurruminas (los pies les sobresalen del colchón y se han dejado puestos los calcetines), se ve a un padre y a un hijo. El padre fuma en la oscuridad. Y el hijo, desvelado, mira parpadear en la ventana el neón del hotel, con ojos casi soñadores. En la mesilla que hay entre los dos, un despertador de cuerda —con los números fosforescentes— marca las tres y diez.

—Padre.
—Sí.
—Padre: ¿usted se sentiría orgulloso de mí si yo fuese hombre-rana?
—Sí.
—¿Y si fuese un modesto contable?
—También.
—Dígame una cosa, padre: ¿y si en vez de hombre-rana o contable fuese un león?
—No entiendo.

—Sí. Imagine que yo, en vez de estar aquí, acostado y sin sueño, con los pies asomando por el colchón, fuera esa clase de león tremendo que le ruge a la luna en la noche del trópico. ¿Lo ha imaginado ya?

—Más o menos.
—Muy bien. Pues ahora ¿qué me dice?
—Qué te digo de qué.
—De lo que estábamos hablando: ¿se sentiría o no se sentiría orgulloso?
—Si yo me sentiría orgulloso de que tú fueras un león y le rugieras a la luna ¿es eso?
—Sí.
—Pues hijo: francamente, no lo sé.
—No lo sabe.
—No, no lo sé. Tendría que verme en ese caso. Y entonces, de verdad, no sé qué haría.
—Ya.

Ahora el padre y el hijo se quedan en silencio. A través del cristal de la ventana se ve que ha empezado a nevar; pero nieva, eso sí, con unos copos diminutos que arrastra de acá para allá el aire helado de la noche. Hace rato que el padre está fumando el mismo cigarrillo invariable. Y hace rato también que el despertador de cuerda, cuyo tic-tac llena ahora el dormitorio, sigue marcando invariablemente las tres y diez.

—Padre.
—Sí.
—Padre: ¿y si yo fuera alférez de aviación?
—Qué.
—Pues eso: que si cree que se sentiría orgulloso.
—Naturalmente, hijo.
—Muy bien. Pues entonces dígame una cosa: ¿y si en lugar de alférez de aviación fuera un vilano?
—Sigo sin entenderte.

—Es fácil. Imagine que yo, en vez de estar aquí, mirando el parpadeo del neón con ojos casi soñadores, fuera sencillamente uno de esos vilanos que vuelan por el campo en primavera; y que la gente me cogiera con el pulgar y el índice, y luego, con un soplo, me pusiera otra vez en el aire mientras pide un deseo. Si yo fuera un vilano, padre: ¿usted se sentiría orgulloso de mí?

—¿De verdad quieres que te conteste?
—Sí.
—Pues te vuelvo a decir lo de antes. Que no lo sé.
—No lo sabe.
—No, no lo sé. Tendría que verme en ese caso, hijo. Y entonces, francamente, no sé qué haría.
—Ya.
—Hijo.
—¿Sí?

—Hijo: si no haces un esfuerzo por dormirte, ni yo voy a lograr fumarme este cigarro, ni van a dejar nunca de ser las tres y diez. Lo entiendes ¿no?

—Más o menos.
—Muy bien. Pues venga. Hasta mañana.
—Padre.
—¿Sí?
—¿Y si yo fuera práctico de un puerto, cerrado al comercio marítimo?
—Hasta mañana, hijo.
—Hasta mañana, padre.

Una vez más se quedan en silencio. A medida que el hijo se va durmiendo, las manecillas del despertador, también fosforescentes, empiezan a avanzar hasta las tres y cuarto.

El padre apura entonces su cigarrillo.
Mira la hora.

Y antes de dar la última calada se concede el capricho de acercarse —de puntillas, con aire casi soñador— a la ventana del dormitorio.

Desde allí, saliendo con sigilo del campo que rodea el hotel —bajo el cono de luz de la última farola—, se alegra como nunca de ver al tremendo león que ahora empieza a rugirle no a la luna, sino a esos diminutos copos de nieve que vuelan de acá para allá, igual que los vilanos en primavera.

BELVEDERE

Nadine y yo somos un matrimonio como cualquiera, en un bonito dúplex con jardín. No muy lejos de aquí pasan los años y se suceden las demoliciones. Pero Nadine y yo somos felices. Nuestros hijos han crecido rápido. Uno, el mayor, estudia en Boston. El mediano se fue a las misiones (a estornudar, nos dijo; no supimos por qué). Y el pequeño, que no mostró afición por los estudios, sigue aún con nosotros; y se entretiene haciendo de cocodrilo, los fines de semana, en el foso que rodea el jardín.

—¿En qué piensas? —me pregunta Nadine algunas veces.
—En ti —le miento; para no preocuparla sin motivo.

De perfil, nuestros hijos no se distinguen de un serrucho. De frente son idénticos a esa efigie ladina de George Washington que aparece en los dólares. Una vez, en un viaje que hicimos a Rotterdam, me quedé sin florines y pagué al conductor de un autobús con mi hijo mediano:

—Tenemos instrucciones de no aceptar serruchos —me dijo él.
Entonces nos apeamos sin protestar.
Y pasamos todo aquel día perdidos.

Esto es el tiempo, el autobús se va, quedan los hijos, los hijos, esas vigas caídas, los hijos, los puentes levadizos y los puentes volados, Nadine y yo, este montón de escombros dondequiera que mire.