Armando Miguélez LP 1

Miguélez, Armando
(Santibáñez de la Isla, León, España). Fundador del Academic Language Institute ( A.L.I.) de Alicante, España,
Lleva estudiando la herencia chicana desde la década de 1970 y es uno de los pioneros de los estudios chicanos en
España. Su tesis doctoral -”Antología histórica del cuento chicano literario, 1877-1950”- es uno de los trabajos
más extensos y citados sobre la cuentística chicana anterior al Movimiento Chicano. En la actualidad reconstruye
el legado literario y cultural de los hispanounidenses, identificando, clasificando, analizando, periodizando y criticando
sus textos literarios escritos, con el propósito de darle un vuelco completo a la historiografía literaria de los EEUU,
pasando a ver ésta más como un todo multicultural que anglocéntrico.
Ha coeditado también La literatura de la Revolución Mexicana en el exilio: Fuentes para su estudio. Desde hace
tiempo viene coleccionando una inmensidad de documentos históricos (editoriales, cuentos, ensayos, columnas
periodísticas, etc.) de una engente lista de periódicos, desde las Californias hasta el Este del país, en particular la
región de Nueva York. Todo este material aparecerá en una nueva Página Web titulada Hispanounidenses, codirigida
con Justo S. Alarcón.
Carrillo, Adolfo (1855-1926)
Este autor, nacido en Jalisco, se educa en la ciudad de México donde frecuenta los círculos intelectuales del momento,
influidos por los pensadores Stuart Mill y H. Spencer, y las tertulias literarias de Gutiérrez Nájera y Filomeno
Mata, viéndose envuelto en varios incidentes políticos por su oposición a Porfirio Díaz, viaja por Europa y los
EEUU, asentándose, en 1876, en California donde vive en San Francisco y Los Ángeles. Escribe “Las memorias
inéditas de don Sebastián Lerdo de Tejada” que adquirieron gran popularidad entre la población mexicana de los
EEUU al publicarse por entregas en el periódico “El Mundo” de Laredo en la década de 1880 y después en libro
en San Antonio (Lozano, 1912). En San Francisco publica en 1897 “Las memorias del marqués de San Basilisco”
y prepara sus “Cuentos Californianos” que se publican en Los Ángeles, en 1922.
Al estallar la Revolución se suma a la causa de los sublevados, primero con Madero, y después con Venustiano
Carranza de quien se convierte en agente privado en Los Ángeles, escribiendo profusamente en el órgano carrancista
en la ciudad californiana, “La Prensa”(1911-1919), y defendiéndolo contra el ambiente anti-mexicano que
representaban los periódicos de W. R. Hearst (“The Examiner”) y de Harrion Gray Otis y Harry Chandler (“Los
Ángeles Times”) y los capitalistas sur-californianos con intereses en México como E. L. Doheny, E. Sinclair, etc.,
agrupados en la “Association for the Protection of the American Rights in México” y molestos por las leyes
anti-extranjeros de la Constitución de 1917. También defiende a Carranza contra los muchos exiliados mexicanos
que había en los EEUU, víctimas del carrancismo o de otras facciones afines.
Sus colaboraciones periodísticas y sus narraciones literarias muestran a un escritor hábil en su narración con un
gran dominio del lenguaje y de las referencias filosóficas e históricas, muchas de origen francés, fruto de su preparación
“científica” y que le dan una gran profundidad a sus escritos.

Antología de textos de Adolfo R. Carillo

Inidice:
Las dos vírgenes
Las iras de Plutón
Los secos y los mojados
La victoria de los republicanos
Dehesa, Limantour y otros vuelven a México
Con los bolsillos vacíos, pero llena el alma de patriotismo
Se fue el año dejándonos recuerdos de hombres ilustres.
Y hombres ilustres con dinero
Cuba es la Niobé sin hijos.
La Doctrina Monroe petrolizada.
Aumento de la criminalidad en los Estados Unidos
La locura por las riquezas.
In Memoriam
Luctuoso aniversario de los asesinatos de Madero y P. Suárez
La resurrección de Pancho Villa.
Las dos vírgenes
(Especial para “La Prensa”)
I
En 1803 vivía en la calle del Indio Triste de la Ciudad de México, un vizcaíno llamado Manuel Garibay, comerciante
en ultramarinos, bien acomodado y muy puntilloso en materias que a la religión católica atañen. Su familia consistía
en su esposa, Doña Ana de Bobadilla, en sus dos hijos Iñigo y Pedro y su única hija Soledad, que en aquel entonces
apenas rayaba en los quince años.
Don Manuel, no obstante haber pasado los cincuenta, conservaba todavía recia musculación y fuerza, jactándose
entre sus amigos de que podía aún domeñar un toro puntal asiéndolo de la cornamenta. Era alto, de tez cobriza,
ojillos pequeños e inquietos, nariz aguileña, barba cerrada y castaña, pecho velludo y levantado, y aspecto fiero.
En el hogar era con su familia un tiranuelo, y como todos los plebeyos, se esforzaba en lo exterior en aparentar
hidalguía, no obstante descender de villanos y labriegos. Debido a su riquezas, empero, había logrado codearse con
oidores e inquisidores, limándose un tanto cuanto en los usos palaciegos de aquella época. A sus tertulias acudía en
masa la nobleza española y aún la criolla, con algunos eclesiásticos de elevada jerarquía, que él se afanaba en adular
con dádivas de sedas de la India, paños y encajes de Holanda y joyas valiosas. En política, como debe suponerse,
era realista intransigente, y por eso veía siempre con malos ojos a su primogénito Iñigo, que alardeaba -aunque no
ante la presencia paternal- de ideas volterianas y revolucionarias.
Iñigo, a decir verdad, era de un temperamento soñador y melancólico, que pasaba los ratos de ocio leyendo a escondidas
todos los libros que sobre el tema de la revolución francesa caían a sus manos. Endeble y de mediana estatura, de
ojos grandes y andaluces, tez blanca y transparente, su persona reflejaba cierta energía espiritual que no dejaba de
sorprender y de cautivar. Cuando rondaba por las noches en las escuetas calles, no era ciertamente en busca de
amoríos, sino de ideas. Bajo su capa amplia y estudiantil, ocultábase por acaso un precoz revolucionario. Pedro, el
hermano menor, era siempre un Don Juan, un calavera, que pasaba los días en las lides de gallos, en las tabernas
y en las mancebías. Era de gallarda estatura, si bien le afeaba el rostro una enorme cicatriz que partía de la oreja
izquierda y se extendía hasta la boca.
Doña Ana que era un alma de Dios, una muñeca de cera a manos de su marido, una de esas mujeres pasivas que
tanto abundan en México, que buscan al confesor cuando han perdido al esposo. Pero en Soledad Don Manuel se
había hallado con la horma de su zapato, como luego dicen: en el seno de la familia era ella la rebelde, la autócrata
voluntariosa que hacía caer de su pedestal al engreído Sr. Garibay. ¿Sería por el entrañable afecto que ese hombre
de hierro le profesaba? Como su padre, era ella alta y nervuda, de masculinas facciones que acentúan más una boca
grande y unas cejas arqueadas y tupidas, que cuando se fruncían semejaban un látigo que se desatara. Cuando Don
Manuel solía tronar en la mesa regañando a sus hijos, la súbita presencia de Soledad servía para acallar sus gritos,
que espiraban en la garganta en resoplidos de foco marina.
II
Tal era el menaje de Don Manuel al acontecer la llegada del nuevo Virrey Don José de Iturrigaray; uno de los
ladrones más infamosos con que nos honrara España. Y con él vino su consorte Doña Inés ,no menos dada a lo
ajeno, pues según las crónica contemporáneas, entrambos amasaron colosal fortuna. Ese día fue de gala para la
Ciudad de México, no menos que para la familia Garabay, en cuya casa se dio espléndida tertulia a la nube de
parásitos que acompañaban a Iturrigaray. Mas como no hay flor sin espina, por esa misma fecha desapareció Don
Iñigo, y por más pesquisas que se hicieron no se pudo saber de pronto su paradero. ¿Dónde estaba? Pues según los
archivos que existen en la Biblioteca de San Agustín, que pacientemente registramos antes de trazar estas líneas,
el desaparecido viajaba de un lado para otro, disfrazado de arriero, conferenciando con los que más tarde fueron
los jefes de la insurrección separatista. Estando en Jalapa, logró que Ignacio Allende se separara de la filas realistas,
intimando más tarde con Miguel Hidalgo y Costilla, depositando en su cerebro los preciosos gérmenes de libertad
y emancipación. Le vemos después saliendo del pueblo de Dolores al lado del invicto Cura, y asómbranos su arrojo
en la toma de Celaya, y al dar muerte en Guanajuato, con su propia mano, al sanguinario Riaño.
Al saber las proezas de su hijo, la furia de Garibay no reconoció límites, y a fin de aplacar las cóleras del Virrey,
donó parte de su fortuna a la causa realista, ordenando que su otro hijo, Don Pedro, se alistara en las filas de Calleja.
III
Y ahí tenemos a hermano combatiendo contra hermano. Doña Ana y Soledad vistieron de luto entablándose entre
ellas in singular conflicto de que pasamos a dar cuenta.
La primera alentaba simpatías por la causa realista y además Don Pedro había sido siempre su hijo predilecto y
mimado; mientras que la última nunca vacilaba en decir que deseaba el triunfo de Hidalgo y con él la vuelta al
hogar de su hermano Iñigo, al que adoraba quizás por el antítesis de sus respectivos temperamentos.
El resultado fue que Doña Ana encendiera en su alcoba dos cirios benditos, a la imagen de nuestra Señora de los
Remedios, patrona de los españoles, y Soledad otros dos a Nuestra Señora de Guadalupe, figura simbólica de los
Insurgentes. ¿Cuál de las dos vírgenes saldría victoriosa en ese colosal conflicto de principios y de razas?
-¡Madre mía!-sollozaba postrada ante la guadalupana la imperiosa y arrogante Soledad-Apiádate de mi y
devuélveme a mi hermano. Como tú, yo soy también mexicana nacida a la luz de la nieves eternas del Popocatépetl,
bajo la umbrosidad de tus majestuosos ahuehuetes, arrullada por las caricias de Ajusco y besada por tus esplendorosas
estrellas.
Los ojos rasgados de la virgen azteca parecían entreabrirse cual los de gacela sorprendida, ante esa ferviente plegaria. Mas no;
era que los cirios chisporroteaban al extinguirse, bañando en mortecinos resplandores la faz morena de la Guadalupana.
Y en la sala contigua, donde se arrodillaba la madre , una escena parecida y no menos dramática tenía lugar frente
a la Virgen de los Remedios, cuya intercesión daría el triunfo a las armas de España.
Antes de retirarse, madre e hija se abrazaban confundiendo las lágrimas, sin comprender que el éxito de una virgen
sobre otra ,llevaría de todas las maneras el luto al corazón de una madre y de una hermana.
IV
Y así pasaron los años y con los años los festejos y regocijos por la muerte de Hidalgo y sus ilustres compañeros.
De los ausentes nada bueno ni malo se había sabido, pues sencillamente habían desaparecido cual tragados por el
malestrón revolucionario.
Una noche de invierno, Don Manuel se hallaba en la sala reclinado en un cojín de cuero de Córdoba ,teniendo muy
cerca un gran brasero de plaza que proyectaba débil calor en las desnudas paredes. Sus cabellos habían blanqueado,
y sus músculos, en un tiempo de acero, pendían de los huesos en apergaminados jirones. Frente a él, en actitud
argumentativa, aparecía sentado el canónigo Don Diego de Bracho, más conocido por sus picardías amorosas que
por sus virtudes eclesiásticas. Era de estatura mediana, gordinflón, con un par de ojos bizcos, saltones de malévola
expresión. Por sus dicharachos y bufonerías, habíase captado el desdeñoso aprecio de Iturrigaray y más tarde el del
Virrey Venegas, aunque las malas lenguas decían que si el canónigo gozaba de privanza, debíase a que con frecuencia
hacía las veces correpechillo, consiguiendo guapas hembras para sus amigos y protectores.
Entró en esto un criado trayendo humeante ponchera de vino cariñena, sirviendo senda copa a Don Diego, que
éste, ávido, apuró, torciendo los ojos en ángulo agudo y relamiéndose los labios en un éxtasis báquico.
-¿Y qué noticias hay del insurgente Iñigo, compadre Don Manuel?
-¿Ninguna!-replicó éste amostazado-y aunque las hubiera no querría saberlas; y Vuestra Señoría me conferiría
gran favor en no mencionar su nombre.
Adrede, el canónigo había traído a colación a Iñigo, pues se deleitaba en atormentar al tendero por medio de alfilerazos
que rasguñan hasta sangrar. Así era Don Diego, estaba en su naturaleza ser un verdugo, el martirizar a alguien,
y cuando más no podía, entreteníase en retorcer la cola a su propio gato Luzbel, que acostumbraba dormir en su
misma cama.
-¿Otra copa Su Señoría?-dijo en esto su anfitrión, pasándole la garrafa.
-¿Otra dice Usted, Don Manuel? Media docena más me podría tomar sin cerrar los ojos. Este vientecito infernal
me está helando los huesos, y el Dr. Garrido dice que es precursor de pulmonías fulminantes.
Garibay miróle burlonamente luego dijo, no sin tono de sarcasmo:
-Pero un santo como usted no debería tener miedo a la muerte .¿No le daría a usted gusto encontrarse en presencia
de Dios?¿De su Hacedor?
-Hablándole con franqueza, estimado compadre, le diré que no por ahora, tal vez dentro de algunos años, muy
largos años. Además, aquí entre nos le diré que a veces creo que no fue Dios quien me hizo, sino Satanás. ¡Chist!
¡Qué no salga de aquí! In vino veritas.
Por algunos momentos el canónigo se quedó pensativo, acariciando el esférico vientre con la mano gruesa y cargada
de sortijas; luego continuó en tono más áspero y raspante:
-Mas no hablemos de cosas baladíes, pues que los tiempo son de tragedia. ¿Sabe Usted que España no ha dominado
por entero la insurrección indígena como me lo afirmaba nada menos ayer el Oidor Carvajal?
Luego arrimando su sitial al brasero, continuó en tono más bajo, no sin antes echarse a pechos otra senda copa:
-Lo cierto es que la muerte del faccioso Hidalgo y los suyos -¡Dios les tenga en el infierno!-sólo ha servido para
avivar la llama de la malvada rebelión, pues por cada insurgente que fusilamos, saltan del matorral quince o veinte
más. No hay que hacerse ilusiones, Don Manuel, los mexicanos, así criollos como mestizos e indios, nos aborrecen
cordialmente. Cada vez que salgo a la calle, por donde no hay patrullas de dragones, la gentuza grita insolentemente:
¡Mueran los gachupines!¡a la horca con los frailes! Es que eso bárbaros han vuelto a la idolatría, y mucho me temo
que en uno de estos días yo sea lapidado por esos pillos desalmados. Pero yo me opongo a que haya otro santo más
en el Calendario.
-¿Y otro menos en el cielo?-asentó sardónicamente Garibay acariciándose la mefistofélica barba.
-Estamos viviendo sobre el cráter de un volcán-prosiguió Bracho con temblorosa voz. Todos los augures son de
muerte y cataclismo. Vénse por doquiera síntomas alarmantes y disolutivos. Los criollos que desprecian a los mestizos,
hánse unido a ellos contra nosotros. Ese Agustín de Iturbide, que tal nombradía está adquiriendo en las filas realistas,
acabará por traicionar a España.
-¿Qué piensa entonces Su Señoría que hagamos?-interrumpió el Sr.Garibay levantándose y apurando otra copa
de cariñena.
-Pues lo que yo estoy dispuesto a hacer: volverme a España con mis lares y penates. Es decir con los pocos tesoros
que la Divina Providencia me ha dado. Todos nuestros paisanos lo están haciendo así. Y ¡guay! del que se quede
aquí ,amigo Don Manuel. Más le valiera no haber nacido.
V
Noches después y cuando Doña Ana oraba fervorosa al pie de la Virgen de los Remedios, los dos cirios que iluminaban
la imagen se apagaron simultáneamente , dejando la alcoba en la más densa oscuridad. ¿Qué misterioso soplo los
había extinguido, cuando ni siquiera se movían las hojas del jardín por falta de brisa? Amedrentada encaminóse
temblando a la alcoba de su hija, y entre las dos pasaron el resto de la noche en oración. Al día siguiente un correo
venido desde Valladolid conducía un pliego del Coronel Iturbide participando la trágica muerte del Capitán Don
Pedro de Garibay, fenecido en acción por su Dios y por su Rey.
Desde entonces la casa solariega del acaudalado tendero fue cerrada a piedra y cal para festejos y tertulias,
frecuentándola solamente monjas y clérigos, entre estos últimos, el canónigo Bracho, perito en vinos añejos y
mujeres jóvenes. Don Diego sabía siempre donde hallar las llaves de la bodega y en eso de descorchar botellas no
reconocía más rival que el Licenciado Fernando Pechuga Pulgarejo, que de una dentada a la más dura botella, hacía
brotar manantiales de Jerez de la Frontera. Pero en lo que sí no le ganaba Pechuga, era un sus pícaros amorcillos
con las más guapas monjitas .Entre ellas el canónigo estaba en su elemento, y gracias a su intersección la Madre
Abadesa les permitía la salida de cuando en cuando. Decía que no era pecaminoso en los sacerdotes el amar a las
mujeres, pues que éstas no son tales, sino más bien ángeles que viven entre los mortales para su redención.
-¿Pero las viejas?-le pregunto una vez el Licenciado Pechuga.
-¡Oh! Las viejas también son ángeles! ¡Pero en estado de petrificación!
Una de esas noches conviviales, después del rosario, los pastelitos y el vino, el Sr.Bracho, que era un pasquín ambulante,
pasóse a referir lo que pasaba en la capital de la Nueva España.
-¿Saben ustedes las últimas noticias?-dijo en medio del más profundo silencio-Pues se cuenta que anda por esas
calles, a la media noche, un Insurgente fantasma que el vulgo a dado en llamar Mangas Negras, pues que siempre
se le ve vestido de negro. Los palaciegos no lo dicen por no alarmar a al gente, pero la verdad es que todos los días
amanece uno apuñaleado, que sierre resulta ser un español. Y en el pecho de cada víctima, prendido un papelito
que dice: ”Un gachupín menos. Necesitamos más para vengar a Hidalgo” Unas veces el asesinato es en plena calle;
pero otras es dentro de la casa misma.
-¡Y las rondas! ¡Y los dragons! ¡Y los alguaciles!-gritaron en coro los audentes con un estremecimiento de horror.
Efectivamente el locuaz canónigo estaba en lo cierto. Tal fue la pavura que esos crímenes infundieran que desde
entonces plazas y calles aparecían escuetas y solitarias, distinguiéndose solo los farolitos de las rondas, la silueta
escurridiza de los serenos y los primados de la Iglesia y del Virreinato transitando con sus respectivas escoltas.
¿Quién era ese terrible Mangas Negras que había escapado a las garras de una legión de alguaciles? Pues muy en
breve vamos a saberlo.
VI
Cierta mañana en que Soledad regresaba de la misa de San Juan de Letrán vio, no sin sorpresa que toda la manzana
comprendida en la calle del Indio Triste, se hallaba cercada por soldados y alguaciles, junto a los cuales una inquieta
muchedumbre se arremolinaba, distinguiéndose entre la multitud léperos mal encarados, bedeles somnolientos,
mercachifles de tipo israelita con un salpicón de pilluelos desarrapados. y mendicantes.
-¡Qué es lo que pasa, Melchor=-preguntó Soledad al potero que le abriera de par en par las puertas del zaguán.
-Pues dicen que han matado a Don Pánfilo Orolla de la casa que sigue.
Sí; bien conocía ella al exinquisidor Orolla, que había sido consejero favorito del Virrey Venegas, y quien según
la voz pública había influido mucho para que Hidalgo expiara en el patíbulo su amor por la Independencia. Allá
afuera el alborozo crecía; muchas voces acusaban públicamente del crimen a Mangas Negras, clamoreando porque
fuera aprehendido y quemado en la hoguera. Pero el tumulto degeneró casi en motín cuando de la densas masas se
levantó en coro el grito siniestro de ¡Mueran los gachupines!
Doña Soledad, sin desvestirse del traje de calle, se dirigió apresuradamente a su oratorio, santiguándose y postrándose
ante la Guadalupana. ¡Y extraño! Uno de los dos cirios había ardido en su ausencia más de prisa que el otro,
quedando a la llama algunos minutos de vida. Poco a poco sus resplandores se iban amenguando, amortiguándose
luego en azulada lucecita, hasta desaparece por completo tragadas en la penumbra matinal. Y antes de que la
doncella se repusiera de la sorpresa abrióse repentinamente la tablazón de la pared, incrustada en maderamen
de ébano, saltando en medio de la alcoba, un joven de semblante ascético y faz demacrada, envuelto en una capa
aragonesa que le llegaba hasta los hebillados zapatos .Por su cabello desgreñado y su mirada inquieta esa aparición
más parecía la sombra de Orestes perseguido por las Furias ,que una realidad. Pero era una realidad, pues el aparecido
era nada menos que Íñigo de Garibay, mortalmente herido en el pecho de una bala de arcabuz.
Soledad se arrojó luego en sus brazos ,restañando con su pañuelo de Cambray la sangre que de la herida manaba
-Sí, balbuceó débilmente Don Iñigo-acabo de matar al viejo Orolla, como he matado a otros muchos realistas
enemigos de la Nueva España, y …
-Luego eres tú…
¿Alas Negras? Pues así ha dado en llamarme la fantasía popular. Y muero contento. Llama a mi madre…
Pero cuando Doña Ana llegó ya Don Íñigo había expirado con una sonrisa en los labios, apretando en las manos
una pequeña pintura de Hidalgo con la que fue sepultado, lo mismo que con el reloj que le diera Allende la víspera
de ascender al luminoso patíbulo.
Y todavía yacen en una cripta del sótano de la casa del Indio Triste los restos del Coronel Insurgente Iñigo de
Garibay.
Con él pudo haber muerto Mangas Negras; más nunca el esclarecido patriota y revolucionario cuya justiciera
mano hiciera morder el polvo al infamoso Riaño.
Mas como en esta vida nunca faltan las ironías, es de advertirse que en el féretro del difunto se ostenta una Cruz
de Oro de Santiago de Calatrava.
( La Prensa, Los Ángeles, California, 13-IX-1919)
Las iras de Plutón
(Página suelta de un libro inédito)
I
Cuando desperté, hallábame por el suelo asido de los pies de la cama, que sacudía y brincaba cual potro cerrero
que siente por primera vez la silla y el toque de las espuelas: las paredes del cuarto se movían y tronaban, haciendo
rodar por la alfombra, con infernal estrépito, espejos y cuadros, arremolinándolos de un extremo a otro en danza
macabra. Haciendo un esfuerzo supremo logré al fin ponerme de pie, acercándome a las ventanas que daban a las
calle; ¡qué horror! esta y las adyacentes de Buchanan y Pine oleaban cual mar tempestuoso, abriéndose y cerrándose
cual fauces hambrientas de Titanes Bolshevikis, tragándose hombres y bestias en sus plutónicas oquedades. Gentes
y perros corrían atropelladamente de un lado para otro, mientras que otras caían posternadas en las aceras, pidiendo
a gritos misericordia. Al diapasón siniestro de los desencadenados elementos, uníase el aullido de los canes, el
relinchar de los caballos y los desgarradores ¡ayes! de los moribundos.
El cielo aparecía entoldado con nubes de amarillento polvo, que los rayos del sol naciente acariciaban en tonos
opalescentes y cruzado de continuo con parvadas de asustadas gaviotas que raudas volaban hacia el sureste, huyendo
tal vez del cataclismo que engolfaba a sus pies a todo el mundo viviente. ¡Cómo las envidié, contemplando fascinado
el donairoso batir de sus amplias y tenues alas, que desde las alturas desafiaban las cóleras del viejo Plutón!
**
Fue esa la mañana del 18 de abril de 1906, el siniestro día del Terremoto de San Francisco, California, fecha que
aún arde en mi memoria con caracteres de fuego, encendiendo las cenizas del pasado en apocalípticas y retrospectivas
visiones.
Calmados un poco lo sacudimientos, echéme por esas calles dirigiéndome hacia los bajos de la ciudad, a la imprenta
de Clay Street, donde se publicaba mi periódico “La Revista del Pacífico”. Todas las avenidas que conducen el
perímetro comercial de Market, Kearny y Montgomery, hallábanse obstruidas por los escombros de caídas chimeneas,
paredes, y vidrieras: no había un solo edificio sin cuarteaduras y averías, amenazando algunos desplomarse de un
momento a otro. Al llegar a Unión Square, y en el centro el jardín, apercibí multitud de formas blancas que yacían
en el mojado césped en camisa de noche. En su mayor parte eran cadáveres de mujeres que habían perecido en
el terremoto en las casas situadas a lo largo de las calles Geary y Post, en línea paralela al gran Hotel St. Francis.
Al llegar, un pelotón de soldados hacia fuego sobre dos individuos replegados y atados a una pared, por habérseles
sorprendido robando brutalmente los cadáveres de las víctimas, pues uno de los salvajes rufianes cortó las orejas
del cuerpo aún palpitante de una de las mujeres para apoderarse de las arrancadas de brillantes.
En la Plazuela de Kearny, donde principiaban el barrio chino y partía la calle de New Montgomery, veintenas
de zapadores abrían zanjas, sepultando en ellas después de breve identificación, a los fenecidos. Uno sobre otro,
divididos solamente por unas cuantas paletadas de cal. Dos sacerdotes católicos, crucifijo en mano rezaban en voz
alta el oficio de difuntos, recorriendo de un extremo al otro, las improvisadas fosas. Fueron los únicos semblantes
apacibles y serenos que yo viera ese dies irae en la humana marejada: el único rayo de espiritualidad que distinguía
a esos hombres de las demás bestias.
Al regresar para las calles de Market y O´Farrell, enormes lenguas de fuego y columnas de humo brotaban, arremolinadas
por el viento, de un mercado que había cercano del edificio del “Morning Call”.¡La hora de las expiaciones
y de los heroísmos había comenzado! Las patas del Fauno juguetón del norte, pisaban ya las brasas de la
gargantuesca pira donde iba a perecer incinerado e irredento.
Adolfo Carrillo
(“La Prensa”, Los Ángeles, Cal.,)
Los secos y los mojados
Las costumbres crean las leyes y no las leyes las costumbres.
Rabelais decía por boca de Gargantúa: “Con un pellejo de vino añejo a mi lado y una buena moza en mis brazos,
me encuentro en paz con todo el mundo, hasta con el mismo diablo”.
En esa burda expresión hállase condensada la filosofía de toda una época; ¡qué decimos! De un prolongado periodo que
principiara con la borrachera del viejo Noé, perdurando en una forma o la otra, al través de todas las civilizaciones europeas.
En la Edad Media, no hay monasterio, abadía o convento que carezca de sótano repleto de buenos vinos: cada
monje bebía a diario media docena de botellas y dos litros de sidra de Normandía. Igual cosa sucedía en los castillos
de la nobleza y en las chozas de los siervos y labriegos.
Los más grandes pensadores y artistas del Renacimiento, solamente usaban el agua para sus abluciones: Rembrandt
bebe y pinta alternativamente; Rubens moja en vino de Palermo su exquisito pincel; el eximio Velázquez concibe
su lienzo de las Meninas después de libar sendas copas de Rioja; el inimitable satirista Quevedo y Villegas, escribe
sus mejores comedias a la luz mortecina de las tabernas; y por último, el colosal y plástico Goya, el Hogarth ibero,
mueve su pincel impulsado por las caricias del jerez amontillado.
Si desde Madrid saltamos los Pirineos para la Francia veremos en la Ville Lumiere, en el París de Bonaparte y Víctor
Hugo, el reinado de Baco en todo su apogeo. Pero de bacanal que era en los tiempos de Rabelais, háse tornado
en sutil ebullición espirituosa que produce un Alfredo de Musset, un Balzac, un Baudelaire, un Lamartine y otros
genios iluminados por la delicada antorcha de bebidas efervescentes. Literatos, filósofos y escultores cortan en los
viñedos sus mejores rosas intelectuales.
Estando en Asniers frente a una botella de Burdeos-dice candorosamente Lamartine-vínome la inspiración de
escribir “Atala” y “René”. Bajo los prismas verdes del ajenjo, Musset hizo bailar a Venus Cíterea, dorando sus alas en
relámpagos de amor. Honorato de Balzac trazó las primeras páginas de su inmortal Pere Goriot, al cabo de apurar
dos botellas de Chatteau Laffitte.
Napoleón mismo decía que de no haber sido por una copa de coñac, bebida al alborear del día, no habría obtenido
el estruendoso triunfo de Austerlitz.
**
En los Estados Unidos el licor ha sido la Ninfa Egeira de muchos de sus históricos prohombres. Washington, que
abominaba tanto a los ingleses, tenía debilidades infantiles por sus vinos. Bancroft nos cuenta que en su mesa y la
de Lafayette había siempre más botellas que platillos.
Ulises S. Grant ganó sus mejores batallas inspirado por el whiskey; y en esa cualidad selénica no le iban en zaga
muchos de los leaders de la Confederación.
A Thomas Jefferson nunca le sorprendían sin un frasco en el bolsillo. Grover Cleveland dormía con una botella
bajo la almohada. Benjamín Harrison traguitraba a menudo, lo mismo que el puritánico McKenley.
Si de los guerreros y estadistas pasamos a los poetas y filósofos norteamericanos, apercibiremos descollar en primera
línea a Edward Allan Poe, autor del clásico Raven y el novelista más eminente de los Estados Unidos. De entre esa
pléyade de supermen fue el único que sucumbiera al calor de la flama alcóholica, testando al mundo las epopeyas
de su divino genio. La copa que le matara iluminó a su espíritu.
Longfellow, Bryan y Emerson no florecieron por cierto en campos yermos: el creador de Evangelina no era parco
en el beber ni menos el austero y místico Emerson, quien tras de la Biblia, tenía una botella como centinela.
**
Todo fenómeno espiritual, obedece directamente a un fenómeno patológico; y cuando aquel surge, es porque el
organismo ha sufrido instantánea o permanente alteración. Es decir la inteligencia por sí misma, sin estimulantes
que la impulsen es del todo incapaz para concepciones atrevidas y originales.
De ahí la diferencia que existe entre el genio y el talento: éste es puramente normal, mientras que aquel viene a
ser extraordinario. El exceso en la bebida desequilibra y atrofia: la moderación en su uso, estimula y da vuelos a la
imaginación.
Y aún para la vida común y rutinaria del burgués, un trago diurno o nocturno, contribuye a levantarle de las asperezas
triviales de la existencia. ¿Por qué, pues, arrebatarle el privilegio de las ilusiones y las fantasías, que después
de todo, son las únicas que hacen llevadera la vida?
Más de uno de los secos revuélvase hoy solapadamente en charcos de wiskey mientras que a los mojados solo queda
el derecho de la protesta y sustituir con drogas mortíferas lo que por derechos constitucionales antes disfrutaban
inocentemente.
Bien decía Heine que hay más filosofía en el fondo de una botella que en el cráneo de Hamlet.
Adolfo Carrillo
(“La Prensa”, Los Ángeles, Cal., 16-X-1920)
La victoria de los republicanos
Débese al miedo bolchevike. Se buscan medianías en vez de genios.
La causa principal que contribuyera a la elección del Senador Harding a la Presidencia de la República, fue sin
duda alguna el temor próximo o remoto que inspira a la burguesía americana el bolchevikismo, cuyas perniciosas
doctrinas estaban siendo activamente propaladas en los Estados Unidos.
Sin fundamento ninguno y con aviesas miras, muchos de los grandes diarios de la prensa republicana acusaron una
y otra vez al partido democrático de haber dado acogida a los ideales de Trotsky y Lenine, nombres naturalmente
abominados por las clases opulentas de este país, y por las masas burguesas de su población, cuyas aspiraciones
nunca se apartan de la gravitación de los dollars. Otras causas que militaron también en la derrota de Mr. Cox, fue
el Pacto de la Liga de las Naciones, que como osada reforma en principio internacional, amedrentó al pueblo americano,
de suyo conservador y rutinario en materias que afectan a su exterior. Habilidoso en el manejo de la intriga política,
los republicanos explotaron a sus anchas esa idea, arguyendo que de aprobarse y sostenerse, envolvería a este país
en el futuro en una serie de conflictos internaciones. Ese fantasma de guerra intimidó los elementos femeninos
de la nación, cristalizándose ese miedo en votos favorables al candidato Harding, que fue electo sobre su rival en
aplastante mayoría.
Otro fenómeno muy digno de haberse observado, es el de que este país prefiere como gobernantes a las medianías
en vez de a los hombres de genio, y de ahí que amenguara la popularidad de Wilson en proporción en que descollaba
su talento, tildándole sus enemigos de tendencias cesaristas y aristocráticas.
Harding, por el contrario, es el prototipo del burgués yankee; religioso en materia de creencias, mediano de inteligencia;
reaccionario en convicciones y común y corriente en la vida ordinaria. Es en fin, lo que Emerson llamaba
“un hombre metido en pantalones de cuero”.
Por eso es más a fin que Cox con las densas masas norteamericanas; es algo como la imagen, la reflexión de ellas.
Por eso Cox nunca pudo serles figura simpática; venía oliendo a radicalismo, y agitando en su diestra el martillo
del iconoclasta, por medio del cual proponíase derribar los viejos ídolos.
-¡Un bolsheviki!-gritaban en coro los plutócratas de Wall Street sacudiéndole la burguesa y el feminismo, uniéndose
todos en lapidarlo.
Y el resultado ya lo vemos; el partido democrático fue sepultado en votos. Lo cual confirma el dicho de Mark
Twain:” ¡Mis paisanos se ríen de todo, y sólo lloran cuando les pido un dollar!”
Adolfo Carrillo
(“La Prensa”, Los Ángeles, Cal., 6-XI-1920)
Dehesa, Limantour y otros vuelven a México con los bolsillos vacíos, pero llena el alma de patriotismo
Los emigrados políticos están volviendo a México como Sancho Panza al terruño: con las manos vacías y las
uñas largas. Es decir, dejan precavidamente sus caudales en Europa o los Estados Unidos, temerosos de que se les
puedan exigir responsabilidades pecuniarias.
El último de esos caballeros de la ganzúa política porfiriana desembarcado en la Heroica Veracruz, es nada menos
que Teodoro Dehesa, hombre de pelo en pecho, tan hábil para cortar bolsas como pescuezos. A su fuga, llevóse
consigo tres millones de pesos en giros sobre la Habana y Bancos de Hamburgo. Esos dineros fueron sacados de la
aduana marítima veracruzana y del Banco Nacional de México. ¿Dónde están esos fondos, sustraídos clandestinamente
de la nación?
Porque el indulto es una cosa y la responsabilidad otra muy diferente: la ley perdona, cuando hay circunstancias
atenuantes que modifiquen o alteren su base fundamental. Mas en crímenes por sustracción de caudales públicos,
el castigo es primordial al perdón, a no ser que se restituya lo malamente adquirido. En jurisprudencia penal ese
principio es inalterable. O se aplica en todo su vigor, o bien se le hace a un lado para obtener determinado propósito.
No cabe otra disyuntiva.
En vista de la actitud magnánima del actual Gobierno para con él, el Sr. Dehesa, por delicadeza propia, debería
proceder sin tardanza a la devolución, sino del total, al menos de parte de esos dineros que en su apresuramiento
de abandonar el país, condujo distraídamente para el extranjero en sus amplias y holgadas alforjas. ¿Consumará
ese acto de tardío patriotismo?
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Casi pisándole los talones jarochos, está por llegar a México otro superman del fenecido régimen porfiriano: nos
referimos al inolvidable José Ives Limantour, que también se nos fue y con él ocho millones de liras esterlinas.
Siendo un juglar distinguido en materia de guarismos, Monsieur Limantour pisará las playas mexicanas con el
aire de un Pericles crucificado, y tal vez, si el tiempo y la opinión pública lo permiten, formulará reclamaciones por
daños y perjuicios contra el Gobierno.
Otro pueblo menos generoso que el nuestro le recibiría dándole las llaves de la cárcel en vez de las de la ciudad;
pero nosotros le recibiremos con banquetes y discursos, pues a pesar de todo, dejó en nuestro medio multitud de
ilustres discípulos, siendo uno de los más aprovechados nuestro amigo el bolsheviki Salvador Alvarado.
A los acordes de las bandas militares, ¿quién es aquel que pueda escuchar el retintín de los pesos fuertes? Un yankee
puede olvidar una bofetada, pero nunca un dollar: lo contrario sucede precisamente entre nosotros. Por eso glorificamos
a Pancho Villa, considerando como travesuras sus monstruosos crímenes.
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Otro de los ausentes más llorados y queridos en México es sin duda alguna Lázaro de la Garza, ex Tesorero de
Villa y que dio machetazo al caballo de espadas de Columbus, trayéndose para Los Ángeles dos millones de dollars de
los fondos revolucionarios. El Sr. de la Garza fincó aquí un castillo feudal con troneras, almenas y puentes levadizos,
empleando como cancerbero a un enano de vaudeville. Luego desapareció reapareciendo en Londres, y desde allá
solicita el regreso a México.
En fin, todos quieren volver menos nuestro malogrado compatriota el Sr. José María Maytorena, conocido familiarmente
con el cariñoso nombre de Pepe Corazón de León. Al salir de Sonora, quemó sus naves y sacudió el polvo de sus
zapatos-dejando hasta sus calcetines del otro lado de Nogales. Y nunca más volverá a hollar su planta el ingrato
suelo mexicano. Y de ahí sus melancolías y sus infinitas tristezas, pues dicen que pasa la vida como el cenzontle
en dorada jaula, trinando a la luna en las noches de niebla. Pues mientras Obregón viva y Plutarco ahorque, aquí
dejará sus huesos-y sus pesos.
Hay otra clase de emigrados -los llamados intelectuales. Sin que nadie lo solicite, esos pedantes ofrecen su ayuda
al General Obregón, queriendo alumbrarle en su peregrinación administrativa. De entre ellos el más modesto es
el taciturno tlascalteca Jorge Vera Español, Prometeo encadenado en un plato de frijoles negros. El otro luminoso
meteoro que amenaza con sus fulgores, disipando las tinieblas revolucionarias, es el Chevalier de los Espejos y de
las Sábanas, Francisco León de la Barra, quien en espartano y lapidario cablegrama, dice al Presidente Obregón:”
Mis felicitaciones. ¿Puedo girar por gastos de viaje?”
Adolfo Carrillo
(“La Prensa”, Los Ángeles, Cal.,11-XII-1920)
Se fue el año dejándonos recuerdos de hombres ilustres y hombres ilustres con dinero
Los monos-hombres de Australasia, tienen la creencia, según nos informa Darwin, de que el tiempo es siempre
actual y son los mortales los que pasan por el tiempo. Por eso no reconocen años ni edades, ni principio ni fin.
Inconscientemente son en esto los precursores de la filosofía del gran Leibintz, para quien el cosmos era solamente
un cambio de estaciones.
Mas ya sea un signo arbitrario o una realidad tangible, el hecho es que no bien acabamos de sonreír a la juventud
cuando nos alcanza y nos sorprende la vejez, asiéndonos brutalmente con sus manos de hielo, empujándonos hacia
un camino al través del cual, según Séneca, no hay más luz que la de una esperanza ilusoria.
Cuando el Dr. Fausto se miró una vez al espejo reflejando un rostro atenuado y marchito, quebró apesarado en
vidrio invocando a Mefistófeles para que le rejuveneciera.
-¿Quieres oro, fama, honores?-le preguntó el diablo presuroso y sonriente.
-No-exclamó Fausto con tono de angustia-quiero juventud, ¡quiero amor!
-¿En cambio de qué?
-¡De mi alma!
¡Y el contrato fue cerrado con la aparición de Margarita!
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¡Alma! Una entidad ficticia, incorpórea, de que todos hablan y nadie conoce, que todos creen tener y nadie posee.
Refugio de la vejez, según el poeta Heine, una emoción de los que tienen miedo a morir, como lo asentaba el gran
Voltaire.
Los años sólo cambian de número: los hombres son los que pasan para nunca más volver. Mas si perecen , muchos
de ellos inmortalizan su nombre legándonos obras de imperecedera grandeza.
México, por ejemplo, es una Necróplis de varones ilustres: la época colonial nos proporciona una colección inmejorable
de virreyes imbéciles cuando no ladrones. En los primeros años de la guerra de Independencia saludamos por primera
vez a un Picaluga, que ha reencarnado en muchos de nuestros hombres públicos.
En Agustín de Iturbide tuvimos a un buffon con el cetro de un monarca, con una Corte de criollos y mestizos que
imitaban a porfía la de Fernando VII, aun en el detalle mismo de la regia vacínica de oro macizo, vaciada y limpiada
por los chamberlanes de calzón corto y medias de seda.
Más tarde tuvimos un cojo que se hizo llamar Alteza Serenísima, pero que los leperitos mexicanos insistían en
apodar pata de palo. Cierta ocasión, Santa Ana se hizo pintar con el traje de Napoleón Bonaparte, preguntando a
uno de sus generales de si se parecía al héroe de Austerlitz. A lo que éste respondió:
-Se le parece usted tanto que si su Alteza hablara el francés, la ilusión sería completa.
Al través de nuestros circos políticos podemos columbrar aún a distinguidos payasos que ya se pierden en la noche
de los tiempos: a un Bustamante, que le gustaba disfrazarse de china poblana; a un Peña y Peña, que antes de ordenar
un fusilamiento, se hacía flagelar desnudo por una de sus más bonitas criadas; y a un Porfirio Díaz, que cuanto más
fusilaba, más lloraba. Algo como un cocodrilo con botas de general.
En esa interminable procesión de patriotas pro-tempore, vienen desfilando otros no menos eximios que los anteriores:
¿quién es aquel que por ahí pasa, arropado en las sábanas de la Emperatriz Carlota? Pues ese es el Chevalier
Francisco León de la Barra, un anticuario que por amor al arte retiene las reliquias históricas de Chapultepec. Y
aquel otro de frágil estatura y faz de lámpara apagada que parece andar sobre huevos sin quebrarlos?¡ah! es Esteban
I de Mexicali de la dinastía de L´Valours: en menos de cinco años acumuló más de diez millones. Los dollars y los
años se quedan, pero Don Esteban ya se nos va. Pero su recuerdo permanecerá siempre verde en nuestra memoria:
fue el más privilegiado de nuestros sans-culottes argentíferos.
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El año que se fue nos deja a nosotros como de antaño: nos hallamos, como Job, en el estercolero. Con la única
excepción de dos o tres Generales amigos míos que han envainado la espada y desenguantando las uñas.
Adolfo Carrillo
(“La Prensa”, Los Ángeles, Cal., 1-I-1921)
Cuba es la Niobé sin hijos. Madre de los siete dolores
Cada vez que veo a un patriota cubano me dan ganas de llorar: he ahí a un candidato a héroe-me digo entristecido
-que no es cubano ni es americano, no obstante el haber nacido en Cuba bajo la protección del Águila del Potomac.
Viene a ser algo como un paria internacional con derechos solamente reflejos: porque ni tiene el privilegio de pedir
prestada una peseta, ni echarse a la manigua con machete en mano, a cortar cabezas de peninsulares.
¡Nada! chico, estamos ciertamente de malas, diríase que de pésimas. En los tiempos épicos de Céspedes, Antonio
Maceo y Máximo Gómez, nuestros locuaces y simpáticos amigos los cubanos pasaban los ratos de ocio conspirando
contra los Capitanes Generales ladrones que les mandaba España. Algunos de los conspiradores del castillo del
Morro, y otros excavaban a Cayo Hueso o Tampa, buscando el abrigo del Pabellón de las Estrellas. Pero los más
se iban a las maniguas, viviendo en ellas y envejeciendo en ellas, tanto por sobre de españoles como por falta de
cartuchos.
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La época colonial fue algo como la Edad de Oro de los cubanos: en una mano tenían la espada y en la otra la pluma,
y en la boca una bellísima oda de un Heredia. Como buenos revolucionarios, desdeñaron el trabajo deificando
a la revolución separatista, de cuyo triunfo esperaban un maná consuetudinario. Sus leaders colgaban la hamaca
del tronco de dos ceibas, y después de dormir la siesta, entonaban homéricos cantos , dignos por su ternura de
quebrantar las peñas. Luego, al correr la noche, y a semejanza de los pastores de Virgilio, sonreían satisfechos a las
estrellas…
¡Cosa singular! Así a los cubanos como a los peninsulares les convenía prolongar esa guerra de conflictos imaginarios:
a los isleños para vivir del país y a los españoles para vivir sobre el país.
Ambos, después de tirotear sin matarse, concluían por abrazarse: los españoles sonando los centenes de oro; los
cubanos embolsándoselos. Sin descuidar el darles las gracias en versos endecasílabos.
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Y esa existencia pastoril se habría prolongada hasta la consumación de los siglos, de no haber sido pro Máximo
Gómez, que buscó el apoyo de los Estados Unidos por mera fórmula, metiendo el pescuezo en una argolla de
hierro.
Y la argolla aprieta, casi ahorca, pues que nuestros buenos amigos los cubanos, no tienen ahora ni el derecho de
suicidarse. ¡Qué decimos! Ni el de pedir prestados diez pesos, comprarse una pistola y volarse la tapa de los sesos.
Porque según la Enmienda Platt, Cuba no puede incurrir en deudas sin permiso de los Estados Unidos, y es por
ese motivo, un menor de privilegio. Resulta, pues, que ni puede suicidarse, ni sublevarse, ni echar un sablazos a sus
amigos, y en extremidad tal sólo le queda el recurso de invocar la ayuda de los Dioses de Wall Street, dando como
garantía sus dos únicas grandes fuentes de riqueza: sus azúcares y sus tabacos. Y ya se sabe que cuando los números
llegan, las musas vuelan. Por eso ha muerto en Cuba la poesía.
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Para los españoles que residen en la Perla de las Antillas, la independencia de la isla ha sido una ganga: están enriqueciendo
muy deprisa, sin temores de préstamos forzosos, ni exacciones de Capitanes Generales. No así para
nuestros amigos los cubanos, quienes por ser todos poetas, no merecen ciertamente que se le mande de Washington
un General Yankee cuyo nombre huele a pólvora y puede hacer explosión de un momento a otro. Bien dijo José
Martí al exclamar, un día que almorzábamos juntos en Nueva York:
“¡Cuba es una estrella asida a un sol que la abrasa!”
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Mas a pesar de todo, los cubanos son los hombres más graciosos del continente americano, y tanto por su humor
como por sus gasconadas, alguien les ha llamado los irlandeses de las Antillas.
Cierta vez me decía el capitán Mola, joven insurrecto de matanzas, refiriéndose a su hazañas en la manigua:
-Veras, chico, una ocasión en Camagüey, fui sorprendido por un batallón de peninsulares. Machete en mano, me
arrojé al combate siendo levantado por la concusión de una granada a la altura de veinte pies. Un ciclón tropical
que en esos momentos soplaba me arrebató en el aire jugando conmigo a la pelota, pero sin que yo soltara mi machete.
Así pasé volando junto al Morro, y al ver un centinela español en las almenas le corté el pescuezo, limando la hoja
en una nube que pasaba. Y subí y subí hasta pasar por encima del cabo Hatteres, donde un grupo de gaviotas unió
sus vuelos al mío. Se le antojó a una poner un huevo en el aire; me quité el sombrero y lo capeé, satisfaciendo el
hambre. Luego saqué un puro de Vuelta Abajo, mas careciendo de fósforos para encenderlo, simplemente le dejé
entre los dedos, encendiéndole la presión atmosférica, por la rapidez vertiginosa en que íbamos.
¿Hablaba Tartarín de Tarascón o Munchaussen?
Adolfo Carrillo
(“La Prensa”, Los Ángeles, Cal., 8-I-1921)
La Doctrina Monroe petrolizada.
Trabajos de zapa de Edward L.Doheny
Un hecho de profunda trascendencia para México acaba de ocurrir en Los Ángeles en un meeting verificado en
el Instituto de Ingenieros de minas y metalurgia, bajo los auspicios del solapado enemigo de nuestro país, Edward
L.Doheny.
El Mefistófeles de Chester Place echó mano esta vez para lanzar sus planes, de Mr. Mark L.Requa, administrador
nacional de combustibles en los Estados Unidos. Este señor, en un discurso pronunciado en dicho cónclave-con
datos e ideas que le proporcionara Doheny-dijo que el Gobierno americano debería petrolizar la Doctrina Monroe,
impidiendo en lo futuro el que las Potencias europeas adquirieran terrenos con manantiales de aceite en el Continente
americano.
Luego tomó la palabra el satélite intelectual de Edward Ralph Arnold, quien en una arenga encomiástica de su
amigo el millonario, desenvolvió la original tesis de que Doheny había salvado a los Aliados en la guerra contra
Alemania, por el hecho sencillísimo de que su petróleos, sacados de México, había movido las poderosas marinas
de Inglaterra y Estados Unidos. Luego, siendo esto así, es casi un deber sagrado de Washington el de amparar y
proteger los intereses petroleros que aquel tiene en Tampico.
En otras palabras, Doheny quiere sacar la castaña con la mano del gato, o, como decía su paisano McManus, freír
la merluza en la sartén del Tío Samuel.
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Después del meeting-que entre paréntesis estuvo muy aplaudido-se levantó el acta correspondiente firmada por
todos los miembros del Instituto, imprimiéndose de ella millones de ejemplares que han sido puestos a la circulación.
En un prólogo cuajado de estadísticas, demuéstrase que los yacimientos petroleros en este país están próximos
a desaparecer y que los del nuestro apenas han principiado a explotarse, y siendo este combustible indispensable
para la marina mercante y de guerra de los Estados Unidos, así como para sus industrias, lo natural y lógico es que
se ejerza una especie de protectorado sobre esos recursos ,pues que realmente nosotros muy poco los necesitamos.
Los promotores de esa luminosa idea van a emprender una campaña en toda forma a fin de que el Congreso y el
Senado, en su inmediato periodo de sesiones, expida un Decreto petrolizando, por decirlos así, la Doctrina Monroe.
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En su incipiencia, ese movimiento parece ser una broma, más que otra cosa: mas estudiándolo en el fondo y bajo
su aspecto utilitario, uno llega al convencimiento de que es hacedero, pues en materia de intereses hay ciertas
clases por aquí que no se detienen en escrúpulos de ninguna suerte. Porque, por más que se diga y vocifere sobre
las limitaciones internacionales de los pueblos fuertes en relación a los pueblos débiles, el hecho es que los peces
grandes siguen comiéndose a los chicos, y si Rusia no fuera un cetáceo, ya se la hubiera tragado la Gran Bretaña.
Empero, tengamos confianza en la nueva generación de estadistas norteamericanos que hoy guían los destinos de
los Estados Unidos, así como en el criterio amplio y patriótico de nuestros actuales gobernantes: aquellos anhelan
para México una época de tranquilidad y desenvolvimiento industrialista; y éstos últimos un acercamiento político
y comercial, modelado en una diplomacia franca que en vez de humillar, enaltezca a México. En esa mutua actitud
cuyas manifestaciones, comienzan ya a pulsarse en la opinión pública, se estrellarían las maniobras tortuosas de
Mr.Doheny y sus mercenarios acólitos, quienes movidos por insano lucro, no dan tregua ni descanso a sus bellacas
intrigas.
El Presidente electo Mr. Harding lo ha dicho categóricamente:” De los tiempos de Mr. Blaise acá, el Partido
Republicano ha cambiado mucho, y de México sólo queremos amistad y esperamos justicia”.
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De todas maneras, es bueno que nuestros compatriotas se enteren del cariño intenso que nos profesa el “green
raven” de Chester Place, quien en su reciente viaje a Tampico donó fondos para reponer la catedral, sin duda para
darnos el cielo y quedarse él con la tierra.
Un rasgo de generosidad a lo Pickwick, el donoso tipo creado por la fecunda y privilegiada fantasía del inmortal
Charles Dickens.
Adolfo Carrillo
(“La Prensa”, Los Ángeles, Cal., 29-I-1921)
Aumento de la criminalidad en los Estados Unidos la locura por las riquezas.
“There is thy gold,
Worse poison to men souls”
–Shakespeare
Un cincuenta por ciento de los crímenes que se cometen en los Estados Unidos reconocen como génesis el deseo
de lucro, la sed de oro, la locura pagana por los goces de lo material, que al desenvolverse cual dolencia nacional,
viene a atrofiar todos los más nobles instintos que existen más o menos latentes en la humana naturaleza.
Es que este país, individualmente, hase distanciado de su Independencia, quienes, como el puritano Benjamín
Franklyn, predicaban la sencillez patriarcal en las costumbres y la frugalidad en los hábitos domésticos. Emerson,
el apóstol de la pobreza y de la sinceridad, vaticinaba ya lo que ahora está sucediendo al exclamar: “ Cuando el
dinero pesa más que las virtudes, éstas se alejan avergonzadas”.
En verdad, en un pueblo donde la pobreza es considerada común crimen y la riqueza como un esfuerzo sublime, las
energías morales fenecen y se hunden, sustituidas por la doctrina de los más fuertes y más débiles. La misma doctrina
que sostuviera Nietzche y la que, al desarrollarse en Alemania, fortaleciera las castas militaristas y autocráticas.
**
Los norteamericanos temen más a la miseria que a todas las pestilencias, ya sean éstas morales o físicas; su dogma,
desde la cuna hasta el sepulcro, es por lo tanto el dinero. Money es el verbo sociológico de todas las clases. Los
pobres quieren ser ricos, los ricos millonarios y los millonarios desean ser Cresos. Es algo como un furor patológico
sin limitaciones .El dollar todo lo avalla: a su peso, todos los vínculos de familia se aflojan; a su sonido, hermanos
se tornan contra hermanos, mujeres contra maridos, hijos contra padres, amigos contra amigos. De los círculos
del hogar, asciende esa corruptela a las esferas más dilatadas del comercio y la política, en los cuales la lucha por el
dollar se intensifica y recrudece, convirtiendo a los seres más pacíficos en energúmenos codiciosos.
El Demonio del lujo, de la ostentación, hase apoderado de estas gentes: el que no tiene dinero en el Banco y
automóviles mirado con el más alto desprecio. La miseria de los pocos es un estigma indeleble. Y en proporción
de que los caudales aumentan, se ahondan aún más las diferencias de clases. Porque la aristocracia del dinero es
todavía más intransigente que la de la sangre. Tenía pues razón Sancho Panza al decir que un hombre enriquecido
es un hombre enloquecido.
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En presencia de esa psicología yankee, ¿a quién puede sorprender el número de crímenes que por dinero se están
cometiendo? Durante la última guerra se acumularon en los Estados Unidos enormes fortunas usándose para
crearlas de métodos dudosos, fortunas que ahora gallardean en las principales ciudades americanas, retando con insolencia
a las multitudes de abajo. En su anhelo por emularlos, éstas abandonan la actitud pasiva que antes guardaran, contaminadas
por esa epidemia intelectual que solamente exalta y deifica las brutalidades del éxito material.
De ese medio argentífero y putrefacto están surgiendo todo género de crímenes: no crímenes emocionales, resultado
de todas las civilizaciones e idealizados por el Dante en la Edad Media, sino los más feos y prosaicos del robo en
todas sus manifestaciones: desde los del petardista callejero, hasta los del especulador acaudalado. De esa inexorable
ergástula sociológica no hay manera posible de escapar: o se es paria o banquero. ¿Quién vacila para optar entre
esos dos extremos?
**
Por eso tenemos hoy, como agentes del crimen, el veneno, el puñal, la pistola, la tea incendiaria, el plagio y demás,
haciendo crujir los Tribunales con toda clase de maldades. Todos ellos giran alrededor de la circunferencia de un
dollar, y por ello crímenes calculados, fríos, con premeditación y alevosía, como acaba de suceder en el caso de
Denton. Es que las leyes morales y espirituales están caducando aplastadas en un torbellino de ambiciones personalistas,
exactamente lo que acontecía en Roma, según Tácito, durante la decadencia de los Césares.
Quo vadis, Uncle Sam?
Adolfo Carrillo
(“La Prensa”, Los Ángeles, Cal.12-II-1921)
In Memoriam
Luctuoso aniversario de los asesinatos de Madero y P. Suárez
“Stat magni nominis umbra”
—Lucano
La muerte trágica de Madero, desde su aparición en las luchas civiles de México, estaba ya escrita en el misterioso
e inescrutable libro del Destino y debía haber sucedido como sucedió, dada la estructura sociológica de nuestras
tradiciones históricas. Mas llorada como lo fue, es y será su desaparición, fue del todo inevitable y necesario si la
debemos considerar bajo el punto de vista revolucionario y oportunista. Inevitable, por el hecho de que un hombre
-oveja, mal podría habérselas con una manada de lobos, que tarde o temprano tendrían que devorarlo a dentelladas;
y necesaria por haber acabado por siempre jamás con los cuartelazos y asonadas militares.
Lo que no pudieron conseguir todos los mártires de las guerras de reforma con su sangre y con su nombre, vino a
consumarlo un obscuro soñador de Coahuila, sin más armas que las de una fe ciega en sus convicciones, sin más
influencia que la proyectada por su exigua sombra, empujado hacia un Calvario resbaladizo por un entusiasmo de
apóstol, por una terquedad rayana en monomanía.
**
He ahí a un brioso leader que salta a la arena del combate inerme, sin nombre, sin talento, sin brillanteces de aureola
que deslumbre a las multitudes, guiado en su paso por un instinto, por un candor casi infantil que no tiene idea de
las distancias ni de los hombres.
La madre naturaleza habíale tratado con la dura mano de una madrastra: pequeño de estatura, ojos melancólicos
y faz serena, de aspecto huraño y taciturno no había en Francisco I. Madero prenda o cualidad alguna que pudiera
arrastrar a las masas populares a un sacudimiento redentista.¿Cómo es que éstas le secundaron presurosas, al ver
por primera vez su escueta y triste figura, perfilándose quijostesca en los yermos páramos de Chihuahua?
Su solitaria aparición, lanza en ristre contra el coloso zapoteca de Chapultepec, causó más risas que lágrimas, y
nadie quiso al principio tomarlo a lo serio. Mas el Arlequín de que hacían befa los bufones de Palacio, continuó
impávido su demoledor avance, cayendo al paso de su caballo hombres podridos e instituciones putrefactas, comidos
por la gangruna de 35 años de un despotismo tártaro.
No fue un huracán el que derribó a los ídolos de pies de plomo: fue el soplo de un niño que aplica el fósforo a la
puerta del pajar. Y así se desplomó el viejo orden de cosas: ignominiosa y pasivamente a semejanza del monstruo
nocturno del cuento de Balzac, que por falta ya de garras y de dientes fue estrangulado por el enanillo René.
Madero es más bien un ideal y una abstracción que una personalidad: mejor dicho, en su tipo burgués estamos
fundidos todos nosotros los mexicanos; y mientras México viva como entidad nacional, alentará en el alma la
memoria del sublime iluminado coahuilense, que al sentirse herido de muerte por uno de los esbirros, le apostrofó
exclamando:
“¡No me acabarás!”
Palabras proféticas que el pueblo ha recogido emocionado: acabaron con su cuerpo, chuparon su sangre, extinguieron
su aliento pero al retroceder en las brumas del pasado, su sombra se agiganta y bien podemos decir con Lucano
“Stat magni nominis umbra!”
Adolfo Carrillo
(“La Prensa”, Los Ángeles, Cal.,19-II-1921)
La resurrección de Pancho Villa
Será Gobernador de Chihuahua.
Se dice muy seriamente, en círculos informados, que el citoyen Francisco Villa, de fama continental, figurará
como candidato para gobernador de Chihuahua en las próximas elecciones que tendrán verificativo en el Estado.
Y si triunfa en ellas -lo que no es improbable- debe colegirse que más tarde aspirará a ocupar la Presidencia de la
República por idéntico método popular-selectivo.
Como bandido, el presunto candidato chihuahuense es incomparable: no hay en la Historia, antigua o moderna,
facinerosos que le aventajen en proezas de valor, de violencia y de ferocidad. Gestas y Barrabás fueron meros pilluelos
comparados con él: junto a él, el legendario Robin Hood, de fama anglosajona, es un simple monaguillo o chaval;
cerca de él, Luigi Bamppa y los rufianes y espadachines de la época de los Médicis se achican y empequeñecen,
cabiendo en el rodaje de una de las espuelas de Pancho; alineados con él , Bueyes Pintos, Vidaurri y Losada desaparecen
bajo las pezuñas de su yegua alazana. Villa es, finalmente, figura única en los anales del crimen, algo como la concepción
ecuestre de un Robin epiléptico, expresión simbólica, podría decirse de todas las malas y brutales pasiones, animadas
meramente por un animal instinto.
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La España de los tiempos de Lope de Vega y Calderón tenía predilección por sus matones y buscavidas inmortalizándolos
en las tablas; la de la época de Goya y luego la de Prim, enaltecieron en el lienzo y el romance a los forajidos de
trabuco y sus guerrilleros carlistas; pero después de fantasearlos en efigie, concluían por empujarlos al garrote vil.
Con todo y sus picardías hay en Ruy Blas mucho que nos encanta y nos fascina, por haber en sus mismas fechorías
un dejo de espiritualidad que Víctor Hugo se apresuró a cristalizar con su fulminante pluma.
Mas obsérvese bien: si la literatura de un pueblo enriquece sus páginas con tal o cual facineroso, jamás los enaltece,
sintiéndose orgulloso de ellos; criterio semejante acusaría una degeneración nacional, haciendo cómplice de ella a
todos los nacionales.
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La glorificación de Pancho Villa por lo tanto, significa que hay en nuestro temperamento algo anormal y desequilibrado,
ciertos síntomas de decadencia moral que urge extirpar de nuestro medio. En buena hora que admiremos en lo
íntimo de nuestra conciencia de hombres, la bravura salvaje y primordial de Villa, como admiramos en el redondel
la fuerza arrogante de un toro puntal; pero de esto a glorificar sus crímenes levantándolo de los charcos de sangre
donde se revuelca para purificarlo en las aguas de un Jordán político, hay una colosal distancia. Porque en el nicho
de Benito Juárez no puede caber ni la sombra del Atila de Columbus; al rehabilitar a éste, lapidamos la memoria
del primero. En ese dilema no hay disyuntiva posible: o bajamos al Reformador, o subimos al Salteador.
El indulto del bandolero fue ciertamente una exigencia política requerida por las circunstancias, y al concedérsele,
debió haberse dado por satisfecho; mas no fue así, pues ahora se yergue insolentado, juzgándolo como debilidad lo
que tan sólo fue un acto de oportunista clemencia. Y con la ilógica propia de los irresponsables créese un hombre
indispensable a los destinos nacionales, una especie de Porfirio Díaz del populacho, una voluntad que se impone,
un genio que se necesita, una fuerza sin la cual México caería en perdurable inercia. Aún no bien pasa los umbrales de
las serranas cuevas, cuando ve ya reflejada su imagen en la luna de los espejos de Chapultepec. Es que los periódicos
reaccionarios le han hecho creer que él es la resurrección de un Antonio de Santana y puede, si quiere, trepar a
la Primera Magistratura en hombros de sacristanes disfrazados de bolshevikis. Cría cuervos y te sacarán los ojos.
Lázaro de la Garza decía, refiriéndose a Villa:
“Pancho es un alacrán con alas. Y pica volando. Y ni en avión uno puede escapar de sus garras”
Adolfo Carrillo
(“La Prensa”, Los Ángeles, Cal., 22-I-1921)