María Oliva LP 1

María Oliva
Escribo con el pseudónimo de María Oliva, uso el apellido de mi abuela materna. Fue una gran contadora de cuentos.
Ella me enseñó a contar historias. Escribo desde hace un tiempo que no se si es mucho o poco. Yo diría que toda
la vida o diez minutos, esa es la sensación que tengo. Escribo relato, microrrelato y poesía. Algún día novela.
He estudiado creación literaria en la Escuela de Escritores (www.escueladeescritores.com) y en la Escuela Contemporánea
de Humanidades de Madrid (www.ech.es), donde realicé un master entre 2010 y 2012. Sigo estudiando
poesía, siempre seguiré.
Mis historias nacen de lo extraordinario del día a día. Una conversación, un viaje en metro, alguien que se sienta
a tu lado en un vuelo, una frase dicha al azar en una reunión de trabajo, de un paseo por la Habana o Jerusalem.
En todas se habla de amor, de todas las clases y formas de amor. Es lo único que me importa. No son reales pero
podrían serlo. El protagonista podría ser yo o podrías ser tú. Lo importante es contar historias.
Todos los días, Bob
http://mariaolivawritter.wordpress.com/
Joder, Bob, me llama W. y muy serio me dice:
– Mr. President, tengo que comunicarle que Norma Jean ha fallecido esta noche.
Eso me dice W. No escucho más, no quiero saber más. Veo como mueve los labios. Escucho a lo lejos la palabra
suicidio y no-se-qué de que los muchachos se ocuparán de todo. Me dice que no me preocupe, que no quedará
nada. Nada, Bob, de Norma Jean no quedará nada. Yo finjo ser Mr. President pero no puedo dejar de pensar en que
de Norma Jean no quedará nada. Nada absolutamente. Voy despacio hacia la mesa, me siento. Espero a que W. se
vaya o por lo menos a que no esté en la habitación porque irse no se va nunca. W. estaba antes y estará después de
que yo sea Mr. President. Él es Mr. President. No me interesa. Nada. Ya sabes lo que opino de W, Bob. Sólo pienso
en llamarte y en decirte en todo lo que pienso. De Norma Jean no quedará nada. De ti y de mí, tampoco. Y pienso
en todo lo que debiste decirle. Porque fuiste tú, Bob, el que le dijo algo a Norma Jean estoy seguro. Y no se lo dijiste
a la Otra sino a ella. Yo no soy Mr. President y ella no es M. Aunque todo el mundo lo crea, tú lo sabes, Bob. Tú
sabes que existen los Otros, nuestros dos Otros. Y no debías hablarle así a Norma Jean. Seguro que le dijiste que
no la querías. Yo lo hice una vez y casi acaba como ahora. Nadie debía decirle eso a Norma Jean. A Norma Jean
sólo la quise yo. Bob no tenías derecho a decirle a la Otra que la querías. No la querías. La mataste tú, Bob. No me
digas que no te lo podías imaginar. Bob, tú has estado dentro de ella. Dentro de Norma Jean. Dentro, Bob. Como
estuve yo. ¡Claro que lo sabías! Ella sólo quería que la quisiéramos. ¡Claro que la mataste, Bob! No digas eso. Sabes
perfectamente que sí es el fin del mundo. No lo es para Mr. President, ni para M., ni para W. Al fin y al cabo W.
encontrará Otro Mr. President. Siempre hay otro, tú ya estás dispuesto a serlo. Para mí, sí que es el fin y también
para Norma Jean. Lo es para ti. ¡Maldita sea, Bob, no llores!. Yo no lloro y es el fin del mundo. El mundo acaba
todos los días, Bob. Todos los días.
De las cosas que hacía Sue (i)
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Era una chica bonita: melena rubia, piernas largas, bien vestida. Una preciosidad. Vino con Rich. A Rich sí le conocía
bien. Venía desde que Joe compró el restaurante, eran amigos desde la universidad. O eso creía yo. Siempre que
venía a la ciudad se pasaba por aquí. Venía para que Joe viera lo bien que le iba. Era director de una de esas firmas
nuevas del valle. Viajaba mucho, siempre hablaba de sus viajes, de su mujer, que era guapísima, y de sus chicos,
como les decía él. Por eso cuando apareció con aquella rubia alta me extrañé. Dijo que era su compañera, que
trabajaban juntos. Créeme, nadie tiene compañeras como esa. Yo nunca tuve una compañera como esa. Esas rubias
no son compañeras de nadie. Ni de hombres ni de mujeres. Son otra raza. Y ahí estaba él, Rich con esa rubia
espectacular cogida del brazo saludando a Joe, sonriéndole con la mirada. Y Joe, allí sin decir nada.
En aquel momento no supe quién era la chica rubia. Después de que pasara todo me enteré de que era Sue, la
famosa Sue que fue la novia de Joe en la universidad. La que hacía que Joe siempre llorara cuando se emborrachaba.
Esa Sue. Joe la miró un segundo. Yo le miraba desde el pasaplatos. Me encantaba ver a Joe desde allí. Creo que así
me enamoré de él, mirándole desde el pasaplatos y esperando a que me mirara de reojo desde la barra. Sabía que
siempre me buscaba entre el jaleo de la cocina. Ese día no me buscó ni una sola vez.
Vi cómo la rubia le sonreía sorprendida. Juraría que estaba avergonzada. Debí darme cuenta de que pasaba algo.
Joe estaba tenso. Se le notaba en el cuello. En ese cuello de toro como yo le decía. ¿Le dije ya que Joe fue quaterback
en la universidad? Era un tío inmenso. Eso era lo que más me gustaba de él. Eso, y que era un buen tío. No sé qué
se le cruzó por la cabeza. Rich también era un tío inmenso, pero nunca pensé que fuera un buen tío. Por lo visto
jugaban juntos. Joe miraba a la chica, a “su” Sue, y no reaccionaba. No miró al pasaplatos ni una sola vez.
El camarero les dio la mesa de la esquina. Estuvieron allí charlando un buen rato. Hasta que Rich recibió una llamada
y se puso a hablar tan alto que todos podíamos escucharle, incluido Joe, especialmente Joe.
− Sí, cariño ya estoy en el hotel. Cenando, claro. Sí, solo. En el hotel.… Brad y Tom se fueron ya, ya sabes que
la mujer de Tom está a punto y no quiere separarse de ella – dijo Rich mientras buscaba la mano Sue. Ella estaba
incómoda, se en la silla. Jugaba con la copa. Miraba disimuladamente a izquierda y derecha. Agachó la cabeza.
− Sí, todo ha ido bien… Sí, claro, me acordé de la pastilla – dijo Bruce mientras sonreía y acariciaba la mano
de Sue. Joe le miraba fijamente desde la barra. Vi cómo Sue miraba a Joe – ¿Y los chicos? ¿Han preguntado por
mí?- dijo Rich buscando abiertamente la mirada de Joe.
Me llamaron desde la cocina, no encontraban algo en el congelador. Nunca encuentran nada en realidad. Cuando
regresé, Rich seguía allí con el teléfono en la mano, pero ahora miraba directamente a Joe. Sue disimulaba bebiendo
a pequeños sorbos de la copa de vino y mirando como si buscase a alguien en el comedor. Miraba sin ver. Yo
podía verla perfectamente. Pena de chica.
− Claro que llegaré a tiempo, tomaré el avión a las cinco, estaré allí a tiempo para la cena. Sí, no me he olvidado
de lo de tu madre – dijo Rich.
Rich sonrió mientras miraba desafiante a Joe. Sue también miró a Joe, pero no sonreía. Entonces fue cuando vi
cómo Joe saltaba desde el banquillo de la barra. Después todo fue muy rápido. No hubiera podido pararlo. Esta
vez, no. Fue un golpe tremendo. Rich cayó al suelo. Quedó completamente inmóvil sobre el piso. No le movimos,
ni le tocamos. Yo al menos no le toqué, no creo que nadie lo hiciera. Tenía el teléfono en la mano, eso lo recuerdo
perfectamente, no llegó a colgar. Joe se quedó quieto mirándolo. Ya era otro. La chica salió corriendo hacia el baño.
Estuvo allí llorando durante horas. Tuve que sacarla con la policía. Joe no se resistió. Bajó la cabeza, con ese cuello
de toro, y desapareció en el coche patrulla. A mí no me dio tiempo a llorar ese día. Lloré más tarde, durante meses.
Años, fueron años los que lloré.
A Joe le visité un par de veces en la cárcel, hasta que me cansé, le dejé y cerré el restaurante. Busqué otro restaurante,
sin pasaplatos. Fui al funeral de Rich. Conocí a la mujer de Rich, era tan guapa como decía. A Sue no la vi más.
Era de otra raza.