Marco Jerez LP 1

Jerez, Marco (Nogales, Sonora, México, 1944)
Doctorado en Español por la Universidad de Arizona, 1991 Autor de Rescate (novela, 1980); La Alta Pimería: Una
perspectiva histórica y humana (ensayo, 1981); Ser y expresión en la frontera norte de México (ensayo, 1995); Poemas
de la vida y de la muerte (poesía, 2006) Asociado en investigación histórico-literaria, Departamento de Español y
Portugués, Universidad de Arizona.
El Iilustre escritor
(Tragedia en tres actos)
© 1983 Marco Jerez
Una sala elegantemente amueblada. Sofá tipo “emperador”. Otros cuatro sofás. Una lujosa lámpara de cristal colgando
en el centro del cielo. Cortinas sumamente suntuosas. Una escalera (a la derecha), que sube al segundo piso.
PERSONAJES:
RODRIGO
EDUARDO
ANDREA
JUANA
GINER
ACTO PRIMERO
RODRIGO:
Empieza a hacer frío, ¿eh?
EDUARDO:
Yo creo que es el tanto estar sentado.
RODRIGO:
Es el frío del desierto. Llega de repente.
EDUARDO
El calor también.
ANDREA:
Aquí todo llega de repente. Tu padre me dijo–de repente–que el profesor Giner venía hoy a cenar con nosotros.
RODRIGO:
Comprende, mujer. El profesor Giner y yo empezamos a platicar. Luego lonchamos juntos. Y de pronto yo ya le
estaba invitando a que cenara con nosotros.
ANDREA:
Pues sí. Pero yo tuve que ir a trochemoche al mercado a comprar un pavo, vino, verduras; todo el montón de cosas
que hacían falta para una buena cena.
RODRIGO:
Esta cena es muy importante para mí.
ANDREA:
Es importante para todos, Rodrigo.
JUANA
(bajando las escaleras) : ¿Cómo me veo, papá?
ANDREA:
Te ves preciosa, hija. (Juana empieza a ayudar a su madre, que durante toda la escena anterior se dedica a limpiar
los muebles de la sala con un plumero).
RODRIGO
(a su hijo): Ponle más leña al fuego, Eduardo. (Eduardo se levanta y obedece a su padre).
EDUARDO
(al poner unos leños en la chimenea): ¿Es necesario todo este ritual para ser reconocido?
ANDREA:
Eres todavía muy joven, Eduardo, y aún no sabes mucho del mundo. Ya irás aprendiendo.
RODRIGO:
Sí. Me ha dado mucho trabajo llegar hasta aquí para luego desaprovechar las oportunidades. Cuando comencé…
EDUARDO (con enfado):
Ya nos dijiste hasta la saciedad la historia de cuando dizque eras plomero, y que luego a costa de grandes sacrificios
llegaste a maestro de la Universidad. Con ese historión manipulas a todo el que te quiera escuchar.
ANDREA:
¡Eduardo!.¡No trates así a tu padre!
EDUARDO
(arroja con violencia los leños restantes al fuego; y dice entre dientes): ¡Las mismas cantaletas! (sale por el lado
izquierdo del escenario).
JUANA
(al salir Eduardo disparado): Así no vas a llegar a ninguna parte, Eduardo.
(esto lo dice a medio grito). (se escucha el portazo de Eduardo)
(unos segundos de silencio, nadie se mueve)
ANDREA
(reaccionando): Vamos, vamos, que se hace tarde. (ella y la hija se dirigen al comedor, saliendo por la derecha del
escenario).
RODRIGO
(caminando hacia el sofá: ve su reloj): Ya casi son las ocho.
JUANA
(se le oye decir desde dentro del comedor): A las ocho viene el españolito.
ANDREA
(entrando a la sala): Hay que actuar como si aquí no hubiera pasado nada.
(Se oye el timbre. Juana sale a abrir, corriendo).
(Entra un joven muy bien vestido de traje. Acento español.)
GINER
(entrando): Hace frío afuera.
JUANA
(ayudándole a quitarse el sobretodo): Espero que aquí esté calentito para usted.
RODRIGO
(Se abalanza a abrazarlo): Giner, Giner. Qué gusto verte. (se abrazan). Te presento a mi esposa. (se dan la mano;
se dicen “mucho gusto”) Y a mi hija. (se dan la mano y se dicen “mucho gusto”)
GINER
(al sentarse): Acabo de recibir una carta de España apoyando tu candidatura, Rodrigo. Felicidades.
ANDREA:
Aunque los reconocimientos sean tardíos, llegan.
RODRIGO:
Tantos años de sacrificios…
GINER:
Sí, desde empezar de plomero (hija y esposa salen de la sala hacia la cocina), hasta llegar a ser maestro universitario.
Es difícil. Es muy difícil.
RODRIGO:
Fue el primer libro que escribí el que me acreditó, gracias a ti, Giner. Se fijaron en mí los de la Universidad. Así
es como empezó la cosa.
GINER:
También su primo Gonzalo es una gran persona. Un gran académico. Aunque él no ha escrito ningún libro; su
labor en pro de los estudiantes de la región ha sido un puro reto y un puro diálogo. Me recuerda Gonzalo a la
labor de Cristo, de Sócrates. A los grandes maestros que no escribieron ningún libro porque les bastaba la lección
de su ejemplo. Usted con sus libros. Gonzalo con sus actos. Muy buena combinación. Muy buena combinación.
RODRIGO:
Yo siempre le he dicho a Gonzalo que escriba. Nunca me ha hecho caso.
ANDREA
(Entra en la sala): ¿Y cuándo cree usted que termine el proceso de nominación de mi esposo?
GINER:
Uno o dos meses más. Tal vez por febrero.
ANDREA:
Hay que estar preparados, Rodrigo. Hay que comprarte un traje, zapatos. Juana y yo necesitamos vestidos.
EDUARDO
(entra lentamente): Buenas noches.
RODRIGO:
Este es mi hijo, Giner. (se dan la mano)
EDUARDO
(al dar la mano a Giner): Mi padre me ha hablado de su importancia y su influencia en la literatura actual.
RODRIGO:
Al profesor Giner se debe el que yo sea tan reconocido ahora en el mundo de las letras.
JUANA:
Papá, cuando sea el recibimiento de tu premio, convence a Eduardo de que se ponga traje. La situación lo exige.
EDUARDO:
No, me pondré unas plumas y un taparrabos y les dispararé una andanada de flechas al Comité y principalmente al
Rector de la Universidad. Pura sinceridad. Ningún teatrito. Luego pronunciaré un discurso de cómo los de abajo
pueden llegar hasta arriba a fuerza de trabajo y tesón, como mi padre, sin necesidad de andar contando historiones
y sin necesidad de inducir a pietismos beneficiosos. Eso es lo que haré en la premiación. ¿Qué te parece?
ANDREA
(lanzando una mirada furibunda a su hijo): Vamos a cenar. La mesa está lista.
(Todos se ponen de pie. Eduardo permanece sentado.)
RODRIGO:
Ven, Eduardo.
EDUARDO:
No tengo hambre. (Se dirige a un lado, tras bambalinas)
TELÓN
ACTO SEGUNDO
(La misma sala)
ANDREA:
Aquí sales en el periódico, Rodrigo. (leyendo): “Rodrigo Belgrano recibe el Gran Premio de Letras del Suroeste.
(besa a Rodrigo en la frente). Estoy orgullosa de ti.
RODRIGO:
Gonzalo está por llegar.
ANDREA:
Estará envidioso. Él nunca ha hecho nada.
EDUARDO:
Se equivoca usted, madre. Mi tío Gonzalo ha hecho mucho. Y los homenajes que se le han brindado han sido
siempre comunitarios. Es la gente del pueblo la que se los hace, no las instituciones.
ANDREA:
Eso no cuenta, hijo.
EDUARDO:
Sí cuenta, madre. Cuando mi tío tenía influencia en la Universidad era otra cosa. Yo supe cómo él le regaló a mi
padre, como sorpresa; su nombramiento de maestro universitario. Fue el día que ustedes dos se casaron. Fue el
regalo de bodas que mi tío les dio. También recuerdo con qué deferencia se trataba a mi tío aquí en esta casa hace
apenas unos años. Gonzalo para acá, Gonzalo para allá. Gonzalo ven a cenar. Gonzalo vamos al teatro. Pero ahora
ya nadie recuerda a mi tío y las cosas han cambiado. Ya no les sirve a ustedes, ¿no es cierto?
RODRIGO:
En efecto, las cosas han cambiado. Él no ha escrito nada y yo ya he escrito cuatro libros. Cuatro libros fundamentales,
según la crítica.
EDUARDO:
Crítica conseguida a base de cortesías pedigüeñas, con tu historia de plomero como anzuelo.
ANDREA:
¡Cállate, Eduardo! Tu padre ha subido solo. No por ninguna ayuda de Gonzalo ni de nadie. Él ha ganado su lugar
gracias a sus libros.
RODRIGO:
Déjalo, Andrea. Ya nada me extraña de Eduardo. Los hijos siempre serán mal-agradecidos.
EDUARDO:
¿Malagradecidos? No es malagradecido decir la verdad. La verdad, papá. El malagradecido eres tú. Eres malgradecido
con todos los que te han ayudado. Luego tú te paras el cuello, sin mencionarlos nunca.
RODRIGO:
(Se levanta y abofetea a su hijo): Tú no tienes ningún derecho para decirme nada.
EDUARDO:
Sí lo tengo. Tengo el derecho a gritar a los cuatro vientos cómo con infinitas pequeñas humillaciones e historias
de pobreza has logrado captar la lástima de algunos críticos. Afortunadamente no todos han caído en el garlito.
ANDREA:
No ataques así a tu padre. Él siempre se ha desvelado por ti, por nosotros.
EDUARDO:
¿Pero que no entienden ustedes? De lo que yo hablo es de la dignidad de la vida. Hasta los alumnos de la Universidad
se han dado cuenta de la gran patraña de mi padre.
RODRIGO:
¿Cuál patraña?
EDUARDO:
La patraña consiste en que hasta a Giner le has volteado la espalda.
ANDREA:
El españolito se metió en problemas porque quiso. Por eso lo corrieron de la Universidad.
EDUARDO:
No, se metió en problemas porque tuvo dignidad. Porque no aceptó las humillaciones a las que le querían someter.
RODRIGO:
¿Y qué ganó con eso?
EDUARDO:
Lo que ganó es lo que tú perdiste. Lo que ganó es lo más importante para muchos. En esos muchos, claro, no
están ustedes. Lo que ganó fue el respeto de toda la comunidad.
JUANA
(Entrando) :¡Ay! Eduardo. Por ese camino no llegarás a ninguna parte.
EDUARDO:
No. Giner y mi tío llegaron a un lugar al que ustedes nunca llegarán a comprender. En cambio Rodrigo Belgrano
no es más que un oportunista. Tú, papá, sólo llevas agua a tu propio molino.
RODRIGO:
¡Cállate, imbécil!
JUANA:
Sí, ya nos tienes hartos a todos.
ANDREA:
Vale más que ya te vayas a tu cuarto, Eduardo.
EDUARDO:
Sí, me iré. Pero me iré de esta casa de lamehuevos. (sale y da un portazo)
TELÓN
ACTO TERCERO
(Doce años después. La misma sala. Giner, Rodrigo y Andrea; con el pelo encanecido)
GINER:
Aquí he recibido un telegrama de condolencias.
RODRIGO:
¿De quién?
GINER:
De la Asociación de Escritores.
RODRIGO:
Léelo, Giner.
GINER:
(Leyendo): “Hacemos saber nuestro pesar por la muerte de Gonzalo Ríos, quien sin ser escritor, ha escrito con su
vida y su ejemplo una brillante página en el apostolado académico del Suroeste.”
ANDREA:
Gonzalo fue siempre un gran amigo.
GINER:
¿Llegó por fin tu hijo Eduardo?
RODRIGO:
No, aún no ha llegado. No sabemos si llegará. Hace doce años que no lo vemos.
ANDREA:
(Llorando): Tanto que queríamos a Gonzalo.
GINER:
Y tu hija Juana, ¿vendrá?
ANDREA:
Está fuera del país. Rodrigo le consiguió una beca en Europa.
EDUARDO
(Entrando): Al parecer alguien se benefició ahora que mi papá es un ilustre
escritor, ¿verdad?
(todos se levantan)
TODOS:
¡Eduardo!
(Eduardo detiene a todos, menos a Giner. Lo abraza estrechamente)
EDUARDO:
A usted es al único que he recordado con cariño, además de a mi tío Gonzalo. He sabido de su gran éxito en Harvard
con los programas de literatura del Suroeste.
GINER:
Bueno, el tiempo pasa. Y también he leído tus libros.
EDUARDO:
Son muy distintos a los de mi padre. El primero de ellos se lo dediqué a Gonzalo.
ANDREA
(llorosa): ¡Que en paz descanse!
EDUARDO:
Los que desde ahora en adelante necesitaremos paz seremos nosotros. Ahora Gonzalo tendrá muchos homenajes
póstumos. ¡Pero cómo se lo olvidó en vida!
(Andrea y Rodrigo con la cabeza gacha. Giner mira fijamente a Eduardo.)
EDUARDO:
No te preocupes, papá. Las conveniencias nunca han regido la historia. La historia tiene su propia voz, y siempre
son otros los que nos la escriben.
ANDREA:
No sé en verdad por qué viniste, Eduardo.
EDUARDO:
Vine para lo que me fui. Para encontrar la verdad.
RODGRIGO:
¡La verdad! ¡La verdad! ¡Bah! Esas son sólo ganas de causar problemas.
GINER:
Tienes que reconocer, Rodrigo, que tu hijo habla de un gran ideal.
EDUARDO:
La verdad, papá, es que abandonaste a Giner y a Gonzalo hace doce años; cuando ellos trabajaban por la literatura
del pueblo. Cuando Giner y mi tío más te necesitaban, tú te aliaste con quienes los expulsaron de la Universidad.
GINER:
Por Dios. Olvidemos ya todo el pasado.
EDUARDO:
No, Giner. El pasado es casi siempre una cosa deleznable. Por eso nos duele. Este presente nuestro es la muerte
de Gonzalo, un dolor y la recapacitación de un olvido.
GINER:
A veces las cosas pesan tanto que las reconciliaciones se hacen imposibles.
RODRIGO:
Así parece.
ANDREA:
Nos estamos haciendo viejos.
(Todos caminan en diferentes direcciones. Se sientan en diferentes sofás.)
RODRIGO:
(tomándose la cabeza entre las manos): Ahora yo también tendré que esperar mi propia muerte.
TELÓN FINAL
Ser y expresión en la frontera norte de México
Marco Jerez
Phoenix, 2013