Héctor García Armenta LP 1

García Armenta, Héctor
Héctor García Armenta vive en Mesa Arizona, es contador y topógrafo autodidacta jubilado. Nació en Guadalajara
México en 1936. Al cumplir cinco años su hermana Carmen le enseñó las primeras letras. En 1943 una monja
franciscana le enseñó a escribir en el colegio Renacimiento, y él nunca más pisó las aulas de ninguna escuela. En
1944 unos vecinos que se mudaban le regalaron 50 kilos de libros viejos que se llevó a su casa en una carretilla
que le prestó un albañil, los terminó de leer 20 años después. Se enamoró de el Lazarillo de Tormes; El Quijote;
Historia de la Vida del Buscón; Periquillo Sarniento, y de muchos autores que fueron apreciados el siglo pasado,
de los cuales ya nadie se acuerda. Compró como seiscientos libros a lo largo de su vida, de la mitad de ellos no
captó nada porque no los entendió o no le gustaron, los de la otra mitad le intoxicaron el cerebro llenándoselo de
alucinaciones, tanto, que un día se puso a escribir como loco para archivar sus escritos en el cesto de la basura. Una
hija de él le informó de su locura al profesor Justó S. Alarcón, y él quiso rescatar un cuento por curiosidad, lo leyó,
y decidió publicarlo, tal vez para ejemplo de cómo no se debe escribir. A Héctor le agradó el gesto, pero teme que
el profesor Alarcón pueda ser linchado por el gremio de verdaderos escritores que se enteren del caso.
El día que encontré la caverna de Merlín
Por Héctor García Armenta, Octubre de 2012
Napoleón era un perro que llegó extraviado a San Vicente cuando era apenas un cachorro y yo todavía no había
nacido, creo que él tenía como quince años cuando yo cumplí doce. Era un perro noble y hermoso que tenía en sus
genes el don de ser pastor de ovejas.
Bandolero era un cuervo que cuando recién nacido cayó al suelo desde el nido de sus padres y con el golpazo que
se dio quedó tuerto y cojo como los piratas de los cuentos. Tía Ramona lo encontró antes de que se lo comieran los
coyotes y se lo llevó a casa en la bolsa del mandil, le curó las heridas y a partir de entonces el cuervito creyó hasta
su muerte que tía Ramona era su madre, y ella no hizo nada para desengañarlo. Nunca se supo cómo le enseñó
a hablar doce palabras, casi todas obscenas, que él recitaba cuando le daba la gana con voz de bajo profundo y el
énfasis de un actor de teatro Shakesperiano.
Napoleón y yo salíamos todas las mañanas a pastorear las ovejas y Bandolero nos escoltaba desde el aire. A veces se
perdía de vista y regresaba a la hora de comer para reclamar una parte de las viandas que había llevado en el morral
y la tomaba descaradamente del plato de Napoleón o del mío.
Aquella mañana mis compañeros se negaron a ir conmigo. Napoleón se escondió debajo de la cama del abuelo y se
hizo el enfermo. Bandolero fue y se paró en el poste más lejano del corral de las vacas y se puso a disparatar ante
las gallinas y los caballos con la actitud de un obispo dando un sermón en catedral, y de ahí nadie lo sacó.
Fui al corral de las ovejas para llevarlas a pastar. Les abrí la puerta y salieron en estampida tomando el rumbo que
les dio la gana dejándome muy atrás. Corrí tras ellas gritándoles los insultos que sabía, tratando de guiarlas a un
lugar cercano donde había ramaje y pasto verde. Por casi dos horas corrieron en zigzag burlándose de mí. Sentí
miedo al ver que estábamos a una distancia enorme de San Vicente en el lugar que yo menos hubiera querido. ¡Ah!
cómo añoré en esos momentos la ayuda de Napoleón, pues esa vez las ovejas me pastoreaban a mí en vez de yo a ellas.
Finalmente, el rebaño me dio tregua y se puso a pastar haciendo caso omiso de mi presencia. Estábamos al pie de
un cerro sombrío cubierto de saguaros y rocas negras que parecían columnas hechas por el hombre. Vistas desde
donde estábamos parecían atalayas vigilando el fondo del valle. Mi perro y yo evitábamos aquel lugar porque sobre
aquellas rocas siempre había unas aves negras como águilas, que le daban un toque siniestro.
Traté de arrear las ovejas hacia la planicie, pero el cielo se cubrió con nubes negras que soltaron una lluvia que escaló
hasta hacerse tempestad desenfrenada. Caían descargas eléctricas que retumbaban en los cerros como cañonazos.
Parecía uno de esos diluvios que según el abuelo llegaban cada treinta años, y se llevaban flotando por los arroyos
hasta el mar todos los cerdos y las gallinas del valle.
La furia de la tormenta asustó al rebaño que me abandonó tomando el rumbó que yo nunca hubiera querido: trepó
rápidamente hacia el monte de los saguaros donde vivían los pájaros tenebrosos que yo tanto temía.
El abuelo Francisco me había dicho que las ovejas nunca debían dejarse solas en el monte. Eso significaba que, a
pesar de estar yo empapado hasta los huesos y temblando de miedo, tendría que encontrar el rebaño antes de llegar
la noche. Pero la noche ya estaba ahí, y la lluvia no paraba. El miedo me tenía paralizado, y la única opción del
momento era protegerme de la tormenta.
Encontré un árbol grande que ofrecía algo de refugio y leña de palo fierro que prendió aún mojada. Me senté al
calor del fuego recargándome en un tronco, tratando de sobrevivir al frío y al ataque de las fieras que yo mismo
estaba fabricando en mi imaginación.
Estaba tenso con un leño en la mano alerta a la llegada de los pumas, lobos, serpientes, y monstruos alados, que de
un momento a otro llegarían a devorarme. Recé a los santos que recordaba para que me salvaran con todo y ovejas
de aquel monte tenebroso. No sabía yo si estaba despierto, o dormido viviendo una pesadilla. Hubo un momento
en que, desesperado, agaché la cabeza y me puse a llorar. Mientras lloraba oí un ruido extraño como el aleteo de un
pájaro grande revoloteando en derredor del árbol donde estaba. Sentí pavor, creyendo que era una lechuza asesina
que venía a sacarme los ojos. Tiré unos leñazos al aire tratando de abatir al intruso pero el intruso era más veloz
que yo, bajó como una exhalación rozando mi cabeza, y se posó en el suelo como a dos metros de mí. Salté como
un resorte en dirección contraria para alejarme, pero me quedé petrificado por el miedo. Me faltó el aire y estaba
a punto de desfallecer. Luego, del suelo subió una voz gutural inconfundible, que decía: “Soy Bandolero…Soy
Bandolero.” Y sentí que en aquella noche negra de diluvio, se había hecho la luz con la presencia inexplicable del
cuervo que hablaba.
La presencia de Bandolero era una bendición. Pero eso no cambiaba que yo era un niño lleno de miedo al borde
de la hipotermia en medio de un monte inhóspito. No sentía las manos ni los pies, y mis piernas no paraban de
temblar. Entonces Baldomero empezó a hacer extrañas maniobras en el aire, que entendí como clara invitación
a seguirlo. Se puso a flotar frente a mí imitando toscamente el vuelo de los colibríes y se fue flotando lentamente
hacia el monte donde yo no quería ir. Su único ojo proyectaba una luz roja como la de una luciérnaga. Esa luz y el
batir de sus alas cortando el viento me indicaban hacia donde ir.
En aquellas tribulaciones, pareció que mis suspiros se mezclaban con ruidos de ramas atropelladas y tenues gemidos,
indicios de que algún animal venía detrás buscando el lugar adecuado para atacar. Los gemidos se oían más
cerca, y di por hecho que mi vida estaba a segundos de terminar. Me dominó el pánico y caí hincado en las piedras
poniendo mi cabeza en el suelo, llorando a gritos como el niño que era.
Esperé el ataque del felino gigante que me iba a matar, y pronto sentí su pelambre rozando mi camisa y su vaho
humedeciendo mis orejas, anunciando que sus colmillos filosos estaban a tres centímetros de mi yugular, pero no
pasó nada. Luego las patas de un animal del tamaño de un lobo cayeron sobre mi espalda oprimiéndome contra el
suelo, lo que me hizo lanzar un berrido como de puerco atorado en la trampa de un cazador. Entonces, una lengua
larga, rasposa, y mojada, fue lamiendo mis orejas y fue bajando por mis mejillas hasta mis narices. Entonces, los
sensores de mi conciencia me hicieron sonreír interminablemente con la cara en la tierra y los ojos cerrados, porque
por el espacio entre mis narices y el suelo, había entrado hasta el fondo de mis pulmones el inconfundible mal
aliento de mi perro Napoleón. ¡Y eh ahí!: que mi espíritu, que estaba en el fondo del abatimiento, saltó disparado
como una chispa, hasta el paroxismo de la alegría. Y pensé, que si Bandolero el cuervo que hablaba, había hecho
la luz aquella noche, Napoleón, mi perro pastor, había traído con él las llaves de la salvación. Me levanté y seguí caminando, casi con ganas de cantar.
Pero estábamos en medio de la noche y la lluvia caía sin cesar. Ya no sentía miedo, pero estaba al límite del
agotamiento. Bandolero seguía flotando cerro arriba por atajos pedregosos donde el agua corría a raudales. Iba yo
titubeando y desfalleciente. Napoleón iba gimiendo y frotaba su hombro contra mis piernas invitándome a seguir,
pero yo había llegado al límite de mis fuerzas y caí al suelo exhausto al borde del desmayo. Semi despierto, escuché
voces que se acercaban y sentí manos amables que me levantaron en vilo para transportarme. Hasta donde yo
sabía, Bandolero sólo hablaba una mezcolanza de doce palabras, pero puedo jurar que esa noche lo oí conversar
con propiedad y fluidamente en un idioma extraño, con los hombres que me iban cargando, y en mi intento por
entender algo de aquella rara conversación, me quedé profundamente dormido.
Desperté en un lugar tibio y tranquilo, pero no quería abrir los ojos porque temía estar en algún rincón tenebroso
en el feudo de los pájaros negros, pero me sentía seguro porque la cabeza de mi perro Napoleón estaba roncando
sobre mis costillas, y oía cuchicheos de Bandolero indicando su presencia cercana. Sentí que estaba en una parte
firme y plana pero sospechaba que no era una cama. Mi cuerpo y mis manos detectaban una jerga hecha con pieles
de fina textura como la gamuza, y eso me decía que no estaba tirado en el monte. Decidí aclarar mis dudas y me
senté con cautela para ver el entorno de aquel sitio misterioso. Vi algo que me dejó patidifuso: estaba yo en el piso
hecho a cincel de una gran caverna en forma de domo circular perfecto, como la carpa de un circo. Era difícil saber
cuanto de ella era obra de la naturaleza y cuanto del hombre, pues tenía alteraciones que sólo podían ser obra de
la mente de un ingeniero y las manos hábiles de muchos alarifes. Había en el muro circular trece puertas equidistantes
una de la otra, hechas de ébano al estilo medieval, y en el centro del domo había cuatro columnas rodeando
unas mesas arcaicas donde se veía un apilamiento desordenado de libros muy antiguos forrados de piel, y unas
como fraguas al lado de una parafernalia de cazos, alambiques y tubos de cristal, que parecían estar continuamente
en ebullición, y despedían un olor como a la cocina de mi abuela cuando se le quemaban los ajos y el jengibre.
Muchos años después supe que aquel olor era de azufre. Y basado en algunos libros que he leído ahora de viejo, me
ha quedado claro que toda aquella parafernalia era un laboratorio de alquimia.
Mi perro, el cuervo, y yo, permanecimos silenciosos y reverentes ante la grandeza del lugar, pero sabiendo que
nuestra prioridad era regresar a casa nos pusimos a buscar la puerta de salida.
Revisamos la caverna sin encontrar nada que pareciera una ruta al exterior y empezamos a sentirnos desesperados.
Tanteamos para ver si alguna de las trece puertas de ébano se podía abrir, pero notamos que estaban hechas para no
abrirse sino por los dueños del lugar, no tenían manijas ni orificio alguno para insertar alguna llave, y reaccionaban
al empuje de la mano tan insensibles como la roca de los muros.
No sé qué pensaban Napoleón y Bandolero, pero yo creía que estábamos muertos y que aquella cueva era nuestra
tumba. Me senté muy triste sobre el jergón de pieles donde había dormido, mientras mis compañeros me miraban
con lástima. En eso, llegó a nosotros un olor agradable como a los vapores de la barbacoa que hacía el abuelo los
días de fiesta, y aquel olor hizo estallar el hambre que teníamos anestesiada por la preocupación.
Después de unos minutos aspirando el grato olor, la puerta que estaba en el centro de las otras doce empezó a
abrirse sola, sin hacer ruido, y eso nos puso en suspenso. Se oyeron venir hacia el umbral unos pasos lentos a
compás de un golpe leve de bastón, y apareció la figura de un anciano de cabellera y barba largas que tenían la
blancura de la nieve. Vestía una vieja túnica de color azul marino en la que contrastaban pequeñas figuras bordadas
con hilo plateado que hasta muchos años después supe que eran los signos del zodiaco. Caminaba ayudado por un
báculo que le llegaba a la altura de la frente. Se dirigió hacia nosotros y se paró guardando una distancia como de
cinco pasos. El miedo me tuvo paralizado mientras sus ojos pequeños y hundidos nos escudriñaban y el silencio
reinaba. Tenía nariz grande y aguileña, y labios finos y delgados. Su presencia era grandiosa y debería habernos
infundido un miedo terrible, pero más que eso, infundía respeto y admiración. Parecía un búho circunspecto, lleno
de sabiduría y bondad. Luego habló, y sus palabras dichas con tranquilidad nos llevaron del suspenso y el temor
hasta una atmosfera de paz. Mirándonos a los ojos, dijo: Mi nombre es Merlín, sé que ustedes son pastores de
ovejas. Amo ese oficio, porque de niño fui felizmente uno de ellos, y en mi corazón lo sigo siendo. Los pastores
somos solidarios entre compañeros, por eso es que no los pude dejar a merced de la tormenta que a unos metros
de aquí todavía arrecia. Son ustedes mis huéspedes, la comida está servida. Hizo una seña para que lo siguiéramos,
giró lentamente, y caminó hacia la puerta de donde había salido. Mis animales y yo lo seguimos reverentes llevando
en nuestras tripas el hambre desatada de un oso saliendo de hibernación.
Seguimos al anciano por un pasillo cortado a cincel en la roca. Íbamos pasando por salones que contenían muebles
y artefactos raros que no pude imaginar para qué servían. Luego entramos a un gran salón comedor donde había
una mesa rústica para veinticuatro comensales. En una cabecera la mesa estaba puesta con comida humeante para
dos personas y en el piso estaban dos recipientes con atractivos bocadillos para cuervo y para perro. Ayudé a Merlín a
sentarse en la silla de la cabecera y me senté a su derecha, pues así se había dispuesto la mesa. Él inclinó su frente
y pronunció una oración en un idioma raro que me pareció Latín, e indicó que podíamos empezar a comer.
Entonces me di cuenta que la vajilla en la mesa era toda de oro, inclusive los recipientes donde comían Napoleón y
Bandolero. Unos Hombres que parecían monjes venían por la puerta de donde salían los gratos olores de la cocina
y preguntaban si algo se ofrecía, a pesar de que en aquella generosa mesa no faltaba nada. En aquellos momentos,
que no sabía yo si eran de noche o de día, estábamos mis compañeros y yo disfrutando del banquete más inolvidable
de nuestra vida.
Quería yo conversar con Merlín, pero no sabía qué decir, pues su vocabulario era muy elocuente y el mío era el
de un pastor que no sabía leer. Pareció adivinarme el pensamiento y empezó a dialogar amablemente sin palabras
complicadas. Con mucha gracia empezó a narrarme anécdotas breves de su vida. Sus palabras pintaban en tercera
dimensión escenarios fabulosos de otros tiempos y tierras que yo no imaginaba que existieran. Pude ver su niñez
cuando había sido pastor como yo, y lo seguí por una ruta de aventuras fabulosas sucedidas en tiempos y espacios
para mí hasta entonces no conocidos ni imaginados, porque nunca había yo leído ningún libro ni había salido más
allá del rancho San Vicente. Sus palabras me tenían como en la butaca de un cine viendo las aventuras de las Mil
y Una Noches, y mi espíritu iba viajando por la profunda reflexión, la tristeza, y la carcajada incontenible. Parecía
que él tenía mucho tiempo sin conversar con alguien y al encontrar en mí un interlocutor dispuesto y atento, fue
tirando sin parar del hilo interminable de su memoria, mientras yo lo escuchaba embelesado.
En un santiamén presencié guerras donde reyes mataban y morían a espada, hecatombes que se conjuraban con
magia, dragones vomitando fuego, y testifiqué la transmutación de los metales a través de la alquimia. Luego entró
en una materia que me pareció la más misteriosa de todas: El amor. Hablando de ese tema el anciano cruzó los
dedos de una mano con los de la otra y su voz adquirió matices de tristeza. Con visible emoción describió los años
en que disfrutó del amor de una mujer de belleza inaudita llamada Nimue, y como, muy tarde, descubrió que lo
mismo era hermosa que perversa, pues teniendo ella poderes sobrenaturales un día lo invitó con engaños a entrar
en la grieta de un ciprés gigantesco que resultó estar encantado, y lo dejó prisionero en el mundo espectral que ella
había creado en las dos mil capas de la corteza del árbol.
Tarde se dio cuenta Merlín de que el amor entre ellos nunca había existido. Dijo él que, después de muchos años,
ya cuando él era un anciano fatigado, pudo vencer los encantamientos del árbol siniestro, y debido a los malos
recuerdos de aquella etapa de sufrimiento decidió emigrar hacia tierra nueva para llevar una vida tranquila de
contemplación. Y es así como había cambiado sus castillos y palacios de Irlanda, por la rústica caverna enclavada
en una serranía escondida de México, donde en esos momentos estábamos. Sus ojos soltaron dos lágrimas que, al
pegar en la mesa, se vieron como dos chispas de luz azul que se convirtieron en pequeñas libélulas transparentes y
se fueron volando graciosamente para perderse en los vericuetos de la caverna.
Hizo una pausa en la plática y se disculpó por tratar un tema no apto para mi edad. Preguntó cual era mi nombre
y me pidió que le dijera algo de mi historia. Le contesté que casi no tenía ninguna, porque no recordaba nada
extraordinario, aparte de la feliz llegada a mi vida de Bandolero, que era un cuervo que hablaba y la de Napoleón
mi perro, que había llegado perdido a san Vicente dos años antes de que yo naciera, lo cual indicaba que era un
perro anciano que quizás pronto ya no estaría conmigo, pues a veces ya no quería salir a pastorear y cuando lo hacía
perdía el aliento corriendo tras las ovejas que se descarriaban.
Estaba yo hablando con voz baja y quebrada, pues cuando pensaba que yo podía perder a Napoleón me ponía muy
triste y mis ojos se llenaban de agua. Le platiqué brevemente algo del abuelo y de la abuela, de cómo yo había quedado
huérfano, cómo la tía Ramona salvó a Bandolero de ser comido por los coyotes, y como él había evolucionado
hasta ser un pájaro teatral y simpático, que se había convertido en el cleptómano que robaba cucharas, calcetines
y pañuelos.
Mientras yo hablaba, él escuchaba con gran atención y sus ojos y la comisura de su boca cerrada indicaban que
estaba riendo a carcajadas en su interior. Yo ya no tenía mucho que decir, los dos entendimos que era tiempo de
levantarnos de la mesa. No había en mí noción de la hora que era, pero sospechaba que era de noche. Me indicó
que lo esperara un momento sentado a la mesa mientras el traía algo que me quería obsequiar. Entró a un cuarto
contiguo y regresó trayendo consigo un collar para perro hecho de un material para mí desconocido. Parecía un
metal dócil como la piel y tenía pequeñas piedras de cuarzo incrustadas a todo lo largo.
Se dirigió al piso donde Napoleón dormía roncando a un lado del platón donde había comido. Bandolero estaba
parado sobre las costillas de su compañero como vigilando su sueño. Merlín con alguna dificultad puso una rodilla
en el suelo y amorosamente colocó el collar en el cuello de Napoleón que no tuvo la atención de despertar. Me
bajé de la silla para ayudarlo a ponerse de pie. Él tomó mi mano en su mano con cariño mientras me explicaba la
función de aquel collar. Diciendo: tu perro y tu cuervo estarán contigo muchos años más. Esas piedras en el collar
se irán perdiendo una por una cada año. Cuando desaparezca la última, habrá llegado el tiempo en que tus amigos
se separen de ti, pero si caminas el resto de tu vida por la ruta recta de los buenos pastores un día regresarán y
estarán contigo para siempre. Se despidió de mí con un abrazo afectuoso sugiriendo que ya era hora de dormir, y
desapareció por uno de los pasillos adyacentes al comedor.
Mis compañeros y yo dimos fácilmente con la puerta por donde habíamos entrado y ante nuestro azoro se abrió
y cerró sola para dejarnos pasar. Nos fuimos al punto donde habíamos pasado la noche y nos tendimos a dormir.
Estaba despertando y me sentía descansado, pero no cómodo. Supuse que había rodado dormido del lecho de pieles
al piso desnudo de la caverna. Abrí los ojos esperando ver la luz mágica color ámbar que iluminaba permanentemente
el domo, y quedé atónito al encontrar sólo penumbras que no me dejaban ver mas allá de mis narices. Entonces
sentí temor y esforcé mi vista buscando penetrar la obscuridad y vi un círculo irregular de una luz tenue que me
era conocida: era la primera luz del alba que empezaba a penetrar en la gruta por un boquete que antes no estaba
ahí. Y clavé mi vista en los muros buscando las trece puertas de ébano y el laboratorio de alquimia en el centro del
domo, pero todo lo que pude ver era una gran cueva desolada, llena de murciélagos colgando en el techo. Entonces,
estupefacto, pensé que el encuentro con Merlín había sido un sueño fantástico, y lamenté mucho que así fuera,
pues había sentido que, a partir de aquella velada con el anciano, mi vida iba a cambiar para bien y para siempre.
No veía a mis compañeros y los llamé con el chiflido acostumbrado, esperando que acudieran a mí para irnos
rápido a San Vicente, pero no recibí respuesta cercana, sino ladridos y graznidos viniendo del exterior. Salí por
la apertura en las rocas y vi que la tormenta se había ido. El sol estaba saliendo y los pájaros silvestres cantaban
alegres. Me paré un momento a la entrada de la cueva para orientarme y noté que estaba en una escarpa justo
detrás del monte de los pájaros negros y en mi fantasía inventé que aquellas aves eran los guardianes de la cueva. Oí
graznar a Bandolero en el aire y me hizo gracia ver que volaba eufórico haciendo acrobacias que no correspondían
a su condición de cuervo viejo y tuerto. Napoleón iba en el mismo tono corriendo y saltando enérgicamente como
cuando era un cachorro juguetón. Parecían enfrascados en un torneo de resistencia y destreza uno en la tierra y
otro en el aire.
Agarré camino a campo traviesa sin hacer caso de las veredas, buscando la ruta más corta a San Vicente, iba absorto
pensando en la entrevista imaginaria que había tenido con el anciano Merlín, y lamentaba que fuera tan sólo un
sueño. Mis compañeros no fueron considerados conmigo, iban delante de mí guardando mucha distancia, concentrados
en su competencia de locuras. Me preguntaba de dónde demonios sacaban tanta energía mientras yo iba triste
tratando de alcanzarlos.
Llegué ya tarde a San Vicente. Pasé por los corrales y me quedé pasmado al ver que las ovejas estaban ahí encerradas,
se me hacía imposible que hubieran regresado solas. El abuelo, la abuela, y tía Ramona me abrazaron preguntando
donde había pasado la noche. Les platiqué lo que recordaba inventando la manera en que llegué a la caverna porque
la verdad es que no lo sabía. Se sirvió la cena y pregunté si habían llegado Napoleón y Bandolero, me dijeron que los
habían visto de lejos jugueteando como locos. A media cena llegó Bandolero por la ventana y luego llegó Napoleón
muy contento a reposar su cabeza sobre mi rodilla, al acariciarlo estando él debajo de la mesa mi corazón se desbocó,
pues palpé en su cuello un collar con piedritas incrustadas como el que creí haber soñado en la caverna. Entonces
salté, reí, y lloré, porque aquella noche fantástica en compañía del anciano Merlín no había sido un sueño, y mi
perro pastor y el cuervo que hablaba, todavía me acompañarían hasta que se cayeran las cincuenta piedritas que
tenía el collar de Napoleón. Y di gracias por el bendito día en que las ovejas se rebelaron y me hicieron seguirlas
hasta el monte lúgubre donde está la caverna de Merlín.