Herminio Almendros LP 1

Almendros, Herminio (1898-1974)
Herminio Almendros Ibáñez (Almansa, España, 1898 – La Habana, Cuba, 1974), pedagogo español. Padre del
cineasta Néstor Almendros. Hijo único de una modesta familia en el que el padre era ferroviario, nació en Almansa
al final de la calle Niceto Cuenca, muy cerca de la estación de ferrocarril. Cursó estudios de magisterio en Albacete
y Alicante. Hizo el servicio militar en África y continuó su formación en la selectiva Escuela de Estudios Superiores
de Magisterio de Madrid, donde terminó como número uno de su promoción. Frecuentó el Ateneo y asumió los
ideales pedagógicos del Krausismo plasmados en la Institución Libre de Enseñanza.
Su primer destino como maestro fue Villablino (León), como director de un centro de la Fundación Sierra Pamble
y dependiente de la I.L.E.; allí se casó con María Cuyás, alumna de la misma escuela, pero de una promoción posterior;
en 1929 ambos obtienen destinos como inspectores de enseñanza primaria en Lérida. Allí entró en contacto con
la pedagogía de Celestín Freinet y tras un fugaz paso por Huesca terminaron destinados como inspectores en
Barcelona. Allí colaboró con la recién creada Sección de Pedagogía de la Universidad de Barcelona y divulgó la
pedagogía Freinet. Publica La imprenta en la escuela (1932), primera obra que se imprimió sobre estas técnicas
en lengua no francesa.
En 1936 fue nombrado inspector-jefe y participó en el proyecto del Consejo de la Escuela Nueva Unificada que
estructuraba todos los niveles educativos desde preescolar hasta la Universidad. Huyó a Francia en enero de 1939
junto a su amigo, el filósofo José Ferrater Mora. La familia de Freinet le acogió, pero la Segunda Guerra Mundial le
obliga a marchar de nuevo. Su amigo, el dramaturgo Alejandro Casona, le consigue pasaje para Cuba, pero como
no se le convalidan sus estudios y méritos profesionales debe empezar de nuevo y se doctora en 1952 por la Universidad
de Oriente en Santiago con una tesis titulada La inspección escolar. Trabaja entonces como asesor del Ministerio
de Educación cubano.
El presidente Fulgencio Batista le destituyó de su puesto, pero le contrata la Unesco y es destinado a la Escuela
Internacional de la Organización de Estados Americanos en Rubio (Venezuela). Regresó a Cuba poco antes del
triunfo de Fidel Castro y el nuevo ministro de educación, Armando Hart, le nombró su principal asesor como
Director General de Educación Rural y posteriormente fue delegado de la Editora Nacional y Director de la Editora
Juvenil. Desde este puesto impulsó la publicación de libros de lectura para niños en los que supo conjugar el atractivo
de la Historia con la calidad literaria y la intencionalidad educativa.
Son numerosos los libros infantiles que escribió, como los libros de lectura de la serie Fiesta, Había una vez, Pueblos
y leyendas y Lecturas ejemplares. Aventuras, realidades y fantasías y diversos libros de cuentos. El aprendizaje de
la lengua como instrumento de comunicación fue uno de los temas que más le preocupó. Publicó más de 40 obras,
sin contar varios centenares de artículos periodísticos y prólogos de libros.
(http://es.wikipedia.org/)
Ollantay
De lejos vienen los guerreros vencedores. Han luchado y han dominado a las gentes rebeldes de las provincias que
forman el imperio de los incas.
Vienen de lejos a la gran ciudad de Cuzco, para ofrecer su victoria al Inca, Hijo del Sol. Y al frente viene Ollantay,
el héroe de los Andes, el jefe gue¬rrero, fuerte y joven, victorioso y altivo.
El imperial palacio de Cuzco se adorna de fiesta para recibir a Ollantay vencedor, y en el trono de oro espera el
Inca rodeado de soberbios regalos para el jefe guerrero.
Allí están, junto al trono, la esposa del Inca y la princesa Coyllur, nombre de estrella y ojos tristes, como al amanecer
la luz de los luceros.

Ya el cortejo se acerca, y se oyen de caña y hue¬so las flautas y los grandes tambores. Ya se oyen los coros y los gritos
del pueblo que aclama a los héroes… Ya entran en la sala del trono músicos y cantores y los guerreros que portan
los ricos pre¬sentes de oro y pedrería…
Anuncia un heraldo al gran Capitán, hijo de Los Andes, y aparece Ollantay, de colores vestido, piernas y brazos
desnudos, el hacha a la cintura y el casco adornado con la cabeza de un cóndor.
Avanza Ollantay y se inclina ante el trono.
Habla, y su voz es firme:
—Señor, Hijo del Sol, vencí como tú querías. Aquí a tus pies, como los pueblos que he vencido, pongo el hacha
que llevé al combate. Dime si merezco tu favor y si puedo decirte mis deseos como me prometiste cuando salí para
la guerra.
El Inca se ha levantado y ha estrechado a Ollan¬tay entre sus brazos.
Ollantay ha alzado la cabeza y ha mirado a Coy¬llur, y los ojos de la princesa han quedado prendidos en los del
fuerte guerrero, con la promesa de un amor callado.
Y el Inca ha dicho:
—Pide, pide, valeroso Ollantay, que dispuesto me encuentras a premiar la heroica victoria de mi me¬jor guerrero.
Habla y no te detengas, que todas las riquezas han de parecerme poco para premiarte.
Y Ollantay ha callado, y su mirada ha ido otra vez a encontrarse con los ojos fijos de Coyllur, nom¬bre de estrella.
—Habla, pide, Ollantay —insiste el Inca—, di lo que quieres.
Y Ollantay ha hablado:
—Señor, mi señor, quiero una estrella.
El Inca no ha comprendido e interroga con los ojos al guerrero.
—Sí, gran señor, quiero una estrella. Quiero a Coyllur, tu hija, que de amor rindió mi corazón.
Yérguese ahora el Inca con terrible gesto. Centellean sus ojos y tiémblale la boca para hablar:
— ¡Eso nunca, Ollantay! Pides con eso quebran¬tar las divinas leyes de Los Incas! En el cuerpo de la princesa está
la sagrada sangre del Sol y la sangre de la Luna, que no pueden mezclarse con la sangre del hombre. Esa es la ley
de los Incas hijos del Sol, que tú quieres violar. ¿Cómo puede caber en tu corazón tan monstruoso deseo?
Y Ollantay ha levantado la mirada altiva y ha dicho:
—Yo soy hijo de la Tierra, aún más antigua que la Luna, y con latidos de fuego de montañas nació en mi corazón
el amor invencible por la divina Es¬trella. Y si Coyllur me ama, no habrá fuerza en el mundo que pueda oponerse
a un rey de los Andes.
— ¡No, soberbio Ollantay; no quiero oírte! ¡Apár¬tate de aquí!
Y al tiempo que Ollantay alcanza de un salto la puerta y huye, sigue rugiendo el Inca:
— ¡Mis soldados, seguidlo! Que no salga de Cuzco; que muera antes de que pueda llegar a los picos de los Andes.
Guerra contra él y los suyos. La ley será cumplida de los Hijos del Sol y de la Luna.
Luego ha fijado el Inca su mirada en la bella Coy¬llur, y en sus ojos hay una interrogación llena de ansia.
Y Coyllur ha hablado con voz segura:
—Señor, Hijo del Sol, tú eres mi padre, e Inca dueño de todo el imperio, pero en mi corazón de luna y sol reina
Ollantay.
— ¡No! —grita iracundo el Inca—. ¡Nunca, hija de sangre envenenada por el amor del hombre! No romperás la
ley divina. Yo lo impediré. Internada serás en la Casa de las Vírgenes consagradas al Sol, y esperarás allí las horas
de tu vida para ser su es¬posa. Esa es nuestra ley; la ley sagrada de los Hijos del Sol.
¡Qué va a ser de ti, bella y melancólica Coyllur, nombre de estrella! ¡Qué va a ser de ti entre las Vírgenes del Sol,
aquí en este convento de altos y cerrados muros! ¡Qué va a ser de ti sin el amor de Ollantay!
Ya vas a ser ofrecida al Sol como esposa por voluntad del Inca. Y mientras tú sueñas con tu héroe, él huye perseguido
a juntarse con sus guerreros en la montaña.
Desolada estás sin esperanza. La noche y el alba te sorprenden con los ojos como hechizados por un amor perdido.
No sabes, bella y dulce Coyllur, que el amor está cerca y te ronda junto a los altos muros.
No sabes, pálida virgen, que tú misma vas a su encuentro en esta noche en que paseas en el huerto tu tristeza bajo
las estrellas. No lo sabes, no; pero Ollantay está cerca y ya viene, porque nada se puede oponer a su deseo, y ha
entrado donde las puertas están cerradas, y ya está ahí, cerca, muy cerca, junto a ti, y tú estás ya escuchando en su
pecho su corazón.
Ahora te sientes llevada como en vuelo en los poderosos brazos de Ollantay que te arrebata blandamente, como
envuelta en una nube bajo la luna que os mira.
Tú no sabes dónde vas, pero te sientes segura en los brazos que te llevan y suben por los montes, y ya sientes el aire
delgado y puro de las cimas altísimas adonde llega el cóndor… Y allí vas a descansar, en la tienda de pieles mullidas
de Ollantay, en la fortaleza de los Andes, guardada por los miles de guerreros que hacen guardia en los picos, en
los caminos y en las gargantas, bajo las estrellas. Y tu titán se siente feliz de haberte robado a la ley de los dioses.
Está la fortaleza de rocas en la alta montaña, y miles de soldados fieles a Ollantay la guardan.
Vigías hay por los senderos, en los picos y en el río que corre por el valle.
Guardan la tienda de Ollantay los más fieles guerreros, y callan para no turbar el sueño de la princesa que ha sido
arrancada a los Hijos del Sol.
Proclamada será Reina y Madre de los hijos de la Tierra. Se han afilado las armas y se han dispuesto los pechos
para luchar con los ejércitos del Inca si allí llegan.
Y la noche de estrellas va pasando silenciosa so¬bre los Andes.
Ahora ha salido Ollantay de la tienda para hablar a sus capitanes.
Noticias llegan de que el Inca manda sus ejérci¬tos contra la fortaleza. Mas todo está dispuesto para resistir y para
vencer. Nadie podrá llegar a la alta cima donde está la Princesa.
Alguien viene a avisar la llegada de un hombre herido a la puerta de la muralla, y el hombre dice que trae informes
para Ollantay.
A la luz de las antorchas Ollantay ha reconocido a Rumiñahui, el Capitán de los ejércitos del Inca, el compañero
en muchos combates, el compañero al que una vez salvó la vida.
Y Rumiñahui viene herido. El Inca lo despojó del mando y lo hizo castigar cruelmente, porque no pudo impedir
la huida de Ollantay y el rapto de la Prin¬cesa. Y allí está con gesto de odio, dispuesto a la lu¬cha contra el señor
cruel.
Y Ollantay manda vigilarlo y cuidarlo, porque no sabe cómo se esconde la hipocresía y la astucia en el corazón de
Rumiñahui.
Pero los ejércitos del Inca vienen silenciosos por caminos y montañas, y cuando rompe el alba ya han llegado al
valle que la fortaleza domina.
Fiera es la batalla entre los ejércitos del Inca y los guerreros de los Andes. Arden los bosques y hay lluvia de flechas
y truenos de piedras que ruedan por las laderas; la astucia y la traición han permitido avanzar a los enemigos entre
el humo de los incendios.
Ollantay ha dado orden a sus compañeros para que conduzcan a Coyllur a un camino subterráneo que se abre entre
rocas, y se dirige a la muralla em¬puñando su maza.
Pero junto al muro se desliza Rumiñahui, el trai¬dor, y se arrastra y avanza y ya se acerca por detrás de Ollantay y
descarga el golpe fiero de su hacha en la cabeza del héroe.
Y el titán de los Andes ha caído ensangrentado y sin sentido en la explanada de su fortaleza.
Sólo con traición pudo ser asaltada la fortaleza de los Andes.
Se arrastraron de noche hasta los muros los gue¬rreros del Inca y esperaron la señal del incendio que prendió el
traidor Rumiñahui. Y Coyllur y Ollantay prendidos y llevados a Cuzco.
El Inca soberbio ha dispuesto el castigo para los culpables y ya viene traído en andas de oro al templo de los
grandes juicios. Frente al Hijo del Sol han traído a Coyllur y a Ollantay herido, sin casco ¬y sin armas.
Guardan un imponente silencio los sacerdotes.
Pregunta el Inca a Ollantay por qué violó el templo de las Vírgenes del Sol, y su voz resuena dura y amenazadora.
Coyllur ¬se adelanta:
–Fui yo, padre y señor; no fue suya la culpa. Yo huí a la montaña para seguirlo, porque hacia él me guiaba mi
corazón.
Pero Ollantay va a decir la verdad, y dice y mira sereno al Inca:
—Esta es la verdad: yo rapté a la Princesa. La amo como aman los hijos de la Tierra y la llevé con¬migo, salvándola
del bárbaro castigo a que la pre¬parabas. El Sol no puede querer para sí esposas de carne hijas del hombre. Sólo tu
barbarie y tu crueldad pudieron ofrendar así la vida de la joven Princesa. Sólo yo la amo hasta dar por ella la vida, y no tú,

ni el Sol, del cual dices ser hijo.
En los ojos del Inca ha brillado una lumbre de odio, y sus palabras han dicho la sentencia:
—Ollantay, el perjuro confiesa su delito ho¬rrendo. La ley se cumplirá y arderá el culpable en el fuego purificador.
La hija impura desterrada será a vagar por los desiertos.
Ollantay ha oído las palabras del Inca, ha mirado a Coyllur, y en la mirada ambos han hecho fuerte su consuelo.
El guerrero de corazón invencible ha ido con paso seguro hacia la muerte, puesto el pensamiento en Coyllur, la
bella amada.
Murió Ollantay, el héroe. Coyllur, la dulce estrella, a vagar fue desterrada por campos y desiertos. Pero en el imperio
del Inca todos recordaban aquel amor que había unido por vez primera a un hijo de ha Tierra con una hija del
Sol. Y todos admiraron desde entonces a Coyllur, nombre de estrella, y al titán de los Andes, que se habían amado
los dos como hijos del hombre: iguales.

La Princesa Sac-Nicté
(Flor Blanca del Mayab)
Todos los que han vivido en la tierra del Mayab han oído el dulce nombre de la bella princesa. Todos saben que
Sac-Nicté quiere decir Blanca Flor.
Era ella como la luna alta y quieta en las noches tranquilas.
Y era graciosa como la paloma torcaz de dulce canto, y clara y fresca como las gotas de rocío.
Bella era como la flor que llena el campo de alegría perfumada, hermosa como la luz del sol que tiene todos los
colores, y suave como la brisa que lleva en sus brazos todas las canciones.
Así era la princesa Sac-Nicté, que nació en la orgullosa ciudad de Mayapán, cuando la paz unía como hermanas a
las tres grandes ciudades de la tierra del Mayab; cuando en la nueva y valerosa Mayapán, y en la maravillosa Uxmal,
y en Chichén Itzá, altar de la sabiduría, no había ejércitos, porque sus reyes habían hecho el pacto de vivir como hermanos.
Todos los que han vivido en el Mayab han oído también el nombre del príncipe Canek; que quiere decir Serpiente Negra.
El príncipe Canek era valeroso y tenaz de corazón. Cuando tuvo tres veces siete años, fue levantado a rey de la ciudad
de Chichén Itzá. En aquel mismo día vio el rey Canek a la princesa Sac-Nicté, y aquella noche ya no durmió el
valeroso y duro rey, y desde entonces se sintió triste para toda su vida.
Tenía la princesa Sac-Nicté tres veces cinco años cuando vio al príncipe Canek que se sentaba en el trono de Itzá,
y tembló de alegría su corazón al verlo, y por la noche durmió con la boca encendida de una sonrisa luminosa.
Cuando despertó, Sac-Nicté sabía que su vida y la vida del príncipe Canek correrían como dos ríos que corren
juntos a besar el mar.
Así sucedió, y así cantan aquella historia los que la saben y no la olvidan.
El día en que el príncipe Canek se hizo rey de los itzaes, subió al templo de la santa ciudad de Itzmal para presentarse
ante su dios. Sus piernas de cazador temblaban cuando bajó los veintiséis escalones del templo, y sus brazos de
guerrero estaban caídos. El príncipe Canek había visto allí a la princesa Blanca Flor.
La gran plaza del templo estaba llena de gente que había llegado de todo el Mayab para ver al príncipe. Y todos los
que estaban cerca vieron lo que pasó. Vieron la sonrisa de la princesa, y vieron al príncipe cerrar los ojos y apretarse
el pecho con las manos frías.
Allí estaban también los reyes y los príncipes de las demás ciudades. Todos miraban, pero no comprendieron que
desde aquel momento las vidas del nuevo rey y de la princesa habían empezado a correr como dos ríos juntos, para
cumplir la voluntad de los dioses altos.
Y eso no lo comprendieron. Porque hay que saber que la princesa Sac-Nicté había sido destinada por su padre, el
poderoso rey de Mayapán, para el joven Ulil, príncipe heredero del reino de Uxmal.
Allí estaban todos: reyes y príncipes. Y la princesa Blanca Flor escogió entonces la vida del príncipe Serpiente
Negra, para dejar correr con ella su vida como corren dos ríos juntos hasta el mar.
Acabó el día en que el príncipe Canek se hizo rey de Chichén Itzá, y empezaron a contarse los treinta y siete días
que faltaban para el casamiento del príncipe Ulil y la princesa Sac-Nicté.
Vinieron mensajeros de Mayapán ante el joven rey de Chichén Itzá y le dijeron:
—Nuestro rey convida a su amigo y aliado para la fiesta de las bodas de su hija.
Y respondió el rey Canek con los ojos encendidos:
—Decid a vuestro señor que estaré presente. Y vinieron mensajeros de Uxmal ante el rey Canek y le dijeron:
—Nuestro príncipe Ulil pide al gran rey de los itzaes que vaya a sentarse a la mesa de sus bodas con la princesa
Sac-Nicté.
Y respondió el rey Canek con la frente llena de sudor y las manos apretadas:
—Decid a vuestro señor que me verá ese día. Y cuando el rey de los itzaes estaba solo, mirando las estrellas en el
agua para preguntarles, vino otra embajada a la mitad de la noche.
Vino un enanillo oscuro y viejo y le dijo al oído:
—La Flor Blanca está esperándote entre las hojas verdes. ¿Vas a dejar que vaya otro a arrancarla?
Y se fue el enanillo, por el aire o por debajo de la tierra. Nadie lo vio más que el rey, y nadie lo supo.
En la grande Uxmal se preparaba el casamiento de la princesa Blanca Flor y el príncipe Ulil.
De Mayapán fue la princesa con su padre y todos los grandes señores en una comitiva que llenó de cantos el camino.
Más allá de la puerta de Uxmal salió con muchos nobles y guerreros el príncipe Ulil a recibir a la princesa, y cuando
la vio, la vio llorando.
Toda la ciudad estaba adornada de cintas, de plu¬mas de faisán, de plantas y de arcos pintados de colores brillantes.
Y todos danzaban y estaban alegres, porque nadie sabía lo que iba a suceder.
Tres días de fiesta grande se dieron en Uxmal para los invitados. Y la ciudad resonaba de alegría, porque nadie sabía
lo que iba a suceder.
Era ya el día tercero, y la luna era grande y redonda como el sol. Era el día bueno para la boda del príncipe, según
la regla del cielo.
De todos los reinos, de cerca y de lejos, habían llegado a Uxmal reyes e hijos de reyes, y todos habían traído presentes
y ofrendas para los nuevos esposos.
Vinieron unos con venados blancos, de cuernos y pezuñas de oro.
Otros vinieron con grandes conchas de tortuga, llenas de plumas de quetzal radiante.
Llegaron guerreros con aceites olorosos y collares de oro y esmeraldas.
Vinieron hombres músicos con pájaros enseña¬dos a cantar como música del cielo.
De todas partes llegaron embajadores con ricos presentes; menos el rey Canek de Chichén Itzá.
Se le esperó hasta el tercer día, pero no llegó, ni mandó ningún mensaje. Todos estaban llenos de extrañeza y de
inquietud, porque no sabían. Pero el corazón de la princesa sabía y esperaba… En la noche del tercer día de las fiestas
se preparó el altar del desposorio. Y el gran señor de los itzaes no llegaba. Ya no esperaban los que no sabían.
En la fiesta de las bodas de la princesa Sac-Nicté con el príncipe UIil se esperó tres días al señor de Chichén Itzá
sin que llegara.
Vestida está de colores puros y adornada de fibras la princesa Blanca Flor, frente al altar, y ya se acerca el hombre
al que se ha de ofrecer por esposa.
Espera Sac-Nicté, soñando en los caminos por donde ha de venir el rey en quien ha puesto su corazón. Espera la
flor blanca del Mayab, mientras Canek, el rey triste, el joven y fuerte cazador, busca deses¬perado en la sombra el
camino que ha de seguir para cumplir la voluntad de arriba.
En la fiesta de las bodas de la princesa Sac-Nicté con el príncipe Ulil, se esperó tres días al señor de Chichén Itzá
que llegara. Pero el rey Canek llegó a la hora en que había de llegar.
Saltó de pronto en medio de Uxmal, con sesenta de sus guerreros principales, y subió al altar donde ardía el incienso
y cantaban los sacerdotes. Llegó vestido de guerra y con el signo de Itzá sobre su pecho.
—¡Itzalán! ¡Itzalán! —gritaron como en el camp¬o de combate.
Nadie se levantó contra ellos. Todo sucedió en un momento. Entró el rey Canek como un viento encendido, y
arrebató a la princesa en sus brazos delante de todos.
Nadie pudo impedirlo. Cuando quisieron verlo ya no estaba allí. Sólo quedó el príncipe Ulil frente a los sacerdotes
y junto al altar. La princesa se perdió a sus ojos, arrebatada por el rey, que pasó como un relámpago.
Así acabaron las fiestas de las bodas; mas pronto roncaron las caracolas y sonaron los címbalos y gritó por las calles
la rabia del príncipe Ulil para convocar a sus guerreros.
Había ido el príncipe Canek desde su ciudad de Chichén hasta la grande Uxmal, sin que nadie lo viera. Fue por los
caminos ocultos que hay horada¬dos en la piedra, por debajo del suelo, en esta santa tierra de los mayas.
Estos caminos se ven ahora de vez en cuando. Antes sólo los conocían aquellos que los debían conocer.
Así llegó sin ser visto el príncipe Canek, para ro¬bar a la tórtola dulcísima, al rayo de luna de su corazón.
Pero ya se afilan las armas otra vez en el Mayab y se levantan los estandartes de guerra. ¡Uxmal y Mayapán se
juntan contra el Itzá!
¡Ah! La venganza va a caer sobre Chichén, que está débil y cansado del suave dormir y de los juegos alegres.
Por los caminos hay polvo de marchas, y en los aires hay gritos, y resuenan los sonoros címbalos, y truena el caracol
de guerra.
Qué va a ser de ti, ciudad de Chichén, débil y dormida en la felicidad de tu príncipe!
He aquí cómo los itzaes dejaron sus casas y sus templos de Chichén, y abandonaron la bella ciudad recostada a la
orilla del agua azul.
Todos se fueron llorando, una noche, con la luz de los luceros. Todos se fueron en fila, para salvar las estatuas de
los dioses y la vida del rey y de la princesa, luz y gloria del Mayab.
Delante de los hijos de Itzá iba el rey Canek, caminando por senderos abiertos en medio de los mon¬tes. Iba envuelto en
un manto blanco y sin corona de plumas en la frente. A su lado iba la princesa Sac-Nicté. Ella levantaba la mano
y señalaba el camino, y todos iban detrás.
Un día llegaron a un lugar tranquilo y verde, junto a una laguna quieta, lejos de todas las ciudades. Y allí pusieron
el asiento del reinado y edificaron las casas sencillas de la paz.
Se salvaron así los itzaes por el amor de la princesa Sac-Nicté, que entró en el corazón del último príncipe de
Chichén para salvarlo del castigo y hacer su vida pura y blanca.
Solitaria y callada quedó Chichén-Itzá en medio del bosque sin pájaros, porque todos volaron tras la princesa
Sac-Nicté.
Llegaron a ella numerosos y enfurecidos los ejércitos de Uxmal y Mayapán, y no encontraron ni los ecos en los
palacios y en los templos vacíos.
La ira puso entonces el fuego del incendio en la hermosa ciudad, y Chichén-Itzá quedó sola y muerta como está
hoy, abandonada desde aquel tiempo antiguo, junto al agua azul del gran cenote de la vida.
Quedó sola y muerta, perfumadas sus ruinas de un aroma suave que es como una sonrisa o una blanca luz de luna.
En la primavera brota la flor blanca en el Mayab, adorna los árboles y llena el aire de suspiros olorosos. Y el hijo
de la tierra maya la espera y la saluda con toda la ternura de su corazón, y su voz recuerda al verla el nombre de la
princesa Sac-Nicté.