Manuel Murrieta Saldívar LP 1

Murrieta-Saldívar, Manuel
(Ciudad Obregón, Sonora, México). Murrieta-Saldívar es doctor en letras hispanoamericanas por Arizona State
University-Tempe y licenciado en letras hispanas por la Universidad de Sonora. Ha publicado Mi letra no es en
inglés; De viaje en Mexamérica; y Gringos a la vista, entre otras. Actualmente es profesor de literatura y cultura
chicana, mexicana y latinoamericana en California State University, campus Stanislaus. Es fundador y director
general de Editorial Orbis Press (www.orbispress.com) y de la publicación electrónica Culturadoor.com
El tequila de Marruecos y otros goces en suspenso
I
Sólo deseaba cumplir mis compromisos en Madrid lo más rápido posible para lanzarme de nuevo a lo desconocido
sin saber exactamente a dónde. Durante las noches de hotel, después de las intensas jornadas, revisaba en Internet
las opciones más económicas en tren, autobús, avión y hasta barcos. Hasta que, con un grito de felicidad, expresé,
¡lo tengo!: un autobús me llevaría a Granada para, de paso, echarle un vistazo a la Alhambra; otro cruzaría muy
temprano la rivera del Mediterráneo, vía Málaga, hasta el puerto de Algeciras…de ahí tomaría un ferri y, ¡Alá!, en
menos de una hora estaría en la urbe de Tánger, Marruecos, norte de África, ¡el más antiguo continente nuevo para
mí! Era un viaje contrario a la costumbre, uno desde Madrid saltaba de seguido hacia el norte, resto de Europa, o
a los alrededores, Sevilla, Zaragoza, Barcelona. Ahora no, íbamos al sur, como ir hacia la patria mexicana, conocer
a los otros migrantes que derrumban barreras, las que sean, para llegar al norte, la ansiada Unión Europea como en
mi terruño salen hacia USA. Era una travesía que mi mexico-hispanidad la exigía desde que mi mente lingüística
registrara que un 30 por ciento de la lengua española proviene de los árabes. Y, claro, que habían tomado la
Iberia durante ocho siglos dejando un reguero de universidades, números, letras y prácticas culturales que yo quizá
practico y sin saberlo. Tánger resultó un buen preámbulo: puerto cercano y accesible desde la Península, origen de
cultura mora que se extiende poderosa hacia el interior en ciudades como Rabat, Casablanca o Fez hacia donde
ya no pude ir. Pero a pesar de su relativa pequeñez, tiene su encanto, atractivo, sus riesgos y hasta sus tentaciones
como estaba a punto de experimentarlo…
II
Algeciras resultó una extensión marroquí como lo noté en los restaurantes con su carne de cordero, café potente
y, sobre todo, en el deambular de una población con su habla árabe, mujeres en velos y hombres en batas, acorde a
sus atuendos islámicos. Es una frontera que tiene como barrera, no una cerca o un muro, sino un mar que todavía
creía inmenso y dificultoso. Y claro, como en Tijuana, noté el contraste de economías: muchos autos que hacían
fila para ingresar a los ferris, eran de modelo antiguo e iban atestados de cargamento doméstico adquirido en
España. Otra similitud es que la mayoría de los pasajeros son marroquíes, vayan o vengan, como son mayormente
mexicanos los que salen y entran por la frontera USA-Mex. Era raro observar en las enormes colas semblantes
greco-romanos ansiando lanzarse al sur. Esta situación me puso cómodo, acostumbrado ya a los cruces del primer
o segundo mundo hacia el tercero. Disminuía así mi choque cultural, me reanimaba cruzar en ese sentido contrario
a lo hecho por los moros unos mil años atrás. Vaya, hasta los agentes de migración españoles sentían el peso de
su trabajo, como la migra gringa, al atender en el muelle la marabunta de migrantes regresando a sus terruños en
un día común de ese caliente mes de julio. Tenían una ventaja, pues dividían a los pasajeros en dos status: los de
pasaporte de la comunidad europea, y todos los demás, aunque el primero se veía muy solitario. Al llegar mi turno,
creí habría tensión cuando descubrieran mi origen, no arabesco, sino del continente americano… sin embargo, el
oficial, mirándome un instante, se limitó a confirmar si el de la foto en mis documentos era yo para luego estampar
la visa de salida indicando que, ya, ¡podía subir al ferri!…
Cuando observé la nave en toda su magnitud me quedé atónito: era un monstruo que ya devoraba autos, camiones
de carga, lanchas y autobuses en tanto que yo ingresaba a la zona de pasajeros entre marroquíes acostumbrados a
esta travesía como si se tratara de una cualquiera. Claro, no lo era para mí, por lo que descarté las ofertas de teléfonos
celulares que ofrecían al entrar, evité la cola de la migra marroquí que, ¡en pleno avance del barco!, tramitaba la
entrada a su país de misterio. También descarté las bebidas light, ninguna con alcohol, las botanas chatarra que
vendían, los asientos cómodos del interior y hasta los ventanales panorámicos desde donde veía que avanzábamos
lentamente. Lo que deseaba era salir rápido a la proa o la popa para dejarme arropar por la brisa mediterránea,
observar el alejamiento del muelle español, sentir las aguas profundas del Gibraltar que resultaron ser de un azul
metálico, denso y pesado, como si soportaran el peso, las toneladas, de historia que iba removiendo. En pocos
minutos confirmé la verdadera distancia entre los dos continentes y entendí por qué la expansión árabe hacia la
iberia resultó con cierta facilidad: el estrecho es tan estrecho, tan cercano y navegable, que el océano no representó
un obstáculo serio. Es tan pequeño, casi grité, como ir del puerto de Guaymas al de Santa Rosalía en el Golfo
de Cortés o darle la vuelta a la isla de Alcatraz desde cualquier muelle de San Francisco. Arropado por un fresco
vientecillo, escuchando el suave oleaje producido por los motores, gozaba el panorama y la convivencia discreta
con los marroquíes a quienes por fin los tenía frente a frente. Hasta que, mirando en lontananza, aprecié la primera
presencia magnánima y de impacto: navegábamos frente a una colina que contenía unas enormes inscripciones en
árabe, pintadas en cal, similar a las que colocan el nombre de Jesús o alusiones cristianas en lo cerros de nuestros
países. Supuse, sin preguntar, que hacía referencia a Alá, o algún mensaje del Islam, dada la reverencia con lo que
los pasajeros miraban. Tomé la visión como una puerta, quizá la bienvenida, a todo lo demás: a partir de ahí dejaba
el mundo occidental y entraba a explorar un tercer continente sin saber qué lengua hablaría ni qué costumbres iba
a evitar…
III
Al captar la disminución de la velocidad, habiendo transcurrido alrededor de una hora, supuse era ya para atracar.
En efecto, arribamos a un puerto solitario, con muelles y fortificaciones de concreto, sin nada de urbanidad alrededor,
sólo parajes y cerros desérticos de muy escasa vegetación. Se trataba de Tánger-Med, no la ciudad de Tánger, a
donde creí navegaríamos sin escalas. El puerto, recién construido, operaba exclusivamente para barcos de carga
y de pasajeros como el nuestro, no se veía algo más. Al bajar, nos dirigieron hacia un autobús que nos conduciría
hacia sabe dónde sin ya no tener uno el control. Y es que entrar a otro mundo no resulta tan sencillo: llegábamos a
la aduana portuaria, impecable edificio blanco, con enormes letras árabes y en francés. Ahora sí, todo sería engorroso,
abrir y cerrar equipaje, sacar y meter computadora, revisión exhaustiva de documentos. Resistía el trámite sumiso,
con paciencia y hasta con gusto, escuchando sin entender las pláticas y órdenes de los oficiales surgidas alrededor,
sospechando lo que se escondía más allá… Al cruzar ya en definitiva, descansé unos minutos gozando los interiores:
una limpieza exuberante, servicios gratis de WiFi, movimiento de extraños pasajeros, ventanillas para el
boletaje o el intercambio de monedas al “dírham” marroquí. Pero también salí al exterior para mi primer dosis de
atmósfera africana: estacionamientos, viejos Mercedes Benz como taxis, movimiento de autobuses, una porción
del último Mediterráneo y las montañitas resecas ofreciendo florecillas que traían, no sólo un agradable olor, sino
también abejas feroces en busca de visitantes. Extasiado, no percibí la cercanía de una de ellas sufriendo la picadura
en el antebrazo con un dolor muy intenso. “Vaya recibimiento”, pensé, “espero no sea el preámbulo de nada y sirva
para inmunizarme”. Pero todo se fue diluyendo cuando nos informaron que otro autobús, ahora sí, nos llevaría
hacia al centro de la anhelada Tánger ¡y completamente gratis! gracias a la cortesía del gobierno marroquí que así
promovía el uso de este nuevo puerto…
IV
Una autopista playera me reveló las primeras mezquitas que se levantaban en pequeños poblados, penetraba por
varios retenes aduanales con su ondear de banderas nacionales y, aquí y allá, mostraba casuchas y aires campiranos
como de economía en desarrollo. Empezaron a abundar letreros en árabe en tanto que el autobús sintonizaba
música y comerciales ininteligibles hasta que, a lo lejos, percibí enormes conjuntos habitacionales sobre las colinas.
No había duda, era la seña de que entraríamos ya a una urbe de al menos medio millón de habitantes hablando un
idioma distinto al mío. Por ello mi curiosidad hervía dándome nuevos bríos. El conductor se estacionó, dejándonos a
nuestra suerte, sobre un congestionado bulevar del centro de Tánger… de inmediato se vinieron en tropel jóvenes
maleteros, informantes de hoteles y taxistas, todos experimentando conmigo varias lenguas cuando el árabe no
funcionaba. Un taxista, hablando en un español chapurreado, me aseguró que conocía varias hospederías en la zona
más atractiva: el sector de Medina. El precio ofrecido y la cercanía fue lo que convenció entregándome en cuerpo
y alma a su destreza conductora y a su calidad de nativo. En realidad no sé qué vería en mí, pero prácticamente
me arrojó en uno de los callejoncitos antiguos del mercado público en donde, en efecto, había fachadas de hoteles
digamos demasiado económicos, aunque rodeados del olor y del folclor que empezaba a descubrir. El sector Medina,
además, mostraba una enorme mezquita, escaloncitos y paredes medio en ruinas, murallas portuguesas y romanas
y toda la algarabía popular de la compraventa, incluyendo marginales solicitando la caridad pública. Nada de eso
me importó, sólo necesitaba confirmar si las hospederías contaban con Internet, de preferencia en las habitaciones,
única manera de sostener contacto con los míos hasta el continente americano en caso de cualquier cosa. Las
pesquisas fueron útiles para captar con los hosteleros que el idioma preponderante, después del árabe, era el francés,
seguido del español y escasamente el inglés. Todos indistintamente confirmaron que contaban con lo básico, a
precios muy accesibles, aunque revelando que el Internet se ofrecía en hoteles con estrellas ubicados en la zona
cosmopolita y moderna frente al malecón. “Por ahí”, indicó uno, “y puedes llegar caminando”. Ir cargando equipaje
en esa zona fue como un imán para atraer a solicitantes de limosna, vendedores y niños de la calle, insistentes, experimentados
y hasta acosadores…no tuve más remedio que ingresar al primer hotel de fachada convencional que
se apareció, más con la intensión de guarecerme que de establecerme. “Cargar equipaje en la calle es muy atractivo”,
casi me advirtió el recepcionista quien, en efecto, confirmó que había WiFi en cada habitación y a un precio que
pude alcanzar. “Aquí me quedo para no seguir cargando”, me consolé en silencio.
V Pero el hotel Rij-Spa resultó por dentro toda una revelación: habitaciones tipo sala, amuebladas con ventanales
hacia la playa, decoración estilo Alhambra, bar, alberca, peluquería y ¡hasta servicio de masajes!…. Y, por supuesto,
con un Internet poderoso incluso para actualizar el status en Facebook con fotos de alta resolución. Hasta Liz
Taylor y Winston Churchill habían sido huéspedes distinguidos. Sin embargo, si hubiese continuado la búsqueda,
hubiera preferido hospedarme en un lugar más emblemático: el Hotel Continental, ubicado al otro extremo del
malecón, de blancos balcones arabescos, como incrustado en las rocas y murallas añejas. La leyenda todavía indica
que había dado cobijo a fichitas como William Burroughs, Jack Kerouac, Truman Capote y al mismo Allen Ginsberg;
vinieron a parar aquí en busca de emociones baratas y una forma de vida imposible de encontrar en la Europa o
el Estados Unidos de mediados del siglo pasado, una bohemia quizá al estilo de las mil y una noches. Algo habría
de verdad porque la hospedería era una parada obligada en las rutas turísticas como me lo confirmó Mustafá, otro
taxista quien se dejó regatear, noble y flexible, para darme un tour en los lugares claves.
Bonachón y hablantín, fue la llave mágica: frente a la mezquita central, enorme y elevada de azulejos verdosos, reveló
que se prohibía la entrada a turistas, porque ahí “sólo se entra a orar, no a pasear”. Explicó que la estrella verde de
cinco picos del lábaro patrio recuerda a las leyes básicas del Islam, confirmando el sentido religioso del gobierno
marroquí. Tras subir curvas empinadas, me mostró mansiones, palacios y residencias de jeques, príncipes y reyes
árabes que exhibían al exterior su colección de autos, guardias privados, decorados en oro y banderas de países
donde tenían negocios. Entre bosques de encinos y abetos, visitamos miradores sobre arrecifes con vistas hacia la
unión del océano Atlántico con el Mediterráneo, una de las claves neurálgicas de Tánger. Me llevó a las grutas de
Hércules, literalmente unas cuevas playeras por donde entran las olas, y donde descansó este dios griego luego de la
pesada tarea de separar el continente europeo del africano, creando así el estrecho de Gibraltar. Hicimos paradas en
expendios de artesanías, exhibición de camellos, balnearios populares y comederos al aire libre. Hasta que Mustafá
sugirió dejarme en una entrada del Medina para nuevos descubrimientos que sólo se podían hacer a pie, recordándome
que no olvidara visitar el Hotel Continental. Tuvo tiempo de advertirme, “Ah, pero recuerde que ya no hay
bohemias, nuestro gobierno hizo limpia general; las drogas y excesos están penados, inclusive —escuché como de
paso— ni siquiera se expende vino en los restaurantes acorde a la moral islámica”. No le di mucha importancia,
atraído ahora por otros hedonismos que me despertaban los puestos de frutas, verduras y demás: higos gigantes y
sabrosos, dátiles recién cortados quién sabe en cuál desierto, el original pan de trigo, bocados de quesos y aceitunas
de distintos colores o perturbadores cafés con leche pura. Vaya, hasta fui víctima de perfumadas peluquerías para
hacerle un corte rápido y barato a mi ensortijada cabellera…
VI
Sin embargo, las noches calurosas eran provocadoras. Cuando le ordené a un mesero me trajera una cerveza junto
con mi cena de sardinas asadas y ensalada, arqueó la ceja como indicando, ¿no estás enterado de la restricción de
alcohol?, confirmando lo dicho por Mustafá. Pero, contra todo pronóstico y sin buscarlo, descubrí el mercado negro
que ofrecía varias opciones: un vendedor de bufandas, al pagarle unas piezas, muy tierno me ofreció hachís, así, en
español, “relájate, hombre, son vacaciones, ¿cuánto quieres?”. Otra tentación fueron las escandalosas discotecas del
malecón: el menú discretamente ofrecía un listado de bebidas con alcohol incluyendo ¡tequila! Y, entre la romería
nocturna de parejas, juveniles y familias enteras, aparecían porteros de centros nocturnos informando de mujeres
disponibles al interior, aclarando “yo sólo te informo y te invito a pasar, adentro tú te arreglas con ellas”. No obstante,
para no dar vueltas ni correr riesgos callejeros, teniendo ya el tiempo encima, opté por lo que ofrecía mi hotel Rij-
Spa. A la atractiva joven sin velo que atendía el servicio de masajes le pregunté, muy decidido, que si cómo estaba la
cosa—secretamente pensando que quizá recibiría algo más. Mientras me explicaba, remotamente imaginé emular
a aquellos artistas bohemios del Continental, y me atreví a ordenarle me preparara una sesión. Anotó mi nombre
y número de habitación informándome mi turno: “lo programé para mañana—escuché atónito— ahora estamos
saturados”, me dijo, sin saber ella que todo así se venía al traste porque, a primera hora del día siguiente, debía yo
no sólo desalojar mi cuarto, sino lanzarme en directo a Madrid para tomar mi vuelo de regreso hacia la impostergable
normalidad americana…
Mis años con Teresa
Por Manuel Murrieta Saldívar
—California State University-Stanislaus—
Texto leído durante la sesión especial “Y siempre pensábamos que era inmortal”, panel dedicado a la memoria de la
profesora Teresa Valdivieso, en el marco del VI Congreso Internacional de la Asociación Hispánica de Humanidades.
Madrid, España, Junio 28-30, 2012.
1
¡VUELVE TERESA!
Teresa Valdivieso y los latinoamericanos, los mexicanos, los sonorenses fronterizos…. Profesora Teresa, permítame
confesarle hoy aquí cercano a su tierra, que le debo el haberme extraído de mi terruño sonorense, y lo digo con gusto,
para asomarme al mundo real y literario de la globalidad. Gracias por poner sus ojos incansables hacia el sur, hacia
el sur de Arizona, fijarse en mi Hermosillo, en mi Sonora, en todo mi terruño mexicano y latinoamericano. No
sólo por los estudios y antologías de autores de la América hispana que usted hizo y siguen siendo indispensables,
sino por llevar a la práctica el intercambio humano, el encuentro de mente con mente, corazón con corazón, de
los que hablamos la misma lengua y usted nos reunió en ese punto neurálgico de Arizona State University. Teresa,
gracias entonces por iniciar, revivir y mantener activo durante décadas esos programas de intercambio estudiantiles
que muchos vimos en ellos la única oportunidad de salir desde nuestras tierras olvidadas y marginadas para con
dignidad intentar superarse con estudios. Programas que no sólo me llevaron hacia usted, sino, aun sin conocerla,
supe de estudiantes extranjeros interesados en lo nuestro. Porque gracias ellos, se contagió mi curiosidad por otras
culturas al verlos llegar a mi escuela de letras sonorense e incluso hasta mi propia casa. Fueron alumnos, después
lo sabría, que se aventuraban a cruzar la frontera gracias a la nobleza de usted, Teresa, de su mente pedagógica y
de su humanismo práctico. Programas que algunos se extinguieron y que, quizá por ello, se reavivó el prejuicio en
Arizona, el desinterés y la ignorancia por lo latinoamericano, al proponerse leyes que oficializan la discriminación.
Ojalá pudiera volver, Teresa, se necesitan seres como usted, académicos que reactiven los intercambios humanos
que abrían nuestros mundos hispanoamericanos a estudiantes de Estados Unidos que, al fin, reconocían que la
suya no era la cultura universal. ¡Vuelve Teresa!… que se reactiven esos programas que permitieron que nosotros
tuviéramos por vez primera la experiencia en la academia norteamericana y a la vez conociéramos en directo la
realidad “gringa” superando así nuestros prejuicios… Vuelve Teresa, esos programas han ya desaparecido.
II
VARIOS SEMESTRES CON TERESA
Gracias también por alargar luego nuestra estancia en Arizona, yo diría, en todo USA, no sólo por un semestre más,
sino por muchos, muchos más, los que a la postre se convertirían en ser, afortunado yo, su estudiante de maestría y
doctorado. Reconozco que fue por sus recomendaciones y, claro, por haberme sacado buenas notas con usted, que
se alargó mi estancia. Pero sépalo, y ahora se lo confieso, que por ser su alumno de posgrado aprendí, y lo practico
hasta hoy, lo que es la disciplina en las letras, que la literatura no es únicamente ese impulso rebelde, la musa caótica,
el bohemio espontáneo. No. Comprobé que, en realidad, se podía vivir de ella, volverse un profesional, si se aceptaban
los códigos, las formas y se cumplían cuando debían de cumplirse. Dentro de mi torbellino de creación, de migrante
académico, acepté y comprendí, pues, que se podía ser disciplinado con las citas, la corrección, la metodología, que se
podía ser riguroso con la norma y aplicarla también no sólo a la ensayística, sino al trabajo editorial y de escritor…,
que se podía, pues, ¡vivir de la literatura!… Qué afortunada revelación, Teresa, qué privilegio haberlo descubierto
en sus clases, yo ahí sentado frente a usted, maquinando todo ese mundo de palabras desordenadas que se estaban
organizando en sus cátedras….
¿Cómo no reconocer que, detrás de la oferta de continuar con los posgrados, estaba usted?… sí, creo saberlo, notó
algo en mí que habría que pulir…Y en esa formación, Teresa, como que existió un acuerdo tácito: ya dominando
sus técnicas usted siempre quiso estar conmigo y yo, quizá para aumentar confianza y seguridad, siempre debía
estar con usted. Juntos hicimos grandes cosas, como mis tesis de maestría y doctorado, por ejemplo. Sus manos
huesudas y rebosantes las venas aparecían en mis manuscritos como una aspiradora succionando la basura de las
malas citas y desajustes bibliográficos. No pasar mis borradores por sus ojos pizpiretos era como estar desamparado,
vacío, alejado de los títulos profesionales. ¿Y cómo olvidar el cierre de los cursos y esas revisiones en la sala de
su casa? Esa maravilla de los decorados, esa comodidad de los sofás, el saber por vez primera cómo era el hogar de
una académica de altura que nos habría su espacio familiar como si fuéramos sus hijos privilegiados, ¿lo seríamos?…
y terminar con un café o chocolate en tazas como de porcelana mientras en el patio nos protegía hasta la Virgen
Guadalupana…. era nada más y nada menos el maestro, la maestra, que podía convivir, y ese era el mensaje, abrir
parte de su vida, con nosotros, los simples estudiantes que así aprendíamos la última lección. Y ya, en el colmo
de las atenciones, organizar e invitar a nuestra generación, casi en las despedidas, a los restaurantes exclusivos de
Scottsdale o de Tempe a donde ingresé por vez primera gracias a usted, Teresa, sentir ya que pertenecía a la élite
de la intelectualidad.
III
ULTIMOS AÑOS CON TERESA
…Y como todo graduado que no se respeta, creí después liberarme de ti, Teresa, así como de todos mis maestros.
Levanté el vuelo confiando en mis talentos, pero portando la herencia de tu sabiduría como escudo protector
queriendo ser distinto. Seguí mis corazonadas de editor y de escritor por muchos años alejado de la academia
oficial para dedicar todo mi tiempo a producir, editar y escribir libros en español, mi pasión, dentro de la sociedad
chicana, latina y norteamericana. Algo debí de haber hecho bien, porque volví a reencontrarme contigo, Teresa, en
situaciones inconcebibles aunque, eso sí, en alguno de esos restaurantes exclusivos a los que me habías llevado. ¡No
lo podía concebir, yo, tu pupilo de una remota villa latinoamericana, colado en el primer mundo, podía serte útil!…
Me pediste, y don Jorge, tu inseparable pilar, de testigo, que editara y produjera algunos de tus libros. Entonces ya
no era un privilegiado, si no realmente un elegido, quizá un bendecido por tu gracia….
¿Cómo era posible que un alumno tuyo, uno más del montón, editara ahora los manuscritos de su experta maestra? Un
ex-estudiante de origen mexicano fronterizo, produciendo en Estados Unidos libros en español para una académica
de prestigio proveniente de la península Ibérica…¡felices coincidencias que sólo tú, Teresa, pudiste provocar! …Esa
oferta, que acepté, y ahora te lo confieso, con mucho nerviosismo, por lo que representas de autoridad en la materia,
tuvo, y tiene, consecuencias inconmensurables. Tanto, que es incluso una de las causas que me tiene hoy aquí en
Madrid, recordarte así frente a nuestros colegas. Por ejemplo, hiciste crecer mi seguridad de editor, me integraste
a organismos académicos verdaderamente internacionales, vaya, traviesa, ¡hasta me hiciste pasar como español!…
Lograste, editando yo tus libros, que ingresara a los circuitos académicos, aumentar mi currículum profesional y
viajar, viajar, viajar cruzando varias veces el océano o atravesar todo el Estados Unidos continental. Así, eventualmente,
sería aceptado con esta trayectoria en la universidad norteamericana para impartir los cursos que más nos gustan:
ya no Spanish 101, sino literaturas hispanas, hispanoamericanas…Y, de nuevo, agradezco tus persuasivas cartas de
recomendación, ¡que abrieron las puertas de varios “deans” y “chairs” californianos, Teresa!…
Y por más que quisiera, asegurada mi labor pedagógica en las letras, por más que te dijera que disminuía mi trabajo
editorial, que había ya cumplido su función, no pude alejarme de ti en estos últimos años, Teresa. En el torrente
de mis nuevas obligaciones de académico de tiempo completo, aparecías intermitente, con otra solicitud, siempre
decías: vamos a producir otro libro, y ya, Manuelito. Me resistía y me resistía, pero siempre acudía el remordimiento
en mi conciencia, ¿cómo negarle un nuevo proyecto a Teresita?… ¡Ni se te ocurra negarte, ni lo pienses! Y así, me
convencía y me auto-convencía, a pesar de que la vida se me vino encima por toneladas, que los recortes
presupuestales, que las crisis hipotecarias, que el desempleo de mi esposa, ¡qué ahora ya teníamos dos hijos!…
Vaya, hasta en una ocasión decidiste pegarme una visita a mi recinto en Sacramento, California. ¿Así seré tan
importante?, me repetía, ¿de verdad me necesitará tanto Teresita?… ¡Imagínense, uno no puede negarse ante la
presencia real de tan sabia, luchona y fuerte dama, octogenaria ya, pero con la energía de varios adolescentes!, ¡qué
te pasa, Manuel!, eso sí sería ya el colmo, una verdadera traición, una falta de respeto sin tamaño, negarse hacer ese
libro que ha de ser tan trascendente que Teresita me hace una visita en persona. Recuerdo en esa ocasión tu cuerpecito,
tu cortesía de ordenar comida mexicana en Old Sacramento, tus sabias explicaciones para la culminación total del
libro, insistías e insistías porque, en el fondo, sabías que aceptaría y que de nuevo no podía negarme a la solicitud
de tu libro, me dijiste, es el último, Manuel, ahora sí te lo aseguro, ya por favor, si, tu libro de memorias, Teresa,
las de tu organización de profesionales españoles que me dolería en el alma no entregártelo a tiempo, en carne y
hueso, porque te fuiste antes, Teresita, dejándome con decenas de libros en la mano y yo, solo, ahí con todas tus
memorias….
Leído en el Hotel Emperador, Madrid, España, 29 de junio 2012.