Fray Marcos de Niza LP 1

Niza, Fray Marcos de

(1495 – 1558)
Nació alrededor del año 1495, en Niza, Francia. Comisario de los franciscanos en el Perú, en 1539 fue enviado a
México. Los sobrevivientes de la expedición de Pánfilo de Narváez, narraron riquezas que habían escuchado en su
travesía, al oírlas el Virrey Antonio de Mendoza, organizó una expedición.
Marcos de Niza era el responsable, Honorato el segundo, quien pronto regresó enfermo, y Estebanico, el negro
sobreviviente de la expedición de Narváez, el guía. Salieron de Cualiacan en 1539.
En Vacapa, el fraile envió a Estebanico en una avanzada exploratoria, pronto este le informa de haber escuchado
de los nativos historias de ciudades colmadas de riquezas. Marcos de Niza supuso que se trataban de las “Siete
Ciudades de Cíbola”. Estebanico siguió avanzando hasta llegar a Háwikuh, en Nuevo México en donde encontró
la muerte.
El fraile regresó a la ciudad de México narrando : “… por el camino y derrota que llevaba Esteban, del cual había
recibido otros mensajeros, con otra cruz del tamaño de la primera que envió, dándome priesa y afirmando ser la
tierra, en cuya demanda iba, la mejor y mayor cosa que jamas se oyó”:
“… seguí mi camino hasta la vista de Cíbola, la cual está asentada en un llano, a la falda de un cerro redondo. Tiene
muy hermoso parescer de pueblo, el mejor que en estas partes yo he visto; son las casas por la manera que los indios
me dijeron, todas de piedra con sus sobrados y azuteas, a lo que me paresció desde un cerro donde me puse a vella.
La población es mayor que la cibdad de México…”
“… tierra de las siete ciudades y reinos que digo, que entonces se podría mejor ver, sin poner en aventura mi persona
y dejar por ello de dar razón de lo visto. Solamente vi, desde la boca de la abra, siete poblaciones razonables, algo
lejos, un valle abajo muy fresco y de muy buena tierra, de donde salían muchos humos; tuve razón que hay en ella
mucho oro y que lo tratan los naturales della en vasijas y joyas, para las orejas y paletillas con que se raen y quitan
el sudor..”
Al escuchar esas noticias el Virrey Antonio de Mendoza no perdió el tiempo, organizó una gran expedición militar para
tomar posesión de los fabulosos territorios que el fraile le había narrado. Al mando de la misma quedó Francisco
Vázquez de Coronado, Marcos de Niza era el guía. El fracaso de la expedición, hizo que se le enviara de regreso a
la ciudad de México, donde murió desprestigiado en marzo de 1558.
Marcos, sacerdote, acusado de mitómano, viajero valeroso, y explorador resuelto y metódico, deja a algún investigador
de los archivos de Servilla y México, revelar la verdad de este primer explorador en documentar las tierras Zuni.
(http://pueblosoriginarios.com/biografias/niza.html)
Relación de Fray Marcos de Niza
[Tomada de la Colección de documentos inéditos relativos al descubrimiento, conquista y organización de las
antiguas posesiones españolas se América y Oceanía. Kraus Reprint. Vaduz: Tomo III, 325-351]
INSTRUCCION DE DON ANTONIO DE MENDOZA,
VISOREY DE NUEVA ESPAÑA.
Descubrimiento de las siete ciudades, por el P. Fr. Marcos de Niza.
Primeramente: luego como llegáredes á la provincia de Culuacán, exhortareis y animareis á los españoles, que residen
en la villa de San Miguel, que traten bien los indios que están de paz y no se sirvan dellos en cosas ecesivas,
certificándoles que haciéndolo así, que les serán hechas mercedes y remunerados por S. M. los trabajos que allá han
padescido, y en mí ternán buen ayudador para ello; y si hicieren al contrario, que serán castigados y desfavorecidos.
Daréis á entender á los indios que yo os envio, en nombre de S. M., para que digáis que los traten bien y que sepan
que le ha pesado de los agravios y males que han rescibido; y que de aquí adelante serán bien tratados, y los que
mal les hicieren serán castigados.
Asimismo les certificareis que no se harán mas esclavos dellos, ni los sacarán de sus tierras; sino que los dejarán
libres en ellas, sin hacelles mal ni daño; que pierdan el temor y conozcan á Dios Nuestro Señor, que está en el cielo,
y al Emperador, que está puesto de su mano en la tierra para regilla y gobernalla.
Y porque Francisco Vázquez de Coronado, á quien S. M. tiene proveido por gobernador de esa provincia, irá con
vos hasta la villa de San Miguel de Culuacán, avisarme heis como provee las cosas deaquella villa, en lo que toca al
servicio de Dios Nuestro Señor y conversión y buen tratamiento de los naturales de aquella provincia.
Y si con el ayuda de Dios Nuestro Señor y gracia del Espíritu Santo, halláredes camino para pasar adelante y entrar
por la tierra adentro, llevareis con vos á Estéban de Dorantes por guia, al cual mando que os obedezca en todo y
por todo lo que vos le mandáredes, como á mi misma persona; y no haciéndolo así, que incurra en mal caso y en las
penas que caen los que no obedescen á las personas que tienen poder de S. M. para poderles mandar.
Asimismo lleva el dicho gobernador, Francisco Vázquez, los indios que vinieron con Dorantes y otros que se han
podido recoger de aquellas partes, para que, si á él y á vos os paresciere que lleveis en vuestra compañía algunos, lo
hagáis y uséis dellos, como viéredes que conviene al servicio de Nuestro Señor.
Siempre procurareis de ir lo mas seguramente que fuere posible, é informándoos primero si están de paz ó de guerra
los unos indios con los otros, por que no deis ocasión á que hagan algún desconcierto contra vuestra persona, el
cual será causa para que contra ellos se haya de proceder y hacer castigo; porque desta manera en lugar de ir á hacelles
bien y dalles lumbre, seria al contrario.
Llevareis mucho aviso de mirar la gente que hay, si es mucha ó poca, y si están derramados ó viven juntos.
La calidad y fertilidad della, la templanza de la tierra, los árboles y plantas y animales domésticos y salvajes, que
hubiere, la manera de la tierra, si es áspera ó llana, los ríos, si son grandes ó pequeños, y las piedras y metales que
hay en ella; y de las cosas que se pudieren enviar ó traer muestra, traellas ó enviallas, para que de todo pueda S. M.
ser avisado.
Saber siempre si hay noticia de la costa de la mar, así de la parte del Norte como de la del Sur, porque podría ser
estrecharse la tierra y entrar algún brazo de mar la tierra adentro. Y si llegáredes á la costa de la mar del Sur, en
las puntas que entran, al pié de algund árbol señalado de grande, dejar enterradas cartas de lo que os paresciere
que conviene avisar, y al tal árbol donde quedare la carta hacelle alguna cruz porque sea conocido; asímismo en las
bocas de los ríos y en las dispusiciones de puertos, en los árboles más señalados, junto al agua, hacer la misma señal
de la cruz y dexar las cartas, porque, si enviare navíos, irán advertidos de buscar esta señal.
Siempre procurareis de enviar aviso con indios de como os va y sois recibido, y lo que halláredes, muy particularmente.
Y si Dios Nuestro Señor fuese servido que halléis alguna población grande, donde os paresciese que habrá buen
aparejo para hacer monesterio y enviar religiosos que entendiesen en la conversión, avisareis con indios ó volveréis
vos á Culiacán. Con todo secreto daréis aviso para que se provea lo que convenga sin alteración, porque en la pacificación
de lo que se hallare, se mire el servicio de Nuestro Señor y bien de la gente de la tierra.
Y aunque toda la tierra es del Emperador Nuestro Señor, vos en mi nombre tomareis posesión della por S. M., y
haréis las señales y autos, que os pareciesen que se requieren para tal caso; y daréis á entender á los naturales de la
tierra que hay un Dios en el cielo y el Emperador en la tierra, que está para mandalla y gobernalla, á quien todos
han de ser subjetos y servir.
–D. Antonio de Mendoza.
CERTIFICACIONES
Digo yo Fra. Marcos de Niza, de los Observantes de San Francisco, que rescibí un treslado desta Instrucción firmada del
Ilustrísimo Sr. D. Antonio de Mendoza, visorey y gobernador de la Nueva España, la cual me entregó, por mandado
se S. S., y en su nombre, Francisco Vázquez de Coronado, gobernador desta nueva Galicia; el cual treslado es sacado
desta Instrucción de verbo ad verbum, y con ella corregida y concertada, la cual dicha Instrucción prometo de la
cumplir fielmente y de no ir ni pasar contra ella ni contra cosa de lo en ella contenido, agora ni en ningún tiempo.
Y por que así lo guardaré y cumpliré, firmé aquí mi nombre, en To¬nalá, á veinte días del mes de Noviembre, de
mill y quinientos é treinta é ocho años, á donde me dió y entregó en el dicho nombre la dicha Instrucción, ques en
la provincia desta Nueva Galicia. – Fra. Marcos de Niza.
Digo yo Fray Antonio de Cibdad-Rodrigo, fraile de la orden de los Menores y ministro provincial que á la sazón
soy de la provincia del Santo Evangelio desta Nueva España, ques verdad que yo envié á Fra. Marcos de Niza,
sacerdote, fraile, presbítero y religioso y en toda virtud y religión tal, que de mi y de mis hermanos los definidores
diputados para dellos tomaron consejo en las cosas arduas y dificultosas, fué aprobado y habido por idoneo y suficiente
para hacer esta jornada y descubrimiento, así por la suficiencia arriba dicha de su persona, como por ser docto, no
sola¬mente en la teología, pero aun en la cosmografía, en el arte de la mar; y ansi consultado y difinido que fuese él,
fué con otro com¬pañero, fraile lego, que se llama Fra. Onorato, por mandado del Señor Don Antonio de Mendoza,
visorey desta dicha Nueva Es¬paña; y S. S. le dio todo el aparejo y recabdo que fué menester para el dicho camino
y jornada; y esta Instrucción que aquí está escrita, la cual yo ví y S. S. lo comuco conmigo, preguntándome lo que de
ella me parecía y paresciéndome bien, se dio al dicho Fra. Marcos, por mano de Francisco Vázquez de Coronado;
la cual el rescibió sin falta y executó fielmente, como en efeto ha parecido. Y por que lo sobre dicho es ansí verdad
y en ello no ha falencia ninguna, he es¬crito esta fée y testimonio y lo firmé de mi nombre.
— Fecha en México, á veinte y seis días de agosto, año de mill é quinientos é treinta é nueve.
–Fra. Antonio de Cihdad-Rodrigo, ministro provincial.
RELACION
Con el ayuda y favor de la Sacratísima Virgen María, Nuestra Señora y del Seráfico nuestro padre San Francisco,
yo Fra. Marcos de Niza, fraile profeso de la Orden de San Francisco, en cumpli¬miento de la Instrucción, arriba
contenida, del Ilustrísimo Sr. D. Antonio de Mendoza, visorey y gobernador por S. M. de la Nueva España, partí
de la villa de San Miguel de la provincia de Culuacán, viernes siete días del mes de marzo de mill é quinientos é
treinta é nueve años, llevando por compañero al padre Fra. Onorato y llevando conmigo á Estéban de Dorantes,
negro, y á ciertos indios, de los que] dicho Sr. Visorey libertó y compró para este efecto, los cuales me entregó Francisco
Vázquez de Coronado, gobernador de la Nueva Galicia, y con otra mucha cantidad de indios de Petatean, y del
pueblo que llaman del Cuchillo, que serán cincuenta leguas de la dicha villa. Los cuales vinieron al valle de Culuacan,
significando gran alegría, por habelles certificado los indios libertados, quel dicho Gobernador envió delante á hacelles
saber su libertad y que no se habían de hacer esclavos dellos ni hacelles guerra ni mal tratamiento, diciéndoles que
as¡ lo quiere y manda S. M. Y con esta compañía que digo, tomé mi camino hasta allegar al pueblo de Petatean,
hallando en el camino muchos rescibimientos y presentes de comida, rosas y otras cosas desta calidad, y casas que
me hacían de petates y ramas, en todas las partes donde no había poblado.
En este pueblo de Petatean holgué tres días, porque mi compañero Fra. Onorato adoleció de enfermedad, que me
convino dexallo allí; y conforme á la dicha Instrucción, seguí mi víaje por donde me guió el Espíritu Santo, sin
merescello yo. E yendo conmigo el dicho Estéban de Dorantes, negro, y algunos de los libertados y mucha gente de
la tierra, haciéndome en todas partes que llegaba muchos rescibimientos y regocijos y arcos triunfales y dándome
de la comida que tenían, aunque poca, porque dicen haber tres años que no llovía, y porque los indios de aquella
co¬marca más entendían en esconderse que en sembrar, por temor de los christianos de la villa de San Miguel, que
hasta allí solían llegar á les hacer guerra y esclavos.
En todo este camino, que serían 25 ó 30 leguas de aquella parte de Petatean, no vi cosa digna de poner aquí, ecebto
que vinieron á mí indios de la isla en que estuvo el Marqués del Valle, de los cuales me certifiqué ser isla, y no
como algunos quieren decir, tierra firme; y vi que della pasaban á la tierra firme en balsas, y de la tierra firme á ella,
y el espacio, que hay de la isla á la tierra firme, puede ser de media legua de mar, poco más ó menos. Asimismo me
vinieron á ver indios de otra isla mayor quella, questá más adelantre, de los cuales tuve razón é haber otras treinta
islas pequeñas, pobladas de gente y pobres de comida, ecebto dos, que dicen que tienen maíz. Estos indios traían
colgadas de la garganta muchas conchas, en las cuales suele haber perlas; é yo les mostré una perla que llevaba para
muestra, y me dixeron que de aquellas había en las islas, pero yo no les vi ninguna.
Seguí mi camino por un despoblado de cuatro días, yendo conmigo indios, así de las islas que digo como de los
pueblos que dejaba atrás; y al cabo del despoblado, hallé otros indios, que se admiraron de me ver, porque
ninguna noticia tienen de christianos, á causa de no contratarse con los de atrás por el despoblado. Estos me hicieron
muchos rescibimientos, y me dieron mucha comida, y procuraban de tocarme en la ropa, y me llamaban Sayota,
que quiere decir en su lengua “hom¬bre del cielo”, á los cuales, lo mejor que yo pude, hice entender por las lenguas
lo contenido en la Instrucción, que es el conoscimiento de Nuestro Señor en el cielo y de S. M. en la tierra. Y siempre,
por todas las vías que podía, procuraba de saber tierra de muchas poblaciones y de gente de más policía y razón
que con los que topaba; y no tuve nueva más de que me dixeron que la tierra adentro, cuatro ó cinco jornadas do se
rematan las cordilleras de las sierras, se hace una abra llana y de mucha tierra, en la cual me dixeron haber muchas
y muy grandes poblaciones, en que hay gente vestida de algodón. Y mostrándoles yo algunos metales que llevaba,
para tomar razón de los metales de la tierra, tomaron el metal de oro y me dixeron que de aquel hay vasijas entre
aquella gente de la abra, y que traen colgadas de las narices y orejas ciertas cosas redondas de aquel oro, y que tienen
unas paletillas dél, con que raen y se quitan el sudor. Y como esta abra se desvía de la costa, y mi intención era no
apartarme della, determiné de dejalla para la vuelta, porque entonces se podría ver mejor. Y ansí anduve tres días,
poblados de aquella misma gente, de los cuales fuí rescibido como de los de atrás.
Llegué á una razonable población que se llama Vacapa, donde me hicieron grande rescibimiento y me dieron mucha
comida, de la cual tenían en abundancia, por ser toda tierra que se riega. Hay, desta población á la mar cuarenta
leguas; y por hallarme tan apartado de la mar y por ser dos días antes de la Domi¬nica de Pasión, determiné de
me estar allí hasta la Páscua, por certificarme de las islas que arriba digo que tuve noticia. Y así envié mensajeros
indios á la mar, por tres vías, á los cuales encargué que me trujesen gente de la costa y de algunas de aquellas islas,
para informarme dellos; y por otra parte envié á Estéban de Dorantes, negro, al cual dixe que fuese por la derrota
del Norte, cincuenta ó sesenta leguas, para ver si por aquella vía se podría tener razona de alguna cosa grande de
las que buscábamos; y concerté con él que si tuviese alguna noticia de tierra poblada y rica que fuese cosa grande,
que no pasase adelante, sino que volviese en persona ó me enviase indios con esta señal que concertamos: que si la
cosa fuese razonable, me enviase una cruz blanca de un palmo; y si fuese cosa grande, la enviase de dos palmos; y si
fuese cosa mayor y mejor que la Nueva España, me enviase una gran cruz. Y así se partió el dicho Estéban, negro,
de mi, Dominica de Pasión después de comer, que¬dando yo en esta población, que digo que se dice Vacapa.
Y de ahí á cuatro días, vinieron sus mensajeros de Estéban con una cruz muy grande, de estatura de un hombre, y
me dixeron, de parte de Es¬téban, que á la hora me partiese en su seguimiento, porque había topado gente que le
daba razón de la mayor cosa del mundo; y que tenía indios que habían estado en ella, de los cuales me envió uno. Y
este me dixo tantas grandezas de la tierra, que dexé de creellas para después de habellas visto ó de tener más certificación
de la cosa; y me dixo que había treinta jornadas, desde donde quedaba Estéban, hasta la primera ciudad de la tierra,
que se dice Cíbola. Y porque me pareció digno de poner en este papel lo queste indio, que Estéban me envió, dice
la tierra, lo quiero hacer, el cual afirma y dice: que en esta primer provincia hay siete ciudades muy gran¬des, todas
debajo de un señor, y de casas de piedra y de cal, grandes; las más pequeñas de un sobrado y una azutea encima,
y otras de dos y de tres sobrados, y la del señor de cuatro, juntas todas por su órden; y en las portadas de las casas
principales muchas labores de piedras turquesas, de las cuales, dijo, que hay en gran abundancia. Y que las gentes
destas cibdades anda muy bien vestida. Y otras muchas particularidades me dixo, así destas siete cibdades como de
otras provincias más adelante, cada una de las cuales dice ser mucho más cosa questas siete ciudades; y para saber
dél como lo sabía, tuvimos muchas demandas y respuestas; y halléle de muy buena razón. Dí gracias á Nuestro
Señor, diferí mi partida en seguimiento de Estéban, de Dorantes, creyendo que me aguardaría, como concerté con
él, y también porque prometí á los mensajeros que envié á la mar que los aguardaría, porque siempre propuse de
tratar con la gente que tratase, mucha verdad. Los mensajeros vinieron día de Páscua Florida, y con ellos gente
de la costa y de dos islas, de los cuales supe ser las islas, que arriba digo, pobres de comida, como lo había sabido
antes, y que son pobladas de gente; traían conchas en la frente y dicen que tienen perlas. Certificáronme de treinta
y cuatro islas, cerca las unas de las otras, cuyos nombres pongo en otro papel, donde asiento el nombre de las islas y
poblaciones. La gente de las costa dicen que tiene poca comida, así ellos como los de las islas, y que se contratan los
unos con los otros por balsas; aquí la costa se va al Norte cuanto más puede. Es¬tos indios de la costa me truxeron
rodelas de cuero de vacas, muy bien labrados, grandes, que les cubren de pies á cabeza, con unos agujeros encima
de la empuñadura para poder ver detrás dellas; son tan récias, que creo que no las pasara una ballesta.
Este día me vinieron tres indios de los que llaman pintados, labrados los rostros y pechos y brazos; estos están en
cerco á la parte del E. y llegan á confinar gente dellos cerca de las siete ciudades. Los cuales dixeron: que me venían
á ver, porque tuvieron noticia de mí; y entre otras cosas, me dieron mucha noticia de las siete ciudades y provincias
quel indio de Estéban me dixo, casi por las misma manera que Estéban me le envió á decir; y así despedí la gente
de la costa; y dos indios de las islas dixeron que se querían andar conmigo siete ó ocho días. Y con ellos y con los
tres pintados que digo, me partí de Vacapa, segundo día de Pascua Florida, por el camino y derrota que llevaba
Estéban, del cual había recibido otros mensageros, con otra cruz del tamaño de la primera que envió, dándome
priesa y afirmando ser la tierra, en cuya demanda iba, la mejor y mayor cosa que jamás se oyó. Los cuales mensajeros,
particulamente, me dijeron sin faltar en cosa punto de lo que dixo el primero: antes dixeron mucho más y me dieron
más clara razón.
Y así caminé aquel día, segundo día de Pascua, y otros dos días por las mismas jorna¬das que llevó Estéban; al cabo
de los cuales, topé con la gente que le dió la noticia de las siete ciudades y de la tierra de adelantre. Los cuales me
dixeron que, de allí, iban en treinta jornadas á la ciudad de Cíbola, que es la primera de las siete; y no me lo dijo
solo uno, sino muchos; y muy particularmente me dixeron la grandeza de las casas y la manera dellas, como me lo
dixeron los primeros. Y decíanme que, demás destas siete ciudades, hay otros reinos que se llaman Marata y Acus
y Totonteac; quise saber á qué iban tan lejos de sus casas, y dixeronme que iban por turquesas y por cueros de vacas
y otras cosas; y de lo uno y de lo otro tienen en aqueste pueblo cantidad; asímismo quise saber el rescate con que lo
habían, y dixéronme que con el sudor y servicio de sus personas, que iban á la primera cibdad, que se dice Cíbola,
y que sirven allí en cabar las tierras y en otros servicios, y que les dan cueros de vacas, de aquellos que allí tienen, y
turquesas, por su servicio. Y estos deste pueblo traen todos turquesas colgadas de las orejas y de las narices, finas y
buenas, y dicen que dellas están hechas labores en las puertas principales de Cíbola. Dixéronme que la manera del
vestido de los de Cíbola es: unas camisas de algodón, largas hasta el empeine del pié, con un botón á la garganta y
un torzal largo que cuelga dél, y las mangas destas camisas, anchas tanto de arriba como de abajo; á mi parescer es
como vestido bohemio. Dicen que andan ceñidos con cintas de turquesas, y que encima destas camisas, los unos
traen muy buenas mantas y los otros cueros de vacas, muy bien labrados, que tienen por mejor vestido, de que en
aquella tierra dicen que hay mucha cantidad, y asimismo las mujeres andan vestidas y cubiertas hasta los piés, de la
misma manera. Rescibiéronme estos indios muy bien y tuvieron mucho cuidado de saber el día que partí de Vacapa,
para tenerme en el camino comida y aposentos; y traíanme enfermos que los curase, y procuraban de tocarme en
la ropa, sobre los cuales yo decía el Evangelio. Diéronme algunos cueros de vaca, tan bien adobados y labrados, que
en ellos parecía ser hechos de hombres de mucha pulicía, y todos decían que venían de Cíbola.
Otro día seguí mi camino, llevando conmigo los pintados que no me querían dexar. Llegué á otra población, donde
fuí muy bien recibido de la gente della, los cuales asimismo procuraban de tocarme la ropa, y me dieron noticia
de la tierra que yo llevaba, tan particularmente como los de atrás, y me dixeron como de allí había ido gente con
Estéban Dorantes, cuatro ó cinco jornadas; y aquí topé una cruz grande, que Estéban me había dexado, en señal de
que la nueva de la buena tierra siempre crescía, y dexó dicho que me dixesen que me diese mucha priesa, que él me
aguardaría acabo del primer despoblado. Aquí puse dos cruces y tomé posesión, conforme á la Instrucción, porque
me pareció ser aquella mejor tierra que la que quedaba atrás, y que convenía desde allí hacer autos de posesión. Y
desta manera anduve cinco días, hallando siempre poblado y gran hospedaje y rescibimiento y muchas turquesas y
cueros de vaca y la misma razón de la tierra; y luego me decían todos de Cíbola y de aquella provincia, como gente
que sabía que iba en demanda della, y me decían como Estéban iba delante, del cual tuve allí mensajeros de los
vecinos de aquel pueblo que habían ido con él, y siempre cargándome la mano en decir la grandeza de la tierra y
que me diese priesa. Aquí supe que, desde á dos jornadas, toparía con un despoblado de cuatro jornadas, en que no
hay comida, mas que ya estaba prevenido para hacerme casas y llevarme comida; díme priesa, pensando de topar
al fin dél con Es¬téban, porque allí me envió á decir que me aguardaría.
Antes de llegar al despoblado, topé con un pueblo fresco, de regadío, á que me salió á rescibir harta gente, hombres
y mujeres, vestidos de algodón y algunos cubiertos con cueros de vacas, que en general tienen por mejor vestido
quel de algodón. Todos los deste pueblo andan encaconados con turquesas que les cuelgan de las narices y orejas,
y á esta llaman cacona; entre los cuales venía el Señor deste pueblo y dos hermanos suyos, muy bien vestidos de
algodón, encaconados, y con sendos collares de turquesas al pescuezo; y me truxeron mucha caza de venados, conejos
y codornices, y maiz y piñol, todo en mucha abundancia; y me ofrescieron muchas turquesas y cueros de vaca, y
xícaras muy lindas y otras cosas, de lo cual no tomé nada, porque así lo acostumbro á hacer después que entré en la
tierra donde no tenían noticia de nosotros. Y aquí tuve la misma relación que antes, de las siete cibdades y reinos
y provincias, que arriba digo que tuve; é yo llevaba vestido un hábito de paño pardo, que llaman de Saragoza, que
me hizo traer Francisco Vázquez de Coronado, gobernador de la Nueva Galicia; y el Señor deste pueblo y otros
indios tentaron el hábito con las manos, y me dixeron que de aquello había mucho en Totonteac, y que lo traían
vestido los naturales de allí, de lo cual yo me reí, y dixe que no sería sino de aquellas mantas de algodón quellos
traían; y dixéronme: “¿piensas que no sabemos que eso que tú traes y lo que nosotros traemos es diferente? sabe que
en Cíbola todas las casas están llenas desta ropa que nosotros traemos más; mas en Totonteac hay unos animales
pequeños, de los cuales quitan lo con qué se hace esto que tú traes.” Yo me admiré, porque no había oído tal cosa
hasta que llegué aquí, y quíseme informar muy particularmente dello, y dixéronme que los animales son del tamaño
de dos galgos de Castilla que llevaba Estéban; dicen que hay muchos en Totonteac; no pude atinar qué género de
animales fuese.
Otro día entré en el despoblado, y donde había de ir á comer, hallé ranchos y comida bastante, junto á un arroyo,
y á la noche hallé casas y así mismo comida, y así lo tuve cuatro días que me duró el despoblado. Al cabo dellos,
entré en un valle muy bien poblado de gente, donde en el primer pueblo salieron á mi muchos hombres y mugeres
con comida; y todos traían muchas turquesas que les colgaban de las narices y de las orejas, y algunos traían collares
de turquesas, de las que digo que traían el Señor y sus hermanos, del pueblo antes del despoblado, exceto que
aquellos traían sola una vuelta, y estos traían tres y cuatro, y muy buenas mantas y cueros de vaca; y las mujeres las
mismas turquesas en las narices y orejas, y muy buenas naguas y camisas. Aquí había tanta noticia de Cíbola, como
en la Nueva España, de México y en el Perú, del Cuzco; y tan particularmente contaban la manera de las casas y
de la población y calles y plazas della, como personas que habían estado en ella muchas veces, y que traían de allá
las cosas de pulicía, que tenían habidas por su servicio, como los de atrás. Yo les decía que no era posible que las
casas fuesen de la manera que me decían, y para dármelo á entender, tomaban tierra y ceniza, y echábanle agua,
y señalábanme cómo ponían la piedra y cómo subían el edificio arriba, poniendo aquello y piedra hasta
ponello en lo alto; preguntábales á los hombres de aquella tierra si tenían alas para subir aquellos sobrados; reíanse
y señalábanme la escalera, también como la podría yo señalar, y tomaban un palo y poníanlo sobre la cabeza y
decían que aquel altura hay de sobrado á sobrado. También tuve aquí relación del paño de lana de Totonteac, donde
dicen que las casas son como las de Cíbola y mejores y muchas más, y que es cosa muy grande y que no tiene cabo.
Aquí supe que la costa se vuelve al Poniente, muy de recio, porque hasta la entrada deste primer despoblado que
pasé, siempre la costa se venía metiendo al Norte; y como cosa que importa mucho volver la costa, quíselo saber, y
así fuí en demanda della y vi claramente que, en los treinta y cinco grados, vuelve al Oeste, de que no menos alegría
tuve, que de la buena nueva de la tierra.
Y así me volví á proseguir mi camino, y fuí por aquel valle cinco días, el cual es tan poblado de gente lucida y tan
abastado de comida que basta para dar de comer en él á más de trescientos de caballo; riégase todo y es como un
vergel, están los barrios á media legua y á cada cuarto de legua, y en cada pueblo destos hallaba muy larga relación
de Cíbola, y tan particularmente me contaban della, como gente que cada año van allí á ganar su vida. Aquí hallé
un hombre, natural de Cíbola, el cual díxo haberse venido de la persona que el Señor tiene allí en Cíbola puesta,
por quel Señor destas siete cibdades vive y tiene su asiento en la una dellas, que se llama Ahacus, y en las otras
tiene puestas personas que mandan por él. Este vecino de Cíbola es hombre de buena disposición, algo viejo y de
mucha más razón que los naturales deste valle y que los de atrás; díxome que se quería ir conmigo para que yo le
alcanzase perdón. Informéme particularmente dél, y díxome que Cíbola es una gran cibdad, en que hay mucha
gente y calles y plazas, y que en algunas partes de la cibdad hay unas casas muy grandes, que tienen á diez sobrados,
y que en estas se juntan los principales ciertos días del año; dicen que las casas son de piedra y de cal, por la manera
que lo dixeron los de atrás, y que las portadas y delanteras de las casas principales son de turquesas; díxome que,
de la manera desta cibdad, son las otras siete, y algunas mayores, y que la más principal dellas es Ahacus; dice que
á la parte del Sueste, hay un reino, que se llama Marata, en que solía haber muchas y muy grandes poblaciones, y
que todas tienen estas casas de piedra y sobrados, y questos han tenido y tienen guerra con el Señor destas siete
cibdades, por la cual guerra se ha disminuido en gran cantidad este reino de Marata, aunque todavía está sobre sí
y tiene guerra con estotros.
Y así mismo dixo que, á la parte del Sueste, está el reino que llaman de Totonteac; dice que es una cosa, la mayor
del mundo y de más gente y riquezas; y que aquí visten paños de lo que es hecho esto que yo traigo, y otros mas
delicados y que se sacan de los animales que atrás me señalaron, y que es gente de mucha pulicía, y diferente de
la gente que yo he visto. También dixo que hay otra provincia y reino muy grande, que se dice Acus, porque hay
Ahacus: y Ahacus, con aspiración, es una de las siete cibdades, la más principal, y sin aspiración, Acus, es reino y
provincia por sí; díxome que los vestidos que traen en Cíbola son de la manera que atrás me habían dicho; dice
que todos los de aquella cibdad duermen en camas altas del suelo, con ropas y toldos encima, que cubre las camas;
díxome que iría conmigo hasta Cíbola y adellantre, si lo quisiere llevar.
La misma relación me dieron en este pueblo otras muchas personas, aunque no tan particularmente. Por este valle
caminé tres días, ha¬ciéndome los naturales todas las fiestas y regocijos que podían; aquí en este valle vi más de
dos mill cueros de vacas, estremadamente bien adobados, vi mucha más cantidad de turquesas y collares bellas, en
este valle, que en todo lo que había dejado atrás; y todo dicen que viene de la cibdad de Cíbola, de la cual tienen
tanta noticia, como yo de lo que traigo entre las manos; y así mismo la tienen del reino de Marata, y de Acus y del
de Totonteac. Aquí en este valle, me truxeron un cuero, tanto y medio mayor que de una gran vaca, y me dixeron
ques de un animal, que tiene sólo un cuerno en la frente y queste cuerno es corbo hacia los pechos, y que de allí sale
una punta derecha, en la cual dicen que tiene tanta fuerza, que ninguna cosa, por recia que sea, dexa de romper, si
topa con ella; y dicen que hay muchos animales destos en aquella tierra; la color del cuero es á manera de carbón y
el pelo tan largo como el dedo. Aquí tuve mensajeros de Estéban, los cuales de su parte me dixeron que iba ya en el
postrer despoblado, y muy alegre, por ir mas certificado de las grandezas de la tierra; y me envió á decir que, desde
que se apartó de mí, nunca había tomado á los indios en ninguna mentira, y que hasta allí todo lo había hallado
por la manera que le habían dicho y que ansí pensaba hallar lo demás. Y así lo tengo por cierto, porque es verdad
que, desde el primer día que yo tuve noticia de la cibdad de Cíbola, los indios me dixeron todo lo que hasta hoy he
visto; diciéndome siempre los pueblos que había de hallar en el camino y los nombres dellos; y en las partes donde
no había poblado, me señalaban donde había de comer y dormir, sin haber errado en un punto, con haber andado,
desde la primera nueva que tuve de la tierra hasta hoy, ciento y doce leguas, que no paresce poco dina de escribir
la mucha verdad desta gente. Aquí en este valle, como en los demás pueblos de atrás, puse cruces é hice los autos
y diligencias que convenían, conforme á la Instrucción.
Los naturales de esta villa me rogaron que descansase aquí tres ó cuatro días, porque estaba el despoblado cuatro
leguas de aquí; y desde el principio dél hasta llegar á la ciudad de Cíbola, hay largos quince días de camino; y que
me querían hacer comida y aderezar lo necesario para él. Y me dixeron que con Estéban, negro, habían ido de aquí
más de trescientos hombres acompañándole y llevándole comida, y que conmigo también querían ir muchos, por
servirme y porque pensaban volver ricos; yo se lo agradescí y les dixe que adereszasen presto, porque cada día se
me hacía un año, con deseo de ver á Cíbola. Y así me detuve tres días sin pasar adelante, en los cuales siempre me
informé de Cíbola y de todo lo demás, y no hacía sino tomar indios y preguntalles aparte á cada uno por sí, y todos
se conformaban en una misma cosa, y me decían la muchedumbre de gente y la órden de las calles y grandeza de las
casas y la manera de las portadas, todo como me lo dixeron los de atrás. Pasados los tres días, se juntó mucha gente
para ir conmigo, de los cuales tomé hasta treinta principales, muy bien vestidos con aquellos collares de turquesas,
que algunos dellos tenían á cinco y á seis vueltas; y con estos tomé la gente necesaria que llevase comida para ellos
y para mí, y me puse en camino. Por mis jornadas, entré en el despoblado, á nueve días de Mayo, y así fuimos: el
primero día, por un camino muy ancho y muy usado: llegamos á comer á una agua; donde los indios me habían
señalado, y á dormir á otra agua, donde hallé casa que hablan acabado de hacer para mí y otra questaba hecha
donde durmió Estéban cuando pasó, y ranchos viejos, y muchas señales de fuego, de la gente que pasaba á Cíbola
por este camino. Y por esta órden, caminé doce días, siempre muy abastado de comidas de venados, liebres y perdices
del mismo color y sabor de las de España, aunque no tan grandes, pero poco menores.
Aquí llegó un indio, hijo de un principal de los que venían conmigo, el cual había ido en compañía de Estéban, negro,
y venía aquexado el rostro y cuerpo, cubierto de sudor, el cual mostraba harta tristeza en su persona, y me dixo que,
una jornada antes de allegar á Cíbola, Estéban envió su calabazo, con mensajeros, como siempre acostumbraba enviallo
delantre, para que supiesen como iba; el calabazo llevaba unas hileras de cascabeles y dos plumas, una blanca y otra
colorada; y como llegaron á Cíbola, ante la persona que el Señor tiene allí puesta, y le dieron el calabazo; como le
tomó en las manos y vido los cascabeles, con mucha ira y enojo arrojó el calabazo en el suelo, y dijo á los mensajeros
que luego se fuesen, quél conoscía que gente era aquella, que les dijesen que no entrasen en la cibdad, sino que á
todos los matarían; los mensajeros se volvieron y dixeron á Estéban lo que pasaba, el cual les dixo que aquello no
era nada, que los que se mostraban enojados, les rescibían mejor; y así prosiguió su viaje hasta llegar á la cibdad de
Cíbola, donde halló gente que no le consintió entrar dentro, y le metieron en una casa grande, que está fuera de la
ciudad, y le quitaron luego todo lo que llevaba, de rescates y turquesas y otras cosas que había habido en el camino
de los indios; y que allí estuvo aquella noche sin darle de comer ni de beber, á él ni á los que con él iban. Y otro
día de mañana, este indio hubo sed y salió de la casa á beber, en un rio questaba cerca, y de ahí á poco rato, vido ir
huyendo á Estéban y que iban tras él gente de la cibdad, y que mataban algunos de los que iban con él; y que como
esto vió, este indio se fué, escondido, el rio arriba y después atravesó á salir al camino del despoblado.
Con las cuales nuevas, algunos de los indios que iban comigo comenzaron á llorar, yo con las ruines nuevas temí
perderme, y no temí tanto perder la vida, como no poder volver á dar aviso de la grandeza de la tierra, donde Dios
Nuestro Señor puede ser tan servido y su santa feé ensalzada y acrescentado el patrimonio Real de S. M. Y con
todo esto, lo mejor que pude los consolé y les dixe que no se debía de dar entero crédito á aquel indio; y ellos, con
muchas lágrimas, me dixeron quel indio no diría sino lo que había visto; y así me aparté de los indios, á encomendarme
á Nuestro Señor y á suplicarle guiase esta cosa como más fuese servido y alumbrase mi corazón; y esto hecho, me
volví á los indios y con un cuchillo corté los cordeles de las petacas, que llevaba de ropa y rescates, que hasta entonces
no habla llegado á ello ni dado nada á nadie, y repartido lo que llevaba por todos aquellos principales, y les dixe que
no temiesen y que se fuesen comigo; y así lo hicieron.
Y yendo por nuestro camino, una jornada de Cíbola, topamos otros dos indios, de los que habían ido con Estéban,
los cuales venían ensangrentados y con muchas heridas; y como llegaron, ellos y los que venían comigo comenzaron
tanto llanto, que de lástima y temor, también á mí me hicieron llorar; y eran tantas las voces, que no me dexaban
preguntalles por Estéban, ni lo que les había subcédido, y roguelles que callasen y supiésemos lo que pasaba y
dixeron: que “¿cómo callarían, pues sabían que de sus padres, hijos y hermanos, eran muertos más de trescientos
hombres, de los que fueron con Estéban?, y que ya no osarían ir á Cíbola como solían.” Todavía, lo mejor que
pude, procuré de amansallos y quitalles el temor, aunque no estaba yo sin nescesidad de quien á mi me lo quitase;
pregunté á los indios que venían heridos, por Estéban y lo que había pasado, y estuvie¬ron un rato sin me hablar
palabra, llorando con los de sus pueblos, y al cabo, me dixeron qué como Estaban llegó una jornada de la ciudad
de Cíbola, envió sus mensajeros con su calabazo á Cíbola al Señor, haciéndole saber su ida, y como venía á hacer
paces y á curallos; y como le dieron el calabazo y vido que los cascabeles, muy enojado arrojó en el suelo el calabazo
y dixo: “yo conozco esta gente, porque estos cascabeles no son de la hechura de los nuestros, decidles que luego se
vuelvan, sino que no quedará hombre dellos;” y así se quedó muy enojado.
Y los mensajeros volvieron tristes, y no osaban decir á Estéban lo que les acaesció, aunque todavía se lo dixeron,
y el les dixo: “que no temiesen, que él quería ir allá, porque, aunque le respondían mal, le rescibían bien”; y así se
fué y llegó á la cibdad de Cíbola, ya que se quería poner el sol, con toda la gente que llevaba, que serían más de
trescientos hombres, sin otras muchas mugeres; y no los consintieron entrar en la cibdad, sino en una casa grande
y de buen aposento, questaba fuera de la cibdad. Y luego tomaron á Estéban todo lo quél llevaba, diciendo quel
Señor lo mandó así; y en toda esa noche no nos dieron de comer, ni de beber. Y otro día, el sol de una lanza fuera,
salió Es¬téban de la casa, y algunos de los principales con él, y luego vino mucha gente de la cibdad, y como él los
vió, echó á huir y nosotros también; y luego nos dieron estos flechazos y heridas y caimos; y cayeron sobre nosotros
otros muertos, y así estuvimos hasta la noche, sin osarnos menear, y oímos grandes voces en la cibdad y vimos sobre
las azuteas muchos hombres y mujeres que miraban, y no vimos más á Estéban, sino que creemos que le flecharon
como á los demás que iban con él, que no escaparon más de nosotros.
Yo, visto lo que los indios decían, y el mal aparejo que había para proseguir mi jornada como deseaba, no dexé de
sentir su pérdida y la mía, y Dios es testigo de cuanto quisiera tener á quien pedir consejo y parescer, porque confieso
que á mí me faltaba. Díxeles que Nuestro Señor castigaría á Cíbola y que como el Emperador supiese lo que
pasaba, enviaría muchos christianos á que los castigasen; no me creyeron, porque dicen que nadie basta contra el
poder de Cíbola; pediles que se consolasen y no llorasen, y consolélos con las mejores palabras que pude, las cuales
sería largo de poner aquí. Y con esto los dexé y me aparté, un tiro ó dos de piedra, á encomendarme á Dios, en lo
cual tardaría hora y media; y cuando volví á ellos, hallé llorando un indio mío que traxe de México, que se llama
Marcos y díxome, “padre, estos tienen concertado de te matar, porque dicen que por tí y por Estéban han muerto á
sus parientes, y que no ha de quedar de todos ellos hombre ni muger que no muera. Yo torné á repartir entre ellos
lo que me quedaba, de ropa y res¬cates, por aplacallos, y díxeles que mirasen que si me mataban, que á mi no me
hacían ningún mal, porque moría christiano y me iría al cielo, y que los que me matasen penarían por ello, porque
los christianos vernían en mi busca, y contra mi voluntad, los matarían á todos. Con estas y otras muchas palabras,
que les dixe, se aplacaron algo, aunque todavía hacían gran sentimiento por la gente que les mataron. Roguéles que
algunos dellos quisiesen ir á Cíbola, para ver si había escapado alguno otro indio, y para que supiesen alguna nueva
de Estéban, lo cual no pude acabar con ellos. Visto esto, yo les dixe que, en todo caso, yo había de ver la Ciudad de
Cíbola, y me dixeron que ninguno iría comigo; y al cabo viéndome determinado, dos principales dixeron que irían
comigo, con los cuales y con mis indios y lenguas, seguí mi camino hasta la vista de Cíbola, la cual está sentada en
un llano, á la falda de un cerro redondo.
Tiene muy hermoso parescer de pueblo, el mejor que en estas partes yo he visto; son las casas por la manera que
los indios me dixeron, todas de piedra con sus sobrados y azuteas, á lo que me paresció desde un cerro donde me
puse á vella. La población es ma¬yor que la cibdad de México; algunas veces fuí tentado de irme á ella, porque
sabía que no aventuraba sino la vida, y esta ofrescí á Dios el día que comencé la jornada; al cabo temí, considerando
mi peligro y que si yo moría, no se podría haber razón desta tierra, que á mi ver es la mayor y mejor de todas las
descubiertas. Diciendo yo á los principales, que tenía comigo, cuán bien me parescía Cíbola, me dixeron que era
la menor de las siete cibdades, y que Totonteac es mucho mayor y mejor que todas las siete cibdades y que es de
tantas casas y gente, que no tiene cabo.
Vista la disposición de la ciudad, parescióme llamar aquella tierra el nuevo reino de San Francisco, y allí hice, con
ayuda de los indios, un gran montón de piedra, y encima dél puse una cruz delgada y pequeña, porque no tenía
aparejo para hacella mayor, y dixe que aquella cruz y mojón ponía en nombre de D. Antonio de Mendoza, visorey
y gobernador de la Nueva España por el Emperador, nuestro señor, en señal de posesión, conforme á la Instrucción; la
cual posesión dixe que tomaba allí de todas las siete cibdades y de los reinos de Totonteac y de Acus y de Marata, y
que no pasaba á ellos, por volver á dar razón de lo hecho y visto. Y así me volví, con harto más temor que comida,
y anduve, hasta topar la gente que se me había quedado, todo lo más apriesa que pude; los cuales alcancé á dos días
de jornada, y con ellos vine hasta pasar el despoblado, donde no se me hizo tan buen acogimiento como primero,
porque así los hombres como las mugeres, hacían gran llanto por la gente que les mataron en Cíbola. Y con el
temor, despedíme luego de aquella gente de aquel valle, y anduve el primero día diez leguas; y ansi anduve á ocho
y á diez leguas, sin parar hasta pasar el segundo despoblado.
Volviendo, y aun que no me faltaba temor, determiné de allegar á la abra, de que arriba digo que tenía razón, donde
se rematan las sierras; y allí tuve razón que aquella abra va poblada muchas jornadas á la parte de L’este, y no osé
entrar en ella, porque como me paresció que se había de venir á poblar y señorear estotra tierra de las siete cibdades
y reinos que digo, que entonces se podría mejor ver, sin poner en aventura mi persona y dexar por ello de dar razón
de lo visto.
Solamente vi, desde la boca de la abra, siete poblaciones razonables, algo lexos, un valle abaxo muy fresco y de muy
buena tierra, de donde salían muchos humos; tuve razón que hay en ella mucho oro y que lo tratan los naturales
della en vasijas y joyas, para las orejas y paletillas con que se raen y quitan el sudor, y ques gente que no consiente
que los de estotra parte de la abra contraten con ellos: no me supieron decir la causa por qué. Aquí puse dos cruces
y tomé posesión de toda esta abra y valle, por la manera y orden de las posesiones de arriba, conforme á la Instrucción.
De allí proseguí la vuelta de mi viaje, con toda la priesa que pude, hasta llegar á la villa de San Miguel, de la provincia
de Culuacán, creyendo hallar allí á Francisco Vázquez de Coronado, gobernador de la Nueva Galicia; y como no
lo hallé, proseguí mi jornada hasta la cibdad de Compostela; donde le hallé. Y de allí luego escrebí mi venida
al Ilustrísimo Sr. Visorey de la Nueva España, y á nuestro Padre Fray Antonio de Cibdad-Rodrigo, provincial,
y que me enviasen á mandar lo que haría. No pongo aquí muchas particularidades, porque no hacen á este caso;
solamente digo lo que vi y me digeron, por las tierras donde anduve y de las que tuve razón, para dalla á nuestro
padre provincial, para que él la muestre á los padres de nuestra Orden, que le pareciese ó en el capítulo, por cuyo
mandado yo fui para que la den al Ilustrísimo señor Visorey de la Nueva España, á cuyo pedimento me enviaron
á esta jornada.
-Fray Márcos dee Niza, vice-comissarius.
LEGALIZACIÓN
En la gran cibdad de Temixtitan, México de la Nueva España, dos días del mes de Setiembre, año del nascimiento
de Nuestro Señor Jesucristo de mill y quinientos é treinta é nueve años, ante el muy Illmo. Sr. D. Antonio de
Mendoza, visorrey é gobernador por S. M. en esta Nueva España, y presidente de la Audiencia y chancillería Real,
que en ella reside, estando presentes los muy magní¬ficos señores licenciado Francisco de Ceiños, oidor por S.
M. en la dicha Real Audiencia, y Francisco Vázquez de Coronado, goberna¬dor por S. M. en la provincia de la
Nueva Galicia, y en presencia de nos, Juan Baeza de Herrera, escribano mayor de la dicha Real Audiencia y de la
Gobernación de la dicha Nueva España, y Antonio de Turcios, escribano de SS. MM. y de la dicha Real Audiencia;
pareció el muy reverendo padre Fray Marcos de Niza, vice-comisario en estas partes de las Indias del mar Océano,
de la orden de Señor San Francisco, y presentó ante S. S. y ante nos los dichos escribanos y testigos y uso escriptos,
esta Instrucción y relación firmada de su nombre y sellada con el sello general de las Indias, la cual tiene nueve
hojas, con esta en que van nuestros signos; y dixo y afirmó y certificó ser verdad lo contenido en la dicha Instrucción
y relación, y pasar lo en ella contenido, para que S. M. sea informado de la verdad de lo que en ella se hace
mención. Y S. S. mandó á nos los dichos escribanos, de cómo así la presentaba y declaraba el dicho vice-comisario,
lo asentásemos al pié della y lo diésemos por fée, signado con nuestros signos.
– Testigos que á ello fueron presentes: los susodichos, é Antonio de Almaguer y Fray Martin de Ozocastro, fraile
de la misma Orden. – En fée de lo cual, yo el dicho Juan Baeza de Herrera, escribano susodicho, fice aquí este mío
signo á tal, + en testimonio de verdad. – Juan Baeza de Herrera. – E yo el dicho Antonio de Turcios, escribano
susodicho, que á lo que dicho es presente fuí, fice aquí este mío signo á tal, en testimonio de verdad.
-Antonio de Turcios. 1539