Justo Alarcón LP 2

Alarcón, Justo S. (1930 – )

Justo S. Alarcón nació en la provincia de Málaga, Andalucía, España. Reside en Arizona, Estados Unidos. Cursó estudios de filosofía y religión en Santiago de Compostela, Galicia. Obtuvo diplomas de estudios superiores en sociología en la Universidad Laval, Québec, Canadá, y una Maestría de literatura en la universidad estatal de Arizona, en Tempe, y un doctorado en Literatura en la universidad de Tucson, Arizona. Durante treinta años ha dictado cursos de literatura hispana, incluyendo la chicana, en la Universidad Estatal de Arizona, de donde se jubiló.

Además de la enseñanza y de la investigación en esta área, se ha dedicado a la crítica y creación literaria. Publicó dos libros de metacrítica y teoría literaria: Técnicas narrativas en “Jardín umbrío” de Ramón María de Valle-Inclán, Editorial Alta Pimería, El espacio literario de Juan Bruce-Novoa y la literatura chicana (en colaboración con Lupe Cárdenas), Marín Publications y La teoría de la dialéctica de la diferencia en la novela chicana de Ramón Saldívar, Editorial Orbis Press. Ha colaborado en muchas revistas, mayormente norteamericanas, como Mester, Explicación de textos literarios, Minority Voices, De Colores, Revista Chicano-Riqueña, The Americas Review y Confluencia, entre otras.

Durante varios años ha editado la revista La palabra: Revista de literatura chicana. Escribió dos novelas, la trilogía Crisol, publicada en Madrid por la Editorial Fundamentos. Los siete hijos de La Llorona. Y dos colecciones de cuentos: Los dos compadres: cuentos breves del barrio, publicados en México por la Editorial Alta Pimería y Chulifeas fronteras, publicada por la Editorial Pajarito Publications. Además publicó un libro de poesías que lleva por título Poemas e mí menor.

Enfoque aztlanense*

 

Reflexiones sobre la historia y cultura del hispanounidense

 

I

Preámbulo

 

Para que el lector de habla hispana en este país (EE.UU.) tenga y mantenga conciencia de su identidad cultural e histórica se nos ha ocurrido desde hace algún tiempo escribir esta serie de ensayitos que creemos convenientes en la consecución de nuestro propósito. Para ello hemos reflexionado y aportado las razones, no solamente presentes, sino también lejanas que ofrecen un contexto histórico en el cual podamos situarnos. Nos encontramos en un momento histórico muy importante en el que el hispanounidense, no sólo en Sudamérica, sino también en Estados Unidos, está llegando a un alto nivel de concienciación, y esto por dos razones primordiales: por el aumento constante y sorprendente de la población hispana en este país –cuenta ya alrededor de 45.000.000– y por la creciente aportación de los mismos al sistema cultural, económico y político en que vivimos.

Para poder tener conciencia clara como hispano de nuestro pasado, tenemos que ahondar en nuestras raíces históricas y también en las del sistema en que vivimos. En términos muy generales, podríamos decir que el hispanounidense en esta nación, sobre todo en el Suroeste, se encuentra en la encrucijada de dos caminos, de dos visiones y actitudes culturales ante la vida, fruto de dos historias distintas y, en muchos casos, diametralmente opuestas. Estas fuerzas son las dinámicas que mueven y zarandean al pueblo, –en este caso al hispanounidense, hispano viviente en Estados Unidos–, que se sitúa precisamente en el corazón de esta confluencia. Nos refierimos a los dos poderes o imperios históricamente conflictivos en Las Américas, específicamente en el Suroeste de EE.UU.: El español, por una parte, y el inglés, por otra. Es nuestra convicción personal que ayudaría mucho a conocerse uno a sí mismo y a conocer la realidad presente, muchas veces conflictiva, si estudiáramos detenidamente la serie de contrastes que hemos heredado a través de unos ciento cincuenta años. Una vez llevada a cabo esta tarea, podremos ver mejor el momento presente y preparar nuestro camino para un futuro más claro y halagüeño.

(Dejamos de lado, a sabiendas de ello, la tercera encrucijada, la más antigua, la precolombina, que nos daría materia para un estudio muy extenso. Pero, debido a limitaciones de espacio y tiempo, no la trataremos como debiera en realidad hacerse. Presentamos nuestras disculpas de antemano al lector).

Si nos detenemos un momento a considerar la situación del hispanounidense en el presente histórico, es decir, en “el ahora”, saltan a la vista inmediatamente una serie de preguntas, a las cuales corresponden otras tantas respuestas que son o bien contradictorias, o confusas, o tergiversadas, y que la gente por apatía, por ignorancia, o simplemente por vergüenza no quiere ni analizar ni aceptar. Basten algunos ejemplos como muestra. Por qué a mucha de nuestra gente le da vergüenza hablar español en público. Por qué muchos han cambiado no solamente el nombre de pila sino también el apellido, sobre todo la “pronunciación” del mismo, para que suene inglesado. Por qué algunos, en una reunión pública, o bien bajan la voz o, lo que es peor, se esconden en las esquinas evitando la mirada de los escudriñadores, de los “otros”. Todo esto, y mucho más, pertenece al orden psicológico.

Si consideramos el problema de la educación, semejantes preguntas afloran a la mente y a los labios. Por qué, después de más de siglo y medio, todavía no hemos logrado una educación decente para nuestros hijos, para todos nuestros hijos. Por qué hemos esperado tantos años para exigir una educación bilingüe (o su equivalente), cuando era y es un derecho natural, social y constitucional que se nos ha negado. Por qué el sistema nos ha vedado, y nosotros hemos permitido, tales cosas. Por qué el sistema puede jugar a capricho con la mente y el alma inocente de nuestros niños y jóvenes. ¿Hemos exigido real y enérgicamente nuestros derechos y los derechos de nuestros hijos aquí apuntados?

Pasando al orden de la historia, cuántos de nosotros sabemos que en nuestra trayectoria del Suroeste hemos tenido, desde Texas hasta California, sin contar con el Sureste, La Gran Florida y La Gran Luisiana una larga lista de gobernadores y contribuciones culturales de toda clase que nunca se mencionan en los libros de texto en las escuelas. Y en la economía, cuántos de nosotros sabemos que los primeros ingenieros y trabajadores de las minas, en donde tanta “raza” trabajaba, eran hispanounidenses. Que en la agricultura del Suroeste, los misioneros trajeron de España y México plantas, animales y métodos de cultivo e irrigación, verdaderos ingenieros de la industria de lo que hoy es, en particular, California. Cuántos de nosotros, cuando nos paseamos en nuestros automóviles, vemos la nueva construcción de edificios, apartamentos, viviendas y mansiones tan hermosas al estilo “mediterranean” –como dicen ellos– que no es otra cosa que el estilo hispano o “hispanounidense”, como en realidad se debe decir.

Y ante todos estos hechos todavía nos da vergüenza de hablar español en el mercado, o de poner la radio mexicana cuando hay algún anglosajón cerca de nosotros, o de exigir que se pronuncie nuestro nombre y apellido como debe ser pronunciado. Y, usando el argumento ad hominem, o sea “dando la vuelta a la tortilla”, cuántos angloparlantes se avergüenzan de hablar su lengua inglesa en España o México, cuántos de ellos pronuncian su apellido Jefersón, en lugar de Jefferson, y cuántos piden la comida en español, etc. cuando viajan por Sudamérica.

No ha sido nuestra intención necesariamente poner el dedo en la llaga al mencionar estos detalles, entre otros muchos más, que duelen. Harto sabido es de todos nosotros estar al tanto de estas rarezas. Nuestro propósito es muy diferente. Estos hechos, que reflejan actitudes culturales y psicológicas muy profundas, son el resultado de un proceso trasformativo histórico que, en pocas palabras, se podría denominar “historia de servilismo y de esclavismo”, tanto físico como cultural, fruto de tantos años de aislamiento, discriminación y opresión. Es nuestro parecer que, recuperando y rescatando los valores positivos de nuestra historia, se produciría el ingrediente, la levadura y la fuerza motriz que todo pueblo necesita para conocerse, enorgullecerse, progresar y ver un futuro brillante: el sano orgullo. El orgullo de lo que uno fue, de lo que uno es y de lo que uno puede llegar a ser.

 

II

Preguntas que buscan respuesta

En esta segunda parte del extenso ensayo nos proponemos exponer ciertos pensamientos que surgieron de algunas lecturas, de meditaciones propias, de discusiones y diálogos sostenidos con estudiantes, colegas y amigos nuestros. No pretendemos tocar todos los temas que se refieren al hispanismo, ni profundizar en ellos, porque esto sería material y asunto para un grueso libro. Son simplemente reflexiones y conceptos sobre el origen y causas de la presente situación en la cual nos hallamos. La raíz de la presente problemática, no cabe duda, hay que buscarla en la historia. Hay que indagar en las raíces y causas remotas para comprender el presente y vislumbrar el camino para el futuro. El filósofo don José Ortega y Gasset tuvo una expresión genial que, parafraseándola, dice: “el profeta quizás no sea el que solamente ve el futuro, sino más bien el que indaga, intuye y comprende el pasado”. Es que para adelantarse al futuro es necesario adentrarse en el pasado y, de este modo, poder proyectar “la tendencia secular” hacia un futuro todavía no histórico.

El problema esencial que discutiremos en estas páginas estará basado principalmente en varias preguntas que nos venimos haciendo desde hace tiempo. ¿Por qué, después de más de un siglo y medio, el hispanounidense no se ha integrado completamente a la sociedad dominante en la que vive? ¿Es que no hemos querido nosotros, o es que la gran sociedad no nos lo ha permitido? ¿Es que la mayoría anglosajona está incapacitada para asimilar a la minoría hispanounidense? ¿Qué ha ocurrido? Ya es un hecho histórico que el Movimiento Chicano, que apareció hace unos media centuria, inyectó una fuerza nueva en nuestras vidas que no existía antes, como fuerza catalizadora y concienciadora de grupo. ¿Por qué? No creemos que fuera un capricho de los tiempos presentes y de unos cuantos individuos. Parece más bien que fue el de una necesidad social determinista, cuyas fuerzas determinantes y determinadas se hallan en la misma entraña de los valores culturales e históricos de cada pueblo.

Partiendo del supuesto de que todo individuo se siente miembro de la “especie o género humano”, cada uno de nosotros, sin embargo, nos preguntamos con frecuencia qué sección ocupamos, o a qué casilla pertenecemos dentro de esta basta humanidad. En otros términos, tratamos de buscar, además de la identificación personal y de la identificación de especie, otra que llamaremos cultural y racial, que es más amplia que la primera (personal) y más reducida que la segunda (de género o especie).

El problema así planteado es más difícil de lo que a primera vista parece, pues en él entran elementos muy dispares, y algunos de ellos intangibles, que escapan a toda forma de medida, sobre todo tratándose de elementos psicológicos y culturales. Estos valores no son sólo fósiles de un pasado ignoto, sino que se sienten también candentemente en el tiempo presente. Si fueran como fósiles podrían catalogarse y estudiarse con utensilios o instrumentos científicos, a modo de experimentos de laboratorio, pero no es así. Por otra parte, la forma de vida presente no es un producto del azar, sino que tiene sus raíces profundas en el pasado, sea este próximo o lejano. Por tanto, nos parece que, para poder encontrar una solución, aunque sólo sea parcial, al problema que nos acucia, y que creemos ser básico en nuestra lucha actual en busca de una identidad peculiar como hispanounidenses, y para una participación social plena, tenemos que escudriñar el espíritu y mensaje históricos.

Aunque a simple vista no parezca de importancia trascendental, sobre todo simbólica, vamos sin embargo a indicar en esta primera sección de estas breves reflexiones, qué término o apelativo, de los varios que se usan, nos sirve mejor como índice expresivo de esta identificación de grupo: chicano, hispamoamericano, latinoamericano, mexicano, méxico-americano, latino (que se usa últimamente), o el que proponemos nosotros ahora por primera vez, “hispanounidense”, pues con este neologismo nos referimos precisamente a los hispanos que vivimos en Estados Unidos. Sabemos que unos términos son caseros y otros de cosecha ajena. Baste decir que, para nuestro gusto, aceptamos el apelativo “hispanounidense” como el más apropiado para este momento histórico, y esto por tres razones: primero, por ser de cosecha casera o nuestra, y no impuesto por otros; segundo, por referirse a un grupo racial y cultural que, aunque semejante al mexicano propiamente dicho, lo separa y distingue de él por razones de origen geográficas, culturales, económicas y políticas evidentes; y, en tercer lugar, porque es un término cargado de simbolismo político y fuerza vital.

 

III

La dialéctica de la identidad

La búsqueda de la identidad puede ser un fenómeno de significación profunda o superficial, y la asignación de esta identidad puede proceder de adentro o de afuera, como ya queda indicado. Parece ser un hecho observable que el hispanounidense, después de más de 150 años, y a causa de la re-presión social externa, ha ido perdiendo poco a poco la intensa y consciente identificación de sí mismo. Y decimos “parece” porque lo único que ha pasado es que estuvo latente, excepto en algunos casos aislados, y que estaba esperando el momento propicio para manifestarse externa y notoriamente. Este periodo de manifestación palmaria es el reciente –segunda mitad del siglo XX- y que casi simultáneamente comenzó en varios lugares del Suroeste de Estados Unidos alrededor de los años sesenta.

Visto por dentro, este Movimiento social y cultural fue el resultado de la larga opresión externa del pueblo hispanounidense y de su cultura. Visto por fuera, es decir, desde la mirilla de la sociedad y cultura dominante anglosajona, se trataría simplemente de un movimiento subversivo, con tintes comunistoides, que amenazaba (y amenaza) al sistema democrático-capitalista anglosajón, y que, por tanto, tiene que ser suprimido o exterminado como gangrena por toda clase de medios: económicos, políticos y hasta por la violencia física, como ha ocurrido con frecuencia, durante los sesenta y setenta. Se trata básicamente de la incomprensión, o mejor dicho, de una lucha y choque de dos culturas de las cuales la que representa a la mayoría no ha sido capaz de comprender, ni ha querido reconocer a la otra parte, representada por la minoría hispanounidense.

Existe un proceso dialéctico de oposiciones, en donde las tesis, o sea la cultura dominante anglosajona, se ha impuesto por más de ciento cincuenta años y que, en lugar de resolverse en una posible síntesis –o sea el mestizaje posible de un anglo-mexicano– ha rechazado drásticamente a su antítesis hispanounidense produciendo en el proceso la presente crisis nacional o, más en concreto, la del Suroeste. El hipotético mestizo racial y cultural “anglo-mexicano” debió haber ocurrido durante la segunda mitad del siglo diecinueve. No ocurrió, y no porque el hispanounidense estuviera incapacitado para ello, pues es sabido que este mismo elemento mestizo es un producto pluri-racial y pluri-cultural, sino porque el elemento anglosajón, carente de esta experiencia histórica y, por consiguiente, del poder de asimilación de otras razas y culturas, no quiso o quizás no haya podido llevar a cabo el supuesto mestizaje. Nos estamos refiriendo naturalmente al largo proceso histórico de ambos pueblos.

Trataremos ahora, pues, de echar una mirada al pasado de ambos pueblos y culturas para poder enfocar mejor la crisis pasado-presente por la que ha atravesado el hispanounidense y quizás poder así proyectar mejor su futuro. En nuestra ojeada retrospectiva consideraremos solamente los dos factores históricos principales para nuestro caso: 1) por una parte, el “melting-pot” al estilo hispanounidense, y el espíritu de las “Antiguas y Nuevas Leyes de Indias”; 2) por otra parte, el “Manifest Destiny” y el blasonado y jactado “melting-pot” al estilo anglosajón.

 

IV

El “melting pot” o “mestizaje”

Hasta mediados del siglo diecinueve, el hispanounidense cuenta con dos claras vertientes –raciales y culturales– que, considerándolas individualmente, se prolongan hasta tiempos casi prehistóricos y que, amalgamadas, tienen un connubio de casi cinco siglos. Por falta de espacio nos limitaremos casi exclusivamente al elemento hispánico, elemento sobresaliente y que, en más de un aspecto, tenía mucha relación con la cultura precolombina. Nos ocuparemos de ello en las siguientes secciones de este ensayo.

Desde tiempos inmemoriales España fue un continuo cruce de caminos por donde no sólo pasaron muchos pueblos, sino que, muchos de ellos, se quedaron permanentemente en la Península Ibérica. Dejando de lado los finicios, griegos, cartagineses y romanos, a partir del año 711, los primeros pueblos históricos independientes que residían en la Península eran los godos, bajo varios apelativos. Después de la invasión árabe (711) los españoles (visigodos-cristianos) tuvieron que reconquistar su tierra y esto duró unos ochocientos años. La guerra fue esencialmente religiosa, el Cristianismo contra el Islamismo, aunque también existían factores importantes de unidad política, económica y geográfica. A pesar de la lucha religiosa entre el Cristianismo y el Islamismo, el cristiano y el moro relativamente hablando se cruzaron racial y culturalmente durante esos ocho siglos de convivencia, sobre todo en el Sur. Para corroborar este hecho, ilógico en apariencia, no hay más que ver la corte de Alfonso X el Sabio, en la segunda mitad del siglo XIII, en donde coexistían trabajando cristianos, judíos y árabes mientras se llevaba a cabo la guerra religioso-cultural. Otro hecho, literario éste, y que atestigua nuestra afirmación, son los “romances”, baladas o “corridos” fronterizos y moriscos, en donde se nos narran los amores románticos y trágicos entre el cristiano y la mora, y entre el moro y la cristiana. Es sabido la gran influencia de la cultura árabe en la visigoda, ya sea en las artes como en filosofía y en las ciencias. Aun hoy día se pueden ver estos vestigios no sólo en las artes plásticas, sino también en el temperamento, en la lengua y en las costumbres españolas, principalmente en el sur de la Península. Es decir, hubo un “melting-pot” o mezcla real y verdadera.

Continuando con la historia, veremos que en la famosa fecha de 1492 ocurren dos hechos transcendentales y que no parecen ser coincidencia del azar, sino un destino histórico o, si se quiere, una evolución en la continuidad histórica. Se trata de que en 1492 la religión y la política judía y árabe se terminan oficialmente en España y, en el mismo año, Colón descubre América para Europa. Parece ser una “continuidad expansionista”, comenzada ya en 711 con la Reconquista. El español, bajo el ímpetu expansionista de ocho siglos tanto en España como en Europa, transplantará al Nuevo Mundo esa experiencia y ese experimento vital, racial, social y cultural de esos últimos ocho siglos anteriores al descubrimiento. En pocas palabras, llevará consigo el espíritu de la Edad Media y del incipiente Renacimiento, la Cruz y la Espada usadas contra el árabe, y también traerá consigo su “melting-pot” o “mestizaje”, que era parte de la práctica, de la cultura y de la vida peninsular de esos tiempos. Pero esta idea del “mestizaje” también parece haber sido semejante entre los pueblos indios de América. Pues según la historia, procedían, en particular los mexicas-aztecas (Aztlán), de las diversas tribus del norte  y unas tribus iban conquistando a otras y, en muchos casos, mezclándose con y entre ellas.

Históricamente hay otro elemento que caracteriza a España, y que la distingue de los otros pueblos europeos, en nuestro caso particular de Inglaterra. El Renacimiento del siglo XV se extiende por toda Europa, poniendo fin a la Edad Media. Una de las características más importantes de este nuevo periodo es la aparición de la Reforma Protestante. Como acabamos de señalar, España (incluyendo a Portugal) es un caso único en Europa, en donde el Renacimiento no tuvo gran influencia y en donde no entró la Reforma propiamente dicha. Lógicamente, pues, España continuará esencialmente medievalista en su cultura. Las implicaciones de estos dos hechos serán de suma trascendencia para el desarrollo posterior del hispanounidense y para nuestra exposición sobre este tema.

 

V

La Espada y la Cruz cruzan el Atlántico

La constitución y estructura de las sociedades europeas y la española en la Edad Media eran rígidas, casi pre-establecidas. Había dos sociedades: la visible y la invisible, cuyas cabezas representativas eran el Rey y el Papa, respectivamente. Ambas recibían la autoridad directamente de Dios. La sociedad visible se dividía en clases: el clero, la aristocracia y el pueblo. Aunque estos evolucionaran con el tiempo, la estructura de las clases no cambió en su esencia. Este orden rígido era y estaba pre-establecido, porque en el centro de la sociedad, como el eje en la rueda, se encontraba Dios. O sea, una sociedad eminentemente teocéntrica.

Con el advenimiento o llegada del Renacimiento, a mediados del siglo XV, esta estructura medievalista cambió en Europa, aunque no necesariamente en España. A Dios se le desplazó del centro, la autoridad del Rey ya no era de origen divino directo y se le fue considerando como una cabeza más bien de figura, y el Papa dejó de ser la autoridad suprema de la sociedad religiosa occidental, a causa del cisma religioso y de la Reforma Protestante. Esto se le puede aplicar, sobre todo, a los países nórdicos sajones y, en particular para nuestro caso, a Inglaterra. Desarrollaremos este punto más adelante.

La guerra religiosa y política, la Cruz y la Espada, la sociedad invisible y la visible, la Iglesia y el Imperio, con todos los valores de la cultura hispánica, se trasladaron de España a la América Hispánica. Teniendo en cuenta este cuadro de referencia podremos, aunque sea parcialmente, comprender la conquista y la colonización españolas en Hispanoamérica, particularmente, para nuestro caso, en México y en el Suroeste de los Estados Unidos. La destrucción casi total del Imperio Azteca por Cortés y los suyos no ha sido solamente por la codicia de los bienes materiales, el oro y la plata en particular, como la mayor parte de los historiadores no-hispanounidenses y no-católicos tratan de hacemos creer. No se puede negar este hecho, pero hay otro hecho tan o más importante que éste que explica la lamentable destrucción del Imperio Azteca, y fue la intervención de la Cruz. Es decir, España acababa de terminar una guerra religiosa de ocho siglos contra los moros, es decir, el Islam. En Europa, Carlos V, emperador de España y del Sacro Imperio Romano, hizo la guerra contra el Protestantismo, sobre todo contra Lutero. No es de sorprender que en ese momento, ante un imperio no-católico, se coayudaran también la Cruz y la Espada para destrozar casi totalmente el imperio y la gran cultura azteca, que, en términos medievales, no representaba la obra del “Dios cristiano”.

Sin embargo, mucho de este conflicto religioso degeneró en abusos y, por eso mismo, hubo misioneros que levantaron la voz en favor del indio, entre los que sobresalió el famoso Fr. Bartolomé de las Casas. Irónicamente, gracias a muchos misioneros, se salvaron algunos valores, especialmente artísticos y tradiciones orales de esas culturas precortesianas. Pero lo que importa a nuestro caso es la afirmación esencial de que España trasplantó a América lo que ella tenía y lo que ella conocía. Ni más ni menos.

Otro aspecto relacionado con esto es que el español, ya fuera conquistador, soldado o misionero, salía de España por voluntad propia, y podía regresar cuando él quisiera, muy contrariamente a lo que les aconteció a los ingleses que venían en el Mayflower, realidad y símbolo del expansionismo geográfico y cultural inglés, de lo que serían posteriormente las Colonias Norteamericanas de la Nueva Inglaterra. Además, bajo la creencia religiosa, la supervisión de los Reyes de España y la estructura teocéntrica de la sociedad medievalista, el indio, aunque solamente fuera en teoría, era igual al español, por el simple e incuestionable hecho de que el indio también “era hijo de Dios”, como diría Isabel la Católica. No es de extrañarse que lo que se hacía en España se hiciera en América, y así nos encontramos con el primer mestizo oficial apadrentado nada menos que por el primer conquistador oficial del Continente Americano, el mismo Cortés. Y no es sorprendente tampoco que treinta y cinco años después, cuando Coronado, en su expedición a Nuevo México y parte del Medioeste de este país, la mitad de su séquito fuera, además de criollo, mestizo e indio. Estamos, pues, ante el verdadero “melting-pot” al estilo hispanounidense, es decir, el famoso “mestizaje”.

 

VI

Las Nuevas Leyes de Indias

Puesto que trataremos de establecer una comparación paralelística con la conquista y colonización anglosajona, será conveniente añadir aquí otra observación de suma importancia. Habíamos indicado que España no había dejado en su cultura de ser medievalista en los siglos del Renacimiento y del Barroco, es decir, en los siglos XV, XVI y XVII. Así se da la coincidencia de que todos los filósofos, excepto algunos humanistas españoles, que no fueron muy populares precisamente en España, como los hermanos Valdés, fueron al mismo tiempo teólogos, como los Padres Suárez, Castro, Laínez, Vitoria y otros muchos. Esto fue una garantía sui generis para que el “hallazgo” del indio se estudiara no sólo humanísticamente, sino también religiosa y teológicamente. El conocido dominico P. Francisco de Vitoria, cuyo nombre figura -o debiera figurar- en las Naciones Unidas, además de ser filósofo y teólogo, fue el primer jurista internacional de aquel tiempo, precisamente por haberse enfrentado con un dato nuevo para la civilización del viejo mundo: la presencia del indio americano, es decir, los derechos que tenía el indio americano (De Indis) basados en su “filiación con el Dios cristiano”. Ya veremos la diferente actitud socio-intelectual en el pensamiento anglosajón.

Aproximándonos más a la realidad histórica del Suroeste, observamos que, dentro de la tendencia general de la conquista-colonización española de las Américas, hay una variante. Después de las crueldades de los primeros conquistadores en las Antillas y de los primeros abusos en México, los Reyes de España se vieron obligados a escribir las primeras leyes, llamadas “Antiguas Leyes de Indias”, en donde se condenaban y castigaban los excesos cometidos por la Espada. Menos de diez años después de que Cortés conquistara México, ya los Reyes de España comenzaron a gestionar el espíritu de lo que en 1573 llegarían a ser las “Nuevas Leyes de Indias”, implantándolas, sobre todo, en el Suroeste.

A partir de 1523, y con el segundo explorador de la Gran Florida, don Francisco de Garay, los Reyes de España, con los permisos o capitulaciones de descubrir y explorar, les daban órdenes estrictas a estos exploradores de cómo llevar a cabo dicha empresa. Por ejemplo, que lo principal era el bien espiritual de los indios y la conversión a la fe católica. Que no se les forzara a los mismos a trabajar si no querían, y que, si querían, se les pagara equitativamente lo mismo que a los colonos españoles. Que no se entrometieran con las indias casadas y que, si no estuvieran casadas, y las quisieran para sí, que se tenían que casar con ellas. Que se evitaran los juegos de azar y que no se jurara en vano para no dar mal ejemplo a los indios. Y asimismo otros muchos detalles semejantes. Una orden parecida recibió don Lucas Vázquez de Ayllón, el tercer explorador de la Gran Florida. Y la lista continúa.

Esta “práctica” se cristalizó en “ley”, como se dijo, cincuenta años después, en 1542, 1573, cuando se emitieron las “Nuevas Leyes de Indias”. La actitud y filosofía fue esencialmente la misma que ya habían recibido anteriormente los exploradores del Sureste, pero ahora estas “nuevas leyes” se promulgaban particularmente para el Sureste-La Gran Florida y el Suroeste-Aztlán de lo que hoy es Estados Unidos, y la diferencia con las “viejas leyes” era que ahora se eliminaba oficialmente la Espada, quedando sólo la Cruz. Las consecuencias de estas “nuevas leyes” fueron transcendentales.

Al indio del Suroeste, que no estaba acostumbrado a trabajar a la europea, no se le podía forzar a hacerlo. Algunas tribus, como los Apaches y los Comanches, que eran guerrilleros y nómadas, presentaban una amenaza constante para las nuevas colonias y las misiones. El misionero, y no el explorador-colonizador, era el encabezado del territorio y como éste se preocupaba más por el bien espiritual que por el bien material, el proceso de desarrollo económico era mucho más lento que en otras partes del Imperio. Había soldados, sí, pero en número reducido, y su propósito era sobre todo proteger la vida de los misioneros durante sus viajes. O sea, que el poder civil (la Espada) quedaba reducido a un mínimo. Esto crearía problemas, en particular económicos, como lo veremos en a continuación.

VII

Consecuencias de la promulgación de las “Nuevas Leyes de Indias”.

El caso típico del explorador-colonizador español que tuvo que someter su autoridad a la del misionero, y que quizás fuera el de mayores proporciones, fue el de Don Juan de Oñate. Su expedición iba bajo la autoridad de los misioneros, a pesar de ser él quien era: Gran Adelantado. Para la colonización de Nuevo México llevaba unos doscientos colonos y más de 6,000 animales de todas cases. Hubo discusiones y desavenencias entre los colonos y los misioneros desde el primer momento de la colonización de Nuevo México, porque, según los primeros, los misioneros protegían demasiado a los indios. Pero es que, de acuerdo al espíritu de las “Nuevas Leyes de Indias”, los indios, entre otras cosas, no debían ser forzados a trabajar si ellos no querían. Estas decisiones llegaron a presentar problemas graves hasta tal punto que fueron causa, en parte al menos, de que la expedición y el intento de colonización de don Juan de Oñate fracasaran y, más tarde, fuera llamado a España y allí fuera enjuiciado, castigado y destituido de sus honores.

Sólo cuando, en vista de la piratería francesa e inglesa y, más tarde, la expansión colonizadora de los magnates ingleses, a quienes la Corona de Inglaterra otorgaba grandes extensiones territoriales para echar al español de sus colonias en el Sureste, el Rey de España y el Virrey de México comenzaron a fundar fuertes y ciudades en todo el territorio descubierto. Así la ciudad de San Agustín en 1565, fundada en la península de La Florida por don Pedro Menéndez de Avilés. También se hizo una cosa semejante en la costa occidental, contra los ingleses y los rusos, con la fundación de San Francisco, bajo don Juan Bautista de Anza, y también otras ciudades a lo largo de la costa hacia el sur.

Pero todo fue inútil; pues, de una parte, las colonias hispanas, desde La Florida hasta California, habían sido basadas principalmente en las ya mencionadas “Nuevas Leyes de Indias”, demasiado humanas para llevar a cabo un progreso económico y una fuerza militar suficientemente eficaz contra los invasores. Por otra parte, el naciente Imperio Inglés, basado principalmente en un expansionismo exclusivamente territorial, económico y comercial, sería más efectivo para su desarrollo y, consiguientemente, tendría más éxito. El hispanounidense, tanto criollo como mestizo tenía que contar, de acuerdo con el espíritu de estas nuevas leyes, con el nativo indígena como elemento integrante y coesencial para la colonización, lo cual implicaba un proceso demasiado lento en el desarrollo material, mientras que el anglosajón, eliminando al elemento nativo, es decir, al indio, podía prosperar más rápidamente sin estos obstáculos externos. El expansionismo inglés-americano, al no contar en sus planes de colonización con el elemento nativo, se desarrollaría más eficazmente e, irónicamente y muy pronto, llegaría a imponerse sobre la colonización hispanounidense.

Nos queda por ver ahora el otro aspecto del problema: el expansionismo anglosajón que acabamos de mencionar. El inglés, además de las Colonias de La Nueva Inglaterra, comenzó a apoderarse de las tierras de la Gran Florida bajo Isabel I de Inglaterra. Desde las Carolinas del Nordeste se iban infiltrando hasta la presente Florida. Pero cuando ya se creían dueños de toda la Florida, don Bernardo de Gálvez, personaje pintoresco y gobernador español de la Luisiana, en 1779 se puso al lado de Washington y de las Nuevas Colonias norteamericanas y echó definitivamente al inglés de La Gran Florida, volviendo ésta a la Corona de España, por el Tratado de París, en 1783, y, al mismo tiempo, ayudó a la Independencia Norteamericana. Sin embargo, el enemigo principal de España y de México desde ahora en adelante sería –irónicamente- la nueva nación independiente, la norteamericana. El expansionismo de Inglaterra derrotada será continuado por medio de su hija: la nueva e incipiente nación constituida por los Estados Unidos que, hasta entonces, se limitaban solamente al Nordeste, o sea, a lo que ahora todavía se considera la Nueva Inglaterra, más o menos. Estado tras Estado pertenecientes entonces a la Corona de España, con el tiempo fueron cayendo en manos de los norteamericanos. Y, simultáneamente, el norteamericano fue rompiendo tratado tras tratado, no sólo sin honor, sino también sin escrúpulos éticos ni reconocimientos de derechos internacionales, y mucho menos de los indios nativos de este país.

 

VIII

Del “teocentrismo” al “antropocentrismo”

El expansionismo norteamericano tuvo sus raíces en el inglés, como se dijo en la precedente sección. Si fuéramos a comparar el expansionismo territorial español con el inglés-americano se podría decir, en términos muy globales, que éste fue eminentemente económico-capitalista y aquél religioso-humanista. Si España salía de finales de la Edad Media y principios del Renacimiento, Inglaterra comenzaba su imperio bajo la égida del ya bien establecido Renacimiento. La estructura de la sociedad española seguía siendo primordialmente medievalista, es decir, teocéntrica, mientras que la sociedad anglosajona y el hombre inglés constituían el centro de la sociedad, o sea, era antropo-centrista. La primacía del individuo se imponía al de la sociedad o comunidad. Nacía el Protestantismo y, con él, el Capitalismo, que es otro evento histórico de suma importancia, pues con ello comienza la modernidad.

El proceso material fue el resultado de la iniciativa privada y personal. Los bienes materiales ya no eran un obstáculo para la salvación del alma, pues la salvación y el individuo ya estaban predestinados por la divina Providencia. El filósofo inglés no era teólogo, como el español. Era pragmático y, por lo tanto, no le interesaba ni le importaba realmente la “filiación divina del indio”, hijo del mismo Dios. Bacon, Berkerly, Hume, Lock eran más bien utilitaristas. Si es cierto que el filósofo no hace ni puede imponer en un sentido absoluto los valores de una sociedad dada, tampoco ésta los inventa. Son influidos por el medio ambiente y las doctrinas en boga y, a su vez, influyen en ambas. Quizás esta actitud haya tenido que ver con el advenimiento de Charles Darwin y con su teoría evolucionista y de la lucha por la existencia y de la supervivencia del más fuerte, que, aplicadas al hombre, podría equipararse científicamente a la teoría del superhombre, ideada por el conocido filósofo alemán Nietzsche, influyendo el nacional-socialismo nacista. Todo esto hay que tenerlo muy en cuenta para ver el tratamiento tan diferente y distinto que le tocó al indígena en todo el hemisferio americano, tanto del norte como del sur, por parte de todos los conquistadores europeos. Todo esto se deja ver palmariamente en la época moderna de hoy día.

Otra consecuencia del Renacimiento es que, al poner al Hombre en lugar de Dios como centro referencial de la Sociedad, la Iglesia anglosajona caía bajo la autoridad de su Rey, y, a su vez, perdía la connotación divina de su poder. Por tanto, la Iglesia Anglicana no podría dictar prácticas de conducta moral sobre el trato del indio por los colonos ingleses, como lo hacía la Iglesia Católica española-mexicana. Por otra parte, el Rey inglés se iba convirtiendo poco a poco en figura decorativa, dejando de lado al absolutismo real, comenzando así la democracia de los tiempos modernos. Como consecuencia, el individuo colono inglés, y no el Rey ni la Iglesia, establecía su propia actitud y conducta libertaria ante el nativo indígena. La sanción legal no se podía llevar a cabo del mismo modo que si esas leyes individuales dependieran directamente de las leyes de Dios, del Rey y de la Iglesia.

Es un hecho observado y comprobado que el colono inglés nunca se mezcló masiva y oficialmente con el nativo, ni racial ni culturalmente, a no ser incidental y accidentalmente. Le ha dado la lengua a sus colonias, pero no la sangre. Su negocio era casi exclusivamente económico y comercial con la Madre Patria. Estas son las raíces de lo que sería más tarde los Estados Unidos, con la añadidura de que la historia de la colonia norteamericana se identificó sobre todo con la venida del Mayflower. Este suceso histórico y simbólico es de gran trascendencia, porque, aunque se dice directamente que salieron por razones de libertad religiosa, el hecho es que los “peregrinos” se exilaron a sí mismos. O, dicho de otro modo, que, al contrario de los colonos españoles, los colonos ingleses del Mayflower no podían regresar a la Madre Patria. Simbólicamente quiere decir esto que no tendrían un pasado histórico y que su historia seria el futuro. Si el famoso “Destino Manifiesto” comienza con el Imperio Inglés, en la América anglosajona se haría más fuerte y efectivo a causa de este incidente histórico-simbólico.

El Destino Manifiesto norteamericano, pues, no se puede fechar como un fenómeno social que apareció a mediados del siglo XIX. Tiene sus raíces en Inglaterra. Sin embargo, como actitud xenofóbica y psicópata, data de 1845 más o menos. En esta actitud y filosofía hay dos puntos capitales para la expansión territorial y la connotación profético-religiosa. Esta expansión territorial se lleva a cabo en la primera mitad del siglo XIX a expensas del territorio español y mexicano, desde La Florida hasta la Alta California. Como se indicó antes, esta obtención o adquisición de enormes territorios unas veces fue semi-legítima, como en el caso de La Luisiana, y otras fue francamente ilegítima e ilegal, como en el caso de Texas y todos los estados del Suroeste.

 

IX

Los Destinos históricos – “El Destino Manifiesto”

El expansionismo de todo Imperio está cimentado en un “destino”, sea éste de orden puramente humano o puramente divino, o ambos juntamente, que es el caso habitual en la Historia. La invasión árabe en España fue más bien de expansionismo religioso, sin referencia a lo humanístico. La expansión española fue religiosa y nacionalista, y apoyada por leyes humanas y naturales. El expansionismo angloamericano contiene una falacia fundamental: según su contenido filosófico fue una expansión territorial inspirada “manifiestamente” por Dios. Parece ser que el legado o mandato, aunque supuestamente origen divino (“pueblo elegido por lo sobrehumano”), había sido solamente para la proliferación de la raza blanca, la adquisición de tierras nativistas y el comercio universal de elementos materiales, sea cual fuera el método, puesto que la religión y su mensaje fueron secundarios y accidentales. Esto se echa de ver de varias formas.

Es inexplicable que en un “manifiesto” divino no se incluyeran provisiones de orden religioso, ni moralidad cristiana en la doble relación a la tierra y al hombre conquistado. La tierra, en su mayor parte, fue adquirida no sólo ilegítimamente, como todos los imperios, sino también ilegalmente, porque, para el Suroeste (sin excluir los múltiples tratados con los indios aborígenes), el Tratado dc Guadalupe Hidalgo (1848) fue firmado bajo fuerza, y, por otra parte, no fue cumplido. Lo cual no sólo va contra uno de los preceptos divinos del decálogo, sino contra todo derecho jurídico de gentes, contra el derecho natural de propiedad pública y privada, tan enfatizada por los valores culturales de la misma sociedad que cometió el despojo. Esta expropiación, sancionada aparentemente por una misión “sagrada y divina”, quebrantando todos los derechos del Hombre, humanos y divinos: el derecho a la propiedad privada y pública, cuya usurpación se llevó a cabo durante la segunda mitad del siglo XIX. El derecho político que un país tiene sobre su territorio fue el atraco cometido contra el Suroeste, forzando a firmar un Tratado internacional que no se cumplió, se mutiló y se enmendó unilateralmente, después de firmado (sobre todo los artículos VII y VIII). Esto en cuanto a la propiedad pública y privada.

Pero el atraco principal fue contra la dignidad humana misma. La “misión divina” no se limitó exclusivamente al despojo de las tierras, sino también del hombre. Suponiendo que la guerra Mexicano-Americana hubiera sido legítima y que la tierra fuera un derecho de botín, el conquistado, dentro de esa tierra, no hubiera perdido los derechos humanos exigidos por el derecho natural. Estos le fueron negados al despojado, primero, por haber sido reducido a un estado de peonaje y, posteriormente, como desposeídos ciudadanos de tercera clase. Las provisiones estipuladas originalmente por el Tratado de Guadalupe Hidalgo para los mexicanos que se quedaron en el Suroeste y el derecho a sus tierras no fueron garantizados y las promesas jurídico-legales, otorgadas por la Constitución Americana a los nuevos ciudadanos, tampoco se llevaron a cabo, no por el deseo, o falta de deseo de los conquistados y colonizados, sino por la voluntad exclusiva (y exclusivista) de los conquistadores y colonizadores. El “mexicano” quedó siendo “mexicano” y no sólo porque él se sentía “mexicano”, sino porque fue sellado de “Mexican-American” por la sociedad dominante y conquistadora, asignándole ciudadanía de segunda o tercera clase.

 

X

Vocablos “gentilicios”

En la presente sección queremos volver a discutir el término “Mexican-American”. Teóricamente, a todo ciudadano de Estados Unidos se le llama “americano”, pero en práctica uno es o Afro-americano, o Chino-americano, o Italo-americano, o Franco-americano, o México-americano, etc. Sólo los anglosajones (Anglo-americanos) –últimos inmigrantes– son los titulares al término gentilicio escueto de “Americano”. Esto implica, de una parte, que, dentro del territorio estadounidense, el anglo-sajón es el único “legítimo americano”, y que los otros son primero “africanos” o “chinos” o “italianos” o “franceses” o “mexicanos” y, después, y en segundo término, –por extensión y concesión paternalista–, son “americanos”. Es decir, no son completamente americanos por falta de ciertas características, como el color de la piel, la cultura, el lugar de origen, advenedizos, etc.

Otra consideración sobre el término “americano”, relacionado con el Destino Manifiesto, es que todo el que radica en América es, y debe ser, americano, pero, dentro de un territorio determinado, el canadiense se llama a sí mismo “canadiense”, el mexicano se llama “mexicano”, el panameño se llama “panameño”, etc. Solamente el estadounidense (anglosajón) no se ha dado a sí mismo un apelativo o adjetivo gentilicio propio en inglés, a no ser el de “americano”. Creemos ver una atribución propia que procede de la actitud expansionista del Destino Manifiesto y de su connotación de superioridad de raza. Es decir, el anglosajón, basado en su “misión sagrada” (Destino Manifiesto), tenía intenciones de apoderarse de todo el continente americano, no sólo de Este a Oeste –Atlántico-Pacífico–, sino también de Norte a Sur, –del polo norte al polo sur–, según los diseños de Thomas Jefferson y otros correligionarios suyos.

Es de creer, pues, que lógicamente América le perteneciera al anglosajón y, por tanto, él sería el ciudadano “americano” por excelencia. Los otros ciudadanos que vivieran en América serían también “americanos”, pero ya no se llamarían o no tuvieran razón de llamarse “canadienses”, “mexicanos”, “panameños”, etc., porque, bajo el expansionismo norteamericano del anglosajón, dejarían de existir tales países. ¿Cómo se llamarían, pues? Estos ciudadanos, sobre todo los hispanos y portugueses que en buena parte son mestizos y mulatos, etc., no tendrían el derecho de llamarse “americanos” en el sentido pleno de la palabra, y se llamarían en su lugar “panameño-americanos”, “colombiano-americanos”, “chileno-americanos”, etc. Algo así como se llama hoy día a los chicanos: “mexico-americanos”. Es decir, que la “misión sagrada” del Destino Manifiesto y la Constitución norteamericana no garantizarían el derecho absoluto de ciudadanía plena a los conquistados e incorporados a la Unión Americana, y esto porque básicamente es segregacionista, en donde una raza, la anglosajona, se autodeclararía superior, y a las otras, a la hispano-mestiza, y a la india-nativa, las declararía inferiores.

Naturalmente –o afortunadamente– este Destino Manifiesto, que se concibió en términos territoriales como un sueño absoluto, no se llevó a una práctica absoluta en los tiempos modernos, porque hubiera sido un insulto a la realidad circundante y a la opinión mundial. Sin embargo, fue reemplazado por / y continuó coexistiendo con otro Manifiesto: la Doctrina Monroe, de la que hablaremos en la próxima sección.

(Continuará la Parte II)

 

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