Héctor García Armenta LP 5

García Armenta, Héctor

Héctor García Armenta vive en Mesa Arizona, es contador y topógrafo autodidacta. Nació en Guadalajara, México en 1936. Por esas sinrazones que se dan en los hogares disfuncionales de América Latina, no le fue posible estudiar en las aulas más allá del segundo año de primaria. Dice él que su cultura general ha salido del vicio desordenado de leer toda clase de libros, aunque no les entienda nada. Algunos de sus textos se han publicado en la revista “La Palabra”, gracias a que una de sus hijas presentó uno de ellos al Profesor Justo S. Alarcón y él lo consideró con méritos para ser publicado. Antes de eso, sus escritos se iban al cementerio de computadoras en los discos duros quemados que ya no tenían reparación. Él siempre ha considerado que sus escritos son sólo producto de su entretenimiento y que no tienen ninguna relevancia. El cuento que aparece a continuación lo escribió como homenaje a su última maestra, la de segundo año, monja franciscana venida de España, quien en 1944 le inculcó el gusto por la literatura y la afición a escribir.

LA ESCUELA DE SANTA MARÍA

Tras cuatro años de ausencia, el joven Arcadio Medina iba de regreso al lugar donde había nacido, se sentía más feliz que nunca, aunque viajaba en un tren de segunda clase con vagones de carga y de pasaje, tirado por una lenta y estrepitosa máquina de vapor. Disfrutaba el momento a pesar de que viajar en ese tren desvencijado tenía algo de suplicio: los asientos sin tapiz martirizaban los traseros de los pasajeros que tenían que viajar untados a ellos hasta tres días. De los baños salían vapores de orín, y en los pasillos, como en todos los trenes de segunda clase de aquel tiempo, iban pasajeros parados y apretujados como sardinas, por fortuna él iba en un viaje de dos horas. Estaba poseído por la euforia, pensando que todas las gentes y todas las cosas en su derredor emanaban motivos de felicidad. Era él el primer joven del ejido que había ido a estudiar una carrera a la ciudad y llevaba en el maletín su diploma de maestro recién expedido; un nombramiento para trabajar como docente en su pueblo, y en la mente un cargamento de proyectos, algunos utópicos, con los que pensaba transformar el pequeño universo que lo vio nacer. Llevaba fijo en la memoria el momento en que el gobernador Soto le entregó su diploma y una invitación personal para visitarlo en el palacio de gobierno, pues Arcadio era el graduado con más altos honores en la generación de maestros de 1948. Su éxito como estudiante le hacía pensar que había llegado al final de un camino sinuoso y que estaba ahora ante un horizonte prometedor, donde las penurias económicas de él y su familia quedarían resueltas para siempre.

Absorto, mirando el paisaje por la ventanilla y arrullado por el traqueteo del tren, iba evocando su odisea de estudiante pobre en la gran ciudad, esa por la que pasan en México algunos jóvenes de los pequeños pueblos, que parten solitarios a las grandes urbes buscando alcanzar la tierra prometida confiando en el patrocinio de la divina providencia.

En el ejido Santa María solo se enseñaba hasta el sexto grado. La escuela secundaria más próxima estaba a ocho kilómetros y Arcadio los caminó diario durante tres años hasta graduarse. En la aldea sabían que él quería ser maestro, cosa que a todos parecía imposible, menos a él, por eso un día habló con su padre y le dijo su intención de ir a Hermosillo a perseguir su sueño aún sin tener un solo centavo. Su padre fue franco, trató de disuadirlo diciéndole que ir a la ciudad sin dinero era suicida, pero conociendo la terquedad de su hijo meditó un poco y le dijo que todo lo que le podía dar era su bendición, y trescientos pesos que tenía ahorrados para comprar un arado, que solo eso tendría para ir a su aventura. Le explicó que la parcela y las tres vacas que le quedaban apenas daban para sostener a sus hermanos que quedaban en casa. Le recordó que la sequía seguido llegaba a Santa María y mencionó las veces que por eso se habían visto a las puertas de la hambruna.

Arcadio partió a la ciudad con los trescientos pesos que apenas le duraron un mes. Estoicamente empezó su odisea de cuatro años, en los cuales estudió seis horas diarias y buscó trabajar otras seis en lo que le fue posible. Así que de pronto, aparte de estudiar todos los días, se vio como ayudante de albañil; lava platos; vendedor de vajillas, y despachador de gasolina. Lo que ganó nunca fue suficiente para cubrir sus gastos. De las casas de huéspedes donde se hospedó lo desalojaron tres veces por falta de pago, y cada una de esas veces perdía sus pertenencias y quedaba en la calle, durmiendo en las bancas de los parques y en la sala de espera de la terminal de autobuses, a pesar de ello no dejó de estudiar un solo día, hasta tener en la mano su diploma de maestro.

Con la alegría que pone contenta el alma y llorosos los ojos, Arcadio iba en el tren hilvanando sueños, planeando el futuro, pensando que con su primer sueldo empezaría a pagar las deudas que dejó atrás: los nueve meses de renta en las casas de huéspedes, y la cuenta por pan queso y sardinas, en el changarro de don Aniceto; pensaba dar dinero a su padre para que comprara una mancuerna de mulas, y le pagaría con creces los ahorros que cuatro años atrás le había dado, para financiar su viaje a Hermosillo en vez de comprar un arado.

El tren paró tres minutos en un llano desierto frente a un letrero blanco que decía Santa María, y que tenía una flecha negra apuntando hacia unas casas que se divisaban a lo lejos detrás de un breñal. Arcadio se apeó y caminó por una trocha flanqueada por mezquites y cactus que llevaba a la aldea. Mientras caminaba notó que todo parecía estar como lo dejó: las casas de adobe con techo de tierra y paja que soltaban humo por las chimeneas y por las ventanas aroma de pan en el horno; la ruinosa capilla de ladrillo dedicada a San Vicente con sus muros descarapelados; el metálico molino de viento quejumbroso y enmohecido, bombeando agua del pozo a la pila comunitaria, donde las mozuelas llenaban cántaros y los llevaban a sus casas en la cabeza; niños descalzos jugando béisbol en el llano con pelotas de trapo hechas por ellos mismos; caballos, burros y mulas —todos ellos famélicos— meditando semidormidos en los corrales, y los perros del pueblo reunidos en jauría, poseídos por la lujuria, asediando por el llano a las perras que ese día andaban con calentura primaveral.

No había a la vista un edificio escolar porque nunca había existido, pero en medio del caserío asomaba la cima verde de un árbol yucateco, a cuya sombra desde hacía veinte años, Lupita Torres monja misionera venida de España, más por vocación cristiana que por el pequeño sueldo que ganaba, enseñaba ella sola en dos turnos los seis grados de enseñanza elemental, que era toda la educación que se impartía en Santa María.

Con tres pizarrones recargados en el árbol, y el gis y la regla punitiva en la mano, la anciana monja enseñaba las tres clases simultáneas de cada turno. Los niños agrupados en un círculo completo, sentados en troncos, usaban como pupitres cajas recicladas de jabón. Ese árbol era la única escuela que había existido en la aldea. Arcadio era de los pocos que se habían graduado ahí de sexto grado, pues la mayoría de las familias campesinas sacaban a los niños de las clases en cuanto sabían leer y escribir para que ayudaran en las labores del campo, y no había ley ni autoridad que lo pudiera evitar. Arcadio estaba ahí de regreso deseando corregir aquella situación. Su mayor deseo era ver construida en el ejido una escuela de ladrillos y cemento.

Cuando Arcadio entraba al pueblo, un jovenzuelo montado en un burro lo reconoció y arrancó al galope pregonando por las casas con voz entusiasta: ¡ya llegó Arcadio, ya llegó Arcadio! ¡Dicen que ahora es profesor! La voz del joven pregonero llegó hasta el árbol donde la monja Lupita estaba en el apogeo de sus clases matutinas, al oír que su ex alumno estaba ahí, la expresión de su rostro ascético se transformó en la sonrisa del sol, y su corazón latió desaforadamente como el de una madre que ve llegar al hijo largamente perdido, pues Arcadio había sido su alumno más aplicado y siempre lo tuvo en un lugar especial de su corazón.

La maestra dejó sus clases pendientes y se fue apresurada al encuentro de Arcadio. Tenía 65 años, era alta y esbelta, ágil y graciosa como un colibrí. Cuando el chal café que cubría su cabeza se deslizaba con el viento, su cabellera blanca y sedosa caía sobre sus hombros como una cauda de nieve. Su voz era dulce, pero se hacía firme e imponente cuando era necesario. Era una anciana mística con el espíritu de acero de una Juana de Arco.

La monja y su ex alumno se encontraron en el llano. Se abrazaron llorando de alegría y caminaron juntos hasta el árbol yucateco, mientras intercambiaban preguntas y respuestas sobre los cuatro años en que no se habían visto. Arcadio le dijo a la anciana que tenía un nombramiento para trabajar al lado de ella, y en plan de iguales hablaron con vehemencia de su sueño común: lograr que el gobierno construyera una escuela formal en Santa María, donde se educaran todos los niños del pueblo y de los ranchos vecinos.

El joven maestro se incorporó a su familia y al pueblo. El día primero del mes siguiente a su llegada tomó posesión de su puesto en el turno vespertino, y empezó a dar clases a los niños que estudiaban del cuarto al sexto grado, que por su edad y energía eran los más difíciles de manejar. La maestra sintió la llegada de Arcadio como una providencia de Dios, pues los veinte años domando ella sola a todos los diablillos de Santa María, la habían llevado al límite de su resistencia, y su salud pedía una tregua urgente.

Después de unas semanas sucedió lo que ya se presentía, la maestra mandó avisar a Arcadio que no podría ir a dar sus clases porque se sentía enferma, él fue en el acto a visitarla y notó que no tenía la sonrisa feliz de siempre, sino la expresión de los enfermos graves. Sin titubearlo mandó avisar al pueblo que por unos días no habría clases. Sin oír las protestas de la anciana le dijo que en el próximo tren la llevaría a Hermosillo a tratarse con un médico, o a un hospital si fuera necesario. Unas horas después estaban a bordo del tren llevando consigo lo necesario para permanecer tres días en la ciudad.

El médico tomó los signos vitales de la monja. Arrugando el entrecejo movía la cabeza casi imperceptiblemente como si estuviese encontrando malas noticias. Al terminar el examen pidió a Arcadio pasar al consultorio para hablar con él a solas. Le dijo que la paciente requería con urgencia ir a un hospital de cardiología, pues tenía ella un corazón enfermo en peligro de colapsar.

Arcadio internó a su maestra en el hospital civil del gobierno, y ella empezó a reaccionar favorablemente, gracias a medicamentos que de acuerdo a los médicos debería tomar el resto de su vida. Habían pasado seis días y faltaban nueve para que la enferma fuera dada de alta. Los pobladores de Santa María no sabían nada de sus dos maestros, y el árbol yucateco estaba abandonado sin la algarabía de los niños estudiando bajo su sombra. Puesto que la salud de la maestra parecía ir bien, ambos acordaron que Arcadio regresara al pueblo para dar clases, hasta el día en que ella fuera dada de alta, de manera que él tomó el tren y en dos horas estaba de regreso en casa.

Durante nueve días Arcadio luchó para reponer las clases que no se habían dado, preguntándose como era que durante veinte años Lupita Torres pudo hacerse cargo sola de educar a todos los niños del pueblo, sin siquiera tener una escuela. Cuando llegó el noveno día se preparó para ir a la ciudad a recoger a la maestra. Se acordó de la invitación que le había dado el gobernador para visitarlo. Aunque pensaba que en ese viaje no tendría tiempo para socializar, por las dudas la puso en la bolsa interior de su chamarra, y se fue corriendo por la trocha para tomar el primer tren del día.

Cuando llegó al hospital, eran las diez de la mañana pero le dijeron que a los pacientes se les daba de alta de tres a cinco de la tarde. Pensó que había tiempo para ir a cumplir la visita pendiente con el gobernador, y que tal vez tendría oportunidad de pedirle una escuela para Santa María. Se sentía seguro de ser recibido porque traía en la bolsa el documento que le abriría el camino hasta el temible despacho de don Nacho Soto. Casi trotó las cinco cuadras que había entre el hospital y la casa de gobierno. Cuando subía las escaleras de mármol que llevaban a un portón flanqueado por grandes murales sintió que las piernas le flaqueaban. Nunca había estado en lugares como ese. Temía no saber que hacer o decir en aquella atmosfera palaciega ante un gobernador ampuloso que según rumores era de carácter impredecible por no decir insoportable. Entró a la sala de espera y se sintió atemorizado. Pensó renunciar a la visita, pero una voz firme de mujer le preguntó desde el escritorio que estaba al lado de una gran puerta:

—¿Tiene usted audiencia, caballero?

—No, no tengo audiencia señorita, solo una invitación del gobernador para visitarlo en alguna fecha indefinida.

—Lo siento, pero todas las visitas deben estar en la agenda de audiencias y deben tener la fecha y la hora asignadas. Arcadio sintió coraje y a la vez alivio, ya que por ese día no le vería la cara al temible Don Ignacio. Sin embargo, inesperadamente la mujer del escritorio le dijo que esperara un momento, tomó la invitación y desapareció brevemente tras la gran puerta y regresó con buenas noticias. Con tono más amable que al principio le dijo que el gobernador le concedería una audiencia de diez minutos.

Entró Arcadio al despacho, donde el corpulento y calvo político fumaba un habano cuyo humo tenía impregnada toda la estancia. Estaba apoltronado en un sillón giratorio de piel, tras un enorme escritorio donde firmaba papeles. Tenía puestos lentes gruesos como fondos de botella que impedían ver si la expresión de sus ojos era de buenas o malas intenciones. Parecía un búho gigante atisbando desde un árbol, esperando ver alguna presa que le sirviera de desayuno. Arcadio sintió ser esa presa.

El gobernador no se acordaba de él, pero tomando datos de la invitación que tenía enfrente, de la cual tampoco se acordaba, lo trató en tono familiar fingiendo reconocerlo:

—¿Cómo está usted joven Medina? Me da mucho gusto que esté aquí, ¿dígame? ¿como va su carrera de maestro? Ante la premura del tiempo Arcadio dijo tres o cuatro palabras corteses y luego entró en la conversación como caballo bronco en cristalería, se lanzó a describir las condiciones en que la profesora Lupita había dado clases por veinte años bajo el árbol yucateco, sin que el departamento de educación tomara cartas en el asunto, y como ahora estaba hospitalizada seguramente a consecuencia de su heroica entrega a la enseñanza. Terminó preguntando a don Ignacio si su gobierno podría construir una escuela en Santa María, dotada del mobiliario y los maestros que fueran necesarios. El viejo búho esbozó una sonrisa maliciosa. Ningún joven de veinte años le había pedido antes con tanta vehemencia algo que costara más de 100 mil pesos. Le dijo que en esos momentos la economía del estado estaba muy pobre, pero que daría instrucciones para hacer un censo de niños en Santa María, y quizá esa escuela se podría incluir en las obras públicas del siguiente año. Por el tono de voz y el lenguaje corporal del gobernador, Arcadio entendió claramente que su petición había caído en el vacío. Desilusionado se despidió del político y se fue al hospital a recoger a la maestra.

Llegó a la recepción del hospital y preguntó si estaba confirmada la salida de Lupita Torres a las tres de la tarde. Una enfermera leyó unas listas y le informó que se le había dado de alta dos días antes, que sus familiares se la habían llevado a su pueblo en España. ¡Eso era inaudito! Lupita era originaria de Sevilla y no tenía familiares en México, le pareció inconcebible que de la noche a la mañana decidiera irse al otro lado del mundo, sin renunciar a su puesto de maestra, y sin despedirse de tanta gente que la adoraba en Santa María, y que ella consideraba su familia. Todos sabían que los niños a quienes daba clases, y el árbol yucateco al cual vivió anclada veinte años, eran el centro de todos sus afectos. Pero todo parecía estarse confirmando. La enfermera preguntó si él era Arcadio Medina, pues tenía una carta de la paciente dirigida a ese nombre. Previa identificación, le fue entregado un sobre escrito con letra preciosista que decía: para abrirse y leerse con mucha calma, en Santa María.

Arcadio caminó hasta la estación de trenes mientras trataba de asimilar los malos ratos que estaba pasando. Por la mañana el gobernador le había dicho que no había esperanzas de construir una escuela en Santa María en un plazo previsible, y con el tono de voz le había dicho que nunca se construiría. Para colmo, por la tarde recibió la noticia de que su maestra y colega, a quien él adoraba como a su madre, se había ido a España sin una previa explicación. Subió al tren con el espíritu sumido en la desilusión. Después de media hora el viaje y la espera se le hicieron insoportables. No aguantó más. Sin titubear desobedeció las instrucciones del sobre y lo abrió, vio que eran tres hojas escritas por los dos lados con letra pequeña, textos bien meditados que no se habían escrito en un solo día. Cuatro páginas estaban dedicadas a todo el pueblo de Santa María, y dos eran para él, y empezaban diciendo: Mi querido Arcadio, en el quinto día de estar en el hospital, mi corazón tuvo una recaída que asustó a los médicos y a mí más que a ellos. Me dijeron que mi salud estaba más mal de lo que se había dicho al principio. Ante esas noticias, en el silencio de mi cuarto, sentí que estaba viviendo mis últimos días. Me abrumaron recuerdos de la infancia que me hicieron llorar y desear el regreso a mi patria para verla por última vez. En el hospital hay un médico español con el cual me fue fácil hacer amistad, a quien confié mis sentimientos y mis deseos de volver a mi pueblo. Él es amigo del cónsul honorario de España en Hermosillo y se permitió invitarlo a conocerme. Cuando menos pensé tenía enfrente al funcionario, un simpático andaluz, cuya presencia me dejó estática: ¡era de Sevilla y conocía a los familiares míos que aún quedan ahí! Lo que le dije de mi historia lo dejó impresionado. Hablamos de mi, de él, y de todo, hasta quedar exhaustos. A partir de esa entrevista las cosas tomaron un sesgo que todavía no me explico. La siguiente mañana el cónsul llegó al hospital con raras instrucciones dictatoriales venidas del otro lado del mar: Una prima mía que era una niña cuando partí de Sevilla, es ahora una joven adulta con poder y dinero. Ella sin consultarme tomó la decisión y las medidas necesarias para que yo partiera a España inmediatamente. Tal vez pensó que por mis 65 años, y estar enferma en un hospital, soy una anciana que no puede tomar decisiones por si misma. Pero he decidido dejarme llevar por este viento nuevo. Mientras aquí escribo estoy en espera de mi amigo el cónsul, me llevará a tomar el avión que va a la ciudad de México, donde empleados de la embajada española me pondrán en otro con destino a Madrid, ahí estará mi prima esperándome. De ahí en adelante no puedo pronosticar mi paradero, pues temo que esa pariente ya se siente mi tutora y dueña de mi destino, y no tengo fuerzas para oponerme, pero cuenta tú que de donde esté te escribiré siempre.

Tengo que decirte algo acerca de nuestro sueño de tener una escuela en Santa María. Desde hace días he visto surgir un rayo de esperanza que me dice que el sueño podría ser cumplido: cuando me hice monja di todos mis bienes a la iglesia, pero después, no recuerdo cuando, estando en Argentina me avisaron que había heredado la casa de un familiar quien legalmente no tenía más heredero que yo. Envié a mi prima en Sevilla un poder notarial pidiéndole que se hiciera cargo de todo lo referente a esa casa, y no me preocupé más, de eso ya pasaron muchos años. Ahora no sé cual sea la situación. Ignoro si la casa existe y si legalmente es mía, si lo es, he pensado venderla en lo que me den y destinaré todo el dinero al proyecto de la escuela ¿Qué te parece? Pero te advierto que la idea es solo una esperanza que puede terminar en desilusión. Hijo mío, está por llegar el cónsul para llevarme al aeropuerto, me tengo que despedir. Cuando recibas esta carta tal vez iré volando a España. Siempre te escribiré. Nuestra comunicación y nuestra amistad nunca se romperán. Cuando Dios me dé salud regresaré a México para llorar de gusto bajo el árbol yucateco y abrazar a mis niños en cuyo centro estarás tú. Te quiere y te abraza tu maestra.

Arcadio bajó del tren con la sensación de que el mundo había amanecido feliz y brillante y que al final del día todo era caos y desesperanza. Lamentaba que el motor poderoso con habito de monja, que movía la vida en Santa María desde el árbol yucateco, no estaría más ahí, se había ido al otro lado del mar a nueve mil kilómetros de distancia, y él, humilde profesor rural recién graduado, se sentía responsable pero incapaz, de llenar el vacío dejado por aquella mujer admirable.

Arcadio se organizó lo mejor que pudo para dar todas las clases en dos turnos, tal como lo hacía su maestra, pero se sintió fatigado antes de lo que él había anticipado. Un día no aguantó más, se armó de valor y fue casi enfurecido a ver al gobernador Soto. Le dijo que era inconcebible que el departamento de educación tuviera abandonado su pueblo, que hacía cuatro meses había renunciado Lupita Torres y que todavía no era remplazada. Con un énfasis fuerte y desusado en él, le dijo que era injusto y vergonzoso que un gobierno permitiera que en una escuela rural se enseñaran seis grados escolares con un solo maestro, y para colmo, debajo de un árbol. Los ojos del gobernador parecieron desorbitarse detrás de los fondos de botella de sus lentes, su boca empezó a temblar haciendo pucheros temblorosos, sus dientes como de caballo, manchados por años de fumar habanos y tomar café, parecían listos para morder el cuello de Arcadio. Hubo unos segundos de tensión y de silencio, luego vinieron otros que podrían llamarse prodigiosos, el rostro de don Nacho Soto se quedó estático y fue sufriendo una metamorfosis desconcertante, la expresión de furia cambió a la de un sol risueño. Abriendo toda su gran boca lanzó una carcajada estentórea que cimbró las paredes. Mientras le rodaban lágrimas por las mejillas le dijo a Arcadio reprimiendo una carcajada: ¡mira cabrón muchacho! a mi nadie me habla como tú lo acabas de hacer, me has hecho enojar, ¿pero sabes una cosa? Tienes razón, y mucho valor para defender tus convicciones, algún día serás un hombre tan chingón como yo, y por eso voy a ordenar hoy mismo que asignen dos maestros aparte de ti a Santa María, también veré que un inspector escolar vaya a tu pueblo cada tres meses, para ver en que se pueden mejorar las condiciones de trabajo en ese árbol del que me has hablado. Arcadio se despidió dando las gracias y la mano al gran búho. Ya en la calle sintió el palpitar alegre y desbocado de su corazón, como si acabara de derrotar a un león en su madriguera.

Durante los seis meses posteriores a la partida de Lupita, Arcadio recibió dos cartas de ella, escritas en papel de un hotel en Madrid. Decía estar ahí temporalmente para que le hicieran estudios médicos en una clínica especializada. Las cartas eran breves y no reflejaban la energía desbordante que había sido la marca de su carácter. Comentaba en ellas que su salud no estaba marchando de la mejor manera. Ponía énfasis en decir a Arcadio lo mucho que lo amaba como a un hijo, y se deshacía dándole bendiciones, para que triunfara en todos los aspectos de la vida. Preguntaba en forma general como estaba el pueblo y su escuelita en el árbol yucateco. Por la escritura ya un poco temblorosa y el tipo de palabras utilizadas, estaba claro que la fortaleza antes portentosa de su cuerpo y espíritu se estaba acabando. El tono de las cartas las hacia parecer como mensajes involuntarios de despedida. No hubo una tercera comunicación ni más noticias de ella, cuando Arcadio escribió al hotel de Madrid pidiendo información de Lupita, le contestaron lacónicamente que en el último año no había estado hospedada ahí ninguna Guadalupe Torres. De ahí en adelante la persona más querida en la historia de Santa María, se había esfumado, y empezó a nacer una leyenda.

Habían pasado cuatro años desde el principio de esta historia, era el verano de 1952. El gobierno de Sonora todavía no había construido una escuela formal en Santa María, solo tres aulas de adobe con techo de láminas, pero había tres maestros incluyendo a Arcadio Medina quien era considerado el director. La población de niños de edad escolar había crecido y la necesidad de una escuela formal era más crítica que en 1948, cuando se enseñaba debajo del árbol yucateco. El gobernador Soto había terminado su mandato, y con él se había ido la esperanza de una escuela de ladrillos y cemento en Santa María.

Un medio día Iba el profesor caminando por el llano bajo el sol de mayo, cuando por la trocha   que daba a la parada del tren vio acercarse una caravana de tres coches, de esos que nunca habían llegado a Santa María. Todos eran iguales, largos negros y lustrosos, no aptos para caminos rústicos donde solo transitaban carretas caballos y burros. Traían placas del servicio diplomático. Los vecinos curiosos se asomaron por puertas y ventanas para observar la extraña procesión que ya estaba a un lado del profesor. El conductor del vehículo delantero abrió la ventanilla y preguntó con un marcado acento español:

—¿Me puede informar si este pueblo es Santa María, y si aquí vive un profesor llamado Arcadio Medina?

—Están en Santa María, y yo soy ese profesor, contestó.

La voz de una mujer joven que venía al lado del conductor interrogó:

— ¿Podría usted concedernos una hora de conversación? venimos de muy lejos a visitarlo a usted. El profesor, intrigado, Indicó que lo siguieran y se dirigió hacia el árbol más frondoso del pueblo, era el yucateco. Al primer vecino que se atravesó le pidió que pasara la voz para que llegaran ahí quince sillas. Con disciplina militar los vecinos las tuvieron en el lugar antes de diez minutos y los visitantes estaban sentados en ellas dando la cara al profesor. Todo indicaba que la joven mujer era ahí la autoridad. Parecía tener entre veinte y treinta años de edad, era rubia, espigada pero no alta, sus facciones eran finas y agradables, pero acusaban un carácter nada sumiso. Llevaba botas altas y un atuendo varonil como para ir de safari. Por los lados de su sombrero blanco de ala muy ancha, caía una cabellera larga y sedosa que deslumbraba con el brillo metálico del oro. Tomó la palabra sin pedirla y dirigiéndose a Arcadio le dijo: Profesor Medina, esta visita, que le ha de parecer extraña, es para pagar una deuda que mi difunta prima Catalina Martínez de Castro, y yo, tenemos pendiente con este pueblo. Se preguntará quien es Catalina: ella es la monja que aquí fue conocida como Guadalupe Torres, nombre que adoptó cuando tomó los hábitos y fue mandada a América. Ella era Franciscana, pero muy devota de la Virgen de Guadalupe de quien tomó su nombre americano. Catalina falleció en Madrid recién llegada de México durante una cirugía del corazón. En el breve tiempo que pudimos conversar, compartió conmigo su historia en este lugar. Me dijo lo mucho que Santa María y sus habitantes significaban en su vida. Por sus narraciones entusiastas conocí sin verlo este árbol donde estamos, pues veo aquí los troncos donde ella me dijo que se sentaban los niños. Este pueblo y usted eran dibujados a diario con sus palabras, y pude entender que aquí estaba la fuente de todos sus sueños. Mi prima habló tanto de sus deseos de construir una escuela aquí, que terminé contagiada con la idea. Maestro Medina: este grupo de caballeros y yo, estamos aquí para informarle que el proyecto de esa escuela, tan necesitada, está ya en proceso. Los planos están terminados y los arquitectos e ingenieros que aquí me acompañan se encargarán de terminar la construcción en un tiempo no mayor de ocho meses. También se han hecho convenios con el gobierno del estado para que se haga cargo de dotar el personal docente y administrativo, así como encargarse del adecuado mantenimiento. Sé que se está preguntando de donde saldrá el dinero para esa obra: mi prima tenía una casa histórica en Sevilla que estaba bajo mi custodia, y se la compré en quinientos mil dólares, ese dinero y otra cantidad igual que yo donaré, sumarán un millón de dólares que se invertirán en la escuela hasta el último centavo. Mientras la joven hablaba, Arcadio sintió que se le hacía un nudo en la garganta y las piernas le temblaban. Su corazón retumbaba como patadas de caballo en una tambora de sinfónica, y por sus mejillas corría una cascada de lágrimas. Su boca enmudeció y no pudo transmitir mas que sollozos reprimidos. Algunos de la comitiva se pararon para darle palmaditas en el hombro, pues comprendieron los sentimientos que había en aquel hombre estremecido por la emoción. La mujer pidió a un asistente que entregara a Arcadio una carpeta con copias de los planos de lo que era el sueño imposible hecho realidad. Dentro de la carpeta estaban engrapadas las tarjetas de presentación de los ingenieros encargados de la obra, y había una más grande de color dorado con un escudo de armas que decía al lado: Cayetana Fitz- James Stuart, Duquesa de Alba. El grupo se despidió dando la mano a Arcadio. La joven duquesa le puso las pequeñas manos en los hombros y le besó la mejilla temblorosa. Los automóviles partieron dejando atrás una cauda de polvo. De una ventanilla abierta del vehículo delantero salía una fina mano de mujer diciendo adiós.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *