Alberto Ríos LP 5

Ríós, Alberto

Nacido en Nogales, Arizona, el laureado escritor y poeta Alberto Rios se tituló con una licenciatura y maestría en Literatura Creativa en la Universidad de Arizona, Tucson. Es autor de varias colecciones de poesía, incluyendo The Dangerous Shirt (2009); The Theater of Night (2006); The Smallest Muscle in the Human Body (2002), el cual fue nominado para el Premio Nacional del Libro en EE.UU.; Teodora Luna’s Two Kisses (1990); The Lime Orchard Woman (1988); Five Indiscretions (1985); y Whispering to Fool the Wind (1982), el cual ganó el Premio Walt Whitman en 1981, seleccionado por Donald Justice. Otros libros de Ríos incluyen Capirotada: A Nogales Memoir (1999), The Curtain of Trees: Stories (1999), Pig Cookies and Other Stories (1995) y The Iguana Killer: Twelve Stories of the Heart (1984), con el cual obtuvo el Premio de los Estados del Oeste de Libro. Desde 1994, Ríos ha sido Profesor Regents de Literatura en Inglés en la Universidad Estatal de Arizona en Tempe, en donde ha enseñado desde 1982. En 2013, Ríos fue nombrado el poeta inaugural del Estado de Arizona. En 2014, Ríos fue elegido Consejero de la Academia de Poetas Americanos. Para más información, visite: http://www.poets.org/poet.php/prmPID/50

UN SIGLO DE LÁGRIMAS

Traducido por Marcela Abner

La noche se acercaba y los primeros rayos del atardecer comenzaban a reflejarse sobre el agua mientras Cayetano Belmares observaba desde su puerta. Casi esperaba ver que se levantara una sa’bana de vapor, especialmente donde el sol se juntaba con el mar o aquello que parecía ser un mar: Bajo tales efectos de luz, los enormes sembradíos de trigo parecían tener la apariencia de un vasto océano de aguas doradas. La brisa levantaba un ligero ondular de las espigas tal como el de las olas de mar que recordaba del viaje con sus padres durante su infancia. De eso hacía ya mucho tiempo pero a él nunca se le había olvidado el mar.

El telón de la noche bajaba lentamente. Era como si el día se estuviera consumiendo entre sus propias llamas. Su desvanecimiento era como un colapso pesado y total. Los diferentes matices de la tarde parecían flotar en el cielo, antepuestos a un una opaca estela de ceniza, llena de esas pequeñas partículas que se quedan en el aire después de una explosión o como las pelusas del álamo cuando está en flor, eso que parece una nieve esponjosa en el desierto. Las pequeñas nubes que se agruparon hacia el oeste durante la tarde, cargaban lumbre de la misma manera que la gente carga agua, a cuestas, inclinadas por la pesadez del preciado líquido que lo es todo.   Levantar la vista y mirar en esa dirección del cielo era como mirar una fotografía del instante en el que un fosforo le encendió una esquina al día.

A lo mejor estaba exagerando, pensó Cayetano. Había sido un día muy largo. Todo estaba cansado, el mundo entero lo estaba, pero Cayetano Belmares estaba más cansado que nadie. El fuego comenzaba a extinguirse tanto en el día como en él mismo. Pero era un hecho que era y había sido fuego, eso era más que cierto. Como siempre, el día había comenzado con una vibra totalmente diferente a la que tenía ahora. Al principio tenía tanto ímpetu, y al final estaba tan cansado, pero eso era señal de que estaba vivo y de que estaba en el mundo correcto. Tener energía al final del día siempre significa que algo no se había hecho, eso se convierte en preocupación y descontento no deja dormir bien. No, estar cansado es mejor, pensó. Estar cansado era bueno.

La manera en que el sol teñía las nubes en el horizonte era algo hermoso pero el calor que tenía no lo era para nada. Aquello era el desierto. Era verano. Esos atardeceres ya no eran ninguna novedad. Ya solo Cayetano les prestaba atención. Allí no faltaba belleza, lo que faltaba era hielo. Hielo, rincones frescos y brisas que refrescaran un poco. El trabajo andaba bien pero la gente se siente mejor al estar cerca de algo fresco, lo cual siempre es un peligro. Lo fresco puede hacer que el trabajo se detenga totalmente. ¿Qué no haría la gente por una bebida fría?, al menos aquí en el rancho. Y no era tanto la bebida –no importaba qué líquido fuera, té helado o limonada. Lo que sea pero frío. Lo frío agiliza todo, pero no de la manera que la gente se imagina. En los días frescos no se hacía nada. Eran demasiado especiales como para no aprovecharlos, así que la gente se movía con pereza y nostalgia. Les daba por hacer días de campo. En los días calurosos, que eran lo más comunes, la gente se quejaba y todo se movía como en cámara lenta, pero el trabajo se hacía. Eso era algo que Cayetano Belmares no alcanzaba a comprender. A él le parecía que las cosas deberían ser todo lo contrario pero mejor se guardaba su opinión. Tal vez no entendía las razones, pero así era la cosa y punto.

Lo mismo pasaba con las vacas. Las vacas y otros animales pasaban por lo mismo.   En los días calurosos, simplemente hacían lo que se les decía, era demasiado incómodo tratar de hacer algo distinto, hacer cualquier otra cosa significaba fatigarse. Hasta eso requería de un esfuerzo demasiado grande. Para quejarse había que tomar suficiente aliento para exhalar con fuerza y hacerse escuchar. La simple idea de quejarse parecía como levantar un peso de mil libras. Pero en los días frescos, tenían un brío diferente, comenzaban a pensar por sí mismas, lo cual siempre causaba problemas.

Esa era la cosa del verano. Todos parecían quejarse, o como que querían hacerlo, o trataban de hacerlo pero en realidad nadie lo hacía hasta el invierno, ya para entonces era demasiado tarde.   Y en eso se habían convertido los inviernos, en las quejas de todo el mundo sobre el verano. Entonces decían todo lo que no tenían energía para decir dos meses antes. Entonces, en el verano, se reparaban cercas, se atendía la siembra, el ganado nunca se dispersaba y el trabajo simplemente se hacía ya que no hacerlo era muy cansado.

Cuando se volteó para mirar la puerta por la que estaba a punto de pasar, la mirada de Cayetano estaba fija en la distancia, en las nubes. Pero afuera era afuera y era trabajo. Las nubes estaban muy lejos. Adentro, adentro era otra cosa. Como había estado mirando hacia la luz del atardecer, por un instante no pudo ver nada más que obscuridad, después todo tenía pequeñas rueditas. Cerró los ojos unos segundos para poder guíarse en la obscuridad.

***

Pero no era lo que veía con sus ojos lo que lo guiaba. Era la cena, con el aroma de sus tentáculos, todos ellos llamándolo, haciéndole señas como las que hace un viejo amigo con los brazos para saludar desde lejos, susurrándole forzándolo a acercarse a su lugar en la mesa pero maniobrando de la manera más gentil y delicada, como si fueran suaves caricias de sirena por todo el cuerpo, tecito de canela y calabacitas; arroz y carne; chivo y miel; chicharrones y horchata bien helada; frijoles, sal, chile y queso amarillo; papas y queso cremoso de rancho; cebollas, ajo y algo desconocido, pero no mucho de eso. El olor de la cena tal vez le llegaba por la nariz pero lo sentía por todo el cuerpo. Los brazos estaban más que listos para la ocasión preparados para tener el tenedor en una mano y una tortilla en la otra.

El tiempo, en ese momento, era como si se hubiese congelado. Todo el día culminaba en ese instante en el que se sentaba a la mesa y probaba el primer bocado de la cena. Todo el día se reducía como un todo en ese sabor. Era un barómetro de la obra del día. No era la puesta de solo lo que dictaba la el fin del día. Era la cena.

Cuando a Cayetano se le pasaba la cena, se molestaba y se desequilibraba bastante. Algunas veces alguien quería decir alguna oración o algo así, lo cual estaba bien, siempre y cuando no fuera demasiado larga. Por lo menos la cena seguía ahí a la vista. Pero si por alguna otra razón se le pasaba esa hora, cuando hacía mucho frío o cuando tenía que empacar algo y llevárselo para comer después debido alguna emergencia, eso le daba mucha tristeza. El cuerpo entero se le entristecía. Y en esos días en los que no podía tomarse ese momento, el día simplemente carecía de una conclusión propicia. El no cenar significaba que el mundo andaba mal.

Claro que no mal del todo. Sabía que a la mañana siguiente el sol saldría de nuevo y la vida seguiría. Pero en ese momento y el momento siempre lo es todo, la vida parecía incierta. Después de todo, ¿a qué sabe la nada? Eso era lo que sentía pero no tenía las palabras para describir ese sentimiento. Al no tener las palabras, no tenía la manera de confundirse con ellas, tampoco.

Lo inmenso de ese sentimiento estaba ligado al hecho de que antes de comer, estaba ciego, ciego en el sentido de que estaba tan cansado de trabajar tan duro todo el día, y especialmente en el calor, que el mundo no tenía sentido sino hasta que se había refrescado un poco, había comido y bebido algo y sus ojos se habían ajustado a la luz de la noche después de haberlos tenido tan abiertos todo el día para poder ver qué era qué, qué se tenía que hacer, quién necesitaba ayuda, qué estaba haciendo esa vaca por allá, cuándo dijeron que iban a llegar los compradores, qué no necesitaban regar ahí, un poco más de agua por allá. Sus ojos veían en mil y una direcciones durante el día, no paraban. Así que cuando él cruzaba la puerta durante la puesta del sol, y entraba a ese cuarto, después de aclararse la vista, él veía solamente una cosa, la mesa de la cocina, y eso le traía un tremendo alivio.

Qué bien se sentía dejar de mirar el mundo y poder simplemente sentirlo.

***

Así era como debería ser el trabajo, pensaba Cayetano, sentir la tierra, los animales, las plantas, todo con las manos.   Pero el rancho ahora era muy grande, era rancho con huerto, hortaliza y lechería –siempre había sido rancho de ordeña pero ahora era más. La gente quería de todo y siempre en mayor cantidad. Era una buena vida, pero los días eran todos muy pesados.

Pesados para él y pesados para su familia. Era la buena vida, decía, y todos estaban de acuerdo, pero él a veces lo dudaba.

Aunque estuvieran vacías, sus manos siempre tenían algo. Tenían callos, los normales, de esos que salen de trabajar duro, pero también tenía unos más marcados, unos más crueles. Esos otros eran los que salían por manejar tantas tiras de cuero, mismas que Cayetano usaba para amarrar todo, desde las cercas, animales, hasta bultos y pilas de madera. Tenía esos callos sobre los callos en la parte más gruesa de sus manos, la cuenca entre el pulgar y el dedo índice de ambas manos, esas marcas entretejidas también le recordaba al mar y su infancia, parecían una fantástica criatura marina, así como la que se había imaginado en medio del azul del mar, nadando desde los túneles y cuevas secretas de los piratas. Aunque ahora ese tejido estaba más grueso y correoso, algo amarillento y siempre reseco.

Cayetano tenía más de esos callos extra gruesos también entre las rodillas, de tanto montar a caballo, de detener las cosas para que no se le movieran mientras las amarraba con una tira de cuero. Sus rodillas eran para él como tener cuatro manos, lo cual lo hacía más fuerte. Tenía más callos por aquí y por allá dependiendo de la temporada y los diferentes deberes que iban surgiendo. Él era su trabajo y su cuerpo estaba enteramente entregado a él y a su vida, completa, total y constantemente.

Toda su presencia parecía ser musical. Su piel endurecida tocando la baqueta, hacía sonidos que entonaban sones, canciones bien conocidas para Cayetano, de las que conocía bien la letra.   Acariciaba a su esposa como ningún otro hombre. Sus caricias eran ásperas para tacto pero suaves para el corazón. Su esposa lo sabía, pero los demás también, los animales, los árboles del huerto, la misma casa cuando algo andaba mal y necesitaba arreglos. Todos ellos conocían sus manos.

Era como una cierta felicidad.

Y aunque la espereza enfrentaba también algo de dureza en sus manos, la hermosura también pasaba entre sus dedos fácilmente, era lo mismo con sus ojos. Algunas veces, lo que sus ojos veían, sus manos también lo sentían.

A simple vista, era un hermoso rancho pero era más que eso. Cualquiera que se quedara allí llegaba a entenderlo bien. Ese lugar hablaba en cualquier parte que uno lo tocara. Y era el toque de Cayetano el que se sentía y respondía al toque de las personas.

Pero como hablaba con sus manos, Cayetano tenía muy poca facilidad de palabra y poca facilidad para algunas cosas comunes también. Amaba intensamente, pero no podía decirlo. En vez de eso, construyó su rancho y plantó huertos y siguió atendiendo la lechería. Hacia lo que la gente quería y necesitaba, y así forjó su propia vida y así pasó de joven a viejo.

***

Y como la vida es más fácil vivirla que explicarla, por lo menos para Cayetano, había partes de la misma que se le habían ido perdiendo. Uno de sus hijos partirá a la ciudad, otro de ellos trabaja duro pero no entiende la faena, nada más trabaja, lo cual no era nada bueno para Cayetano, no era eso lo que quería para su muchacho.   Y su otro hijo trabajaba pero no tenía palabras, no como la otra gente. Amaba el rancho y los árboles y entendía las cosas igual que Cayetano, pero ante el mundo, era tan callado como intenso cuando estaba solo.   Todos se preocupaban por él, por lo que podría llegar a pasarle. Ese muchacho no estaba enojado ni triste. Estaba perdido en algún punto intermedio.

Y luego estaba también Guillermina, la esposa de Cayetano. La parte de la lechería había estado en su familia por muchos años y Cayetano con gusto la hizo parte de sus vidas manteniendo sus operaciones y el nombre de la familia.

Su esposa tenía todo el don de la palabra que necesitaban y contaba todas las historias y atendía a la gente que los visitaba, hasta lo disfrutaba, lo cual era algo que Cayetano no entendía, y como su trabajo no solo abarcaba los deberes de la casa sino también la venta de productos de la lechería en el mercado, las manos de Cayetano y las palabras de Guillermina siempre habían sido el matrimonio perfecto.

Excepto un día, un día muy, muy largo, un día en el que no hubo cena.   La tranquilidad interna con la que Cayetano lidiaba con todo y la intensa tormenta que era Guillermina, normalmente se complementaban muy bien, pero ese día no fue así, fue todo lo contrario.

Habían pasado tantas cosas en el rancho a través de los años, tantos nacimientos, tantas muertes de animales, la muerte accidental de muchachito en el huerto, el que sus hijos se fueran para éste y otro lado. La prosperidad general de la que gozaban no daba cuenta entera de todos sus problemas, pero así era también para cualquier otra persona. Eran más afortunados que muchos, y se lo decían el uno al otro en sus momentos íntimos, él asintiendo con la cabeza al final del día y ella masajeándole brevemente los hombros.

Pero hoy, hoy que Cayetano entró por la puerta, no había cena.

Guillermina lo vio en la puerta y fue por él, le notó el gesto en la cara, pero lo calmó, lo tomó del brazo y lo guió por el cuarto. La mesa no estaba puesta, todavía tenía puesto el mantel y el florero. Había también una visita, quien, le pareció a Cayetano, estaba comiéndose algún bocadillo en un platito, muy chiquito, pero le pareció curioso.

Cuando Cayetano entró, el joven de corbata que tenía el platito trató de pararse, arreglarse hacia un lado el cabello, sonreír y poner a un lado el plato, todo al mismo tiempo. Logró dos de esas cuatro cosas, el plato y la sonrisa no le quedaron también como el ponerse de pie y el peinado del cabello. Afortunadamente, Guillermina ya había llegado hasta él para llevárselo a la mesa, y logró salvar al plato de la caída.

“Don Cayetano”, dijo el joven, al captar la señal que le hizo Guillermina con la cabeza. También le hizo la misma seña a Cayetano. Con eso consiguió que se sentara a la mesa, como lo había hecho tantas veces. Sin embargo, esta era una cena de otro tipo.

¿Quién era esa mujer? Se preguntaba Cayetano. Guillermina nunca era tan callada, ni tan cordial, esto, esto casi sin atreverse a pensarlo, le pareció casi encantador. Y con eso no quería decir no lo fuera ya de otro modo. Era simplemente que ella era de las que hacía todo lo que se necesitara en la casa, pero eso no era un proceso necesariamente silencioso o sencillo. De hecho era todo lo contrario, era con gran agitación y regañadientes que lograba que todos hicieran lo que debían.

***

Yo no necesito andar escuchando a ningún muchachito, pensó Cayetano. Ya sé lo que me va a decir, Yo no me sé las palabras que me va a decir, pero sé lo que quieren decir. La manera en que las va a decir es igual a como lo haría cualquier otra persona. Va a decirme, “vamos a flotar en una lancha de oro en un portentoso río, que los dioses nos recibirán en todas partes, con comida y bebida a diestra y siniestra, que todos nuestros animales gozarán de buena salud. Que vamos a flotar por el aire y que no nos hará falta nada, no nos hablará nadie para pedirnos ayuda, no habrá cabra herida, ni vaca echada, ni caballo con escalofríos, ni perro que aúlle. Nadie necesitará de nosotros y nosotros no necesitaremos de nadie. Tendremos uvas y quesos y granadas ya peladas al alcance de la mano. Y ciruelas. Tendremos el vaso siempre lleno de alguna bebida, bien helada, sin nombre. Será de noche y de día al mismo tiempo, habrá estrellas en el cielo pero habrá suficiente luz para ver todo.   Vamos a flotar, simplemente a flotar. Ese será nuestro trabajo, y todo lo demás flotará con nosotros. Y las flores, habrá flores por todas partes, en el agua. Será como los jardines de Xochimilco, y aquellos de los que cuentan todos los que han ido al sur, pero mejor, mejores que esos jardines.   Y el perfume de muchísimas flores se elevará y flotará con nosotros, también. Flores. Pero quiero que sean de las que huelen bonito porque se van a quedar con nosotros para siempre. Esas las flores que crecen dentro de uno, y se convierten en el recuerdo de las cosas, que tengan un aroma delicioso. Quiero que tengan una fragancia deliciosa. Usted nos podría ayudar con eso”.

Bueno, no nos va a decir eso, pensó Cayetano, pero nos va a decir algo parecido. Esas palabras eran lo que Cayetano pensaba que le hubiera gustado decir a él si hubiera podido cuando fue a pedir la mano de Guillermina. Pero en aquel entonces le tenía bastante miedo a Don Martín, el padre de ella. ¿Qué tal si le decía que no? o ¿qué tal si hubiera buscado la manera de ponerle las cosas difíciles? Eso lo habría cambiado todo. El que Don Martín dijera que sí, fue una diferencia tremenda. Significó mucho. Y por qué había dicho que sí con más fe de la que tenía en quién sabe quién, era algo que Cayetano no entendía. No podía haber sido por fe en él, todavía no, porque hasta ese entonces, Cayetano no había logrado nada que le mereciera algún tipo de fe, aparte de ser hombre trabajador y de su promesa de seguir siéndolo.

Pero quizás eso fue. Tal vez eso fue todo. ¿A qué más le podía decir que sí? No había mucho. Había sido un acto de valor, tal vez más para Don Martín que para Cayetano. Fue un acto de valor que brotó tanto de la mirada de Cayetano, como de la hija de don Martín a su padre. Y probablemente más de la de la ella que de la de él. Después de todo era su hija, y ella le estaba pidiendo que la dejara ir. Ese sentimiento ocasionaba una gran confusión, mucha más de los que Don Martín jamás se imaginó que llegaría a sentir, y lo hizo sentarse con cualquier pretexto.   Si la querían mucho, ¿cómo era posible que se quisiera ir? Esa pregunta, era la pregunta la que resonaba más fuerte que el pedimento que le hacía Cayetano.

Y ahora, ese mismo instante había llegado a retar a Cayetano, lo retaba a llenarse de valor pero desde del otro lado de la mesa. Y ese sentimiento de confusión y la necesidad de sentarse se estaban apoderando también de él.

Marta entró al cuarto. Marta, su muchachita. Ninguno de sus otros hijos intervino en la conversación por el momento, ni siquiera Ignacio, quien Cayetano pensó que sería el primero en irse, ninguno de los varones. En ese momento, el universo consistía en Marta, Guillermina y ese joven. Cayetano se sintió que el instante lo sobrecogía de nuevo, y necesitaba más que simplemente sentarse. Lo que sea que él sintiera, parecía no importar. Sabía que habían tomado una decisión. Eso lo hizo sentirse reservado, como siempre. No se sentía así porque no tuviera nada que decir, era todo lo contrario. Pero su silencio siempre le había resultado mejor. Eso él lo sabía. Sus palabras siempre se entendían mejor cuando sus hechos hablaban por él.

***

Cayetano ya conocía al muchacho, Julio, aunque no muy bien. Una tragedia los unía, sin embargo, aparentemente unió a Julio y a Marta todavía más. Cuando todos eran chicos, la familia de Julio había había llegado a piscar fruta en los huertos, lo cual hacían muchas familias durante la cosecha. Julio venía de familia grande, los Calderón, y estaban dispersados por todas partes. Pero su hermano, Oswaldo, había tenido un accidente, se cayó de un caballo y falleció ahí mismo, al instante. Fue algo muy triste, y no había nada que pudiera hacerse. Llamaron al Doctor Bartolomeo pero ya era demasiado tarde, de hecho, aún si él hubiera estado ahí mismo en el momento en el que ocurrió todo, el resultado hubiera sido el mismo. El niño se golpeó la cabeza en la caída.

El destino había juntado a las dos familias, y desde entonces se habían unido mucho, Aunque la relación de Cayetano había sido más bien con los padres. La convivencia hizo que los niños de ambas familias jugaran juntos, y fue así como Marta conoció a Julio. Cayetano no estaba muy seguro de eso, pero lo entendió inmediatamente, una vez que le presentaron al muchacho, y supo con certeza quienes eran sus padres. Julio ya había crecido, ya no era el muchachito flaco que trataba de ayudar en lo que hiciera falta. Viéndolo bien, era Julio, si mal no recordaba, quien había ayudado a Marta a cuidar a Baltasár, el hijo menor de Cayetano y Guillermina, a quien le había afectado mucho el accidente y no lo demostraba con lágrimas necesariamente, sino con un cambio total en su vida. El niño ya era cayado, pero se volvió todavía más después del accidente. Aunque no se pudo determinar eso a ciencia cierta, Baltasár podría haber visto el accidente aunque nunca pudo expresar nada específico. No era muy bueno para hablar, especialmente con extraños. A veces ni Marta podía sacarle mucho más de los que decían sus ojotes y sus labios siempre arqueados hacia abajo.

Durante años Marta había pasado varias penurias para ayudar y guiar a su hermanito menor, Baltasár, quien necesitaba toda la ayuda que le pudieran dar. Por muchas temporadas, le mostró cómo eran las cosas del huerto y le ayudó a encontrar tareas que pudiera hacer ahí, diferentes maneras de ayudar, lo cual hizo celosamente. Durante mucho tiempo se pensaba que su silencio era como el de Cayetano, pero era demasiado y el muchacho tenía dificultades. Mata le había ayudado a encontrar un paraíso entre los árboles y construían casitas juntos, ahí en medio de todo, donde a Baltasar le gustaba estar. Si Marta se iba, el muchacho seguramente no volvería a entrar a la casa, no porque no fuera bienvenido, sino porque que reconocería el descontrol y se daría cuenta de que algo andaba mal. No entendería la partida de su hermana.

Eso hacía aquel momento tremendamente dificil para Cayetano. Todo lo que él conocía y entendía, el rancho, la lechería, los huertos, el pueblo, el universo entero, todo estaba tan interconectado que hasta el más pequeño de los cambios desencadenaba cambios en todo lo demás. ¿Pero cómo decirle eso a Marta? Y entre más lo pensaba, ¿cómo decirle eso a Julio?, quien en esa silla y en una mesa muy parecida, era él mismo hacía muchos años.

Cayetano encontraría la manera, Cayetano y Guillermina y el resto de la familia, encontrarian la manera. Baltasár también. Cayetano sabía que esto desencadenaría grandes cambios, como los cambios que convierten el día en la noche y la noche en día. Esto cambiaba todo lo que que él amaba. Esos grandes cambios eran los que hacían que su mundo fuera su mundo y ahora esto era parte del mismo. Cayetano amaba ese mundo, para él, todo tenía un esplendor particular, pero en ese momento era dificil verlo.   Esa era la buena vida, pensaba él, y ahora todo le quedaba más claro, esa era la buena vida pero seguía siendo una vida dura.

Despues de que le pidieran la bendición para esos dos jóvenes, y que los dejara ir, Cayetano se quedó sentado otro rato pero no miraba directamente a nadie, ni siquiera a su esposa.

Su vida era silenciosa y su lugar en el universo, muy pequeño. El mundo ya había derramado todo un siglo de lágrimas y en ese preciso instante, él podía hacer que eso cambiara.

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