Ricardo Reyes LP 2

Reyes, Ricardo

Ricardo Reyes nació en el Perú, donde vivió hasta los veinte años de edad. Desde temprana edad mostró interés por la lectura y admite haber perdido horas de sueño por quedarse leyendo a Julio Verne o a Emilio Salgari a luz de vela en la finca donde creció.

A principios de la década de los 90, su familia emigró a los Estados Unidos debido a la ebullición terrorista que azotó al Perú, y ha radicado en este país desde entonces.  Obtuvo una licenciatura en español con honores en la Arizona State University, especializándose en temas de cultura y literatura hispana. Subsecuentemente obtuvo una maestría con honores en Lingüística en la University of Malaya.  Actualmente radica en Malasia y es el coordinador de la división de español de la facultad de lenguas y lingüística de dicha universidad.

Ricardo Reyes es el autor de la novela Hechizo de luz y de la colección de poemas y cuentos cortos Simulacro de vida, ambos publicados por authorhouse.com. A pesar de estar dedicado a la docencia, la producción literaria ocupa todavía gran parte de su tiempo y energías.

Los cuadernos de la abuela

Alrededor de las diez de la mañana recibió una llamada telefónica desgarradora que corroboró el mal presagio que tuvo al oír las noticias locales en su ordenador, como lo hacía cada día al despertar mientras sorbía un poco de café. Aquella mañana, mientras se vestía, había escuchado algo sobre un accidente vehicular en la carretera al sur. Frente a un espejo de cuerpo entero se colocó una corbata gris y se enteró de que un camión de carga y tres automóviles habían quedado involucrados en este accidente fatal. En el preciso instante en que escuchó la palabra fatal, notó que tenía una gota de sangre seca en la mejilla y la disolvió con una toalla humedecida con agua tibia. Se aplicó nuevamente loción para después de afeitar e hizo un gesto desagradable de dolor. Sólo entonces, aún mirándose en el espejo, pudo registrar conscientemente la severidad de la palabra fatal. Había sido un accidente fatal, y cuando quiso prestarle más atención al reporte periodístico, el programa habían pasado ya a la siguiente noticia del día. Vio la hora y se dio cuenta que se le hacía tarde para el trabajo, por lo que apuró su segunda taza de café y salió rumbo a su oficina. Durante los quince minutos que le tomó este trayecto, prendió la radio de su coupé, y se la pasó entre que buscaba una buena canción y entre que encontraba alguna estación que todavía estuviera trasmitiendo las noticias de la mañana. Sintonizó Hotel California y pensó el resto del camino si su vida tenía algo en común con la letra de aquella canción.
Durante la primera parte de la mañana se mantuvo ocupado entre reuniones y contestando correos electrónicos acumulados desde que dejó la oficina el viernes anterior por la tarde. Se aprestaba a pedirle a su secretaria un café cuando ella se le adelantó, pasándole una llamada personal urgente unos minutos antes de que dieran las diez. Era su tío Roberto, quien había extraviado el número del móvil de Teodoro desde hacía algún tiempo, pero que había logrado ubicarlo en su trabajo. La conversación fue breve e incómoda; este par nunca tuvo una relación estrecha, y el motivo de la llamada no daba pie ni al cariño ni a la tregua. Los padres de Teodoro habían muerto en el accidente automovilístico de esa mañana.

A sus veinticuatro años de edad, la soltería de Teodoro significaba, en su cultura familiar, la inevitable convivencia con sus padres. El hecho de que fuera hijo único, sólo significaba que esta cultura familiar habría de aplicarse implacablemente sobre él, por cuanto la relación que llevaba con sus padres era muy estrecha. Después de hablar con su tío, quedó atónito en su despacho, con la mirada fija en la ventana grande, desde donde la jungla de acero se veía aun más fría y despiadada. Doce pisos sobre el nivel peatonal, sintió que su vida presionó el pedal del freno hasta el fondo y con todas sus fuerzas. No supo a quién llamar, pero tuvo la necesidad de hablar con alguien, y este sentimiento le causó gran ansiedad. Momentos después, su secretaria lo encontró todavía sentado sobre su escritorio y con la mirada perdida en la ciudad. Teodoro estaba mordiéndose la uña del pulgar derecho cuando escuchó la segunda vez que su secretaria le preguntaba: “Ingeniero, ¿todo está bien?”. Él sólo asintió con la cabeza, sin despegar la mirada del ventanal. Sus padres fallecidos tan jóvenes, y sólo la familia de su tío Roberto por todo haber en cuanto a vínculos sanguíneos. Hacía mucho tiempo que no veía a sus primos y no sabía por qué. Aparte de no llevarse bien con su tío Roberto, no tenía una buena excusa para haberse distanciado tanto de la escasa familia que tenía. Le dio algo de tranquilidad pensar que por seguro vería a todos esa misma noche.

Efectivamente, todos estuvieron presentes para el velorio de los Estrada. Dos ataúdes negros y brillantes, con adornos de bronce pulido yacían juntos entre crisantemos y lirios, entre señoras enlutadas tomando café y caballeros encorbatados que fumaban y conversaban discretamente sobre la desgracia ocurrida. Teodoro llegó solo y con el semblante descompuesto. Se acercó hasta entrar en el salón funerario de la misma iglesia donde sus padres contrajeron matrimonio casi tres décadas previas. En cuanto la gente lo vio, uno por uno se le acercó a darle el pésame correspondiente, el abrazo con la palmada fuerte en la espalda, el beso en la mejilla, la sonrisa tierna que de alguna manera intenta reconfortar y ofrecer al dolor un efecto paliativo, pero que casi siempre termina por dejarlo a uno con un sentimiento de vacio aún más profundo. Los féretros habían sido ya sellados con soldadura. Los rostros de sus padres habían quedado desfigurados después del accidente y Teodoro no tuvo la oportunidad de verlos por una última vez. Todos le dijeron que era lo mejor y le aconsejaron que los recuerde… “Tú sabes, como antes”. Él se mantuvo consumido por su propia incredulidad y se limitó a interactuar el mínimo necesario para no caer en una rudeza desprovista de motivo. En realidad, todos quienes asistieron al velorio entendieron y respetaron su necesidad por una ración generosa de privacidad y su derecho por internalizar su dolor. Estuvieron presentes su tío Roberto, acompañado de su esposa Sara y sus tres hijos, varias parejas adultas amigas de los difuntos entre las cuales vio rostros que conocía desde la infancia, algunos vecinos, gente del trabajo de su padre y algunas Rotarias amigas de su madre.

No hubo entierro. Teodoro recordó que sus padres habían compartido con él en una conversación de sobremesa unos años atrás, que deseaban ser incinerados. El inconveniente fue que nunca dejaron instrucciones de qué hacer con sus restos. Como único descendiente de los fallecidos, Teodoro decidió mezclar las cenizas en una sola urna y conservarla en la sala de la casa que automáticamente heredó de sus padres. La repentina naturaleza de los hechos no permitió la escritura de un testamento, mas quedó claro para todos que él quedaba como único heredero de la casa con todo lo contenido en ella, algo de dinero en una cuenta de ahorros y paquetes de acciones que su padre adquirió en tiempos de bonanza. Teodoro sabía de la existencia de una caja fuerte en el dormitorio de sus padres, pero nunca había tenido la oportunidad de verla. Sólo recordaba, siendo aun pequeño, una conversación con su padre en la que le dijo: “Hijo, algún día quedarán en tus manos lo que dejaron tus abuelos en este mundo: dos lingotes de oro”. Teodoro nunca había visto, y mucho menos sostenido entre sus manos un lingote de oro, y esto le dio gran curiosidad en ese momento, mas su padre sólo le contestó: “A su tiempo hijo, a su tiempo”. Nunca más volvieron a hablar del oro de los abuelos, y esta genuina curiosidad suya no le regresó sino hasta después del fallecimiento de quienes le dieron el soplo de vida. Teodoro colocó la urna que contenía las cenizas de sus padres en la sala, en una ceremonia que, aunque privada, no careció de solemnidad y aplomo. Había decidido tomarse unas semanas de descanso en el trabajo para asimilar lo ocurrido y reestructurar su vida.
El domingo de esa misma semana, el tío Roberto pasó a verlo en un gesto impulsado por un genuino sentido de responsabilidad, como su familiar más cercano, pero maculado por la desidia y el tedio que representaba para él esta visita. El tío Roberto era un hombre de sentimientos parcos a quien había que arrancarle las sonrisas del rostro. Se tomaron un par de cervezas y conversaron por un par de horas. El diálogo estuvo saturado de incómodos silencios, interrupciones involuntarias y algunos reproches endulzados de eufemismos que permitieron conducir la conversación de una manera civilizada, pero sin un propósito definido al fin y al cabo. Teodoro valoraba el esfuerzo de su tío por hacer las pases y reanudar este vínculo entre ellos que ya nadie recordaba por qué se había dañado. Roberto lo invitó a comer a su casa para el siguiente fin de semana y el sobrino aceptó sin pensarlo demasiado.

Su tía Sara lo recibió con mucho cariño y le había preparado un encebollado de mariscos, que sabía que era su plato favorito. Saludó a sus tres primos, desde Robertito, quien estaba en la sala, ensimismado en su teléfono móvil, hasta Rocío, la intermedia, quien jugaba con Sandro un video-juego, un poco más por aburrimiento que por interés. Durante el velorio, Teodoro casi no había hablado con sus primos y ahora tuvo deseos genuinos de compartir la tarde con ellos. Aunque él era mayor que los hijos de Roberto, fueron bastante unidos durante la infancia, a pesar de que siempre se burlaron de su nombre: “¡Te-adoro, Teodoro!”, recordaba que le gritaba Rocío, quien luego huía corriendo, dejando al pobre Teodoro detrás, avergonzado por ese nombre poco convencional que le habían dado sus padres al nacer. Dejando aquellos resentimientos infantiles de lado, pasaron una tarde amena entre el encebollado de mariscos, las varias partidas de dominó y el recordar de anécdotas casi olvidadas. Esto último suscitó inevitablemente el afloro de una dicotomía emocional cada vez que el nombre de los difuntos brotaba en la conversación. Corrieron algunas lágrimas y resonaron algunas carcajadas que dejaron a Teodoro al final del día con un profundo sentimiento de consolación y desahogo.

La mañana siguiente fue difícil de asimilar para Teodoro, quien ahora se despertaba en una casa vacía. No era la primera vez, ya que sus padres viajaban mucho, pero fue esa certeza de vacío permanente, concreto e inapelable, la que lo dejó tumbado en la cama hasta el mediodía. Después de transcurridas dos semanas desde la muerte de sus padres, se dio cuenta que su rutina cotidiana había sido violentamente interrumpida, y el sincronismo de sus hábitos había dejado de tener tanta importancia, hasta el punto de parecerles vanos. No encendió su ordenador; no tuvo ningún interés en escuchar las noticias, ni de enterarse de las fluctuaciones del mercado bursátil, los pronósticos del clima o los chismes de la farándula. No tomó su acostumbrada ducha matutina y no sintió la necesidad de cambiarse los cómodos bóxers que traía puestos. La urgencia por café fue la que finalmente lo impulsó a levantarse y a abandonar el refugio de su dormitorio. En su automático trayecto hacia la cocina, pudo advertir varias fotografías familiares y otros objetos que de pronto no vacilaron en recordarle la ausencia de sus padres. Se sentó en la sala sujetando la taza de café negro entre sus manos, y sucumbió ante una densa nube de tribulaciones e incertidumbres.

Dos días después de este quebranto emocional, Teodoro se aventuró a recorrer la casa de palmo a palmo. Dejó para el final la recámara de sus padres, donde permaneció varias horas escarbando recuerdos en los vericuetos de cajones y repisas, armarios y baúles, y en las tantas cajas de zapatos que encontró atiborradas de cartas, partes matrimoniales, fotos y demás cachivaches de puro valor sentimental que uno a veces acumula durante la vida con el afán de aferrarse a las virtudes y congojas del pasado, sin saber en manos de quién irán a dar en el futuro. Abrió las cajas, una por una, absorto al descubrir cómo vidas enteras podían caber dentro de una caja de zapatos. Sin embargo, la incredulidad se le desbarató al recordar que los cuerpos de sus padres ahora cabían en una urna que se confundía con los adornos de la casa. Conceptos absurdamente inconmensurables; vida y muerte, ambos reducidos a minúsculos residuos tangibles y ordinarios.

Entre tantos papeles encontró, amarillento y agujereado por las polillas, el testamento que dejó su abuelo. La abuela había fallecido ya para ese entonces, cuando el abuelo decidió dejar por escrito y con todas las firmas y sellos de la ley, este documento por el cual legaba a sus dos únicos hijos todo su patrimonio. Su padre y su tío Roberto habrían de heredar, cada uno y de forma equitativa, el contenido de dos cofres idénticos. El contenido de cada cofre, según el testamento, era de dos lingotes de oro, lo que corroboraba la historia que le había contado su padre años antes. Su valor, según palabras dictadas por su propio abuelo, mecanografiadas por algún escribano y finalmente validadas y notariadas por cierto abogado, era incalculable. Por un instante Teodoro deseó haber podido conocer a sus abuelos paternos; lamentablemente ellos ya habían partido cuando él llegó al mundo.

Inmediatamente recordó aquella conversación que tuvo con su padre cuando era todavía un niño, y ese deseo vehemente que solía sentir de sostener entre sus manos un lingote de oro. Entonces se dedicó a buscar la infame caja fuerte en el dormitorio de sus padres. Volteó cuadros, golpeó con los nudillos el perímetro completo de la habitación, y auscultó el fondo de roperos sin suerte alguna. Finalmente, casi al borde de la derrota, tiró de un dispositivo del que nunca se había percatado antes y que halló en el botiquín con puerta de espejo que se encontraba anclado en una de las paredes del baño de sus padres. De pronto, unas bisagras cedieron al peso del botiquín, y éste dejó ver en sus entrañas la caja negra y solemne. Teodoro no pudo evitar sorprenderse al ver con sus propios ojos lo que en algún momento llegó a pensar que quizás se trataba de un mito familiar, una patraña de su padre para manipular su rendimiento académico, o el delirio absoluto de éste mismo. Con un desarmador removió la puerta de espejo y el esqueleto mismo del botiquín para así eliminar los obstáculos entre la caja de metal y él. Al tocarla, se dio cuenta de que no tenía cómo abrirla. No sabía la combinación de números secretos, ahora aún más secretos después de que sus padres se los llevaron en la memoria hacia otros mundos. Intentó varias combinaciones usando las fechas de cumpleaños de sus familiares, la del matrimonio de sus padres, los números ganadores de la última lotería, y hasta el día de la independencia nacional, pero le resultó inútil. No le quedó otro recurso que llamar a su tío Roberto y preguntarle si sabía cómo abrir la caja, y de paso conversar sobre el enigmático contenido.

– Oh, ¿entonces ya sabes sobre los lingotes de oro que dejaron tus abuelos?
– Bueno sí, mi padre me habló sobre lo que había en la caja fuerte hace muchos años, pero no sé si sea cierto, nunca lo he visto.
– ¿Tú qué crees?
– No lo sé, pero tú sí debes saberlo. Ya me enteré que el abuelo te dejó un cofre idéntico en su testamento.

– Entonces no lo dudes. La verdad, no tengo la menor idea de cómo abrir la caja fuerte de tu padre, pero sí te puedo garantizar que dentro de ella encontrarás los dos lingotes de oro que dejaron tus abuelos.

Frustrado después de un par de días dedicados a pensar en cientos de combinaciones numéricas posibles, Teodoro rentó un equipo cortador autógeno y compró un manual para aprender a usarlo. Con una determinación inquebrantable, cortó los bordes de la caja de una manera burda pero eficaz. La pesada puerta cayó aparatosamente sobre el suelo, quebrando algunos azulejos con sus filos todavía calientes. Teodoro la hizo a un lado, puso el soplete y la máscara de soldar en una esquina del baño y se acercó lentamente hasta quedar en frente del agujero profundo y oscuro. Encendió todas las luces y pudo ver que dentro de la caja sólo había un cofre de madera con asas de bronce que le recordó a los ataúdes donde fueron depositados los restos de sus padres. Tiró de un asa y arrastró el cofre hacia él con poca dificultad, dándose cuenta de que era más pequeño y más liviano de lo que había anticipado. Lo levantó y, a paso lento pero firme, lo dejó descansar sobre la mesa de la cocina. Se preparó otra taza de café y se sentó frente al cofre. Sopló el polvo depositado sobre su cuerpo de caoba, presionó los lados de la chapa y una lengüeta metálica saltó, creando una grieta entre la cubierta y el resto del cofre. Lo abrió completamente y finalmente pudo ver su preciado contenido: un lingote de oro y, debajo de éste, un cuaderno.

Teodoro quedó algo confundido. Levantó el lingote de oro y lo sostuvo entre sus manos, satisfaciendo esa curiosidad que traía desde la infancia. Lo sintió frio y delicado, como una gran barra de mantequilla refrigerada. Le dio vueltas y lo observó detalladamente desde todos sus ángulos y relieves. Llevaba impreso el sello de 24K al reverso. Sonrió y lo apartó a un lado de la mesa. Luego recogió con sus manos el cuaderno del fondo del cofre. El cuaderno tenía un aspecto bastante rústico, como si hubiese sido empastado a mano con papel manteca y sus vértebras cosidas con una gran aguja e hilo de algodón. No le quedó duda de que alguien lo hubieran fabricado manualmente, y admiró en trabajo concienzudo y meticuloso de este trabajo artesanal. Ojeó la primera y última página y pudo observar que el autor no había dejado huella alguna de su identidad en el cuaderno. Los textos habían sido escritos a mano y con lápiz, usando la caligrafía más prolija que él había visto. Las letras dibujadas con tanto esmero le fueron fáciles de descifrar, aunque identificó un léxico que le resultaba algo anacrónico y en desuso. Quiso llamar a su tío Roberto y pedirle una explicación, pero ya era tarde y prefirió no molestarlo hasta el día siguiente. No tenía sueño y todavía le quedaban algunos días más de licencia en el trabajo, así que se recostó sobre la cama de sus padres con el lingote de oro a un lado y el cuaderno entre las manos, poseído por un poderoso sentimiento de intriga. Abrió la primera página y empezó a leer…

Plegaria recíproca

Cuentan por ahí que fue a causa de Marco Polo, por traer la pólvora de la China y darle a la humanidad una manera más eficaz de matarse, que el mundo se llenó de resentimientos. Otros argumentan que esto hubiese ocurrido invariablemente, ya que parecemos tener una mórbida adicción hacia los resentimientos, una sórdida afiliación a los malentendidos y una inexplicable afinidad por las represalias. Pregonan por ahí que fue Lutero, por dividir a la Santísima Iglesia Católica Apostólica y Romana. A pesar de este hecho histórico, este postulado ignora que desde siempre la fe ha sido un motivo de conflicto entre la gente, y pocas veces ha inspirado un sentimiento de unión. Aparte, hay que tener en cuenta a nuestros hermanos budistas, y a los musulmanes, hindús y tantas otras religiones que se practican. Estén equivocados o no, merecen ser tomados en cuenta, y por consiguiente, es muy difícil e injusto medir los problemas del mundo con asuntos que se prestan a tanta subjetividad. Declaran por ahí que fue Darwin el que enfrentó a la especie humana con su teoría evolutiva, creando un eterno conflicto entre lo científico y lo espiritual. Otros refutan que no se puede discutir con lo tangible, y que, seamos o no descendientes de los monos, no podemos tapar al sol con el dedo de la ignorancia, ni dejarnos llevar por la soberbia de nuestras convicciones personales. Dicen por ahí tantas cosas, y los unos culpan a los otros, y nadie quiere tomar las responsabilidades que les corresponden, como ciudadanos de este planeta en que nos puso Dios, por los siglos de los siglos, amén.

Lo que yo sugiero, con mucha modestia, es que dejemos tranquilos a Marco Polo, a Lutero y a Darwin, pues razones para justificar nuestro atrofiado sentido de humanidad, nos sobran. Sería necesario, en todo caso, descontinuar la manía de dividir, separar y desmembrar nuestra especie a nuestro antojo. Urge que el puñado de poderosos que maneja este mundo se libere del egoísmo que los ciega. Apremia quitarnos esa mala costumbre de echarnos la culpa por tanta desventura y calamidades y hagamos un esfuerzo, diligente y sincero, por reconciliar las tantas ofensas y resentimientos suscitados durante nuestra existencia. Tantos, que ya no nos permiten discernir lo bueno de lo malo, lo claro de lo turbio y el delante del revés.

Tendríamos que tomar prioridad en el orden de los valores, en aquellos que nos inculcan con amor y nos proveen de esa satisfacción indescriptible, resumida en una sonrisa y una paz interior, parecida a la que nos deja espiritualmente listo para recibir a la muerte. Es el amar al prójimo como a uno mismo, es el hacer el bien sin mirar a quien, es el amor mismo, ese mismo que mueve montañas a pesar de ser ciego, el que convierte a la vida en una experiencia digna de vivir a plenitud.

Por consiguiente, imploro a ambos bandos para que encuentren en mis lágrimas la concordia que nos hace falta. Les ruego por igual a los conservadores y a los liberales, a los religiosos y a los ateos, a los capitalistas y a los comunistas, generosos y avaros, realistas y románticos, ricos y pobres, excéntricos y convencionales, bucólicos y metropolitanos, para que pidan los unos por los otros un ápice de misericordia, en esta plegaria que sólo busca armonía y reconciliación, fruto maduro de la congoja de mi corazón.

Teodoro leyó las últimas líneas una segunda vez, lentamente, recorriendo con su pulgar derecho el carbón de las letras delicadas sobre el papel amarillento y perforado por la voracidad del tiempo y las polillas, como tratando de descifrar la identidad de esta persona con intensiones de acabar con los resentimientos que carcomen a la humanidad. Creyó que el lenguaje utilizado era cálido y maternal, por lo que pensó que quizá se trataba de una mujer. El anacronismo de algunas palabras le sugirió que había sido escrito por una persona de avanzada edad. Teodoro cayó preso del firme puño de las especulaciones, y el sueño no le llegó sino hasta muy entrada la madrugada, una vez extinto ya el efecto de la cafeína, y apaciguada un poco la euforia provocada por la lectura y el oro.
La mañana siguiente trajo consigo el familiar aroma del café y la voz certera que anunciaba las noticias del día. Teodoro recibió el regreso de su rutina con complacencia y un extraño sentido de gratitud. Desde el momento en que salió de la ducha estuvo más relajado y empezó a aceptar la ausencia de sus padres con paulatina resignación. Acompañó su café con unas tostadas rebeldes que quemó tres veces y que le dieron a la casa un ligero olor a chamuscado. Pensó que quizá debía adherirse al libreto de su vida y titubeó en ya regresar al trabajo e incorporarse al mundo, pero llegó a la conclusión de que unos días más de descanso le serían de provecho. Necesitaba tiempo para dejar en orden el papeleo generado por su temprana orfandad, y para mitigar la aguda intriga que le provocaba terminar de leer el cuaderno encontrado en la caja fuerte. Su tío Roberto lo llamó a medio día y hablaron por algunos minutos. Aunque curioso, Teodoro desistió por el momento en preguntarle sobre la desaparición de uno de los lingotes de oro. En realidad no tenía muchos deseos de escuchar los consuelos que su tío le ofrecía torpemente, atendiendo a este apremiante llamado de responsabilidad familiar al que no estaba acostumbrado, ni el tío a dar, ni el sobrino a recibir, y que sustraía a sus conversaciones la poca naturalidad que ambos eran capaces de producir.

Después de desayunar, Teodoro revisó su correo electrónico y el correo de voz de su celular, los cuales no había atendido en un par de días, con la excepción de las llamadas del tío Roberto. Tenía varios mensajes; la mayoría dándole el pésame y un par en que los amigos lo invitaban a salir con el afán de distraerlo. Los escuchó todos, pero no contestó ninguno. En vez, se sirvió otra taza de café y deambuló por la casa en sus bóxers por una buena media hora, meditando sobre las impertinencias y osadías de la vida. Luego se recostó sobre el sofá de la sala, y continuó leyendo…

Los sufragios y la vida eterna: manual para la salvación y purga de los agravios al Señor Teodoro pronunció en voz alta el extenso titulo y no pudo comprenderlo enseguida. Encima de la página había un recorte de periódico pegado con cinta adhesiva y doblado con mucho esmero en lo que había quedado convertido en un pequeño acordeón que más se asemejaba a una plagia escolar que a alguna revelación. Extendió la nota periodística con mucho cuidado, pero a pesar de su delicada maniobra, la cinta reseca y crujiente cedió ante los límites de la materia y la inclemencia del tiempo, y el artículo adjunto se desprendió del cuaderno. Este recorte de periódico aparentaba ser más antiguo que el resto de las escrituras. No llevaba fecha de publicación. El papel, más amarillo y frágil que el resto del cuaderno, había sufrido gravemente los estragos provocados por el régimen draconiano de las polillas. En especial, el batallón de polillas a cargo de la censura, el que diligentemente dedica su vida entera al consumo de verdades inefables y al exterminio de documentos que no llevan la aprobación papal, gubernamental, o de cualquiera de las organizaciones plenipotenciarias a las que éstas convenientemente se afilian con el transcurrir del tiempo. Teodoro supo que iba a ser imposible leer el texto completo, pero logró descifrar algo de su contenido adivinando las letras que habían desaparecido en estos hoyos del papel, y que le hicieron recordar a los rollos de música clásica que alimentaron la pianola de la sala de sus padres muchos años atrás. El último párrafo quedó interrumpido por una ausencia demasiado prolongada de palabras que le impidieron hilvanar el mensaje. Las polillas habían devorado con saña este fragmento del texto, y esto dejó a Teodoro con un sentimiento de frustración que despertó en él una curiosidad tenaz por descubrir el propósito de aquella historia a medio contar.

Leyó nuevamente algunos de los fragmentos más legibles… “la necesidad de adquirir sufragios que nos aseguren la eternidad”, “la escasez de sufragios en el país se ha hecho merecedora de los favores del Vaticano”, “es preciso darle al alma más cuidado que al cuerpo, por cuanto sólo el alma es eterna”, y otras frases más entre la intermitencia de los hoyos salpicados en el papel. De alguna manera pudo establecer con certeza una relación entre estos sufragios, el perdón de los pecados y la vida eterna. Lo que no le quedó claro fue la etimología misma de la palabra y, por encima de todo, cómo demonios obtener un documento que le asegurara a uno cabida segura en la perpetuidad de un paraíso que él consideraba tan mitológico y abstracto. Encendió su ordenador y buscó en el internet la definición de la palabra sufragio, que hasta ese entonces sólo significaba para él, el cumplimiento del deber cívico de votar. La Real Academia Española le mostró otro significado: obra buena que se aplica por las almas del purgatorio. Otras fuentes le revelaron que se trataba de una oración pronunciada por los vivos en favor de los muertos, dada la incapacidad de éstos por hacer algo por ellos mismos para alcanzar la salvación. Una vez muertos, ya es demasiado tarde para enmiendas y arrepentimientos, según otras opiniones con las que se encontró en línea. También logró averiguar sobre la gravedad del temor humano hacia las penas del purgatorio, que según el tercer tomo de los anales de Boverio, le fueron revelados a un religioso capuchino por el mismísimo Dios. El mejor sufragio, continuó leyendo, es ofrecer la santa misa en favor de los difuntos… ¡La Santa Misa! El artículo estipulaba que los sufragios podían ser encargados directamente del Vaticano a cambio de una contribución económica, dada la precaria situación en la que se encontraban los sacerdotes nacionales, quienes no se daban abasto para evangelizar y estar preocupándose de tanta oración por los difuntos.

Al desprenderse el artículo del cuaderno, dejó expuesto algunos párrafos escritos por ese lápiz prolijo que llevaba de la mano a Teodoro hacia territorios desconocidos. El texto alababa al Papa y a sus cardenales, vicarios y demás representantes de Cristo en el mundo. Los alababa por ofrecerse a ayudar a tanta alma en pena, vendiéndonos los tan necesitados sufragios. Asimismo, invocaba al sucesor de Pedro para que el país tuviese suficientes curas, y que así puedan administrar más sufragios y la gente se evite tanto trámite y gasto de dinero importándolos desde la Santa Sede. Se corría el rumor de que mientras más alta era la jerarquía de la persona que lo expedía, mayor era su valor ante los ojos de Dios. Desafortunadamente, continuaba el texto, el Vaticano no había tenido la oportunidad de responder sus cuantiosas cartas, pero que esto no era motivo para desistir o perder las esperanzas. Mientras tanto, había que continuar comprando sufragios para las almas del purgatorio, que cuentan con nuestra generosidad y perseverancia. Estos sufragios, según la condición económica de la familia, podían ser adquiridos ya sea del cura de la parroquia del pueblo más modesto, hasta del mismo puño, letra y sello del anillo de quien administraba esta empresa tan lucrativa. Por supuesto que el texto escrito a lápiz no utilizaba estas palabras, sino un sinfín de eufemismos y justificaciones para no poner en tela de juicio la integridad de su iglesia. Sin embargo, Teodoro pudo percibir todas las implicaciones y los gatos encerrados que estos asuntos acarreaban, llegando él a sus propias conclusiones. El texto finalizaba con una imploración hacia los jóvenes para que no consideren al sacerdocio como una ocupación pasada de moda, un desperdicio de talento o un refugio para quienes habían fracasado en todo lo demás que se habían propuesto realizar en la vida. El sacerdocio, decía, era un digno servicio que el hombre brinda al Señor para llevar su palabra y su mensaje de amor al mundo. Eran palabras dulces y hasta cierto punto cándidas, pero previsibles en un cuaderno que llevaba escrita en su primera página la tremenda humildad espiritual que podía convocar una sola palabra convertida en título: Candideces.

Teodoro ponderó por algunos momentos el texto escrito a lápiz y lo contrastó con sus propias conclusiones luego de leer los vestigios de la nota periodística. Encontró una grieta ideológica que aludió a la conceptualización que la iglesia ha sufrido a través del tiempo y a una probable tendencia hacia la progresiva devaluación de ésta misma. Pasó por alto lo que por el momento significó para él una alta dosis de buenas intensiones, entretejida con otra igualmente alta de inocencia, que convivían armoniosamente entre estos documentos. Lo pasó por alto en el sentido de que no se detuvo a analizarlo minuciosamente. Sin embargo, no pudo evitar pensar, durante el momento que le tomó digerir lo leído, que si le dedicaba más tiempo a este asunto, esta digestión no iba a producir otra cosa más que un grave caso de flatulencia espiritual.

Teodoro cogió de su escritorio un trozo de cinta adhesiva y volvió a adjuntar el recorte de periódico a la página escrita a lápiz. No encontró productivo continuar reconstruyendo el tema y lo hizo a un lado. Se duchó, se vistió y salió a almorzar algo a la calle. No fue sino hasta la tarde, después de llenar su estómago y vaciar su mente, que regresó a su apartamento y prosiguió con la lectura del cuaderno enigmático. En un par de días más regresaría a trabajar y la congoja de su pérdida la sentía aún muy fresca, como llaga que se rehúsa a formar costra. Ya se había dado el tiempo de responder algunos de los pésames que tanta gente le había hecho llegar a través de tarjetas, mensajes telefónicos, correos electrónicos y anuncios públicos en su cuenta de Facebook. A sus parientes más cercanos les sugirió pedir un sufragio del Vaticano para sus padres en la iglesia donde fueron velados. Los parientes, empezando por su tío Roberto, estuvieron de acuerdo, sin embargo le informaron que en estos tiempos no se acostumbraba comprar sufragios, sino coronas de misas, y que no había necesidad de encargarlas desde el Vaticano. Es más, varias de estas coronas ya habían sido ordenadas para que el padre Ignacio, amigo de la familia de toda la vida, las ofrezca en sus ceremonias dominicales.

Teodoro le dio la vuelta a la página y se encontró con una lista de refranes populares; algunos que no había escuchado en muchos años, otros que no había escuchado nunca. Pasó un buen tiempo leyendo sobre camarones dormilones, ríos pedregosos, gente haciendo el bien y a santos que no hacían milagros. Su familiaridad con algunos de estos refranes lo identificó en un nivel algo más personal con el autor del cuaderno, quien hasta entonces le había parecido un ente muy ajeno a él. Este anónimo personaje ya empezaba a tomar forma de ser humano real y que tuvo que haber vivido en su mismo mundo, en un tiempo todavía incierto, pero que no podía hallarse muy distante en el plano cronológico de las escasas conclusiones y abundantes especulaciones a las que había llegado hasta ese momento.

Algo que le quedo muy en claro a Teodoro fue que quien sea que había escrito ese cuaderno, era una persona con integridad y valores morales inquebrantables. Al seguir volteando páginas se dio con algunos versos; todos acreditados a sus respectivos autores. Entonces pudo leer la maternidad inherente de Mistral, el verbo exquisito de Góngora y el lúgubre dramatismo de Vallejo. También encontró algunos consejos y pensamientos citados de El tesoro de la juventud. Sin embargo, encontró ciertos textos sin crédito al autor, y que luego de buscarlos en Google y de no encontrarlos, no le quedó duda alguna que fueran textos originales escritos por quien dibujaba exquisitamente aquellas palabras con el carbón de un lápiz cualquiera.

La siguiente página hablaba sobre las tentaciones que sentimos, como seres humanos, en este mundo carnal. El pecado era definido con ideas que se adherían a los preceptos del Nuevo Testamento; todo quedaba reducido a la esencia y objetivo de nuestra existencia. En otras palabras, todo quedaba reducido al amor. “Dios es amor –continuó leyendo- y por consiguiente, estaremos con Dios mientras amemos, tanto a nuestros semejantes como a nosotros mismos”. Estas explicaciones no justificaban, ni condenaban, a quienes hacían mal uso del amor, o a quienes lo maltrataban, ni a quienes, en resumidas cuentas, eran incapaces de amar. Para estos casos, las únicas recomendaciones provistas eran el silencio y el perdón. Pero Teodoro no pudo encontrarle el sentido al resto de esta reflexión sobre el amor y el pecado, pues el texto pasó abruptamente a enumerar los ingredientes necesarios para preparar un buen arroz con leche. Teodoro sintió hambre, hizo el cuaderno a un lado y fue a la cocina por un bocadillo antes de continuar con su lectura.

Vivir y trascender

Insisto, a quienes lleguen a leer estas líneas, que tomen muy en serio lo que les voy a contar, por cuanto puede cambiar la calidad de sus vidas.

En el transcurso de mi existencia, he visto a mucha gente vivir. También la he visto morir, convertirse en el mismo polvo con el que fueron hechos, y no dejar nada para la posteridad más que algún retrato colgado en una pared marchita y olvidada. Ahí, sus descendientes son muchas veces incapaces de reconocerlos por nombre, ya que sólo saben que se trata de algún pariente fallecido, y que se ve que el marco es de madera fina, y que no hay otra cosa mejor para llenar la pared vacía, y entonces quedan ahí colgados, contemplando el poco sentido que tuvieron sus vidas. Tengo la seguridad de que muchos de ellos comparten este sentimiento y, atrapados en este marco de madera fina, transcurrirán lo que les quede de tiempo hasta caducar por completo. Este momento, lamentablemente, será dictado no por la extinción de sus virtudes, como podría preverse, sino por la longevidad de la madera que los exhibe. Pero en fin, dejo a esa gente tranquila, que al fin y al cabo también merece descansar en paz y gozar el anonimato de la gloria del Señor, tanto como el que gozan en la tierra. Más me interesa comentar el caso opuesto. Lo digo porque también he conocido a este tipo de gente, y aunque también quedaron reducidos al mismo polvo con que fueron hechos, dejaron después de su muerte mucho más que un retrato en la pared. Lo dejaron, ciertamente, y ahora provoca sentimientos en el corazón de quienes los observan conscientemente, sin darle la menor importancia a la madera del marco que los adorna. Lo dejaron, sí, pero evidentemente dejaron mucho más aparte del retrato. Cuando el tiempo acabe con esos marcos, otros nuevos serán fabricados, pero el recuerdo y el respeto que infunden sus imágenes no podrán ser reemplazados mientras sus descendientes pasen a las siguientes generaciones la tea del legado que regalaron al mundo. Ésta, mis queridos, es la diferencia entre vivir y trascender. Todos podemos vivir; es un asunto biológico inexorable que nos afecta a todos y que consta en nacer, crecer, reproducirse y morir. Es un asunto de células y tejidos. Por mucho esfuerzo que hago, no puedo hallarle alguna virtud digna de destacar al simple hecho de estar vivos. Con esto que les cuento, mi única intensión es exhortarlos a que no se limiten a cumplir con sus funciones biológicas, a que no se conformen con una existencia pasajera, a que no se resignen a la mediocridad humana de simplemente vivir por vivir.

Tenemos muchas maneras de dejar huellas antes de partir hacia otros estados inciertos. Cuánto tiempo duren estas huellas dependerá de la fuerza con la que hayamos pisado, y qué tan profundo haya sido el impacto. Para ayudarlos a discernir entre las inquietudes que deben de estar apareciendo en sus mentes, yo les aconsejo que se enfoquen en pensar qué desean que la gente recuerde de ustedes una vez que hayan partido. Se sorprenderán de las conclusiones tan sencillas a las que llegarán: un consuelo sincero, un consejo sano, unas palabras reconfortantes en un momento desconsolador, una amistad incondicional y pura, gestos de bondad espontáneos que no esperan nada a cambio, enseñarle a escribir a un niño, actos de filantropía en cualquiera de sus formas, compartir algún talento nuestro con alguien… en fin, todo se puede resumir a una sola palabra: amor.

¡Trasciendan!

Trascender… quedó pensando Teodoro. Era la segunda vez que el cuaderno mencionaba la palabra amor de una manera tan enfática. Mentalmente hizo un rápido pero concienzudo inventario de sus virtudes, de sus logros, de sus actos de caridad y benevolencia. No quedó conforme con el resultado obtenido. Como hombre agnóstico, los textos leídos no le afectaban en un nivel doctrinal, pero sí empezaron a tener impacto sobre él en un nivel personal, en el cual no se sentía satisfecho con su rendimiento como ser humano. Él deseaba ser recordado después de su muerte, pero sólo hasta ese momento, luego de leer estas líneas, pudo entender la magnitud de su egoísmo y su apego a los bienes materiales. Él siempre pensó que lo recordarían después de morir por el patrimonio que fuera a dejar a sus sucesores, no por el amor que pudiese sentir por otros mientras estuviera vivo. Teodoro siempre había visto al amor como algo intenso e imprescindible para poder vivir, pero no como un instrumento que le permitiese trascender.
El énfasis reiterado que el cuaderno le daba al amor se convirtió en un motivo de reflexión y, hasta cierto punto, de preocupación para Teodoro. Pensó en sus propios padres y concluyó que no sólo se habían limitado a vivir, sino que habían llegado a trascender, pues los extrañaba y los recordaba con mucho cariño. Sin embargo, creyó que su conclusión era muy apresurada y carecía de solidez dado el corto tiempo que había transcurrido desde que fallecieron. Se preguntó si sentiría del mismo modo dentro de unos años. Se cuestionó cómo percibía la gente a sus padres y qué tipo de legado le habían dejado al mundo. Ponderó estas inquietudes por el tiempo que le tomó en consumir taza y media de café. La boca le supo amarga, y este sabor pronto se propagó por el resto de su cuerpo. No supo la procedencia de tanta amargura, sin embargo pudo identificar que se trataba de un sentimiento nuevo y al que no deseaba entregarse por un instante más. Probablemente se trataba de una manifestación física provocada por sus incertidumbres existenciales o la impotencia que le producían sus sentimientos atrofiados por una vida que ahora le parecía superficial e irrelevante. Quizá esta amargura era una reacción química que después reconoció como depresión y melancolía. Lo que fuera, lo rechazó categóricamente y descontinuó la lectura del cuaderno hasta el día siguiente, cuando por fin entendió que no se trataba de tomarse las cosas tan a pecho, sino de utilizar estos textos para reflexionar sobre su contenido y… ¡al que le caiga el guante, que se lo chante! Y si había que chantárselo, no iba a ser por algún sentimiento de culpabilidad designado por el cuaderno mismo, sino por un profundo y cristalino autoanálisis sobre el valor de nuestra sustancia interna y de la calidad de nuestra médula espiritual.

Por supuesto que estas fueron conclusiones a las que él llegó por su propia cuenta, ya que el cuaderno dejaba libre albedrío para interpretar su contenido tal y como el lector lo considerase conveniente. Quizá estaba siendo demasiado estricto consigo mismo. Este sentimiento de amargura no le correspondía y optó por esperar a que se convirtiera en algún otro tipo de sentimiento más útil y provechoso. Ojeó algunas de las páginas contiguas y se interesó en los textos breves. La mayoría, desprovistos de título y de un común denominador, eran ideas aleatorias y aisladas que se encontraban salpicadas sobre el viejo papel…

“Una vez cosidos los botones del corazón, podrán amar como se debe”
“Una vez zurcidos los agujeros del amor, podrán vivir en paz”
“Una vez remendados los fundillos de sus vidas, podrán ser felices”

Su lectura fue interrumpida por el teléfono. Era su tío Roberto, invitándolo a almorzar al día siguiente. A Teodoro le agradó la idea de reunirse nuevamente con ellos, conversar con su tía Sara y ver a sus primos. Después de terminada la llamada, continuó leyendo lo que a simple vista le pareció un poema, pero que sin embargo fue adquiriendo en su mente una cierta musicalidad que se le hizo familiar, aunque sabía que nunca antes la había escuchado…

A cantar a una niña, yo le enseñaba
Y un beso en cada nota siempre le daba
¡Aprendió tanto, aprendió tanto!
Aprendió muchas cosas, menos el canto, menos el canto.

El nombre de las estrellas, saber quería
Y un beso en cada nota, le repetía
¡Qué noche aquella, qué noche aquella!
En que inventé mil nombres, a cada estrella, a cada estrella.

Luego pasó la noche, vino la aurora
Se fueron las estrellas, quedó ella sola
Y ella decía, y ella decía…
Lástima que no hay estrellas, también de día, también de día.

Era un sábado y Teodoro se había levantado tarde. Escuchó música mientras se duchaba y se vestía con algo cómodo. Las noticias del día habían ya terminado de ser trasmitidas y entonces las encontró en línea. Se limitó a leer los encabezados para no dilatar su acostumbrada rutina, pues detestaba hacer esperar a la gente. Aunque se trataba de un almuerzo familiar sumamente informal, prefería llegar a tiempo o algunos minutos antes de lo acordado a sus citas.

La tía Sara había preparado, como era previsible, un encebollado de mariscos. Mientras la comida terminaba de cocinarse se sentaron en la sala y tomaron un par de pisco-sour para abrir el apetito y desinhibir la torpeza que caracteriza al cohibido y acabar con el aburrimiento que usualmente acompaña al introvertido. Teodoro no era precisamente ni cohibido ni introvertido, pero la bebida ácida lo relajó y en cuestión de minutos se encontró hablando sobre sus padres. Su tío Roberto aprovechó esta inusual oportunidad para preguntarle sobre su estado anímico y cómo estaba superando su pérdida. Teodoro vaciló por un momento, pues odiaba sentirse vulnerable, y finalmente les dijo que estaba bien, y que había estado consumiendo su tiempo libre leyendo un cuaderno que encontró en la caja fuerte de sus padres. No hubo ninguna reacción de sorpresa; sus tíos se miraron por un instante, pero mantuvieron silencio, como dándole al sobrino todas las facilidades del caso para que continúe con su narración.

“El cuaderno…pues, está empastado en papel manteca y escrito a lápiz con una letra preciosa. ¿Lo conocen?”

No obtuvo una respuesta a su pregunta. En vez, vio a su tío ponerse de pie y acercarse a un escritorio antiguo a un lado de la sala. Lo abrió y de él sacó algo que Teodoro no pudo ver, pues estaba envuelto en unas telas. Su tío regresó lentamente, desenvolviendo al caminar los trapos que cubrían el bulto. Roberto se sentó al lado de su sobrino y depositó entre sus manos un frágil y desgastado cuaderno; un cuaderno idéntico al que él había hallado en la caja fuerte.

Es exactamente igual a éste.
Lo sé –le contestó su tío Roberto.
Pero… ¿Quién escribió estos cuadernos?
Tu abuela.
¿Mi abuela?… ¿Por qué escribió dos cuadernos iguales?
Escribió uno para cada uno de sus hijos.
¿Y por qué nunca lo supe?
Así lo quiso tu padre. Deseó que fuera parte de tu herencia.

¿Mi herencia? El testamento de mi abuelo claramente dice que al morir deja a cada uno de sus hijos dos lingotes de oro. Tío, no te lo había comentado antes, pero yo sólo encontré uno. Alguien debió haber robado el otro en algún momento.

No.
¿Cómo que no?
Sobrino, yo también encontré sólo un lingote de oro como parte de mi herencia.
¿Y entonces?

Pero también encontré este cuaderno en el cofre que me heredaron tus abuelos. Como ya sabes, es un cofre idéntico al que encontraste en la caja fuerte de tu padre.

¿Y eso qué quiere decir?
¿Lo has leído?
Sí, lo he leído casi todo.
¿Y qué te parece?
La verdad, me encanta. Literalmente me tiene encantado.
Cada uno de tus abuelos dejó como legado a sus descendientes lo más valioso que poseían.

¿Quieres decir que…? –Teodoro no pudo terminar de formular su pregunta. Estrechó el cuaderno entre sus brazos y dibujó en su rostro una sonrisa del tamaño de la felicidad misma- ¡Gracias abuela!

3 Comments

  1. Reply
    Federico Reyes February 25, 2013

    Felicitaciones !! ese talento del que haces gala unido a la sencillez con que has llevado siempre tu vida te ha permitido encontrar tu propio espacio en el mundo de la literatura ,para orgullo de quienes te conocen y quieren de verdad, que sigan los exitos.

  2. Reply
    Martín Balarezo March 7, 2013

    Un enfoque político interesante y novedoso, a veces la ficción nos abre las puertas a resultados que de otra manera no se encontrarían. ¿Cómo terminará la gestión de Matías?

  3. Reply
    Patricia Ceballos March 3, 2014

    Un relato lleno de sentimiento,interesa al lector desde el principio,te lleva a la reflexion sobre como se veian estos temas en tiempos pasados y en la actualidad pero que a la vez no han perdido vigencia.

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